Tatiana Maillard: Turismo y literatura

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Agosto, ópera prima de Tatiana Maillard y flamante ganadora del primer certamen literario emitido por Enjambre Editorial para la publicación de textos escritos por mujeres, aborda un fenómeno que apenas hace pocos años se ha empezado a mirar como un problema de nuestros días. Este fenómeno se caracteriza porque reúne a la superficialidad, el consumismo, el narcicismo y las redes sociales con los viajes turísticos; primorosa conjunción de bondades que ha resultado la forma preferida por millones de personas para acercarse a la cultura tangible e intangible de muchas ciudades. Millones de viajeros motivados por la idea del cosmopolitismo, de hacer mundo o por la mera facilidad que tienen para hacerlo, se trasladan de un punto a otro hacia innumerables destinos tanto como nunca antes había sucedido en la historia de la humanidad. Se turistea para comprar un recuerdo hecho en China o para posar junto a monumentos, sitios históricos u obras, para cumplir con el objetivo oculto del viaje: tomar la selfie que en un instante terminará en las redes sociales, probablemente no con el afán de compartir la experiencia (porque no hay tal) sino con el de anunciar que se tiene la posibilidad de llegar hasta ese sitio, extraño, paradisiaco, milenario, pacífico, inhóspito, en fin. De tal forma que una vez que se ha conseguido la evidencia visual emblemática, que seguro terminará olvidada por propios y extraños, se dirigirá hacia el siguiente monumento para hacer exactamente lo mismo. Nada que se relacione con la reflexión sobre los contrastes culturales ni con la literatura de viajes.

Esas imágenes que aparecen de manera indiscriminada en las redes sociales, son la portada del turista o del grupo de turistas, con todos los atributos mencionados, con los que se tiene que lidiar desde hace años Agosto, el guía con curioso nombre que protagoniza la novela de Tatiana Maillard. Estoy seguro que muchos de nosotros simpatizaremos con la opinión que Agosto tiene sobre estas personas.

          Este síntoma de las sociedades industriales globales ha sido parodiado, por un columnista de El País, desde la perspectiva filosófica con un certero “Turisteo, luego existo” y desde lo bíblico al considerarlo la undécima plaga del apocalipsis porque, dice Fernando Sánchez Alonso, lo que no pudieron hacer los bárbaros ahora lo hacen las hordas de turistas: “destrozar el secular modo de vida de los autóctonos, hacer depender la economía local del billetero foráneo y contaminar a mansalva. Hasta cuatro veces más de lo que se creía”. El turismo, alguna vez llamado industria sin chimeneas, perturba, contamina y pervierte dinámicas locales más de lo pensado. El supuesto beneficio económico es notablemente desigual porque los mayores beneficiados son las grandes corporaciones del ramo, hoteles, líneas aéreas, transporte, etc., mientras que los nativos alcanzan una mínima parte de tales divisas a través de pequeños comercios y empleos precarios.

          Agosto forma parte de esa industria como guía de turistas de una agencia de viajes, le gusta la historia, el arte y la música clásica, pero desprecia a las personas que alimentan esa industria. La mayor parte del año la vive trasladándose de un lugar a otro para explicar la historia o la relevancia cultural de los sitios visitados ante la indiferencia o la ignorancia de los turistas que guía, esos a quienes sólo interesa llegar al momento de plasmar su imagen junto a todo lo monumental. Como menciona Sánchez Alonso, actualmente “ya no interesan el conocimiento que puedan deparar o el cultivo de lo que una vez se llamó espíritu. Hoy sólo importan las superficies, la diversión hiperactiva, el porno safari, el ansia de experiencias líquidas o gaseosas –jamás sólidas– la gastronomía instagramizada, el selfie con Las meninas de fondo”.

          El guía configurado por Tatiana Maillard, como un Sísifo del turismo, cada mes con cada nuevo grupo es testigo y víctima de lo señalado por Sánchez Alonso. Llama la atención cómo ha sobrevivido veinticinco años a la rutina de viajar. La repulsión hacia el mundo y sus habitantes se remonta a la infancia, aunque el tedio por la vida se acentuó con el rompimiento de la relación con su pareja hace un cuarto del siglo, depresión de la que no ha podido salir y de la que huye constantemente para llegar otra vez al mismo punto una y otra vez. Para él “la existencia es un flujo abundante de fealdad, estupidez y desencanto” (11).

Agosto cada año está más cansado, pero resiste. El momento de ruptura de tal tensión es trabajado con gran acierto. Durante la novela le falta todavía atender a un grupo de latinoamericanos compuesto por un par de recién casados, abuelas, jubilados, unas gemelas y jóvenes. Este es un grupo como otros tantos con lo que ha tenido que liar un cuarto de siglo: singulares, indiferentes, insensibles, quejumbrosos, etc. La experiencia acumulada le permite afirmar que “no era la curiosidad lo que movía a la gente ordinaria a emprender un viaje. No era el presente, ni el éxtasis de poner todos los sentidos al servicio de entender y descubrir lo que existía a un mar de distancia de sus ciudades y pueblos. No. Lo que a ellos les importaba era el futuro: regresar a sus casas con la tarjeta de memoria llena de fotografías que serían la prueba de que ellos estuvieron en un espacio lejano, donde se hablaba una lengua desconocida” (15).

          El mundo transitivo de Agosto está acompañado en distintos destinos por la presencia mental y fantasmal de Christine, su expareja, intensa y volátil con la que terminó su relación hace décadas y no lo ha podido superar; Odiseo, un guía cubano que ha sido premiado por criar canarios; Bona su compañera de trabajo con una memoria privilegiada que le hace parecer un robot; Antonia que está enamorada de él tanto como él le desagrada; Pedrito el chofer del autobús; Pavel y Katja; y el grupo de turistas latinoamericanos.

          Agosto es antipático, no obstante, tiene una gracia que a más de uno le puede resultar atractiva. Sobre todo, porque ese desprecio se convierte en ingenio mordaz. Por ejemplo, no entiende por qué a la gente le atraen tanto las personas simpáticas: “Para Agosto, que una mujer mencionara entre las razones primordiales para elegir a un hombre el ‘sentido del humor’ le parecía una idiotez del tamaño de una montaña. En ese caso, todos los payasos del mundo debían tener una vida sexual comparable a la de un sátiro en orgía” (18).

          Agosto, el libro, es una novela corta con muchas cualidades. Una de ellas es la sutileza con la que presenta una serie de conflictos, sin estridencia ni dramatismo, que van tensando la resistencia de Agosto. En este sentido, pone a la pintura El banquete de Tereo, de Rubens, como un motivo por el que se conocen Agosto y Christine. Esta pintura por demás violenta, cuyo relato incluye canibalismo, infanticidio, violación, decapitación y un banquete, además de convertirse en un pretexto para saciar, como dice la voz narrativa, el morbo homicida de los espectadores y la sublimación del artista, define la futura relación rabiosa y desordenada entre ambos que también es desarrollada con crudeza, pero sin exageración. Otro caso es el momento en que el grupo de turistas visita la ciudad natal del papa Juan Pablo II lo que da pie a una crítica a la iglesia católica o cuando unas gemelas prefieren ir al zoológico en lugar de visitar los campos de concentración de Auschwitz. La incorporación de esta situación expone la superficialidad de los turistas, pero también cómo los monumentos de la memoria histórica se convierten en un espectáculo y un producto rentable para parte de la industria turística. Y uno más es la atracción física que siente por Katja la pareja de Pawel, un colega del trabajo. Son momentos de tensión que justifican el punto climático de las páginas finales.

          Dicho lo anterior estoy convencido que la lectura de la obra depara en pocas páginas interesantes interpretaciones por muchos de los temas abordados.

 

Tatiana Maillard, Agosto, Ciudad de México: Enjambre Literario, 2018.