1922. El divisor de las aguas modernistas

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Traducción de Alberto Paredes

 

Cualquier consideración sobre las letras brasileñas hecha ahora debe estar precedida por un examen de la revuelta manifiesta de 1922. Esa semana famosa fue una marcha de conjunto para protestar contra la decadencia de la literatura y el arte en el Brasil; se efectuó en febrero de aquel año, en el teatro Municipal de São Paulo, con la presencia de una importante delegación de Rio de Janeiro.

Estimularon la iniciativa, ora financiándola, ora consiguiendo el local y articulando elementos, los viejos letrados Graça Aranha y Paulo Prado y el joven René Thíollier quienes, a pesar de ser cómplices de la mala literatura vigente, resolvieron apoyar la que ya se anunciaba. Sesudos elementos como la señora Guiomar Novais llegaron a adherirse. Ella, no obstante, se alejó después pensando que lo programas querían ridiculizar a Chopin. Se trataba apenas de ejecutar una pieza admirable de Erik Satie que tenía por tema central la Marcha fúnebre del polaco. Vinieron de Rio el maestro Villa-Lobos y algunos elementos de su orquesta, el poeta Ronald de Carvalho, el pintor Di Cavalcanti y Graça Aranha.

La noche heroica de la Semana consistió en la presentación de la nueva literatura. Se alinearon en el escenario, bajo tremendos abucheos del teatro repleto, los señores Ronald de Carvalho, Mário de Andrade, Sérgio Milliet, Guilherme de Almeida, Menotti de Picchia, Agenor Barbosa y quien esto escribe. El poeta francés Henri Mugnier, de paso por aquí, nos acompañaba.

La pintura revolucionaria estaba representada por Anita Malfatti, Di Cavalcanti, Zita Aita; la escultura por Victor Brecheret, quien si bien había nacido en Italia se consideraba brasileño desde 1914. Esculturas anatómicas y pinturas alrevesadas llenaron el hall y adyacencias del Municipal. Bajo un ambiente de hostil curiosidad, Villa-Lobos dio varios conciertos. Como el maestro sufría de un callo terrible, compareció con un pie en una sandalia, en ostentoso contraste con el saco. Ese detalle fue tomado como manifestación futurista. Y desde entonces el equívoco permanece. Mucha gente piensa que ser moderno es andar de saco y sandalias. Entre los líderes del abucheo espectacular estaban varios adeptos contemporáneos del Arte Moderno. Manuel Bandeira y Ribeiro Couto mandaron poemas que fueron recitados por Donald de Carvalho, en medio del infernal barullo. Y por poco linchan al poeta francés.

Mas la victoria del movimiento en sus más increíbles diversificaciones se trazó de inmediato. Participaron del Modernismo desde la elegancia de Filipe d’Oliveira hasta el desaliño franciscano del señor Augusto Frederico Schmidt, el señor Cassiano Ricardo y el señor Flávio de Carvalho, el señor Couto de Barros y el señor Osvaldo da Costa. Expresiones internacionales del arte, como Lassar Segall y Tarsila de Amaral reforzaron las filas. Tristão de Athayde se volvió su defensor radical. Y dentro de las líneas de avanzada aparecieron Cobra Norato der Raul Bopp, Macunaima de Mário de Andrade y las extrañas páginas de João Ternura de Aníbal Machado. Se había derrotado una etapa de la literatura nacional. Espíritus severos como José Américo de Almeida, Gilberto Freyre y Sérgio Buarque de Hollanda apoyaron la avanzada. Y la crítica de João Ribeiro consagró los valores nuevos.

Si 1922 anunciaba una sintaxis para la libertad creadora de nuestra gente, puede afirmarse que sólo 1930 y la revolución de octubre decidieron el aprovechamiento y destino del modernismo.

Fue entonces cuando la cuestión de forma y técnica literarias se superó de golpe. Y el modernismo que era una vanguardia expresiva tomó posición en la vanguardia política y social del Brasil. Es verdad que el divisor de las aguas del treinta arrojó hacia la reacción, esto es hacia la “derecha”, a algunos de los nombres conocidos de la nueva literatura, particularmente a los señores Tristão de Athayde y Plínio Salgado. Ambos, sin embargo, abandonaban su forma inicial. ¿Podrían compararse las crónicas funerarias del actual señor Tristão de Athayde con sus “estudios” de la época modernista? ¿Quién colocaría el afrentoso jarabe provinciano que es el último libro del señor Plinio Salgado, Geografia Sentimental, al lado de la brillante investigación del Extranjero?

Mientras tanto, la “izquierda” era poderosamente reforzada por los novelistas del nuevo Brasil que son Jorge Amado, Graciliano Ramos, Erico Verissimo y José Lins do Rego, por los sociólogos Caio Prado Júnior y Djacir Menezes, por el cronista Rubem Braga, por los pintores Portinari, Qiuirino da Silva, Carlos Prado y Santa Rosa. Se instalaban en la misma dirección los modernistas católicos Murilo Mendes, José Américo de Almeida y Jorge de Lima y los ponderados valores que son Gilberto Freyre, Sérgio Buarque de Hollanda, Otávio Tarquínio de Sousa y Jaime de Barros. Hacia la “derecha” se encaminaron los nerviosos… Octávio de Faria, Lúcio Cardoso y Augusto Frederico Schmidt.

El hecho de contemplarse en la “izquierda” tantos hombres sensatos, estudiosos y cultos indica que mucha gente derecha puede no estar en la “derecha”. En esto coinciden las recientes efusiones del cardenal Pacelli en París, según piensa y afirma el líder del catolicismo filosófico francés, Jacques Maritain; del mismo modo se expresa el ilustre profesor del Collège de France, señor André Sigfried, quien me declaró ser “un hombre de izquierda.”

Desgraciadamente, en el Brasil no se logra estudiar a alguien sin colocarlo en un trono o un patíbulo. Lo menos que le puede pasar hoy a un liberal brasileño es ser acusado de tener en el bolsillo oro de Moscú.

Ya es tiempo de liquidar esa baja explotación. La “izquierda” puede ser perfectamente correcta y “propia”, para usar el término de una cronista elegante. Los dos candidatos legítimos a la presidencia de la República son de “izquierda”, pues ambos se baten contra la amenaza de las dictaduras, merced a ese valor primario del hombre que es la libertad. Y vemos al mismo señor Tristão de Athayde afirmar que “hasta los estudiantes rojos o color de rosa se inquietan con la pureza del Apostolado Laico en la Iglesia”. Esto de seguro no es estratégico en la combativa conciencia de hombres como Jacques Maritain ni en la de nuestro magnífico poeta Murilo Mendes.

Pues, de hecho, la izquierda se ha incorporado fuerzas nobles de sensatez y de cultura, alarmadas por el hambre de los territorios lejanos hacia los que la “derecha” manifiesta, a través de tanta sangre y tanta ruina, ¡su amor a Dios y a la Familia! El extraordinario novelista Aldous Huxley en Inglaterra, y el fabuloso Picasso en España, se han solidarizado con la “izquierda”, ante el delirio de las calamidades desencadenadas por la “derecha” en los últimos años. Delirio que se recrudece cada que los jefes fascistas hacen declaraciones sonoras a favor de la paz y el orden.

Ante el divisor de las aguas contemporáneas, la “izquierda” representa la defensa de la independencia nacional. Para la literatura y el arte en el Brasil, la “izquierda” se confunde con el mero sentimiento de patria. Amén de que es el llamado a la libertad y el camino a la democracia. Por eso en ella se encuentran los grandes representantes del nuevo pensamiento brasileño. (1937)

 

Alberto Paredes fue profesor visitante en la Universidade de São Paulo entre 1995 y 1997. A raíz de su estancia de investigación en el Brasil publicó dos libros:
La poesía de cada día; un viaje al modernismo brasileño. UNAM (Coord. de Humanidades, Serie Diversa, 14), México, 2000.
Una semana en São Paulo. Breve Fondo Editorial, 2001.