Farewell para Elsa 

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I

Conocí a Elsa, Elsa Elia Torres Garza (México, 1957-2022), a finales de los años setenta. Teníamos muchas amistades vivas y muertas en común. Entre estas últimas, destacaba la figura del filósofo danés Soren Kierkegaard (1813-1855), que yo había leído en mis años de adolescencia. No sé cuándo descubrió ella al autor de Diario de un seductor (1843). En cualquier caso, ese fue uno de los combustibles de nuestra amistad que se sazonó a lo largo del tiempo entre ascuas, fuegos, fuegos fatuos, callados incendios crepusculares. Su primer libro de poesía se tituló La gitanilla (2000). Era una edición de autor con portada plateada. El personaje que le da título al libro se inspira en parte en la novela La gitanilla (1613) de Cervantes pero también en la tradición errante de los gitanos en Europa. Decir gitanos es decir también seres marginales, errantes, nómadas. Elsa tenía no poco de eso. No sé cómo se hizo amiga de la poeta Isabel Fraire que llegaba a buscar refugio a su casa. Hizo su tesis contra viento y marea sobre el filósofo danés y más tarde publicó el libro La dramaturgia filosófica de Kierkegaard y su influencia en el drama moderno (2021). La obra en cuestión surgió también al socaire de las clases que impartía con entrega y pasión en la Facultad de Filosofía y Letras. No fue esa la única vez que Elsa Torres se ocupó del filósofo danés. En 2010, obtuvo el grado de Doctora en Filosofía con la tesis Kierkegaard dramaturgo: la Estética, el Teatro y las Mujeres, cuyo tutor fue el Dr. Alberto Constante. Dos años antes, en 2008, había dado a la estampa Soren Kierkegaard: el seductor seducido.[1] Decir Soren Kierkegaard equivale a referirse al tema de la crisis de la identidad, reflejado en la seudonimia de la cual es maestro ajedrecista el pensador danés. Este rasgo era uno de los que fascinaban a nuestra querida Elsa, a quien cautivó el autor de Diario de un seductor. El leit motiv de la ambigüedad —política y civil, sexual y estética— es una de las cosas que fascinaban a la mexicana, que era a la vez gitanilla y pensadora, poeta y enamorada de las ideas… Por mi parte, añado que en mi adolescencia leí mucho al autor del Tratado de la desesperación y que unas frases suyas aparecen como epígrafe en uno de los textos de Fuera del aire. ¿Será necesario aclarar que las resonancias magnéticas de Kierkegaard fueron tan poderosas que llevaron a Miguel de Unamuno a aprender danés? Elsa no tuvo tiempo de aprender esa lengua. Leyó a Soren Kierkegaard en las traducciones disponibles al español, como las traducidas por Demetrio Rivero para el sello Guadarrama de Madrid, en los por los menos diez volúmenes de las Obras y papes de Soren Kierkegaard a medidos de los años sesenta del pasado siglo o las ediciones sueltas como las publicadas por Editora Nacional de la misma ciudad, como Temor y temblor, en la edición preparada por Vicente Simón Marchán, en 1981, o, en fin, en los dos volúmenes de las Oeuvres de Kierkegaaard, editadas por Régis Boyer para la Pleiade en París, en 2018, para no hablar de las traducciones de Nassin Bravo Jordán, prologadas por Leticia Valdés, publicadas por la UIA en 2008: Postscriptum no científico y definitivo a Migajas filosóficas, 655 pp.

Me he detenido en estas fichas pues creo que, para entender a la persona de esta “dandy” de la inteligencia mexicana habría que contrastarla con el filósofo al que tantas páginas escritas, leídas y comentadas dedicó. Debo agregar que su poesía no es de fácil lectura. Está sembrada de signos, emblemas y alusiones que participan de lo barroco y, antes, de lo bizantino… Eso no lo hace menos seductora, para echar mano de una voz que reaparecía de tanto en su conversación. Aquí llego a un punto clave. Elsa era una gran conversadora. Eso no sólo le permitió ser una magnífica docente sino armarse de una red de amistades electivas y elegidas que la acompañarían toda la vida y —me consta— después de su muerte…

La gitanilla siguieron otros libros, recuerdo ahora Musea (2018), donde los naipes de su baraja hermética y herética, helenista y helenística se despliegan con fluidez. Sabíamos que estaba enferma, pero no hasta qué punto. Fuimos a despedirla el sábado 24 de septiembre rodeados de sus compañeros, discípulos y amigos. Transcribo a continuación la ficha que hice de ella para la antología Lluvia de letras (2007) junto con los poemas y, adelante, un breve comentario a Musea y unos poemas de ese mismo libro. Volviendo a Kierkegaard, cuando salió su libro, puse una nota en Twitter recatando la relación entre el autor danés de Don Juan y George Steiner. No fueron pocos los comentarios.

 

 

II

¿Quieres ser maestro? Primero

adquiere el título de bachiller,

después el de doctor, conviertete

en seguida en un hombre experimentado

y sabio, después de lo cual podrás

radicarte definitivamente en algún

lugar para beneficio de los enfermos.

Paracelso en Philosophia Magna 

 

 

La gitanilla[2] —“(Diálogo donde se debate el arte de la quiromancia y el arte de la escribanía)”— es el primer libro de una autora que sabe dejar en reposo el aguardiente de sus sueños, como lo prueba el hecho de que el libro concluido en 1993 se haya demorado siete cabalísticos años antes de ver la luz pública y profana. Entretanto, la autora dibuja en una tesis de filosofía la transmisión de la utopía de Platón a Campanella

La gitanilla cuenta diez poemas —tantos como dedos tiene la mano. Poemas que van de un verso a trece líneas y que cuentan el coloquio entre una lectura de los arcanos manuales y un escritor consciente de la poetomaquia o maquinaria que mueve al autómata lírico. Este diálogo es, desde luego, una danza, un juego a dos manos que participa del rasguño y la caricia, a la vez un esgrima amoroso y un ejercicio de autoconocimiento. Juego de manos es juego de villanos, pregona el dicho popular. La gitanilla es un coloquio villano: a la par urbano y pícaro, aéreo e incendiario, íntimo, ígneo. ¿Con quién habla la gitanilla: consigo misma, con su sombra? ¿Danza al compás de las estrellas o se mueve y contonea al ritmo de la tradición?

Como La gitanilla, su autora, Elsa Torres Garza, es una lectora, es decir, alguien que sabe que es preciso detenerse, deletrear y desgranar y que no se puede mirar al espejo sin uno leer ni asomarse al mundo sin releer. La gitanilla sólo dirá su canción al que se vaya con ella, la pierda y la vuelva a oír. Es una canción tan remota como las antiguas canciones de amor egipcio —de amor gitano— y tan nueva e inédita como la lección que nos puede dar el ingrávido museo que cada uno lleva estampado en la palma de la mano. La gitanilla lee en las manos un libro cabalístico, pero al decir su lectura y galvanizarla en el baño argentino de la palabra (mírese el nada casual forro plateado de este libro eficiente) alza a la luz pública un libro de poemas como manos: volátiles, carnales, inquietas e inquietantes.

“La Sibila está en la encrucijada” reza el epígrafe del gitano Federico García Lorca. El adivino, en efecto, ha nacido en el cruce de los caminos, y es ahí donde respira la gitanilla: en el aire abierto de lo virtual. Un aire que se abre a fuerza de ritmo y compás, de medida y restricción. Apulserada, acinturada, la palabra mercurial de La gitanilla ilumina con su relámpago el silencio y deja en la memoria el resplandor intermitente de una tempestad interior que ha sabido dominarse —ella diría acinturarse— para darse a nosotros en espectáculo. La gitanilla es, desde luego, una diamantina, indomable joya verbal. Pero la suya no es piedra de verbal fantasía. Sibila de mercurio, metálica filosofal sílfide, La gitanilla nos lee, nos toca porque es ante todo real.

Manual de astronomía, manual esgrima y andanza de adivinanzas, canciones de amor y desamor del Egipto íntimo. Los enigmas están sembrados a lo largo del texto y en diversos planos de la lección. ¿Con quién habla la gitanilla? ¿Qué vio y no dice como cualquier adivino que se respeta? ¿Por qué decidió dialogar —ella lectora— con un representante del orden escrito? Así, por ejemplo, en el texto, en sus primeras líneas leemos ya una palabra a la vez enigmática y reveladora: esparagírico. Dice: “De nada sirve aquilatar / gitanilla pulserada / el esparagírico destino”. Esparagírico: (gesticulante, lleno de aspavientos) rima en cierto modo con las pulseras nerviosas de la gitanilla con sus poemas que son manos que son poemas. El libro, amén de su aliento perfumado a yerbas aromáticas, trae candilejas de palabra y voces raras que hacen al lector preguntarse: si la gitanilla ha hablado, ¿qué tanto ha dicho del todo adivinado? Masticando esta pregunta, recordamos que antaño una marca de goma de mascar llamada La gitana cuyo empaque de papel, si se hacía arder en su proximidad un fósforo, dejaba aparecer escrito un mensaje enigmático. Habrá que leer La gitanilla con el fuego cerca. Quizá sólo así afloren sus esparagíricas verdades en el México de la palinodia sexenal, las gitanas eran temidas por su fama de “roba-chicos”. ¿Acaso en sus entrelíneas no cuenta La gitanilla la historia feliz e infeliz de una inocencia perdida y recobrada?

 

De nada sirve aquilatar,

gitanilla pulserada,

el esparagírico destino

No hay grimorios en los dedos ávidos

—palimpsestos de la palma—

Los mapas quirománticos sólo trazan tacto

El nombre húmedo de una fecha hermética en la Kábala

El ademán largo de la música y las falanges del pianista

 

Con sus modales epidérmicos

la mano de la bella del señor

se bate

contra un augurio inaceptable, por eso

si deshojas sus dedos delicados con fatídicos

designios

esa fina piel de astillas

con tu lengua

 

En la línea cordial de las mujeres no se borra

el recinto maternal, ni deslíe la huella de la dicha

Está escrito lenemente en su vivir errático

lo inevitable: una verdad vacía

Más allá de la lectura de la existencia de la dama,

minuciosa,

                                    palpas en la mano del varón una verdad nonata

¡Alégrate entonces, si tu presciencia indecorosa,

del torrente que nos lleva sabe poco!

 

¡A humo de pajas huele el futuro desahuciado!

 

En cuanto a mí, gitanilla acinturada,

todo mi destino cabe por el ojo de la cerradura

La tribuna del azar preside

una cavernosa voz en el canto de la mano

 

No me asaltan tus bisbiseos con el hado,

otras yemas dejan en mí su huella intacta

Un beso “diente a diente solo”

perdura en el mordisco

y como insignia en los cuencos deja

una rama seca estrujada en el puño

 

La gitanilla, llena de rabia, 

agiganta sus ojos y toma la mano del incrédulo; 

el perfume espeso de su pelo 

inquieta 

 

“Yo

como los ciegos leo

letras punzantes,

vieja cicatriz de página afilada”

 

No quieras conducirme al sopor oracular

Imprudentes tahúres apuestan

con monederos falsos

De nada sirve que yazgan bajo la almohada

ofrendas para soñar la víspera,

providenciales acacias                                                             No anticipa el qué

vendrá, guijarros pulidos

por la fatiga pálida del agua. (pp. 11-19) 

 

 

III

Estas que me dictó rimas sonoras 

Luis de Góngora

 

Musea: atrio o espacio donde se mueven las musas, los dioses y semidioses, los monstruos y los héroes, los ángeles y los cantos y danzas. Cada musa encarna una fuerza o una inclinación. Las formas de la vocación artística se divierten en la fisonomía de las musas que se arriesgan y desviven en el espacio del poema.

El metal de la voz se funde y moldea en los poemas de Musea[3] (2018) con sigilosa eficacia en la que conviven y flotan las formas arcaicas de lo divino con la urgencia e intensidad del deseo y del amor. Lo que se juega en cada uno de los poemas de Musea y en cada una de las estrofas que siguen en La gitanilla es la posibilidad del decir desde el juego y la travesura la vasta edad de la conciencia amorosa y a la par desgarrada. La prosodia se alberga en un tren de formas que combinan lo regular y lo irregular en un calendario del deseo que se hace logos y conocimiento. Un raro encanto se desprende de estos poemas donde el sujeto elocuente ha sido puesto a prueba en las fraguas tiránica de la tradición y de un calculado y medido impulso innovador que alienta y da vida a las geometrías que cristalizan en estas mitologías en las que cada vocal centuplica las sombras de su resonante fulgor. La familiaridad, la intimidad que el poema tiene con lo terrible se sabe cubrir pudorosamente en el dominio de las formas. Las cifras legendarias han sido frotadas y trabajadas hasta que desde sus emblemas empiezan a deletrearse los sueños inmemoriales que toman posesión de los cuerpos trabajados por el deseo. La mente no se da tregua. Activa Psique sus mariposas sobre cada tumba para devolverle la vida. No hay pausa. Todo es creación, fiebre que se perfecciona en los poemas de Musea de la poeta y pensadora Elsa Torres Garza.

 

Atlas 

 

No alzaste el arco del cielo

sólo por alzarlo

Tenías que sostenerlo a todo músculo

sobre tu espalda,

para que una vez Perseo

te mostrase la cabeza de Medusa,

te tornases en piedra

En una cordillera de jóvenes montañas

Para cargar a Urano entera

 

 

Cocteles Faustus 

 

Asegúrese la tenue compañía de un ángel

y vierta en una copa de Murano

trece gotas de sangre del pulgar;

dos pizcas de azufre;

una cuchara sopera de baba de jabalí

Pasados diez minutos, agregue sin demora

el poético Pernod…

 

El ángel, la retina abstracta,

verá con más relieve

los residuos de brebaje tan mortal.

 

 

Filatelia

 

Ayer tarde se anegó la casa;

tomé la escoba y

sin remedio

barrí el agua

Testigos no hubo

Las hialinas ventanas se empeñaron,

el agua aérea del mundo

por la puerta

violó las cartas

esparciendo tintas;

hacia el oriente de la alcoba

un canto Yaha Bibi

 

Sobre la cama 

arremolinó timbres blancos.

 

 

Atrio

 

La roca mesa en que se posa ligera,

consagrada al oficio del cáliz,

rodeada de agua

 

Acompaña a todo santo de Zollipo

porque bastan sus desnudos muslos

para desaparecer el horizonte

y su rodilla pulida

empuja

gira la piedra lisa sin musgo,

en su entrepierna.

 

 

Musea

 

A Calíope se le ha caído el estilete al suelo

porque la capsa de Clío se sumergió en el Caspio

 

El mundo es un esclavo enfermo,

inútil gime,

por negar que fue decapitada Mnemosyne

Ayer Euterpe sopló su doble flauta,

Terpsícore bailaba la noche tropicada

Mientras tanto

 

Melpómene vieja, desdentada

—su llanto huele a rancio—

arrastra los pies en la aburrida Arcadia

y tiene en las orejas rústicas vellosidades

 

Urania es fea y áspera,

su esfera y su compás

divagan entre gases letalísimos

 

¿Qué ríe, qué carcajea Thalía?

Anda cínica la cósmica,

olfateando el elixir de más… caras perversiones

 

Ya agotó el Kama Sutra

en una noche febricente Erato,

y Polymnia, lírica insobornable,

cambió los peplos por papeles.

(a Gerardo Deniz in memoriam)

 

 

Ex torris 

 

Dabido a la clausura del Parnaso

(“ordenanza de autoridades neoplatónicas”)

el Tribunal de Radamanto ha caducado

 

Las danaides no apuran el agua

aeterno modo

en un tonel de hoquis;

y sus cuarenta y nueve esposos

gozan a granel lúbricos himeneos cavernosos

 

Como las furias ya no fustigan con sus látigos,

Sísifo precipita por el monte

el cuerpo desmembrado del Cronida

 

Tántalo, por su parte,

sumergido hasta la barba,

sacia su sed con vinos del Mediterráneo

celebrando las cabriolas de impúdicas nereidas

 

Prometeo —el más osado enemigo—,

ya sin águila ni roca ni cadenas,

toma té en Corfú todas las tardes

y negocia trujamán

la puerta espléndida del Tártaro

 

Aunque la vieja Sibila haya protestado

y Eneas esté presa de terror,

a punto del psiquiátrico,

los díscolos Titanes

han vuelto a las andadas.

 

 

Némesis

 

Los espectros que barren el suelo son cadenas

oxidadas,

clausuran la puerta al fondo de la casa

 

Miguel no despliega sus plumas

para salvar del abismo a hermanitos estrábicos

Menos aún Virgilio cruza el Aqueronte

con varita de muérdago en la mano.

 

 

Horas

 

Sean éstas

Sacramento

De pálpitos a la

Ventana

Y trizas de

Sangre           a la

Madrugada

Hostias

Deshaciéndose

En la boca

Sangre de

Todas horas

Sé que de sí

Sé a lo que

Sabe

Que sabe mi

Sangre por

Segundo

A aguahierro

 

 

Edípica 

 

No yerra el acertijo de la Esfinge

El inmolado en la red

Del cazador

Y su presa extenuada

 

Un insólito saber trasiega

Opaco

El borde de las cosas

Y sus pupilas

Apetecen

Sus rasgos olvidados.

 

 

Parcas 

 

Oye el rechinar de la rueca

Y del destino el hilo pálido

Y las tijeras…

 

Oye

El ruido

De los papeles estrujados

En pelota

Para volar en corto vuelo

Al cesto

 

Oye el malgasto

Del rodar de estas monedas

Sobre la superficie

En bolo

 

Oye el huso tensarse

En triángulo fatídico.

 

 

Mitología hogareña

 

Si de cópulas trátase

y vítreas sahumadas perfecciones

En materia de exacerbación      Era

de su célibe lujuria hace pulcros modales

 

Máter la castró

Zeus dále el cinturón.

 

 

Pensando en La Odalisca de Ingres

 

Frente al espejo entornada

Como un juego de óvalos lubrica

Su cuerpo minuciosamente dividido

 

Vieja contención,

Insomne como el tallo,

Enreda entre las telas

Cardúmenes prohibidos

 

Avidez de perfume que se adhiera al tímpano

Distendido en dos partes el humo de su cuerpo

Fija, en su parda geometría.

 

 

Dos poemas para Insomnos

 

I

Glauca brota

De ahuecada palma y pluma

Interminable caída sobre la mesa

De grito

 

Desapacibles coros

De abejarreina en la colmena

De horcadura que bifurca

 

Piel rosada y pecho anónimo

Serrando estrídulo

Noches insidiosas y carbunclos.

 

II

Rumor granulado y su derroche

Registro en duermevela oficioso

Tu vocal centuplicada, tu súplica, su capa de humo

Soñada entre las manos

Aceitada entre los dedos, penetrante.

 

 

 

 

[1] Biblioteca Crítica Abierta, Serie Filosofía 5, Sistema Universidad Abierta, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, al cuidado editorial de Carlo Salinas Reyes.

[2] Elsa Torres Garza, La gitanilla, Viñeta de Gonzalo Ceja, In Memoriam Edén Ferrer, Edición de autor, Impresora Eficiencia, México, 2000, 47 pp.

[3] Ediciones Monosílabo, colección RaraAvis, 2018, pp. 10-26.

 

 

 

 

Farewell para Elsa  

 

 

I

Conocí a Elsa, Elsa Elia Torres Garza (México, 1957-2022), a finales de los años setenta. Teníamos muchas amistades vivas y muertas en común. Entre estas últimas, destacaba la figura del filósofo danés Soren Kierkegaard (1813-1855), que yo había leído en mis años de adolescencia. No sé cuándo descubrió ella al autor de Diario de un seductor (1843). En cualquier caso, ese fue uno de los combustibles de nuestra amistad que se sazonó a lo largo del tiempo entre ascuas, fuegos, fuegos fatuos, callados incendios crepusculares. Su primer libro de poesía se tituló La gitanilla (2000). Era una edición de autor con portada plateada. El personaje que le da título al libro se inspira en parte en la novela La gitanilla (1613) de Cervantes pero también en la tradición errante de los gitanos en Europa. Decir gitanos es decir también seres marginales, errantes, nómadas. Elsa tenía no poco de eso. No sé cómo se hizo amiga de la poeta Isabel Fraire que llegaba a buscar refugio a su casa. Hizo su tesis contra viento y marea sobre el filósofo danés y más tarde publicó el libro La dramaturgia filosófica de Kierkegaard y su influencia en el drama moderno (2021). La obra en cuestión surgió también al socaire de las clases que impartía con entrega y pasión en la Facultad de Filosofía y Letras. No fue esa la única vez que Elsa Torres se ocupó del filósofo danés. En 2010, obtuvo el grado de Doctora en Filosofía con la tesis Kierkegaard dramaturgo: la Estética, el Teatro y las Mujeres, cuyo tutor fue el Dr. Alberto Constante. Dos años antes, en 2008, había dado a la estampa Soren Kierkegaard: el seductor seducido.[1] Decir Soren Kierkegaard equivale a referirse al tema de la crisis de la identidad, reflejado en la seudonimia de la cual es maestro ajedrecista el pensador danés. Este rasgo era uno de los que fascinaban a nuestra querida Elsa, a quien cautivó el autor de Diario de un seductor. El leit motiv de la ambigüedad —política y civil, sexual y estética— es una de las cosas que fascinaban a la mexicana, que era a la vez gitanilla y pensadora, poeta y enamorada de las ideas… Por mi parte, añado que en mi adolescencia leí mucho al autor del Tratado de la desesperación y que unas frases suyas aparecen como epígrafe en uno de los textos de Fuera del aire. ¿Será necesario aclarar que las resonancias magnéticas de Kierkegaard fueron tan poderosas que llevaron a Miguel de Unamuno a aprender danés? Elsa no tuvo tiempo de aprender esa lengua. Leyó a Soren Kierkegaard en las traducciones disponibles al español, como las traducidas por Demetrio Rivero para el sello Guadarrama de Madrid, en los por los menos diez volúmenes de las Obras y papes de Soren Kierkegaard a medidos de los años sesenta del pasado siglo o las ediciones sueltas como las publicadas por Editora Nacional de la misma ciudad, como Temor y temblor, en la edición preparada por Vicente Simón Marchán, en 1981, o, en fin, en los dos volúmenes de las Oeuvres de Kierkegaaard, editadas por Régis Boyer para la Pleiade en París, en 2018, para no hablar de las traducciones de Nassin Bravo Jordán, prologadas por Leticia Valdés, publicadas por la UIA en 2008: Postscriptum no científico y definitivo a Migajas filosóficas, 655 pp.

Me he detenido en estas fichas pues creo que, para entender a la persona de esta “dandy” de la inteligencia mexicana habría que contrastarla con el filósofo al que tantas páginas escritas, leídas y comentadas dedicó. Debo agregar que su poesía no es de fácil lectura. Está sembrada de signos, emblemas y alusiones que participan de lo barroco y, antes, de lo bizantino… Eso no lo hace menos seductora, para echar mano de una voz que reaparecía de tanto en su conversación. Aquí llego a un punto clave. Elsa era una gran conversadora. Eso no sólo le permitió ser una magnífica docente sino armarse de una red de amistades electivas y elegidas que la acompañarían toda la vida y —me consta— después de su muerte…

La gitanilla siguieron otros libros, recuerdo ahora Musea (2018), donde los naipes de su baraja hermética y herética, helenista y helenística se despliegan con fluidez. Sabíamos que estaba enferma, pero no hasta qué punto. Fuimos a despedirla el sábado 24 de septiembre rodeados de sus compañeros, discípulos y amigos. Transcribo a continuación la ficha que hice de ella para la antología Lluvia de letras (2007) junto con los poemas y, adelante, un breve comentario a Musea y unos poemas de ese mismo libro. Volviendo a Kierkegaard, cuando salió su libro, puse una nota en Twitter recatando la relación entre el autor danés de Don Juan y George Steiner. No fueron pocos los comentarios.

 

 

II

¿Quieres ser maestro? Primero

adquiere el título de bachiller,

después el de doctor, conviertete

en seguida en un hombre experimentado

y sabio, después de lo cual podrás

radicarte definitivamente en algún

lugar para beneficio de los enfermos.

Paracelso en Philosophia Magna  

 

 

La gitanilla[2] —“(Diálogo donde se debate el arte de la quiromancia y el arte de la escribanía)”— es el primer libro de una autora que sabe dejar en reposo el aguardiente de sus sueños, como lo prueba el hecho de que el libro concluido en 1993 se haya demorado siete cabalísticos años antes de ver la luz pública y profana. Entretanto, la autora dibuja en una tesis de filosofía la transmisión de la utopía de Platón a Campanella

La gitanilla cuenta diez poemas —tantos como dedos tiene la mano. Poemas que van de un verso a trece líneas y que cuentan el coloquio entre una lectura de los arcanos manuales y un escritor consciente de la poetomaquia o maquinaria que mueve al autómata lírico. Este diálogo es, desde luego, una danza, un juego a dos manos que participa del rasguño y la caricia, a la vez un esgrima amoroso y un ejercicio de autoconocimiento. Juego de manos es juego de villanos, pregona el dicho popular. La gitanilla es un coloquio villano: a la par urbano y pícaro, aéreo e incendiario, íntimo, ígneo. ¿Con quién habla la gitanilla: consigo misma, con su sombra? ¿Danza al compás de las estrellas o se mueve y contonea al ritmo de la tradición?

Como La gitanilla, su autora, Elsa Torres Garza, es una lectora, es decir, alguien que sabe que es preciso detenerse, deletrear y desgranar y que no se puede mirar al espejo sin uno leer ni asomarse al mundo sin releer. La gitanilla sólo dirá su canción al que se vaya con ella, la pierda y la vuelva a oír. Es una canción tan remota como las antiguas canciones de amor egipcio —de amor gitano— y tan nueva e inédita como la lección que nos puede dar el ingrávido museo que cada uno lleva estampado en la palma de la mano. La gitanilla lee en las manos un libro cabalístico, pero al decir su lectura y galvanizarla en el baño argentino de la palabra (mírese el nada casual forro plateado de este libro eficiente) alza a la luz pública un libro de poemas como manos: volátiles, carnales, inquietas e inquietantes.

“La Sibila está en la encrucijada” reza el epígrafe del gitano Federico García Lorca. El adivino, en efecto, ha nacido en el cruce de los caminos, y es ahí donde respira la gitanilla: en el aire abierto de lo virtual. Un aire que se abre a fuerza de ritmo y compás, de medida y restricción. Apulserada, acinturada, la palabra mercurial de La gitanilla ilumina con su relámpago el silencio y deja en la memoria el resplandor intermitente de una tempestad interior que ha sabido dominarse —ella diría acinturarse— para darse a nosotros en espectáculo. La gitanilla es, desde luego, una diamantina, indomable joya verbal. Pero la suya no es piedra de verbal fantasía. Sibila de mercurio, metálica filosofal sílfide, La gitanilla nos lee, nos toca porque es ante todo real.

Manual de astronomía, manual esgrima y andanza de adivinanzas, canciones de amor y desamor del Egipto íntimo. Los enigmas están sembrados a lo largo del texto y en diversos planos de la lección. ¿Con quién habla la gitanilla? ¿Qué vio y no dice como cualquier adivino que se respeta? ¿Por qué decidió dialogar —ella lectora— con un representante del orden escrito? Así, por ejemplo, en el texto, en sus primeras líneas leemos ya una palabra a la vez enigmática y reveladora: esparagírico. Dice: “De nada sirve aquilatar / gitanilla pulserada / el esparagírico destino”. Esparagírico: (gesticulante, lleno de aspavientos) rima en cierto modo con las pulseras nerviosas de la gitanilla con sus poemas que son manos que son poemas. El libro, amén de su aliento perfumado a yerbas aromáticas, trae candilejas de palabra y voces raras que hacen al lector preguntarse: si la gitanilla ha hablado, ¿qué tanto ha dicho del todo adivinado? Masticando esta pregunta, recordamos que antaño una marca de goma de mascar llamada La gitana cuyo empaque de papel, si se hacía arder en su proximidad un fósforo, dejaba aparecer escrito un mensaje enigmático. Habrá que leer La gitanilla con el fuego cerca. Quizá sólo así afloren sus esparagíricas verdades en el México de la palinodia sexenal, las gitanas eran temidas por su fama de “roba-chicos”. ¿Acaso en sus entrelíneas no cuenta La gitanilla la historia feliz e infeliz de una inocencia perdida y recobrada?

 

De nada sirve aquilatar,

gitanilla pulserada,

el esparagírico destino

No hay grimorios en los dedos ávidos

—palimpsestos de la palma—

Los mapas quirománticos sólo trazan tacto

El nombre húmedo de una fecha hermética en la Kábala

El ademán largo de la música y las falanges del pianista

 

Con sus modales epidérmicos

la mano de la bella del señor

se bate

contra un augurio inaceptable, por eso

si deshojas sus dedos delicados con fatídicos

designios

esa fina piel de astillas

con tu lengua

 

En la línea cordial de las mujeres no se borra

el recinto maternal, ni deslíe la huella de la dicha

Está escrito lenemente en su vivir errático

lo inevitable: una verdad vacía

Más allá de la lectura de la existencia de la dama,

minuciosa,

                                    palpas en la mano del varón una verdad nonata

¡Alégrate entonces, si tu presciencia indecorosa,

del torrente que nos lleva sabe poco!

 

¡A humo de pajas huele el futuro desahuciado!

 

En cuanto a mí, gitanilla acinturada,

todo mi destino cabe por el ojo de la cerradura

La tribuna del azar preside

una cavernosa voz en el canto de la mano

 

No me asaltan tus bisbiseos con el hado,

otras yemas dejan en mí su huella intacta

Un beso “diente a diente solo”

perdura en el mordisco

y como insignia en los cuencos deja

una rama seca estrujada en el puño

 

La gitanilla, llena de rabia,  

agiganta sus ojos y toma la mano del incrédulo;  

el perfume espeso de su pelo  

inquieta  

 

“Yo

como los ciegos leo

letras punzantes,

vieja cicatriz de página afilada”

 

No quieras conducirme al sopor oracular

Imprudentes tahúres apuestan

con monederos falsos

De nada sirve que yazgan bajo la almohada

ofrendas para soñar la víspera,

providenciales acacias                                                             No anticipa el qué

vendrá, guijarros pulidos

por la fatiga pálida del agua. (pp. 11-19)  

 

 

III

Estas que me dictó rimas sonoras  

Luis de Góngora

 

Musea: atrio o espacio donde se mueven las musas, los dioses y semidioses, los monstruos y los héroes, los ángeles y los cantos y danzas. Cada musa encarna una fuerza o una inclinación. Las formas de la vocación artística se divierten en la fisonomía de las musas que se arriesgan y desviven en el espacio del poema.

El metal de la voz se funde y moldea en los poemas de Musea[3] (2018) con sigilosa eficacia en la que conviven y flotan las formas arcaicas de lo divino con la urgencia e intensidad del deseo y del amor. Lo que se juega en cada uno de los poemas de Musea y en cada una de las estrofas que siguen en La gitanilla es la posibilidad del decir desde el juego y la travesura la vasta edad de la conciencia amorosa y a la par desgarrada. La prosodia se alberga en un tren de formas que combinan lo regular y lo irregular en un calendario del deseo que se hace logos y conocimiento. Un raro encanto se desprende de estos poemas donde el sujeto elocuente ha sido puesto a prueba en las fraguas tiránica de la tradición y de un calculado y medido impulso innovador que alienta y da vida a las geometrías que cristalizan en estas mitologías en las que cada vocal centuplica las sombras de su resonante fulgor. La familiaridad, la intimidad que el poema tiene con lo terrible se sabe cubrir pudorosamente en el dominio de las formas. Las cifras legendarias han sido frotadas y trabajadas hasta que desde sus emblemas empiezan a deletrearse los sueños inmemoriales que toman posesión de los cuerpos trabajados por el deseo. La mente no se da tregua. Activa Psique sus mariposas sobre cada tumba para devolverle la vida. No hay pausa. Todo es creación, fiebre que se perfecciona en los poemas de Musea de la poeta y pensadora Elsa Torres Garza.

 

Atlas  

 

No alzaste el arco del cielo

sólo por alzarlo

Tenías que sostenerlo a todo músculo

sobre tu espalda,

para que una vez Perseo

te mostrase la cabeza de Medusa,

te tornases en piedra

En una cordillera de jóvenes montañas

Para cargar a Urano entera

 

 

Cocteles Faustus  

 

Asegúrese la tenue compañía de un ángel

y vierta en una copa de Murano

trece gotas de sangre del pulgar;

dos pizcas de azufre;

una cuchara sopera de baba de jabalí

Pasados diez minutos, agregue sin demora

el poético Pernod…

 

El ángel, la retina abstracta,

verá con más relieve

los residuos de brebaje tan mortal.

 

 

Filatelia

 

Ayer tarde se anegó la casa;

tomé la escoba y

sin remedio

barrí el agua

Testigos no hubo

Las hialinas ventanas se empeñaron,

el agua aérea del mundo

por la puerta

violó las cartas

esparciendo tintas;

hacia el oriente de la alcoba

un canto Yaha Bibi

 

Sobre la cama  

arremolinó timbres blancos.

 

 

Atrio

 

La roca mesa en que se posa ligera,

consagrada al oficio del cáliz,

rodeada de agua

 

Acompaña a todo santo de Zollipo

porque bastan sus desnudos muslos

para desaparecer el horizonte

y su rodilla pulida

empuja

gira la piedra lisa sin musgo,

en su entrepierna.

 

 

Musea

 

A Calíope se le ha caído el estilete al suelo

porque la capsa de Clío se sumergió en el Caspio

 

El mundo es un esclavo enfermo,

inútil gime,

por negar que fue decapitada Mnemosyne

Ayer Euterpe sopló su doble flauta,

Terpsícore bailaba la noche tropicada

Mientras tanto

 

Melpómene vieja, desdentada

—su llanto huele a rancio—

arrastra los pies en la aburrida Arcadia

y tiene en las orejas rústicas vellosidades

 

Urania es fea y áspera,

su esfera y su compás

divagan entre gases letalísimos

 

¿Qué ríe, qué carcajea Thalía?

Anda cínica la cósmica,

olfateando el elixir de más… caras perversiones

 

Ya agotó el Kama Sutra

en una noche febricente Erato,

y Polymnia, lírica insobornable,

cambió los peplos por papeles.

(a Gerardo Deniz in memoriam)

 

 

Ex torris  

 

Dabido a la clausura del Parnaso

(“ordenanza de autoridades neoplatónicas”)

el Tribunal de Radamanto ha caducado

 

Las danaides no apuran el agua

aeterno modo

en un tonel de hoquis;

y sus cuarenta y nueve esposos

gozan a granel lúbricos himeneos cavernosos

 

Como las furias ya no fustigan con sus látigos,

Sísifo precipita por el monte

el cuerpo desmembrado del Cronida

 

Tántalo, por su parte,

sumergido hasta la barba,

sacia su sed con vinos del Mediterráneo

celebrando las cabriolas de impúdicas nereidas

 

Prometeo —el más osado enemigo—,

ya sin águila ni roca ni cadenas,

toma té en Corfú todas las tardes

y negocia trujamán

la puerta espléndida del Tártaro

 

Aunque la vieja Sibila haya protestado

y Eneas esté presa de terror,

a punto del psiquiátrico,

los díscolos Titanes

han vuelto a las andadas.

 

 

Némesis

 

Los espectros que barren el suelo son cadenas

oxidadas,

clausuran la puerta al fondo de la casa

 

Miguel no despliega sus plumas

para salvar del abismo a hermanitos estrábicos

Menos aún Virgilio cruza el Aqueronte

con varita de muérdago en la mano.

 

 

Horas

 

Sean éstas

Sacramento

De pálpitos a la

Ventana

Y trizas de

Sangre           a la

Madrugada

Hostias

Deshaciéndose

En la boca

Sangre de

Todas horas

Sé que de sí

Sé a lo que

Sabe

Que sabe mi

Sangre por

Segundo

A aguahierro

 

 

Edípica  

 

No yerra el acertijo de la Esfinge

El inmolado en la red

Del cazador

Y su presa extenuada

 

Un insólito saber trasiega

Opaco

El borde de las cosas

Y sus pupilas

Apetecen

Sus rasgos olvidados.

 

 

Parcas  

 

Oye el rechinar de la rueca

Y del destino el hilo pálido

Y las tijeras…

 

Oye

El ruido

De los papeles estrujados

En pelota

Para volar en corto vuelo

Al cesto

 

Oye el malgasto

Del rodar de estas monedas

Sobre la superficie

En bolo

 

Oye el huso tensarse

En triángulo fatídico.

 

 

Mitología hogareña

 

Si de cópulas trátase

y vítreas sahumadas perfecciones

En materia de exacerbación      Era

de su célibe lujuria hace pulcros modales

 

Máter la castró

Zeus dále el cinturón.

 

 

Pensando en La Odalisca de Ingres

 

Frente al espejo entornada

Como un juego de óvalos lubrica

Su cuerpo minuciosamente dividido

 

Vieja contención,

Insomne como el tallo,

Enreda entre las telas

Cardúmenes prohibidos

 

Avidez de perfume que se adhiera al tímpano

Distendido en dos partes el humo de su cuerpo

Fija, en su parda geometría.

 

 

Dos poemas para Insomnos

 

I

Glauca brota

De ahuecada palma y pluma

Interminable caída sobre la mesa

De grito

 

Desapacibles coros

De abejarreina en la colmena

De horcadura que bifurca

 

Piel rosada y pecho anónimo

Serrando estrídulo

Noches insidiosas y carbunclos.

 

II

Rumor granulado y su derroche

Registro en duermevela oficioso

Tu vocal centuplicada, tu súplica, su capa de humo

Soñada entre las manos

Aceitada entre los dedos, penetrante.

 

 

 

 

[1] Biblioteca Crítica Abierta, Serie Filosofía 5, Sistema Universidad Abierta, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, al cuidado editorial de Carlo Salinas Reyes.

[2] Elsa Torres Garza, La gitanilla, Viñeta de Gonzalo Ceja, In Memoriam Edén Ferrer, Edición de autor, Impresora Eficiencia, México, 2000, 47 pp.

[3] Ediciones Monosílabo, colección RaraAvis, 2018, pp. 10-26.