Quo Vadis, Sienkewicz?

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Yo tenía 18 años quizá (la memoria me falla), cuando decidí leer por lo menos una vez en la vida a los ganadores del Nobel. La lista era extensa pero no di marcha atrás. En ese momento (2009) estaba conformada por al menos 100 autores. Empeñado en lograr mi cometido, supusé, para fines prácticos, que cada autor en promedio debía de tener alrededor de 10 libros publicados; eso sin contar las obras póstumas, los epistolarios, estudios, diarios, libros de viajes, florilegios, etc, etc. Leería entonces 1000 libros aproximadamente. Mi promedio anual rondaba en los 12 libros (debo admitir que fui un lector muy tardío), luego, y según los cálculos establecidos, yo tardaría 83 años en leer a todos los autores de esa lista, que iba desde Jean-Marie Gustave Le Clézio hasta Sully Prodhomme. Afortunadamente sucedieron dos cosas: la cantidad de libros leídos anualmente creció, y por otra parte, comencé a ser más prudente: no leeré tantos libros, la vida no me da, y está bien, no pasa nada.

Decidí no leer a todos los autores de esa lista, no obstante, puse especial atención en algunos. Debo decir que de todos, el que me pareció más afín a mis intereses (siempre me ha gustado la historia), fue Henryk Adam Aleksander Pius Sienkiewicz (Polonia, 1846 – Suiza, 1916). Y es que en 1905 la Academia Sueca le otorgó el Nobel por: “ (…) sus méritos sobresalientes como un escritor épico.” De entre todas sus obras, fue Quo Vadis? la que despertó mi curiosidad.

Quo Vadis?, a pesar del título, que hace referencia a una leyenda en la que supuestamente Jesús se le apareció a Pedro cuando éste, intentando zafarse de las redadas de Nerón, huía de Roma, bien podría estar catalogada como una novela de época, pues aborda con ojo preciso lo mismo el establecimiento de las primeras comunidades cristianas en el Imperio romano, que la variopinta cantidad de usos y costumbres de la Roma del siglo I. Cabe aclarar también que en ciertos pasajes, Sienkiewicz se permite un buen número licencias ad narrandum: Petronio, favorito de Nerón, es el autor de El Satiricón, y Pedro y Pablo, los apóstoles, son toda amistad y buena onda; me resulta difícil imaginar que estos dos hombres, en principio, representantes de dos corrientes del cristianismo aparentemente opuestas: el estricto apego a la ley judía y la circuncisión, y el universalismo y la inclusión, decidieran conformar un frente común en contra del mal representado por Nerón; sin embargo, para la novela funciona, y está bien, es parte de la fórmula: el bien contra el mal. Y está bien, Sienkewicz escribió una novela no un libro de historia ni un tratado moral.

Pero Quo Vadis? es fundamentalmente una historia de amor entre Vinicio, un tribuno militar, y Ligia, hija adoptiva de Aulo Plaucio, conquistador de Britania, y Pomponia Grecina, de quien Petronio, un hedonista pragmático sumamente inteligente, dirá que es el espíritu más piadoso y justo de toda Roma:

“Estoy considerando, desde lo íntimo de mi alma, cuán diferente es este mundo vuestro del mundo que gobierna nuestro Nerón.”

Sienkiewicz, escritor detallista, no escatima en recursos a la hora de describir a los personajes y las distintas situaciones y vicisitudes que enfrentan a lo largo del relato. Vinicio es un hombre diametralmente opuesto a Ligia, a pesar de pertenecer, ambos, a la más alta aristocracia romana; hombre acostumbrado a mandar y ser obedecido, irascible y caprichoso, un espíritu romano, como afirma Petronio, su tío; Ligia, por otra parte, es virtuosa, educada bajo los preceptos cristianos que Pomponia Grecina se esfuerza por cultivar en su espíritu. Vinicio se enamora de Ligia, y por lo que se ve, es correspondido; sin embargo, acostumbrado a obtener lo que quiere a como dé lugar, decide apelar al poder y no al amor, recurre a Petronio, y éste, hábil estratega, pone un marcha un plan que decidirá el curso de la novela.

Ligia es obligada a salir de casa de Aulo Plaucio: el emperador ha ordenado su traslado al palacio imperial, que Sienkewicz, historiador obsesivo, describe con lujo de detalles en la voz de la liberta Actea, amante del emperador, caída en desgracia: 

“(…) en aquella dirección, un poco distante, se halla el pórtico cubierto en cuyas columnas y sobre cuyo pavimento vense aún las manchas rojas de la sangre con que Calígula salpicó el blanco mármol, al caer bajo la cuchilla de Casio Queroneo; allí fue asesinada su esposa; allá su hijo fue estrellado contra una piedra; debajo de aquella ala del edificio se encuentra la mazmorra en la cual el menor de los Drusos devoróse las manos en medio de los horrores del hambre; aquí fue envenenado Druso el mayor; allá Gemelo sufrió los estremecimientos del terror y Claudio los de las convulsiones; acullá fue martirizado Británico; por todas partes, en fin, estas murallas han escuchado los gemidos del sufrimiento y los estertores de la muerte.”

Entonces las cosas se ponen feas. Ligia se fuga del palacio, unos días después la hija de Nerón muere y la emperatriz, Popea Sabina, declara que la cristiana es la causante; para colmo de males, Nerón, el poeta maldito de esta historia, se las da de gran artista y todo mundo teme la muerte. El emperador está loco: para él todo es capricho, muerte y la destrucción de Roma, como él mismo lo declara en su palacio: 

“El tedio me martiriza (…) Me he quedado en Roma por la voluntad de la diosa, pero la ciudad me es insoportable. Partiré para Ancio. Me ahogo en estas estrechas calles, con sus casas que parecen próximas a desplomarse, y en medio de esas raquíticas arboledas. El aire viciado llega hasta mi palacio y se infiltra aun al través de mis jardines. ¡Oh, si un terremoto destruyese a Roma! ¡Si un dios irritado quisiera arrasar con ella hasta el nivel del suelo! Yo demostraría entonces al mundo cómo ha de construirse la ciudad que es la cabecera del mundo y mi capital.”

O como lo deja entrever en una carta que Petronio escribe a Vinicio: 

“Pues bien: en primer lugar, nos leyó su poema sobre la destrucción de Troya y lamentó no haber podido jamás presenciar espectáculo del incendio de una ciudad. Y envidiaba a Príamo, y considerábale afortunado por haber asistido al incendio y a la ruina de su pueblo natal.

Y al punto díjole Tigelino:

— Pronuncia tan sólo una palabra, ¡oh, divinidad! y tomaré en mis manos una antorcha, y antes de que haya terminado la noche verás arder a Ancio.

Pero el César llamóle necio.

— ¿Y a dónde, entonces — agregó — pudiera ir yo a respirar las brisas marinas, a fin de impedir el desmedro de la voz mía, este don de los dioses, que los hombres dicen que debo de conservar para bien de la humanidad? ¿No es Roma la que me hace daño; no son esas exhalaciones del Suburra y del Esquilino las que aumentan mi ronquera? ¿Y el incendio de los palacios de Roma no ofrecería un espectáculo cien veces más trágico y grandioso que el de Ancio?”

Luego la narración se bifurca en dos historias de vida que se contrapuntean hasta la inminente conversión de Vinicio al cristianismo: el tribuno pone todo su empeño y sus recursos en pesquisas impotentes para dar con el paradero de Ligia, mientras ésta forma parte de la aventura del naciente cristianismo en la Roma del siglo I, encarnando las virtudes que esta religión, extraña entonces, exige de sus adeptos, y que a los romanos, acostumbrados a adoptar a cualquier dios, no les hace mucha gracia.

Llegados hasta este punto de la historia, Sienkiewicz se vuelve un retratista. Si hasta entonces el polaco era más bien un pintor expresionista, es en este punto en el que se transforma en un artista más bien sensato, prudente. Narra puntualmente, a veces acudiendo a lugares comunes que no afectan en nada la tensión de la narración, el cambio que opera al interior de Vinicio y la abnegación de Ligia, y para ello se vale de la literatura total: cartas, monólogos y ensayos, que lo mismo van de la estoicismo a la felicidad, sin perder nunca el verdadero trasfondo: la lucha del espíritu contra la materia y su final imposición. Claro que las cosas no serán sencillas: Nerón decide quemar Roma y culpa a los cristianos, luego los perseguirá y torturará, sumiendo el relato en una parábola de la resistencia: el oprimido contra el opresor.

Más allá de la historia, cabe resaltar que Sienkiewicz es un autor al que el detalle le fascina. Reconstruye Roma y describe a los personajes más importantes de la época con una maestría asombrosa. Quizá sea Petronio su retrato más acabado, pues uno no puede sino simpatizar con el arbiter elegantiarum por ser el único personaje que encarna a la perfección al hombre, no al ángel (Vinicio y Ligia) o al demonio (Nerón); incluso su amorío con su esclava Eunice es más humano, más real que el que protagonizan Vinicio y Ligia; Petronio es el más cínico e inteligente de todos los personajes, y a la vez el más entrañable, y que a sabiendas de estar en la ruina decide quitarse la vida (Eunice hará lo propio) no sin antes mofarse por última vez de Nerón, de quien dicho sea de paso, siempre se burló:

“Sé muy bien, ¡oh, César! que estás aguardando mi regreso con impaciencia; que tu leal corazón de amigo, día y noche languidece por mí. Sé que te hallas dispuesto a colmarme de obsequios, a nombrarme prefecto de los guardias pretorianos y a ordenar a Tigelino que vuelva a ser lo que los dioses le hicieron: un muletero de aquellas tierras que tú heredaste después de envenenar a Domicio.

Perdóname, empero, porque te juro por el Averno y por las sombras de tu madre, de tu esposa, de tu hermano y de Séneca, que no puedo ya volver a ti. La vida es un gran tesoro. De ese tesoro he disfrutado las más preciosas joyas; pero en la vida hay también muchas cosas que ya no puedo soportar por más tiempo.

No supongas, te lo ruego, que me halle ofendido, porque tú mataste a tu madre, a tu mujer y a tu hermano; porque incendiaste Roma y enviaste al Erebo a todos los hombres honrados que había en tus dominios. No, nieto de Cronos. La muerte es la herencia del hombre, y de ti no han podido esperarse otras hazañas (…)

Adiós, pero no hagas música; asesina, pero no escribas versos; envenena, pero no bailes; incendia, pero no toques la cítara (…)” 

Sienkiewicz se sirve de la ficción para hacer una exégesis sobre ese periodo histórico, en lo que muchos han querido ver el esfuerzo de un patriota (porque sí: Sienkiewicz es un polaco conservador) que enaltece a los polacos del siglo XVIII enfrentando las tropelías de tres imperios distintos que se disputaron el cadáver de una nación. Y no lo niego, tiene algo de romántico que centenares de cristianos tomados de la mano canten alabanzas en medio de la arena del circo antes de ser devorados por los leones, y es al mismo tiempo, el pasaje más dramático de la novela, pero también el más sincero.

Quo Vadis? es la obra de un autor que pareciera hoy olvidado a pesar de su portentosa habilidad para conjugar el ejercicio obsesivo del historiador y el deleite preciso del narrador; un autor bien leído: va de Séneca a Pablo, recorre con fastuosa habilidad sus discursos sin nunca caer en la cantaleta moralina. Un pensador total, un espíritu de su tiempo, podría afirmar su mejor personaje: Petronio.