Valeria Luiselli: La pulpa está en otra parte

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Valeria Luiselli escribe en La velocidad à velo, tercer ensayo de su libro Papeles falsos (2010), que el bicicletista es un ser privilegiado, capaz de abandonarse al curso de sus meditaciones, a cuyo sitio dinámico, invisible y único no puede acceder el peatón defeño debido a su naturaleza distraída sujeta a las condiciones caóticas de la ciudad; un sitio al que el automovilista no puede asistir: inmerso en un cajón metálico, aislado del mundo, es un ciudadano que el silencio reclama, un hermano que perdimos en la marea de asfalto. Puede ser. Lo cierto es que yo nunca he utilizado una bicicleta para desplazarme más allá de un par de calles. Y claro que sí sé andar en una, incluso puedo hacerlo sin manos. Pero no, yo no soy un bicicletista.

Vivo muy cerca del Cerro de la Estrella, lugar considerado, desde 1938, parque nacional. Ahí la vegetación es abundante aún — afortunadamente — y existen senderos en los que se puede trotar y/o caminar — o estorbar, según la complexión del asistente. No me gustaría admitir que estoy comprometido con el atletismo, pero sí puedo decir que todos los domingos me someto a una rutina exhaustiva, que me deja las piernas temblorosas y unas ganas bestiales de abandonar para siempre mi afición por la nicotina.

Cuando comencé a trotar en las alturas — el Cerro de la Estrella posee una altitud de 2460 msnm —, allá por el año 2012, acudí a los audífonos como una alternativa para “evitar” el cansancio. Pronto observé que mi ritmo respiratorio se hizo adicto al compás de la pista en turno, provocando así que el esfuerzo fuera considerablemente mayor: el engaño no funcionó. Abandoné los audífonos, y para no concentrarme en el ritmo respiratorio presté atención a la naturaleza que rodea el sendero dedicado a los corredores — en un recodo intransitable hay una estatua que honra a Xiuhtecuhtli, el dios del fuego. Un día, sin darme cuenta, me “abandoné al curso de mis meditaciones”, y aquella situación que primero fue fortuita, se volvió rutinaria; el esfuerzo físico, si fue mayor o menor, no lo noté. Entonces visité pensamientos recurrentes que me llevaron a reflexiones diversas. Si trotar sirvió para pensar en cosas que la actividad diaria no me permitía, quiero creer que muy probablemente Luiselli construyó muchos de los ensayos que aparecen en Papeles falsos montada en una bicicleta. No lo sé. Pero es cierto que la bicicleta — como tantas otras cosas en este libro — es un motivo. Y de evocaciones están construidos estos ensayos.

A Luiselli la abordé en Los ingrávidos, novela que en propias palabras de la autora — una de las mejores escritoras mexicanas contemporáneas —, es la historia de dos personajes que se afantasman, unidos los dos en una narración cuyo desenlace confunde los planos que habitan, como si la novela fuese un desafío a la física contemporánea o la demostración inequívoca de la vida en el más allá. Si en Los ingrávidos está presente la mirada atenta de una escritora preocupada por la elaboración de una narración que transgrede los límites mismos de la ficción, en Papeles falsos existe la visión de una pensadora aguda que a partir de ciertos motivos muy claros desarrolla una visión auténtica que, sin pretensiones, logra denunciar la condición patética del defeño, sin la consigna fastidiosa del nacionalismo fanático.

A través de estampas hilvanadas con sutileza y humor, Luiselli, heredera de una tradición cosmopolita en la que desfilan Rubén Darío, Fuentes, Reyes, Montaigne y Pitol, señala las vicisitudes de la modernidad, a la que difícilmente se le cuestiona objetivamente, sin el sombrerazo y el caballito apurado de las redes sociales. Desde la cornisa en que nos observa, Luiselli realiza brillantes apuntes sobre la condición del capitalino que vive encerrado, sin saberlo, en una jaula que ha sobrepasado ya su capacidad máxima de almacenamiento; una ciudad cuyos ríos, que hoy son meras calles, desaparecieron y cedieron a la “ola de mercurio que nunca termina de reventar contra la cordillera”.

El libro empieza con la búsqueda de la tumba de Brodsky en Venecia, en el cementerio de San Michele. La autora, como hiciera Pound en el metro de París, busca un rostro en medio de la multitud gris de tumbas mientras recuerda su afición por el poeta ruso, premio Nobel 1987. Su intención melancólica fracasa y decide regresar en un vuelo trasatlántico a la Ciudad de México, de la que apuntará con agudeza: “Hay quienes dicen que esta ciudad es como una Gran Pera — versión rarita de la Gran Manzana —;… Pero basta con mirar más de cerca para advertir que, en todo caso, la pulpa de la fruta se desborda mucho más allá de su perímetro.” Yo, desde el Cerro de la Estrella, sólo puedo decir que si esto es una pera, ya se echó a perder y el hedor alcanza las alturas.

En Papeles falsos, cada uno de los motivos que dan pie a un ensayo tiene correlación directa con el siguiente, como una flecha, cuyo cuerpo atraviesa totalmente el cuerpo de una manzana — o pera.

Luego de analizar desde las alturas el trazo arquitectónico de la ciudad, Luiselli se sumerge en ella. Aquí, a nivel de cancha, percibe que el peor peligro para el peatón defeño es su propia ciudad, que se colapsa a cada instante; asimismo el carácter del conciudadano chilango sugiere un problema: es un neurótico. Por esa razón, ella prefiere la bicicleta para pensar en la saudade y los alcances del lenguaje, los umbrales de nuestro pensamiento y nuestra frágil condición de homínidos logofonocentristas.

Todo en este libro es una invitación deliciosa al pensamiento, al ejercicio de la modulación de nuestros arrebatos, a la calma de un paseo en bicicleta mientras volvemos a los libros que creímos importantes en algún momento de nuestras vidas. Este es un libro de caminatas —aunque la autora prefiera la bicicleta.

Luiselli recorre el mundo en su bicicleta mientras recuerda que ella también es, por un accidente no muy feliz, ciudadana véneta, ‘compatriota’ de Brodsky, habitante lejana de una ciudad en donde la soledad se encuentra delimitada por los muros de una oficina burocrática.

Pienso en todo esto mientras corro a 5 m/s — yo sé: no soy Usain Bolt o una corrida de semén, cuya velocidad puede traspasar los 50 km/hr. Desde allá arriba, cerca de los restos arqueológicos, relingos de la modernidad, donde se celebraba la ceremonia del Fuego Nuevo, pienso en Luiselli cuando dice: “Vuelvo a mi rostro. Veo los muchos rostros que me han hecho. El árbol genealógico de las facciones, las historias de la historia familiar en cada gesto. Hay una línea trazada por la alegría de mi madre, una ojeras profundas como el cansancio de mi padre…”. Y pienso también en mi rostro maltratado por la acción conjunta del sol y la contaminación; me hermano, desde allá arriba — lejos de todos — con esos peatones sospechosos que lo único que quieren es evitar el retardo y el descuento en la nómina. Esta ciudad no da para más. La pulpa está en otra parte.