Betina Keizman: Deslarvar la tragedia

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Quien, en una situación dada, recurre a un lugar común para explicarse corre el riesgo de reflejar su falta de imaginación. No obstante, la persona puede aducir que es la forma de apoyarse en el pasado, esto es, en una especie de tradición. Así pues, he aquí uno: un escritor se distingue por ser, antes, un lector. Lector de literatura, de su historia, del pasado y de su tiempo, porque además de herramientas para su oficio y solaz, ser lector le permitirá desarrollar una capacidad analítica que el menos avezado puede confundir con dotes de pitonisa.

Betina Keizman (Buenos Aires, 1966) hace en Recurso de amparo lo que el deslarvador, uno de sus personajes: extirpa males, aspira gusanos interiores, soluciona problemas, trafica con pensamientos y amputa recuerdos. Acaso en esto último la autora no converja con el personaje llamado Asterio pues, conociendo el peso de la realidad, no se encarga de amputar recuerdos sino, cual curadora, recapitula, mira al pasado, acomoda las fotografías y ofrece una lectura.

De tal modo, en las poco menos de ciento cincuenta páginas la autora anticipa el futuro, describe el presente y ofrece pistas de la memoria que rescata del pasado. Para los desmemoriados, pistas organizadas en una especie de novela policiaca cuyo protagonista, Ignacio, más que detective es un artista frustrado de ego dañado que la hace de fotógrafo por encargo y de detective por el cauce de los acontecimientos. Son algunos silencios en medio de éstos, los que dan cabida a microensayos del arte, de los modos de vida y muerte, de los experimentos en busca de mejoras genéticas, de la tecnología y su asedio.

Keizman-agricultora cultiva una cebolla para que, capa tras capa, el lector descubra profundidades dolorosas y terroríficas, algunas que no dejan lugar a la esperanza y podrían conducirlo al llanto. Pelando la cebolla –cual Günter Grass-, Ignacio muestra la manera en que lleva a cabo la encomienda de la asociación creada a raíz del incendio en el Luvina: fotografiar a los 273 deudos de las 77 víctimas, dos años después del presunto accidente.

No escapa a la perspicacia del lector el nombre del local de baile, Luvina. Sin embargo, hay que evitar caer en la trampa, la historia podría desarrollarse igual en Europa, Asia o África, como la novelista anota, aun cuando por las características lingüísticas y las prácticas cotidianas en la forma de proceder ante siniestros, la sitúe en Latinoamérica, mole inmensa en donde cada quien puede ubicar el relato cambiando unos cuantos vocablos y acentos. Ejemplos que lo finquen a la historia reciente de un país en esta parte del continente no faltan: en octubre del año 2000, el incendio en una disco de la Ciudad de México llamada Lobohombo dejó 22 muertos y 40 heridos; en diciembre de 2004, el incendio de un recinto para espectáculos en Buenos Aires, llamado República Cromañón, dejó 194 muertos y mil 432 heridos. Pero recordar estos datos es hacer efeméride; la autora, en cambio, se vale de la tragedia para plantear preguntas en torno al arte, la representación, la muerte, el duelo, la vida en comunidad y la violencia, y también del día después. ¿Qué sigue tras el dolor en lugares donde no falta violencia?: “los familiares del Luvina, como los llamarían desde entonces, despertaron de la efervescencia de tanta movilización y tumulto abandonados a su propio dolor. Fue asombroso. El día anterior eran heroicos mártires de un daño mayor y de repente estaban solos, vacíos de otro significado que el de la propia pérdida. Y tal vez esto sea lo único que merezca ser contado”.

Al parecer la única esperanza reside en la comunidad. Con el paso del tiempo, Ignacio descubre un sentimiento de empatía, quizá hasta amor, en dos de los deudos del incendio, con quienes se involucra más de la cuenta hasta volverse parte del plan para vengar la muerte de la sobrina de uno de ellos. Porque de a poco lo que las autoridades hacen pasar por accidente se revela un entramado de intereses cuyo origen es la empresa Apox. Y de ahí sólo hay que seguir la suspicacia que conduce a la corrupción, “tráfico de drogas, manejo de influencias, trata de blancas, discriminación solapada, perversiones informáticas, cualquier cosa menos la banalidad”, capaz de producir imaginativas formas de violencia.

Es desde ahí que la novela plantea uno de los motivos del arte, la representación de la violencia y la posibilidad de contarla: qué, desde dónde y cómo, Keizman lo propone en este recurso de amparo contra imágenes desgastadas por lo explícito. Por ello se vale de la imaginación, sonoridad y plasticidad de la lengua; por ello recurre al milenario terror a lo desconocido, al misterio, a esa cosa que perturba y causa dolor, que está ahí a la vuelta de la esquina y que en cualquier momento te puede alcanzar. A esa enfermedad de moda, la espiroquiosis, causada por los experimentos de una empresa, que derivan en deformaciones genéticas, enfermedades dermatológicas, parálisis, cáncer, disminución de agudeza visual, aborto o creciente esterilidad de hombres y mujeres, o un estado de delirio: gente que deambula, bizquea y habla sola, ¿acaso zombies en torno a las fuentes acuíferas contaminadas? Víctimas colaterales prescindibles, cuya desaparición nadie notará; anónimas, solitarias, pobres, nulificadas, “cual parásitos interiores” desvitalizados y abatidos por los más grandes, como sucede con las 76 víctimas colaterales del incendio provocado para deshacerse de quien había encontrado pruebas de los atajos entre cinco empresas intermedias que varaban en Apox. “¿Qué es lo que debe un deudo, qué adeudamos a nuestros muertos?” Quizá sólo respuestas.

Así como los deslarvadores, que “viven en un tiempo desfasado, unos minutos por delante o por detrás del conjunto”, Keizman propone en y por la novela una visión hacia delante y hacia atrás, no tanto para esclarecer el presente como para ensayar imaginativas respuestas que encuentren vías alternas al siglo que el ser humano, señala, se empeña en retroceder en relación con el mundo que construye.

Betina Keizman, Recurso de amparo, La Pollera, Santiago de Chile, 2018, 147 p.