Un diario de la vida moderna[*]

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I

A comienzos del siglo XIX el «diario» era todavía una forma no legitimada entre los géneros literarios canónicos. Por entonces no era un modo de expresión que los lectores y la institución Literatura reclamaran para sí. Las editoriales y las publicaciones periódicas no lo pensaban como genuina producción artística. Debido al reinado de la novela, espacio de la ficción suprema, el diario se consideraba “letra intimista”, demasiado documental y desprovisto de “las encantadoras serpientes de la ficción” (Stendhal). Las gavetas de sus autores solían ser el destino final de los diarios, y no la imprenta.

Sin embargo, esa hermana de “no-ficción” del «Diario», las «Memorias», sí gozaba desde el siglo XVIII de mejor fortuna y aceptación en Francia, con la escritura de los moralistas del Grand Siècle. El apogeo del neoclasicismo —sobre todo en los pasillos, salones y jardines de Versailles— propició las Mémoires de La Rochefoucauld, las del duque de Saint-Simon, Les Mémoires de Madame de Staal y las de Félicité de Genlis, los retratos en prosa de Madame du Deffand y de Madame de Staël; propició, además, Les Confessions de Rousseau, en 1782.

La Ilustración no sólo proyectó sus “luces”, su “hombre libre por naturaleza” y su Encyclopédie, también engendró sus largas y seductoras sombras: tras la razón ilustrada resonaba el cotillear cortesano, el delirio romántico, la sorna decadente de pelucas perfumadas. Para Emil Cioran, “sólo los pueblos pendencieros, demandantes, indiscretos y celosos tienen una historia interesante: la de Francia lo es en un grado supremo. Fértil en acontecimientos y, más aún, en escritores que los comentan, es la providencia del memorialista. Ningún otro país ha producido tantos souvenirs”. Las memorias y los diarios resultaron formas propicias para iluminar y destripar, para el sarcasmo y la confesión.

Con la tradición de mémoires ya establecida, en el siglo XIX —hacia 1830— el «diario» empezó a reclamar su lugar en el Canon, con las publicaciones de los de Lord Byron y Benjamin Constant, en Inglaterra y Francia respectivamente. Sin embargo, ambas obras se debían a autores muertos, por lo que el «diario» se presentaba al gran público como esquela, como último clavo al ataúd. No es hasta 1866, con la primera entrega del Journal —Idées et Sensations— de los hermanos Edmond y Jules de Goncourt, y con el Journal d’un poète de Alfred de Vigny, en 1867, que los libros de diarios de escritores vivos empiezan a tener un lugar visible en las librerías de París y Londres.

Luego de la publicación de una de las cumbres del romanticismo literario, las Mémoires D’outre-Tombe de Chateaubriand —Hugo llegó a decir: “seré Chateaubriand o nada”—, en 1849, ninguna obra memorialista o diarios despertó tanto recelo o admiración en la “república” de las letras francesas como el que provocaron después la de los Goncourt.

 

II

Edmund de Goncourt (Nancy, 1822–Champrosay, 1896) y Jules de Goncourt (París, 1830–1870) crearon una obra —dramas, novelas, artículos y un extenso diario— que casi siempre firmaron en conjunto, sin hacer distinción de lo que cada uno escribía en particular. Sobre este rasgo distintivo sin precedentes en la historia literaria, con la única excepción quizás de los hermanos Grimm, el mismo Edmund de Goncourt señaló lo siguiente en el «Preface» a la edición de 1872 del Journal:

Este diario es nuestra confesión nocturna, la confesión de dos espíritus gemelos, de dos mentes recibiendo del contacto con las personas y las cosas impresiones muy similares, idénticas y homogéneas; por lo que esto puede considerarse la efusión de un solo ego, de un solo Yo.

Esta escritura en colaboración duró hasta 1870, año en el que Edmond empieza a “escribir solo” por la muerte de Jules, acaecida en la mañana del 20 de junio. En el presente libro, Los últimos días de Jules de Goncourt, en traducción de Armando Pinto, se recogen los meses que van de enero de ese año a las semanas posteriores al fallecimiento del menor de los hermanos. De ese modo, estas páginas pudieran pensarse como un diario de duelo o anatomía de una pérdida; o tal vez como el agonizante relato de quien proyecta sus últimos pensamientos, y a la vez, de quien observa desde la angustia al hermano que emprende su huida al valle de Josafat: “Es la exasperación de la conciencia del hombre de letras, del hacedor de libros, que se da cuenta de que ya no sabe leer”.

A pesar de ese halo de mortandad que cubre las entradas de estos fragmentos de diario, en ellos encontramos íntegros los elementos temáticos que sostienen todo el Journal a través de sus cuatro mil páginas. En la introducción a la edición de New York Review of Books, también publicado como artículo en The Guardian, el ensayista Geoff Dyer sostiene que

el Journal es un vasto archivo de ansiedad y ambición frustrada […] una crónica de época, un vistazo íntimo a sus vidas y la expresión más pura de una naciente sensibilidad moderna preocupada por el sexo y el arte, la celebridad y la auto-exposición […] Los Goncourt visitan barrios marginales, burdeles, bailes, grandes almacenes y recepciones imperiales; discuten sobre arte y política e intercambian chismes despiadados con Hugo, Baudelaire, Degas, Flaubert, Zola, Rodin y muchos otros […] Entre toda la charla sobre fornicación, prostitutas, enfermedades venéreas y borracheras, también hay alguna discusión literaria, y no solo sobre «la especial aptitud de los escritores que sufren de estreñimiento y diarrea»”.

Las distinciones entre alta y baja cultura, entre literatura de ficción y no-ficción, no tienen cabida en los diarios de los Goncourt. Ellos saltaron sobre esas antípodas en su escritura. Así, en el Journal conviven “cantineras de fauno” y el golpista Napoleón III, princesas decadentes y la sordidez de las cortesanas del Boulevard Clichy, un análisis de Salammbo de Flaubert y las infidelidades más sonadas a ambos lados del Sena.

 

III

Con anterioridad al universo que diseñó Marcel Proust en su novela, estuvo la vida de los salones y café parisinos que Edmund y Jules registraron en su Journal, aunque de un modo más “mórbido” y a veces “repulsivo”, donde predomina “el encanto de lo feo”, como destacó Erich Auerbach en Mímesis. Ambos hermanos recrearon un mundo que anunció el tiempo perdido proustiano. Para los Goncourt el registro de la vida literaria y del acontecer ordinario se desprendía del ocio, de las horas que hay que perder: “No pierdan el tiempo ni en llorar el pasado ni en llorar el porvenir. Vivan las horas, los minutos”. Para llegar a Combray, hay que educarse primero en las resonancias más prosaicas del Journal. No es casual que en un pasaje de El tiempo recobrado se lea esta confesión de deuda y amor literarios: “En el extremo opuesto de la experiencia, cuando yo veía que las anécdotas más curiosas, las que hacen del Diario de Goncourt materia inagotable, diversión de las noches solitarias para el lector, se las habían contado esos invitados que, a través de sus páginas, desearíamos conocer”.

A partir de “la primacía de la anécdota, lavandera de la historia”, los Goncourt retrataron el mundo de la farándula burguesa, los cotilleos de y sobre las celebrities del momento. También en esto fueron unos adelantados: las publicaciones que desde entonces gobiernan la industria del entretenimiento y la crónica periodística —sea rosa, amarilla o de otro color— no poco les debe al ingenio y visión literarios de ambos hermanos.

En el Journal la modernidad literaria convive con las liviandades y agudezas del ser moderno, de su existencia privada y su quehacer público. Los Goncourt (auténticos pintores de la vida moderna) retrataron ese espíritu que transitaba con su malestar a cuestas las calles del París de Haussmann y del fin de siècle; dibujaron a ese mismo flâneur que lanzaba improperios y chismes hacia sus semejantes en tertulias y teatros, pero que igual era capaz de imaginar una estética y pensamiento que le insuflaron nuevos aires a la mente occidental. En este sentido, Gabriel Bernal Granados ha señalado que “la libertad que Michel de Montaigne encontró en el ensayo en el siglo XVI, los hermanos Goncourt la redescubrieron en el diario en el siglo XIX”.

Un estudio del «diario» como género literario sería imposible sin tener en cuenta el de los hermanos Goncourt. La “letra andrógina” —así la llamó con ironía Sainte-Beuve— de Edmond y Jules renovaron el género, le inyectaron armonías novedosas a la gran tradición de la prosa francesa: “Leer en voz alta las Mémoires d’outre-tombe, es su idea fija, su manía; me ha perseguido de la mañana a la noche y es preciso que mi semblante tenga el aspecto de escucharlo”. Tanto desde el punto de vista formal (uso de artificios narrativos; enroque de prosa reflexiva y anécdotas banales, de crónica y tono epigramático, de voz omnisciente y tono confesional, de aforismos y pasajes dramáticos), como desde el punto de vista temático (ideas, sociedad, individuos de la época), el Journal figura como arquetipo del género junto a otros ya clásicos como los de Samuel Pepys, Henri Fréderic Amiel, Tolstoi, Kafka, Pessoa y André Gide.

 

IV

En una biblioteca ordenada con imaginación bibliófila, el Journal debe descansar en el mismo anaquel donde estén la citada saga de Proust, los Essais de Montaigne, las Mémoires D’outre-Tombe de Chateaubriand, los Retratos de Sainte-Beuve, algunos tomos de las Memorias del Duque de Saint-Simon, la novela realista francesa —en particular La Comedia Humana de Balzac—, el À rebours de Huysmans, Cuando era fotógrafo de Félix Nadar y todo Baudelaire. À propos del poeta de Les Fleurs du mal, vale la pena citar este breve retrato escrito en el Journal:

Baudelaire cenó en una mesa al lado nuestro. Estaba sin corbata, con la camisa abierta hasta el cuello y la cabeza rapada, como si fuera a ser guillotinado. Sólo una afectación: sus manitas lavadas y cuidadas, las uñas escrupulosamente limpias. Tiene el rostro de un maníaco, una voz que corta como un cuchillo y una dicción precisa que intenta copiar a Saint-Just hasta conseguirlo.

Carlos V dijo que “El resto de las ciudades son ciudades, sólo París es un mundo”. La escritura diarística de los Goncourt es el testimonio de ese universo cultural de luces y sombras en el que Occidente se “afinaba” por entonces. Edmond y Jules escribieron las memorias de esa universal manera del ser francés, de esa “educación sentimental”.

Para Marcel Proust la condición humana gravita entre la frivolidad cotidiana y el deseo de “adentrarse en las regiones profundas de uno mismo, donde empieza la verdadera vida del espíritu”. El autor de Les plaisirs et les jours educó su pensamiento y prosa en las páginas del Journal. “Goncourt sabía escuchar, como sabía ver”, escribió mientras por su mente desfilaban esos personajes con los que a veces, de mañana en tarde, sus lectores nos sentamos a hablar bien del prójimo y a mojar la magdalena en una taza de té.

 

Pablo de Cuba Soria

 

 

[*] Este ensayo es el “Prefacio” a Los últimos días de Jules de Goncourt (traducción de Armando Pinto), recién publicado por Editorial Casa Vacía (Richmond, 2021).