Charles Simic. V i v e   y   a v e r i g u a   q u i é n   e r e s

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Portada del número 11 de la revista Crazy Horse, impresa en el verano de 1972,

en la que se publicó entrevista que ahora presentamos en traducción de Rafael Vargas.

 

La siguiente entrevista fue realizada a comienzos de 1972 para la revista semestral de poesía Crazy Horse, sin que en ella se mencione el nombre de su autor o sus autores, aunque cabe suponer que hayan sido Delbert Wylder y Edith Perry, quienes a la sazón era los editores de la revista.

Aunque han transcurrido más de cincuenta años desde su publicación, conserva su interés y vigencia, y acusa la notable inteligencia de Simic que, por aquel entonces, tenía 34 años de edad. (Rafael Vargas)

 

Nos gusta iniciar nuestras entrevistas solicitando al poeta que nos brinde un esbozo de su vida. ¿Podría usted hacerlo?

No. Aborrezco las biografías. Lo que importa debe estar en los poemas. Lo demás es aburrido —fechas, escuelas, trabajos. Si intentara hacerlo, todo se reduciría a trivia. Cada vez que me veo obligado a hacerlo experimento una inmensa tristeza. De manera que les pido una disculpa por no cumplir su petición.

 

Usted dijo una vez: “Para mí la poesía ya no es un asunto de elección. “Podría explicarse al respecto?

Cuando dije eso pensaba en la naturaleza obsesiva de tal actividad. Por temperamento soy absolutista. Todo o nada. Con los años, el codicioso “quiero” se convirtió en “no tengo elección”. Basho dijo: “Un poeta no hace un poema; algo en él se convierte naturalmente en un poema.” Al llegar a ese estadio, hay un momento de asombro cuando uno se da cuenta de que lo que se está haciendo es extremadamente serio, de que implica tu vida y tu destino. En otras palabras, uno se vuelve más consciente de sí y de su poesía.

 

Si le pidiéramos que nombrara media docena de poetas que lo han influido, ¿a quiénes mencionaría y por qué los elegiría?

No sabría donde comenzar. Hay tantas deudas. Leo todo lo que cae en mis manos. Hace poco Gary Snyder me contó que al principio había sido influido por Vachel Lindsay. ¡Increíble, yo también! Luego vinieron los surrealistas. Satisficieron mi apetito por el riesgo y la aventura. Quería escapar de lo familiar, inventar nuevos mundos. La energía que empeñé en ello fue casi religiosa. ¡Danos nuestra cotidiana porción de milagros! había una innumerable cantidad de poetas, desde luego. Me gustaría nombrar a Chaucer, Blake, Villon, Whitman, Rimbaud y Rilke. Acudo a ellos cada vez que me siento inseguro acerca de mi propio trabajo. Pero no hay que olvidar a Roethke. Me brindó soluciones específicas que no me parece muy difícil detectar en mis poemas. Y también esta David Ignatow…

Supongo que es imposible responder esta pregunta con precisión. Sólo sé que lo que me gusta de la poesía es una especie de empatía y simplicidad devastadora, y afortunadamente eso puede encontrarse lo mismo en Shakespeare que en las llamadas poesías primitivas.

 

Menciona la influencia de Theodore Roethke en su obra. Tal vez me distraen las diferencias superficiales que hay en sus trabajos, pero de momento no logro ver la relación. ¿Podría precisarla un poco?

Yo diría que The Lost Son y Praise to the End fueron muy importantes para mí. Asediar un objeto desde diferentes ángulos, hacer yuxtaposiciones con gran libertad, dando inesperados saltos imaginativos para después ordenar el poema entero cíclicamente, me pareció en aquel momento una manera idónea de esquivar el obvio desarrollo narrativo. Asimismo, el esmero de Roethke para observar con agudeza los detalles, la imagen esencial y la simplicidad de su lenguaje, me parecieron un camino adecuado para escapar de la abstracción en que se debatían mis primeros poemas. Por último, es responsable de mi interés por las rimas infantiles, los cuentos de hadas, las adivinanzas, los proverbios, las fórmulas mágicas y el folklore en general. Extraigo energías de ese tipo de materiales.

 

¿Podría hablarnos con un poco de detalle sobre la relación entre su pasado europeo y su poesía?

No podría decirles con exactitud, una vez más, cómo se manifiesta, aunque estoy seguro de que se manifiesta. Pasé la Segunda Guerra Mundial en Yugoslavia y tuve el número promedio de aterradoras experiencias de guerra. No obstante, eso ocurrió hace mucho. Pero es inevitable que algo entre en mi poesía. La forma en que eso me permite crear no es mía, pertenece a esos recuerdos y probablemente a mis antepasados. A la vez, estoy consciente de que hay experiencias que no habría tenido si hubiese nacido en este país, y que consecuentemente siempre me estarían vedadas. ¿Qué puede uno hacer?

Por otro lado, he vivido aquí casi veinticinco años, de manera que me siento como un perfecto extraño en cualquier otro país, por no hablar de mi lengua materna, el serbocroata, en la que me siento absolutamente incómodo. Para ser franco el problema no me preocupa mucho. Hago lo que puedo.

 

Nos impresiona notablemente que la violencia aparezca de manera tan recurrente en sus poemas (“Hacha”, “Carnicería”, “Escuchando pasos”, y muchos otros). ¿A qué cree usted que se deba que este motivo tenga tanta fuerza en su obra?

Me quedé asombrado cuando lo detecté por vez primera mientras escribía los poemas. Toda esa violencia. Y pensar que me considero manso. Pero allí está, qué duda cabe. La violencia es una especie de intento patético y pervertido por sentir. Los poemas tratan de comprender sus orígenes, de ver sus consecuencias, de exorcizar sus demonios. Espero que nadie se quede con la impresión de que la glorifico.

 

Me parece que Robert Bly como varios otros, desde luego cree fervientemente en la importancia de la soledad y del silencio para el poeta y, a partir de algunos poemas suyos, que utilizan la soledad y el silencio como materiales, siento que también usted establece una relación entre ellos y el escribir poesía. ¿Puede decirnos algo al respecto?

Silencio, soledad, ¿qué puede ser más esencial a la condición humana? Me gusta pensar que se trata de un “silencio maternal” así me gusta llamarlo. La vida antes de la aparición del lenguaje. El sitio donde comenzamos a escuchar la voz de lo inanimado. La poesía es una huérfana del silencio. Las palabras nunca alcanzan a igualar la experiencia que hay tras ellas. Estamos siempre al comienzo, eternos aprendices, devueltos una y otra vez a esa condición. Hay una complejidad que exige su equivalente en palabras. Desde luego, es imposible hacerle justicia. Digo a lo imposible —de allí la poesía.

Esto es algo que todos compartimos, una condición donde tanto forma como contenido son una sola cosa. Mientras más profunda es la voz que habla desde ese silencio maternal, más amplio es su eco. Ocasionalmente la gente piensa en el silencio como algo negativo, pasivo. Para mí el silencio es la energía espiritual. Desde luego, la paradoja es que ni existe cosa tal como el silencio ni nunca está uno realmente solo. Esto me conduce y no me importa hacerlo a confesar que creo en Dios.

 

Muchos de sus poemas tratan de objetos comunes: el cuchillo, la cuchara, la piedra, los zapatos, las agujas. ¿Podría hablarnos de lo que piensa de la tradición que emplea los objetos como tema para escribir poemas? Es evidente que no han sido utilizados tanto, en todas las épocas y todos los lugares. Es una cuestión que me interesa mucho con relación a su obra.

 Bueno, el interés en los objetos surgió de un período de crisis creativa. Se lo debo al ejército de los Estados Unidos. Fui dado de baja en 1963. Durante los dos años que jugué a ser soldado escribí muy poco. No obstante, lo que hice fue destruir lentamente todos mis primeros poemas. Cuando los confronté con la vida que llevaba en aquel entonces, me pareció que no eran más que un vómito literario. En fin, de pronto me encontré totalmente vacío. No tenía nada. La vida y su intensidad habían sido conquistadas. Al mismo tiempo, anhelaba descubrir algo que fuera verdaderamente mío, que fuera real y que comprendiera apasionadamente. Y busqué en derredor. No es fácil hablar de lo que se ama. Tomó tiempo. Buscaba una precisión, palabras que funcionaran en cada caso como un acto erótico. Me guiaba la creencia de que lo increíble estaba justo ante nuestras narices y también de que debe haber vida en cada cosa. Negarlo equivaldría a dividir el universo en materia muerta y los así llamados organismos vivientes. Los niños y los salvajes nunca cometen ese error. No debe extrañarnos que Cristo haya enviado a sus discípulos a que consultaran a los niños.

Si tomó mucho tiempo escribir estos poemas fue porque se necesitaba una enorme humildad para ello. Uno no va muy lejos con su ego en presencia de una piedra. Lo que al final de cuentas escribí no fue resultado de ninguna premeditación. Sencillamente surgió de una apertura a sugerencias metafóricas a las que fui obediente. Podemos llamarle un acto de fe. Una parte mía tenía que convertirse en un cuchillo o un hacha. Además, me pareció que sería la forma adecuada de construir mi propia cosmogonía, de descubrir mi identidad.

 

Hace rato mencionó la poesía “primitiva” y habló acerca de la visión de los niños y los salvajes. ¿Hasta qué punto se llamaría a sí mismo primitivista? ¿Existe un límite más allá del cual no haya querido ir, un punto de peligro, por así decirlo, donde el primitivismo se convierta en algo fundamentalmente destructivo de la cultura y la tradición? ¿O no hay tal peligro?

 No es fácil definirlo brevemente. Supongo que cuando digo “primitivo” me refiero a aquello que existió primero. Tiene que ver con una cierta calidad de existencia, una unidad psicológica con la naturaleza, ese impulso que yace dormido en cada ser humano. Me gustaría tocar tan sólo un aspecto del problema. Por ejemplo, lo que me resulta curioso es que ya no nos asombramos de estar vivos. El asombro se está convirtiendo en una emoción cada vez más rara. No es sorprendente, por lo tanto, que los recientes descubrimientos científicos nos parezcan insignificantes. El sentimiento de reverencia que podría traducirlos para nosotros se ha perdido, hemos olvidado su sabor como hemos olvidado tantas otras cosas. Nuestra desnudez, por ejemplo. Que todo lo que verdaderamente poseemos es la realidad de nuestros cuerpos. Para mí, “cultura” y “tradición” son abstracciones interesantes. Una vez que uno se pregunta qué es lo que uno sabe en verdad por sí mismo, una vez que uno empieza a guiarse por ese sentido, uno comienza a descubrir parientes en todas las culturas y en todos los siglos. O, en otras palabras, un hombre desnudo se encuentra en la misma situación psicológica que cualquier otro.

 

Cuando Richard Howard dice de sus poemas que “nos llegan desde una enorme otredad”, pone el dedo en una cualidad que estoy seguro que siente la mayoría de sus lectores. De alguna manera los poemas son mágicos e impersonales, son universales y no se ubican en un tiempo preciso. En vista de ello, ¿podría decirnos por qué siente que a pesar de todo su trabajo debe ser calificado como norteamericano?

 Esa es una pregunta difícil. Pero primero permítame decir que se trata de un don que no me atribuyo. Y no por falsa modestia. Es simplemente que no puedo creer que lo haya escrito. El poema exitoso es extrañamente anónimo. Cada uno de nosotros es parte del drama que adopta a guisa de poesía. Busco un poema en que los otros hombres sean admitidos. Mi casa, pero con muchos, muchos huéspedes. ¿Debo ser etiquetado “norteamericano”? No veo cómo podría evitarlo. Procedo de una experiencia particular en este lugar y tiempo. Mi casero me molesta y yo le digo que vaya a chingar a su madre —en inglés.

 

¿Ha existido una meta (o metas) específica en su poesía que haya querido alcanzar, una meta por la que se esfuerce conscientemente, o cada nuevo poema es un juego enteramente distinto?

Lucho por ser coherente y sencillo. Es una situación difícil. Es posible engañarse a uno mismo con estrategias, chapotear en una especie de nostalgia por lo mítico. El peligro de fijarse una meta y de toda la deliberación que eso conlleva es que distrae nuestra atención de la experiencia que tenemos a la mano y de sus propios requerimientos íntimos. Espero permanecer abierto, experimentando tanto como pueda, incluso hacer el ridículo de vez en cuando. La única cosa que me da miedo es la amargura, la bilis acompañada con la certidumbre de que por fin he entendido todo.

 

En esta etapa de su carrera—y de su vida como poeta—, ¿todavía se apoya en los consejos y críticas de sus amigos, o decide solo, confiado en su propio juicio?

Siempre lo hice y aún lo hago. Cada poema es un intento de comunicación, de manera que es curioso escuchar lo que la gente recibe. De vez en cuando me asombra cómo algo que considero simple le parece incomprensible a un lector, y viceversa. Cuando todo ha sido dicho y hecho, el tiempo es siempre el mejor juez. Entretanto, también ocurre que uno recibe malos consejos. De manera que uno tiene que ser terco, pues para empezar fue esa terquedad lo que hizo que uno se convirtiera en poeta.

 

¿Tendría inconveniente en mencionar algunos poetas de su generación—y en hablar brevemente de ellos— sobre los cuales quisiera llamar la atención de nuestros lectores?

Supongo que podría nombrar por lo menos veinte o treinta poetas cuya obra leo en forma asidua. O bien todos sufrimos una peculiar especie de ceguera o, en verdad, este es un buen periodo para la poesía. Hay tanto que resulta inesperado, rico y lleno de vida. No es de extrañarse que los jóvenes lean más poesía que nunca. Últimamente he estado releyendo a Russel Edson y a A. R. Ammons, dos poetas muy diferentes pero dueños de una compleja y singular visión de la realidad. Esta mañana releí las “Definiciones para Mendy”, de David Antin. Es uno de los poemas más originales y conmovedores de los últimos veinte años. De hecho, tengo grandes esperanzas en la próxima generación. Alguien va a lograr juntarlo todo. El continente tiene que ser redescubierto en el nivel imaginativo, y ahora se está alistando la nave para ese viaje postrero.

 

No sé a dónde nos llevará esta pregunta, pero de cualquier manera quiero hacérsela. ¿Cuál diría usted que es el mito más grande —quiero decir el peor, el más dañino— que se ha perpetrado en perjuicio de los lectores de poesía?

Seguramente la idea de que un poema puede ser explicado totalmente, y en prosa. Siento que hay un terror inmenso tras esa necesidad. ¡Librarse del misterio, de nuestra complejidad e imaginación! Un impulso totalitario. Notarán ustedes que los dictadores jamás encarcelan a los críticos literarios. Razón menos sentimiento que anhela eliminar la paradoja… Como si pudiéramos explicarnos el universo. No puedo imaginar una mayor estupidez. Lo que se olvida es que un poema es un instante de lucidez en el cual participa todo el organismo. Y éste ve. Aunque tal vez lo que ve no tenga sentido para un tendero. Esta es nuestra situación, la condición de lo real —entre la posibilidad y lo que realmente existe. Esquivar esa paradoja es falsificar la situación, empobrecer nuestras vidas. El peligro surge realmente cuando la gente intenta escribir poemas a partir de esa ceguera crítica. Si la poesía implica una visión, entonces, ¿por qué no la crítica? Pero por fortuna hay buenos críticos. Gaston Bachelard, por ejemplo.

 

Imagine que tiene setenta años. Está a punto de morir. Un joven poeta de veinte años se acerca a su lecho y le pide que le dé un consejo a propósito de escribir. Apenas le queda aliento para responderle. ¿Qué le diría?

Vive y averigua quién eres.

 

 

Dos poemas de Charles Simic*

  

 

En medio de este abominable tráfico

 

 

¿Qué pasaría si decidiera abandonar mi auto

y me alejara caminando sin volver la vista atrás?

Los conductores enloquecerían tocando el claxon

mientras yo me interno en el bosque cercano,

decidido, de una vez por todas, a canjear

esta raza de rabiosos lunáticos por una

especie más benigna, más ligada a la

naturaleza, en cueros, melenuda.

Dejaré que el sol en el cielo me conduzca

mientras vago por los campos, deteniéndome

a platicar con un puercoespín o una mariposa

y subsistiré con una dieta basada en las plantas

comestibles que encuentre, contento de compartir

mis alimentos con un reno o descubrir que un oso

me lame la cara en el momento en que despierto

de una siesta, preguntándome, ¿Dónde estoy?

“¡Detenido en el tráfico, maldito idiota!”

 

 

 

Mi vida es tan real como la tuya

 

Dijo el grillo en la maleza

mientras caía la noche

y se extinguía el verano.

 

 

* (Ambos forman parte del último libro de Charles Simic,

Sin tierra a la vista, publicado en agosto del año pasado. Trad. de RV)