Este español, no importa dónde

1623

Ahora que lo pienso fue en un Walmart. Hará un año por ahí escuché, me digo que por vez primera, aunque es probable –harto probable– que fuera la tercera o la quinta, el español como un territorio de reencuentro con casi todo lo que he sido. Podría decirse, para los efectos de este texto, que leía la versión anglófona de las etiquetas de esas especias que combinan diferentes hierbas y granos y que uno paladea sin acabar de entender de dónde proviene cierto sabor telúrico, un matiz arcano capaz de remitir al tiempo de los abuelos, cuando escuché a una madre conversar con su hijo pequeño en un español suramericano que entonces me pareció, y me seguirá pareciendo calculo que por varios años, una especie de certeza, lo que se entiende por una certeza visceral; ese momento de reconocimiento en el que la cabeza asiente sola y sabe mejor que uno a lo que está conviniendo. Digamos que devolví los recipientes de cristal al estante y me dejé llevar por la familiaridad de la lengua, como si emprendiera un viaje de pocos metros y muchas eras hacia el corazón de los días vividos en español, el idioma de la juventud, el idioma del sexo y de la paternidad y de todo lo que merecería contar a pesar del país en que se viva. Parada en el pasillo del supermercado aquel, seguí los movimientos erráticos del niño mientras tomaba un chocolate y luego lo dejaba de vuelta, mientras tumbaba al suelo cajas de cereales que su mamá, diligente, iba restaurando al orden interno del supermercado y su lógica pérfida de poner a la mano todo lo que no interesa y sacar del radar lo que nos es urgente. Los seguí con la vista: madre e hijo platicando, paseándose con naturalidad por los corredores de un mundo que para mí dejaba de ser público, y que, no obstante, yo insistía en legarle a Mateo porque era el sitio en donde los eventos seguían sucediéndose y porque, en fin, no tendría algo mejor que dejarle en herencia. Al rato supe que eran argentinos, es decir, nacidos a más de once mil kilómetros de distancia, en tierras donde la gente vosea y agudiza los verbos para enfatizar sentidos. Quise abrazarlos, sobre todo al niño, pero no hice nada, nomás permanecí congelada viendo cómo el peque pronunciaba con estricta perfección la palabra “galleta”, ese vocablo que mi hijo adora y que siempre siempre nombra en diminutivo puesto que nada tienen que ver, y eso lo aprendí con él, las galletas y las galleticas.

A veces hay que estar lejos de las cosas, a años luz de las cosas, para que cristalicen como entes independientes con peso propio. Formando parte del cuerpo espeso de todo lo que no se es, lo que no se recuerda de tanto no pensarlo. También de la lengua. Tiene que estar en peligro para reverberar en uno, y para entender su belleza y la sensación de discurrir a través suyo, cual se discurre en los sueños con la intuición de que se está en presencia de lo increíble. Es una cuestión de distancia, de desactivar el pacto preverbal del que nuestras madres nos hicieron partícipes mucho antes del nacimiento y en el que, más tarde, nos abandonaran a la buena de Dios. A veces se trata de tomar la dirección opuesta, una ruta que conocen bien los que terminan largándose no ya de la tierra sino también de la lengua. Se marchan por enojo y por cansancio. ¿Quién no se ha ido de algún sitio por algo similar a la rabia o por algo similar al dolor? Pero la lengua no se abandona a consciencia, sino que se la encuentra, de regreso, a consciencia. Como me la tropecé yo en un centro comercial al este de Montreal, tarareada por un niño que no llegaba al tercer nivel de las estanterías. En un Walmart, naciendo de la memoria cual gesto arqueológico de la especie, fundándose de espaldas a los significados que uno sabe sin saber cómo y enseñándome a mí, allí, por pura casualidad, otras formas de existir en el español. Formas de la nostalgia y de la vinculación sentimental con una vida que se olvida en la medida en que se sigue vivo. Y claro, uno sigue vivo por más lejos que haya ido a parar, por eso algunos días, de la nada, le vienen a la cabeza palabras hermosas que sólo les oyó a sus abuelos, a su madre, a sus amigas de la escuela. Le vienen a la cabeza y se sorprende uno diciéndolas en voz alta para recuperar algo propio. Hay noches en que repito “está cisniendo” mientras la ciudad, humedecida, dormita a mis pies.

Cuando cursaba el último año de la universidad, nuestro curso fue seleccionado para darle clases de español a un grupo de estudiantes chinos que habían desembarcado en La Habana como resultado de ni idea qué acuerdo absurdo entre ambos países. La cosa es que nos dimos de bruces con una noción bizarra, inverosímil, del dispositivo de la lengua: la posibilidad de estar al margen suyo, de que hubiera, en efecto, mucha gente habitando fuera del idioma en el que nosotros habíamos crecido y en el que nos contábamos el cuentito de la historia propia. Gente concreta, quiero decir, chicos que estaban ahí, frente a uno, para quienes no sólo las palabras y la gramática española eran pasadizos intransitables, sino también los sonidos vocálicos rotundos. Porque en el español, se sabe, una “e” siempre es una “e”, por más al este o al oeste que el capricho la haya arrojado durante la confección de un vocablo. En aquel momento le di muchas vueltas al asunto, ¿de qué forma podría enseñarse el español como algo más que la lengua en la que la vida ocurre? ¿Cómo transferir al otro ese principio elíptico que pone en marcha el funcionamiento del habla a partir de consensos no explicitados e inestabilidades tribales? Me parecía una tarea rara, que habríamos de acometer desde cierto margen de irrealidad. Y en ello estábamos, enseñando español, la mañana aquella en que mi amiga María Luisa me hizo la pregunta.

Luego de los primeros turnos de clases, ella y yo salíamos corriendo hasta el otro extremo de los bloques de aulas, detrás del cuarto de la limpieza. Por el camino, y con el automatismo de esos reflejos condicionados que nadie recuerda cuando se desencadenaron con semejante vehemencia, sacábamos par de cigarros de la cajita verde y revolvíamos el interior de las bolsas en busca de las fosforeras (ay, fosforera es otra de esas palabras que “repito” cuando me da por repetir), de alguna de las muchas que íbamos acumulando por nada en particular, por mero olvido, supongo, y por su natural tendencia al extravío, de modo que cuando llegábamos, al fin, al pequeño cuadrante en el que fumábamos hasta donde alcanzaba, podíamos prescindir de los tres minutos de trámites previos. Hablábamos de cosas tangenciales a cosas importantes, migajas de conversación que se interrumpían cuando una de las dos espiraba el humo e inundaba el vacío que nos separaba con un algo salido de su interior. Y ese algo ya filtrado por un cuerpo vivo, que desde luego era una sustancia distinta a la que había entrado en los pulmones, detonaba en María Luisa, casi siempre en ella y muy raramente en mí, un estado reflexivo que en ocasiones se me hacía incómodo de sostener allí, bajo la claridad de esa hora entre las 10 y las 11 del día. Pero aquella vez, Mari no estuvo especialmente callada, se tragaba el humo del cigarro con ligereza y repasaba los pendientes de la jornada, hasta que me soltó que esa mañana había logrado escuchar el español como lengua extranjera, por primera vez lo había oído fuera de sí, sin entender nada de nada, había sido la experiencia más bella, me dijo, y que si yo lo intentaría alguna vez. Yo, claro, me descoloqué. Con la vista clavada en el concreto del suelo y el cabo quemándose entre mis dedos analicé el sentido de todo aquello, la posibilidad real de una liberación de esa índole, el recorrido, a la inversa, por el arco de las eras: generaciones y generaciones encargadas de forjar el hábito muscular y cultural de la lengua, una facultad dada de transmisión genética que fluye en uno sin otra explicación que la de su propia realidad incontestable. Y luego el portazo. Le dije a Mari que estaba loca, y arrojé la colilla al césped marchito que se extendía más allá de las aulas.

Hay días en que, rodeada de muchísima gente que platica en los mercados, en los cafés, en los pasillos de las guaguas abarrotadas del sopor del mediodía, he entrecerrado los ojos intentando alienarme de la cualidad inteligible del habla, tantear a ciegas hasta dar con la fibra que nos conecta a ese conjunto sonoro, un clavijero enorme, casi tan enorme como la espiral del infinito, y cortarla de cuajo, quedarme aislada y empezar, ahora sí, a escuchar de nuevo, de veras. Escuchar a ver qué tal. Abrir una puerta dentro de esa misma guagua y dentro de ese mismo mercado que es el hoy ininterrumpido, la yo que no puedo dejar de ser, y saltar como si nada hacia el otro lado, mirar desde el cristal, adentro y afuera, oír y no llegar, desatar las palabras de sus fonemas y permitir que ese desorden hermoso rebote en su condición primigenia de desconexión contra las paredes metálicas del autobús. Pero no le he logrado, no del todo. Ser dos, digo, la que entiende y la que no.

En México pensé que sí, porque ahí el español no es el español, o mejor dicho, es la energía centrífuga de una lengua en movimiento, un organismo incapaz de quedarse quieto y ser en el sentido permanente del término. El idioma, allí, no espera por los mexicanos, no espera por nadie que esté dispuesto a correrle detrás. Bien que podría, una cubana desembarcada en México una noche cualquiera de hace diez años, perderse de la misa la mitad. Eso, sin necesidad de cerrar los ojos. ¡Qué belleza el mexicano! ¿A poco no? Luego, tampoco es que exista algo así como el mexicano, porque lo que significamos bajo ese rótulo es demasiado grande, un tejido que muta de un estado a otro y, dentro de cada estado, de una región a otra, de una ciudad a otra, de un pueblo a otro, y aun dentro de los pueblos, cada grupito puede tener su constelación idiomática. Parece una exageración, es una exageración, pero así puesto resulta lo suficientemente fiel a la realidad como para que lo diga sin temor al exceso. Una lengua babélica porque sí (la más rica del continente, si me apuran), al límite del principio comunicativo básico y en ruta hacia lo desconocido. O siendo fiel a ese principio a su manera micro, siendo de nuevo cada vez mediante el gesto lúdico del corrimiento y el mestizaje. Porque en México el habla se basta a sí misma, he ahí la maravilla. Para ponerlo en términos del escritor argentino Fabián Casas –el chile de todos mis moles–: una lengua (un poema) que es algo y no sobre algo.

Si yo decía coger, que es como se agarra en Cuba, en el país del albur, la gente volteaba la cabeza y yo reconocía la perplejidad en sus rostros y la posterior malicia de quien identifica el equívoco como un accidente dormido en la raíz del vocablo. El error, una esencia deliberada. Nadie me explicaba bien la razón de aquellas miradas. Bueno, cualquier explicación tendría que pasar por un par de clarificaciones también ajenas, pero igual yo supe, a la larga, de qué iba todo aquello, aunque en un principio no lograra coger como debe cogerse en México –cosa que terminé haciendo, naturalmente– puesto que es un accionar distinto al de singar o follar, y porque el lenguaje, por más que digan, construye el mundo desde cero, y hay cosas que no son iguales al norte y al sur y que, nomás con nombrarlas, despiertan unos sentidos muy puntuales y arman una experiencia que nada que ver. Otro día, en el Tianguis de Abastos, en Guadalajara, mientras le pedía al carnicero unas piezas del pollo amarillo que suelen vender allí, el señor me respondía que si chicken, amiga, chicken. Mi extranjeridad en todo su esplendor, y el acento, de paso, ese reducto último del abismo cultural, como una barrera que pone a cada cual en su sitio a pesar del nodo virtual de la lengua madre: mexicano–extranjero; paisano-intrusos; español-inglés. Incluso me encariñé con las malas palabras, vaya, me enamoré, sobre todo de lo que generaban en mí, la posibilidad de pertenecer sin ser, llevando al extremo aquello de que el hábito hace al monje. Pocas cosas para subrayar identidad como las palabrotas. Sin embargo, cuando me encabronaba en cubano los insultos locales me eran insuficientes, y ahí yo sabía que sí pero no, que a lo mejor un día los astros terminarían por alinearse pero que, por mientras, la verga seguía sonándome demasiado poca cosa, una adquisición lingüística sin la fuerza necesaria para traducir la molestia de mandarlo todo pa’ la pinga.

En fin, la cosa es que no sirvió, que México me expulsó pero no del todo y qué bueno que no del todo, qué bueno que los amigos salvaron las distancias, y que cuando yo decía al revés lo que en Cuba estaría al derecho, siempre hubo un Carlos, un Rommel o una Angie que transitó conmigo la torcedura, llevándome de la mano hasta la merita mexicanidad, o una variante en la que se cruzaban lo tapatío, lo chilango y lo culichi para crear el umami de esos años. Me sigue gustando oírlos hablar, pues aunque terminaría por adiestrar el oído, e incluso robarme algunas frases estrellas, siempre me pierdo una capa, ciertos pasajes muy adentro a los que de plano no llego. Me gusta no llegar, es lo más cerca que estaré jamás de escuchar lo que me fue dado con la consciencia de quien lo aprende en sorpresa.

Sé también otras cosas sobre la exclusión lingüística, otras historias no tan pintorescas. Sé lo que le hace el español tectónico de allá a las lenguas mexicanas que estuvieron primero y que, en la rueda dentada del relato nacional (y colonial), terminarían ocupando el sitio fosilizado de lo “primitivo”. Hay otras narrativas, yo sé. Como cuando le solté a mi amigo Mito, que entonces no era mi amigo y que por poco lo espanto para siempre, después de que él me leyera un texto bellísimo sobre su infancia en la Sierra Mixe, que si la lengua mixe era un dialecto, ¿verdad? Eso dije, como si tal cosa. No recuerdo lo que me respondió entonces, pero sí la perplejidad de su rostro, recuerdo el lugar desde el que yo dije aquello, y lo que cristalizaba en un término reacomodado con pericia para traficar de contrabando la noción de la violencia lingüística. Porque todos sabemos qué estaba enunciando yo con semejante palabreja. De primeras no dimensioné el alcance de su enfado, de dónde yo vengo reina en solitario un habla criolla emergida del tronco omnímodo del castellano costeño (que cuenta, eso sí, con importantes influencias de lenguas africanas como la yoruba o la bantú). Y luego entendí a medias pensando que entendía a fondo hasta que, fuera de México, me cayó el veinte. Con todo, en el estómago. Donde antes había distancia se fue perfilando el mapa de la comunidad. En México, alguien como yo es un alguien centroamericano, un alguien caribeño a quien lo delata y aísla su modo peculiar de curvar el español y de comerse ciertas consonantes finales; en Canadá, en cambio, soy otra criatura, una identidad que toma cuerpo a partir del componente lingüístico regional. Así, desde la distancia, he remontado las aguas subterráneas que me conectan a la tarde aquella con Mito y lo que representa en el mapa personal de mis hallazgos. Tantos años de anticipo al momento de entender en serio. Ojalá y Mito me haya perdonado.

Fue así de lejos, al este de Montreal, que el deseo de estar afuera se convertiría en la necesidad inaplazable de estar dentro. Sin darme cuenta comencé a extrañar el ritual colectivo de la lengua en común, a buscar sus restos entre los pliegues del francés québécois, otro invento de nuestra parte del mundo que es, a un tiempo, un foco de resistencia y segregación. El español se vuelve, de a poco, mi manera de orientarme en la ciudad: los mercados latinos; el pedacito de literatura en español dentro de la Bibliothèque nationale du Québec; el habla de los dependientes y funcionarios públicos en donde resuena con una fuerza descomunal la seña de origen, la puerta de entrada a la intimidad del idioma –una intimidad, by the way, inédita en mi vida–; el nexo sensible que me conecta con un otro distante que está cerca por el dispositivo inmemorial de la lengua, tremendamente cerca aunque venga del sur, de muchos kilómetros más abajo que yo. Un niño argentino en el Walmart que quiere que su madre le compre galletas. Ninguno de los dos sabe aún que el niño es una bisagra entre lo que busca permanecer y lo que se va quedando atrás. Ahora mismo es el español en Montreal, así lo miro, con nostalgia, mientras tropieza con las chucherías de camino a sus cinco años. Estoy conectada a esa familia de dos por una raíz fundamental que nos antecede y que me niego a soltar así nomás porque es el destino manifiesto del que se larga.

Como buena recién llegada, yo también empecé luego luego a estudiar francés en unos cursos ofertados por el gobierno de la provincia. Ellos, los quebecos, tienen sus propios bateos con la lengua, saben bien lo que representa y se resisten a dejarla correr por su cuenta. Porque la lengua, para ser, tiene que estar viva, no basta con recordarla las noches en que se destapa una cerveza mientras se piensa en el abuelo muerto, un abuelo que hablaba francés pero que nada tiene que ver, a estas alturas del campeonato, con lo que está aconteciendo en actividad, una tecnología de la supervivencia que busca reproducir aquello que permanece intacto a pesar de los años. Y lo que permanece habla su idioma, el idioma despierto, encendido, de la juventud. Yo, por supuesto, no estaba en esos debates, cargo todavía con la esperanza de que medien algunas generaciones antes de que el recambio lingüístico sea un hecho inaplazable. Eso creo. Eso quiero. Entonces, entrarle al francés fue una forma muy alambicada de entrarle al español, puesto que allí, arrojada a lo desconocido, una, inmigrante al fin, no se avienta con todo en ese viaje de ida hacia la asimilación sino que salta de islita en islita, mantiene el equilibrio y se afinca en las piedras que sostienen el edificio de una vida entera, que no es sólo una sino muchas, un ecosistema complejo resonando en el otro extremo de la cuerda que aprieta con fuerza un pariente muy lejano, muy desconocido, y tan joven como lo son siempre quienes echan a andar el mecanismo sanguíneo de las generaciones. Y cuando en las clases el proyector iluminaba el pizarrón con todas las palabras y todos los sonidos encargados de regir el futuro más o menos próximo de la gente perpleja de esa aula, mi cerebro, en franco gesto de indisciplina, se largaba por libre a buscar lo que le interesaba, que no eran, desde luego, los sentidos ocultos de estos vocablos nuevos y ajenos, sino el sitio lingüístico en que habitó un día la felicidad. Así iría aprendiendo el francés a partir de esos ejercicios de la memoria, tanteando medio que por instinto el punto en común de ambas lenguas, una intersección que me ha permitido encajar un universo en otro y renunciar al mandato práctico de la hoja en blanco. Y de la hoja blanca.

Por eso me sorprendió tanto que una de las profesoras que tuve dijera un día que saber español era el hándicap de los latinos. La cercanía entre ambas lenguas, sostenía ella, hacía más difícil el proceso de desprendimiento y terminaba por jugarles (jugarnos) en contra. Dijo también que era mucho más sencillo montarse en el tren del idioma y dominarlo a profundidad cuando el abismo entre la lengua materna y la lengua de acogida era insalvable. Otra realidad, con reglas propias, y ningún anclaje del que tirar en momentos de extravío. Ningún sesgo, o pocos, que condicionen el diseño de la nueva persona que se aspira a ser. Que no se nos note que somos sobrevivientes de un mundo que ya no es más. Pero yo no sólo estaba feliz de no partir de cero, de reconocer las fluctuaciones de un viaje en común que alguna vez, a saber por qué, se había partido en dos, tres, en cinco, convirtiéndose en un viaje en soledad que, igual, seguía trayendo noticia de aquel pasado compartido, sino de nuestra dizque incapacidad para pronunciar, producir y habitar el francés como se debía. A ver quién le dijo a ella, ni a nadie, que yo quería hablar alguna vez como quebeca o francesa, ni como cualquier cosa que no sea una cubana errante. Aquel día no le refuté nada, es una profesora extraordinaria, una mujer venida de Argelia que nomás ha intentado convencerse de que es posible encajar y olvidar. No le dije –eso lo guardo para los “locales” que, más temprano que tarde, me lo van a restregar en la cara– que me encanta identificar, por debajo de los esfuerzos por acallar la lengua, la reverberación del español y sus variantes regionales en la voz de las personas con las que me tropiezo por ahí. Es algo increíble, una pulsión que no se deja domar y que insiste en la irreverencia cotidiana de hacerse presente a pesar del hablante. Que impone sus velocidades, su cerrazón a lo intervocálico, su regusto por las “e” finales que tanto detesta el francés si no están acentuadas. Ese tipo de reconocimientos activan en mí una fibra que no existía antes de la consciencia del español, o que estaba dormida, relajada, tranquila por la carencia de amenazas reales que pusieran en cuestión su permanencia en mis hijos y en los hijos de mis hijos. Pero ahora que las cosas cambiaron, yo por fin veo a través de las palabras que decimos sin más en la casa, y cuando hablamos con nuestros amigos por WhatsApp. Yo lo veo todo, con absoluta claridad. Si antes respondía al estímulo nervioso del acento y los términos cubanos, ahora lo hago al del español latino, leo a través de las variantes caribeñas, sureñas, norteñas (porque México, con todo, es también un norte, el norte de eso que llamamos Latinoamérica). Mi sensibilidad en este sentido va siendo otra cosa, algo nuevo y tremendamente poderoso: a veces oigo hablar mexicano y pienso que estoy en casa. Estoy en casa, aunque vaya en el metro de camino a quién sabe dónde. A lo mejor el asunto tiene que ver con mi condición de isleña cubana, doblemente aislada por la geografía y por la maldita circunstancia política.

Luego de la tarde aquella en el Walmart, hace un año o por ahí, me he visto en la disyuntiva de si bajarle o no la dosis de español a mi hijo. No aprende francés, se resiste, yo sé que se trata del español mismo, que está dando la batalla por instituirse como la lengua familiar a la que volver cuando su mundo se ponga en crisis. Hay días en que trato de hablarle en mi francés chapurreado, cosa que introduce, a los efectos de su aprendizaje, más errores que ganancias. Tengo una amiga, también cubana, que hizo sin querer que su niño pequeño pronunciara el “je” francés como si estuviera diciendo el “yo” hispano. Una belleza de palabra híbrida que demuestra la capacidad que tenemos para expresar la herencia en recombinaciones estéticas sorprendentes. Y para ser sujetos nuevos, claro. También depositarios activos de todo aquello que el pragmatismo funcional nos orilla a descartar por accesorio. Poco a poco se va gestando en mí una versión hispana del francés, algo que voy legando a mi hijo sin darme cuenta, bueno, sí que me doy cuenta y me pone demasiado feliz. Porque la realidad, en esta esquina que vamos creando, desautomatiza las dos lenguas y las reactiva de cara a un entendimiento diferente de lo que es. Como diría Yuri Herrera: “No es que sea otra manera de hablar las cosas: son cosas nuevas. Es el mundo sucediendo nuevamente, (…) prometiendo otras cosas, significando otras cosas, produciendo objetos distintos”. Ese otro algo terminará por imponerse, me digo. No el español cubano a secas, ni el francés quebeco a secas, sino ese territorio mestizo, vibrante, en que mi amiga Raquel le dice a su novio, mientras montan bicicleta una tarde cualquiera, que se arretee en la esquina porque hay un pare, y en el que mi hijo, de la misma edad que el peque argentino del súper, se mangia con gusto una tortilla mexicana calentica. Vocablos nuevos, específicos, más específicos, costurados a la medida de una experiencia que se inventa junto con el lenguaje que la inventa.

Es el español bastardo, again, transformándose en sí mismo, de espaldas a sí mismo, en La Habana, Guadalajara, Madrid o Montreal. Una lengua en trance, rifándosela siempre, n’importe où.