Necroperiodismo

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Según los que saben, que conste que yo no sé mucho, necroperiodismo es un término surgido a partir de la idea de necropolítica planteada por el camerunés Achille Mbembe, en 2006, quien sostiene que habría “políticas de muerte” para mantener controlada a una población.

Aunque la idea de Mbembe centra su crítica en el racismo y la segregación ocasionada por las fronteras, el prefijo necro ha cobrado notoriedad a causa de la violencia, tal vez, como una posibilidad de nombrar y entender un problema que parece infinito.

La idea del necroperiodismo ha ido ganando terreno.

En 2020, el periodista Antonio Maestre, usó el término para señalar a algunos diarios españoles por darle voz a grupos de derecha que practican una suerte de necrofilia política a raíz de la pandemia de COVID-19, la cual se manifiesta como una “necesidad constante de mostrar muerte, dolor, féretros y morgues”. El también documentalista precisa: “Es fácil distinguir en estos días el necroperiodismo, porque usa la muerte y siente admiración devota por una morgue para matar lo que no puede poseer”.

En el libro Compilaciones filosóficas desde la frontera, Alan Osuna aborda al tema: “Si de algo se necesita no sólo es hablar del necroperiodismo, (sino) denunciarlo y analizar las mecánicas que le permiten inundarnos de información y narrativas, es también necesario generar nuevas redes de verdad que sean capaces de contrarrestar a la necropolítica, que hablen de alternativas y hagan cuestionamientos pertinentes para pensar entonces en un cuidado de sí y de los otros, sin la necesidad de estar amenazados, atemorizados”.

En algún punto de su texto, Osuna plantea lo siguiente: “El periodismo está muy cerca de convertirse en una narcomanta”.

Y esta es la perspectiva que deseo abordar.

Lo haré, aclaro, no desde una perspectiva académica-la cual por supuesto no tengo-, sino desde los 21 años que llevo ejerciendo este oficio.

La muerte siempre ha tenido un lugar preponderante a la hora de contar una historia. Lo sabemos desde La epopeya de Gilgamesh.

La muerte y la sangre siempre nos ha causado un morbo fascinante. Y también nos dimos cuenta de que esa fascinación genera dinero.

En pos de esas ganancias, una gran parte del periodismo latinoamericano parece sometido a eso que Sayak Valencia definió en 2012 como Capitalismo Gore: “el derramamiento de sangre explícito e injustificado, al altísimo porcentaje de vísceras y desmembramientos, frecuentemente mezclados con la precarización económica, el crimen organizado, la construcción binaria del género y los usos predatorios de los cuerpos”.

A principios del año 2000, en mi primer empleo en un periódico, noté que muchos diarios de la época tenían una edición vespertina, cuyo gancho de ventas era, precisamente la nota roja. Era una estrategia muy común. Pero la nota roja cambió radicalmente en la siguiente década. También cambiaron los hábitos de consumo de ese tipo de material. De lo impreso pasamos a lo digital. De accidentes y violencia común, pasamos a desmembramientos, decapitaciones y hasta videos de tortura.

Para nadie es extraño el trastrocamiento de los pueblos y ciudades a raíz de la violencia ejercida por los grupos criminales. El periodismo, como parte de una sociedad, no puede excluirse de esa transformación.

Ninguna redacción fue igual después de la narcoviolencia. Lo sé porque la madrugada del 20 de abril de 2006, estando en la redacción de El Sur de Acapulco, recibimos la instrucción de abrir espacio antes del cierre. Anunciaron una nota sobre dos muertos. Supusimos que iría en la sección de nota roja. Media hora después, cuando el fotógrafo Gonzalo Pérez volvió de la escena, mostró sus placas y nos dejó sin aliento: Dos cabezas humanas colocadas sobre el enrejado del edificio de finanzas del gobierno estatal en ese puerto. Junto a ellos, una cartulina con el mensaje: “Para que aprendan a respetar”. Recuerdo que toda la redacción se quedó sin habla al observar el monitor en donde se descargaban las imágenes. Gonzalo Pérez no sabía qué rayos escribir en el pie de foto. Los editores tampoco teníamos idea de cómo titular esa nota. Era 2006, repito. Guerrero apenas llevaba tres meses conociendo la narcoviolencia. Nunca imaginamos todo lo que vendría.

Han transcurrido 15 años de aquella noche. Actualmente, la violencia del crimen organizado tiene su propia sección dentro de los periódicos (o incluso, en algunos casos, tiene su propio medio de comunicación). También existen fotógrafos especializados en el narco, que exponen su obra en países donde ven la narcoviolencia como un exotismo. Hay reporteros que pugnan por convertir a la narcoviolencia en un género periodístico per se. Y sobre todo, existen lectores de este tipo de información que se incrementan de manera exponencial.

Peru Ortín, en el libro El mejor periodismo está x venir, define al necroperiodismo como “el periodismo de la muerte y que vive de la muerte, que al contarla le da vida y fuerza”.

Ese necroperiodismo definido por el impulsor del periodismo Dada ha copado las librerías, las series de TV, las películas y hasta parece un tema emblemático de América Latina. La narcoviolencia se ha convertido en entretenimiento, negocio y tema cotidiano. Se habla de muertes durante la comida, se comparten hechos y datos durante las reuniones sociales.

Sin embargo, el tema de la violencia también se ha vuelto desgastante, traumático y manido.

Ortín se pregunta de manera certera: “¿Por qué las noticias malas son buenas para las audiencias? Porque hemos entrenado a los lectoespectadores para que así sea”.

Tal vez a eso se deba que ahora hay tantos y tantos “medios” que, enarbolando la bandera de “lo digital”, de “lo independiente” o de “lo inmediato”, informan de la muerte casi en tiempo real, replican los mensajes de la narcoviolencia, ponen en la palma de la mano contenidos inapropiados para procesos judiciales en curso o simplemente, abonan a escarnios contra sectores vulnerables como mujeres, niños o ancianos.

El propio Peru Ortín se plantea una interrogante ante la idea de seguir así: “¿Por qué sólo contamos eso?¿La vida es todo el día eso? ¿24/7, todo el día, todo el tiempo, están sucediendo cosas malas en tu pueblo, barrio, ciudad, país, en el mundo?”.

En el suplemento Babelia del pasado 28 de agosto se publica una entrevista con Martín Caparros. En la parte media de la charla, le preguntan: “La violencia es parte del folclore americano? Sí, contesta. Y señala la responsabilidad de los medios: ‘Tiene que ver con esa solución de facilidad que consiste en escribir sobre violencia, que, aunque es algo importante, se vuelve manierismo’”.

Con manierismo, Caparrós señala lo artificioso y falto de originalidad que se ha vuelto una gran parte del periodismo de violencia. No todo, claro.

Hay reporteros, fotógrafos, editores y medios que se niegan a ceder ante esa inercia. Abordan la violencia desde una perspectiva social, con rigor periodístico y sobre todo con ética. Desde sus trincheras, mantienen (no sin dificultad) líneas editoriales apegadas al respeto, al sentido común y a los derechos humanos. Pero son los menos. Porque en el periodismo, como en muchos escenarios de la vida pública, transita un ente corruptor: el dinero.

Y el dinero en el periodismo siempre es un problema: Si es poco, te frena; si es mucho, te distorsiona.

Veo necesario bajarle al consumo de necroperiodismo, en cualquiera de sus manifestaciones. Es urgente dejar de escribirlo con tanta facilidad. Se vuelve imprescindible dejar de premiarlo. Es necesario dejar de darle click a las páginas y perfiles en redes sociales que lo promueven o lo practican. Es pertinente cerrarle el paso y entender que no nos hace bien, ni mental, ni social, ni físicamente. No nos llevará a ningún lado.

Tristemente, en el necroperiodismo prevalece el que se hace sólo por dinero, por audiencias o por morbo. Eso nos lleva a un territorio más oscuro del que difícilmente volveremos: la normalización de la violencia. Eso abre los atajos hacia terrenos aguanosos como el sadismo, sensacionalismo, amarillismo, oportunismo y muy poca responsabilidad.

El periodismo no es perfecto, lo sé. Pero alentar el necroperiodismo nos aleja del oficio que necesitamos. Un oficio que también debería formar, educar y construir.

Hace 20 años nos quejábamos de una sociedad poco informada. El día de hoy, sucede todo lo contrario: tenemos una sociedad saturada de información. Pero sobre todo, de mala información, entre la que destaca, precisamente, el necroperiodismo: “…muy cerca de convertirse en una narcomanta”, plantea Osuna.

De nosotros, periodistas, escritores y lectores, depende que eso no ocurra.

@balapodrida