Jorge Ibargüengoitia

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¡Te vas a morir de hambre!

(1951-1964)

 Es 1951. Sabe lo que quiere y que, desde ese momento, debe vivir de la literatura.

Sus profesores en la Facultad de Filosofía y Letras son Francisco Monterde, Julio Jiménez Rueda, Díaz Plaja y Rodolfo Usigli. En clase, Jiménez Rueda dice que el único teatro que vale la pena leer es el del Siglo de Oro, y empieza con los griegos. Monterde se enfoca exclusivamente en Sor Juana porque, de todas maneras, según él, la monja se había adelantado trescientos años a su tiempo. Usigli hace a un lado la teoría –que, en realidad, no lo es– y les enseña creación teatral.

Usigli, más que los otros, será su maestro. Jorge escribe, para su clase, su primera obra de teatro: Cacahuates japoneses. Su maestro la lee y le alaba el sentido del diálogo y su capacidad para escribir comedia. Después de otro año de cursos, Jorge le entrega Susana y los jóvenes. Transcurre el mes de diciembre sin recibir respuesta. El ansia es enorme. ¿Qué pasaría si Usigli le dice que, en realidad, no tiene talento? ¿Qué haría entonces? Ha renunciado a la carrera de ingeniería y a la hacienda. Se juega su futuro en el teatro.

Recibe, por fin, una carta en los primeros días de enero: es de dos páginas a renglón cerrado. De sus estudiantes –le escribe Usigli–, con excepción de Luisa Josefina Hernández y Rosario Castellanos, él es el único que ha encontrado su camino. Su obra le gusta y es representable; de hecho, apenas comience el año la recomendará a los teatros activos de la ciudad.

Se enciende la mecha.

 

Luisa Josefina es una compañera de la carrera: atractiva, esbelta e inteligente. Ha traducido varias obras teatrales del inglés y del francés, ha ganado premios literarios y trabajado con el maestro Seki Sano, uno de los innovadores del teatro en México en esos años. Luisa Josefina le atrae por guapa e inteligente. Hay coqueteos, besos, y cuando él cree que la relación va a formalizarse, ella desaparece y regresa tiempo después con una actitud más arisca. Así sucede una y otra vez.

Jorge duda si declararle su amor o actuar de una manera menos convencional. Su educación, que ha corrido a cargo de los hermanos maristas, los boy scouts, la carrera de ingeniería y la hacienda paterna, no lo prepararon para un tipo de mujer como ella.

Finalmente, después de una más de sus desapariciones, Luisa Josefina regresa a clases comprometida con un joven estudiante de la carrera de filosofía, Alejandro Rossi. Para él es un choque emocional muy fuerte, busca una escapatoria en la religión y el trabajo. Solicita un puesto en la Universidad Iberoamericana, ubicada entonces en la calle Zaragoza, en Coyoacán. Le dan la clase de teatro a nivel de doctorado. Realiza varios retiros religiosos en un lugar cercano al monte del Ajusco y carga consigo los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, con instrucciones para cada día de la semana: meditación “de los tres pecados”, “de los pecados propios” y Los misterios de la vida de Cristo con sus trece apariciones hasta la Ascensión.

 

A su edad, el padre ya había heredado riquezas, estudiaba leyes y pasaba largas temporadas en la Ciudad de México. Él está construyendo su futuro en el medio teatral, día con día y con gran esfuerzo.

Susana y los jóvenes es estrenada en el teatro Ródano y recibe una reseña en el diario Excélsior. “El joven –Ibargüengoitia– tiene mucho talento, pero le hace falta aún hacerse dueño de su oficio.” 1

Obtiene la beca en el género de Teatro del Centro Mexicano de Escritores para el ciclo 1954-1955 (la renovará para 1955-1956) e imparte la clase, en la unam,  que Usigli deja vacante al salir del país para trabajar como diplomático, de Teoría y Composición Dramática. Da su clase en el edificio de la Biblioteca Central, en la muy nueva Ciudad Universitaria. Su grupo se sienta alrededor de una mesa y los estudiantes leen sus obras. Él no desarrolla teorías ni presenta su canon literario; busca que sus críticas ayuden al proyecto y al estilo creativo de cada alumno. Enseña la creación teatral como un oficio, quizá el más difícil de todos, porque implica el dominio de la escritura de diálogos, de la trama, la escenografía, la actuación, el vestuario y la luz. Entre sus alumnos se encuentra Juan García Ponce, quien años antes había sido su compañero en los grupos de boy scouts y hará carrera literaria.

En el Centro Mexicano de Escritores se encuentra, entre otros, con Luisa Josefina Hernández. De acuerdo con Rulfo –becado un año antes–, ella es “la más brava de todos”.2 Jorge escribe para la beca dos obras de teatro, Clotilde en su casa y La lucha con el ángel. Descubre que su mayor fuerza es el humor corrosivo con el cual ridiculiza a la “gente decente” de la provincia, que era el espacio de la Revolución traicionada, el de la explotación de los campesinos por una nueva élite que había pactado con la de los hacendados y terratenientes del porfiriato; el medio rural y el de las pequeñas ciudades eran un mundo deprimente, mítico en su anacronismo e inmovilidad. Él se burla de este imaginario que conoce y comparte.

 

A los veintisiete años viaja a Nueva York con una beca Rockefeller. Asiste a la representación de más de cincuenta obras de teatro en el festival de Shakespeare, en Stratford, Connecticut, en los teatros de Greenwich y Broadway.

Toma cursos en la Universidad de Columbia con Eric Bentley. Según el crítico estadounidense, los autores teatrales rebajan su nivel poético a una serie de bromas, artilugios y efectos especiales para divertir a un público de clase media burguesa. Este hecho ha llegado a su paroxismo en los Estados Unidos, donde el público reclama diversión, y la industria la produce en grandes cantidades mientras que la crítica la hace pasar por arte. La obra de ideas de un Shaw, el naturalismo de un Ibsen y un Chejov son cosas del pasado. “El entretenimiento está a punto de ser la muerte de todas las artes.”3  ¿Podría regresar la figura de un creador dramático con la fuerza intelectual y creativa que caracterizara al siglo xix? ¿Alguien que no sólo manejara las emociones de un público ignorante de manera predecible y burda?

Después de dos meses en Nueva York, se viste con sus mejores prendas, cruza todo Manhattan, el río Este y Queens, hasta llegar al aeropuerto John F. Kennedy. El reencuentro con Luisa Josefina –quien obtuvo la misma beca Rockefeller– es amigable, aunque cada gesto de júbilo de ella significa para él un enjambre de ideas que le aguijonean en torno a su verdadero papel de amigo o de amante.

Viven los siguientes meses en el mismo edificio de la Ciudad Universitaria, en Manhattan, y asisten a los espectáculos culturales que puede ofrecerles la gran ciudad. “Ayer fuimos Luisa y yo a ver un mimo francés que se llama Marcel Marceau, que es una cosa extraordinaria y probablemente lo más interesante que he visto aquí. Sale con la cara pintada de blanco y un vestido muy liso, blanco también, sin ningún mueble en escena, con luz blanca y sin música ni argumento y él solo tiene al público idiotizado por 2 horas.” 4 Después de Marceau, ven a Berltolt Brecht, la Ópera de 3 centavos “es una de las obras más interesantes que he visto en mi vida”.5

En una ocasión, después del teatro, comen juntos y caminan de regreso por las calles de Manhattan tomados de la mano. De pronto, ella le pregunta si es de comunión diaria. Él cree que se está burlando y responde que no. Al instante se siente culpable de su respuesta y se acaba la atmósfera romántica.

 

Después de Nueva York, pasa una temporada solo en Stanford (becado por la Junior Artist in Residence). La tesis de maestría obliga a presentar un texto crítico y otro creativo. Se inspira, para el primero, en las clases de Bentley. El público mexicano –escribe– es un “salvaje cohibido por los adelantos modernos”;6 “siendo un monstruo joven, prefiere las importaciones a lo nacional”;7 “en general, gusta de lo frívolo, de lo vulgar, de lo modestamente perverso, en una palabra, de lo elaborado especialmente para su consumo”.8 Frente a esto, el autor de teatro mexicano debe oponer una creación compleja y profunda como un espejo donde el espectador admire y se asombre de sus defectos que le obligue a interrogarse sobre su existencia. El teatro, a diferencia de lo que pide el discurso oficial de la Revolución, no debe entregarse a un nacionalismo vacío y torpe. Debe, en cambio, hacerse un teatro histórico, de ideas y poético, en el que se recupere lo nacional con la esencia “del hombre en sí mismo”.9 Como un ejemplo internacional señala a Shakespeare, y para uno mexicano, a Usigli.

De regreso en México, se dedica a la escritura de la obra de teatro que acompañe al texto crítico y resuma toda su experiencia, su conocimiento y su capacidad de investigación de los últimos años. Pone el punto final de Ante varias esfinges en la hacienda San Roque.

El éxito está cerca, a punto de concretarse. Le escribe a su maestro Usigli para pedirle que espere a leer su última obra antes de incluirlo en una antología de teatro que publicará próximamente.

Ante varias esfinges es una obra diferente de todo aquello que ha hecho hasta entonces. Es compleja, seria y difícil. Su mayor novedad está en el montaje. El espectador tendrá frente a sí una casa entera sin fachada, de manera que todos los espacios serán vistos en tiempo simultáneo, todas las historias se conectarán entre sí como una telaraña a la que el público debe darle significado. “Si alguien está justificado en escribir una obra sobre lo espantoso que puede ser descubrir una verdad, yo puedo estarlo por escribir una obra sobre lo espantoso que es no descubrir nada.”10 Quiere dar un paso adelante de Brecht y Pirandello, revelar no sólo el artificio dramático, también la cotidianidad, la rutina, el vacío y la inacción que forma la mayor parte de la acción humana.

Pero fracasa.

Después de meses de espera, Usigli responde a su carta. Es demoledor. Sus diálogos –le dice– son muy escuetos, esquemáticos, casi telegráficos; el tema, desagradable; los personajes hablan todos igual, son indiferenciables. ¡Usigli se queja incluso de que use malas palabras! De acuerdo con su maestro, hay que reescribir la obra.

 

Lucha, busca y no para de escribir: vodevil, comedia musical, teatro infantil. Pero sus obras no son representadas. Se queda sin dinero. Su madre y su tía vuelven a recriminarle su decisión. Nadie en México ha vivido hasta ahora de la literatura. Los escritores son políticos, profesores, en el peor de los casos, periodistas. Fue una locura renunciar a la carrera de minas: ¡Te vas a morir de hambre!

El problema ahora es que no sabe hacer otra cosa. Vende la hacienda de su padre por 80 mil pesos. Con ese dinero compra un terreno en Coyoacán al lado de la calle Juárez, y empieza la construcción de su casa. Ha soltado el último asidero que lo conectaba a la oligarquía guanajuatense, sin lograr la estabilidad en su nuevo mundo.

Construye la casa con un estilo colonial, de muros encalados, techos con vigas de madera y bóveda catalana descubierta. A la mitad del proyecto se queda sin dinero. Pide, mediante hipoteca, 49 mil pesos y compra un “Libro de ingresos y egresos. Sistema Roca”. El 12 de marzo de 1958 escribe su primera entrada. Recibe de la editorial Novaro México 1 338 pesos. En abril, otros 1 608 pesos. Le siguen cuatro meses sin ningún ingreso, hasta que entre septiembre y octubre la editorial Novaro México vuelve a darle otros pagos por un total de 5 526 pesos.

En 1959 escribe mes por mes: “Sin ingresos”.11

 

Ángela Gurría, Gela, es de cabello negro lacio, piel blanca y de una sensualidad natural y espontánea. Estudió letras españolas en la Facultad de Filosofía y Letras de la unam, pero dejó la carrera para dedicarse a la escultura. Pepe Zuinaga, el novio de su tía, los presenta. Son vecinos, viven a siete calles de distancia, por lo que organizan comidas, viajes y fiestas con amigos.

Jorge se enamora de ella. Cree que le hace la corte de manera velada, pero al poco tiempo los amigos –Manuel Felguérez, Jorge Wilmot, Luis García Guerrero– saben que ella le gusta. El problema es que Gela está casada.

En una ocasión organizan un viaje a Tezcoco, están listos para salir, pero Gela y su marido se excusan argumentando que ella está enferma del hígado. Jorge cree que lo está evitando. Duda si ir a verla. Al final le escribe una carta para pedirle que se vean al día siguiente.

“Ayer sucedieron algunas cositas –escribe en su diario. Todo el día tuve un deseo de confesarme. Un modesto deseo de confesarme. Salí, en dirección del Pilar, con intenciones de confesarme en el camino a la hora de la cursilería crepuscular… Si entro al cielo será porque está abierto para ciertas personas no muy respetables; los adúlteros”.12

Está enamorado de Gela. Ella es una mujer culta, inteligente y guapa. “A esta mujer no puedo dejarla ir.” “Disponerse al máximo esfuerzo y que ella escoja.”13 Le escribe una carta, y luego otra: “Querida G: Mi carta me dejó preocupadísimo, seguro de que la considerarás como una grave (?) indiscreción. Perdónamela. Aunque sea un poquito. ¿Podré verte? Lo necesito. El miércoles 27 (?) estaré en Madero y Bolívar entre 12 y 12 1/2. Ven. Por favor. Te esperaré hasta la 1, o las 2, o las 3. Ven. Por favor. J.”14

Pero ella no va. Le pide, en cambio, que vuelvan a ser sólo amigos.

Después de la ruptura con Gela descubre que ha perdido la fe. “Desde ese día prescindí de los sacramentos; sin que se opere en mi vida otro cambio que la aparición de una conciencia de enorme y bellísima libertad.”15

 

En la revista América lo entrevistan para preguntarle sobre la situación del teatro en México. Es sincero cuando afirma que el teatro no tiene ninguna misión social, salvo la vital; es humorista cuando bromea sobre la corta vida de los artistas mexicanos, quienes “alrededor de los cincuenta años caen en la política, en la muerte o en el estupor”;16  es optimista al afirmar que, poco a poco, se está creando un público con el que, tarde o temprano, el teatro se hará profesional; y, a pesar de todo, en la portada del texto, con gran encabezado se lee: “Jorge Ibargüengoitia, autor teatral, enjuicia a sus compañeros de oficio: ‘sólo fama y dinero buscan los actores’”.17

 

Decide escribir guiones de cine. Como siempre cuando toma una decisión, no escatima en el esfuerzo. En un año escribe tres guiones. Al siguiente, otros tres. Ninguno se realiza. Obligado por la responsabilidad con su familia y las deudas contraídas, obtiene un trabajo como traductor, relator e intérprete en congresos y convenciones. El dinero no es suficiente. ¡Te vas a morir de hambre!

Desesperado, camina un día desde su casa hasta Bellas Artes. Tiene pensado pedir dinero por derechos adelantados o, en caso de ser necesario, pedir de plano solamente dinero. En su despacho, lo recibe Salvador Novo, el mismo que años atrás fue la causa de su epifanía teatral y quien era entonces director del Departamento de Teatro. Al escucharlo hablar de dinero, como si fuera el genio de la lámpara mágica, Novo le asegura que puede cumplir su deseo. En ese año del 59, México se prepara para celebrar medio siglo del inicio de la Revolución, y siglo y medio del de la Independencia. Para dar la impresión de que ambos procesos están consumados, el presidente Adolfo López Mateos quiere celebrar en grande. Para ello ha pedido que se realicen dos obras de teatro con tema histórico, la paga es de 10 mil pesos por cada una.

Sale de Bellas Artes flotando. Imagina tramas de la Independencia con escenarios giratorios, escenas de masas revolucionarias y decorados de época. Será su primera obra histórica. Tendrá que informarse más, elegir un suceso clave.

Lee obras de historia y decide escribir sobre la trama de la insurgencia en Querétaro. Es convencional en la forma, serio en la trama. Construye un entramado perfecto de intriga, traición y suspenso. La Historia Nacional le da la seriedad y el patetismo que antes había buscado de manera muy forzada en la vida cotidiana de una familia de clase media.

Cuando lleva su obra al Palacio de Bellas Artes, lo recibe un Novo menos entusiasta que el de la primera vez. Las autoridades mexicanas han cambiado de opinión. No hay dinero suficiente para la representación de la obra. En lugar de 10 mil pesos le pagan la mitad. Es, en el último de los casos, el mayor ingreso que ha recibido hasta entonces por un trabajo literario.

 

Un año después de haber escrito La conspiración vendida, el gobierno realiza un concurso de obras de teatro, el Premio Ciudad de México. Envía el texto que tanto le había ilusionado cuando se lo solicitó Novo y gana. Son 20 mil pesos. Paga deudas, parte de la hipoteca y se emociona con la posibilidad de un proyecto de obra musical que, sin embargo, no se concreta.

Pasado el fervor del premio, regresa a los trabajos de traductor y a la escritura solitaria. Tiene treinta y un años de edad. Al término de una conferencia que imparte en Bellas Artes, y por la cual recibe 1 875 pesos, se acerca a entrevistarlo una joven estadounidense que escribe su tesis doctoral sobre el teatro en México. Responde de manera muy favorable y emocionado a sus preguntas.

Cuando lee la tesis descubre que la joven se ha referido a él como: “Otro de los talentos que fracasaron. Después de dos ensayos interesantes ha escrito una serie de obras que no han sido estrenadas y que apenas están publicadas. Su último fruto desabrido fue publicado en la Revista Mexicana de Literatura, a pesar de no ser digno de una publicación cultural. Se llama El viaje superficial, que vio la luz pública por culpa, probablemente, de Juan García Ponce”.18

 

Se mantiene a flote. De marzo del 60 al mes de mayo del 61, escribe en cada mes de su libro de contabilidad: “Sin ingresos”. No tiene ya grandes esperanzas de que vuelvan a representarlo, tampoco de que utilicen alguno de sus guiones para una película. Una amiga de la licenciatura, Michèle Alban, le habla de la recién creada Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de Guanajuato, su estado natal. Les escribe de inmediato una carta solicitando trabajo: “Mis necesidades económicas ascienden a tres mil pesos mensuales, en caso de que éstas fueran cubiertas, la facultad podría disponer de mí, en cuerpo y alma”.19

No obtiene respuesta. ¡Te vas a morir de hambre!

Lulú, su madre, y su tía Emma, son mujeres de la oligarquía guanajuatense. Suelen recibir a las visitas con sándwiches en bandejas de plata mientras que Jorge prepara las bebidas. Emma nunca se ha casado, pero tiene una pareja desde hace varios años, Pepe Zuinaga: un hombre refinado, culto, gran conocedor del arte y viajero cosmopolita como solían ser los hombres de la élite porfiriana. Zuinaga bebe su ron con el meñique alzado y viste siempre de saco tweed.

Él, en cambio, viste alpargatas; camina distancias enormes con tal de ahorrarse el dinero del camión. Su vida no puede ser peor cuando llega, de pronto, la oferta de la Revista de la Universidad de México.

 

 

 

Extracto de la biografía: Jorge Ibargüengoitia: un escritor entre ruinas. Guanajuato: Universidad de Guanajuato, 2022.