Poquita cosa: Artista del hombre

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Editorial Casa Vacía ha corrido a cargo de la segunda edición de Una artista del hombre, novela breve de Idalia Morejón Arnaiz.

El texto intenta reconstruir la vida de Poquita Cosa desde su nacimiento, y parte de la infancia, en Covadonga, nombre de batalla y de hospital. Aldea azucarera de la región central donde Poquita Cosa abre sus ojos bajo el polvoriento y guajiro mundo que le ha tocado. Por demás reino de Norka, la madre-maestra. De Covadonga hasta la conquista de La Habana protagonizada por la bárbara espécimen del interior. Y he aquí la primera y única fuente de todos los conflicto de PC, su interior.

Vaginal.

Intrauterino.

Mental.

Una artista del hombre se construye a partir del intento fallido de PC de escribir sus memorias. Desea que estas sean summula feminista. Saga familiar y generacional. Ajuste de cuentas. PC, CVP (famosos Cuerpos de Vigilancia y Prevención cubanos) de género, desea ir a por los hombres. Los de su vida y los otros. Que vendrán. De los que pudiera decir, son todos “unos singaítos”, como asegura Idalia Morejón cuando habla de sus caros pueblerinos de Covadonga que deambulaban en su entorno municipal.

Arropada de ansias feministas PC reconoce que la emancipación de la mujer es tanto políticamente correcta como necesaria e inevitable. Sin embargo, el esfuerzo de registrar la summa bajo esa premisa se viene abajo desde el propio y prometedor comienzo. En el que prepara sus armas contra la machanguería, y aunque PC posee la tinta especial para lidiar con su gran empresa: esperma. “No de velas”. Se desmorona como castillo de arena por íntimas e interiores razones. Lo que es correcto en política derivada de asuntos de género en PC es “demencial en términos biológicos”. PC es machista por educación. Se es cualquier cosa menos “traidora de su causa”. Federada, cabeza contable del ganado nacional, miembro pasivo de la Federación de Mujeres Cubanas, no feminista, PC va detrás de sus hombres de todas las maneras posibles. De aquellos que la hacen una artista al menos. Mientras cotiza cuotas a la organización que mantiene en potrero seguro al bello sexo.

“Ay, pobre Poquita Cosa subyugada a la tranca y no lo sabe”, diría cualquier ama de casa y esposa feliz, categoría a la que PC le está vedado el acceso gracias a su esmerada educación vía materna, a su notable capacidad, falla o talento, para complicarlo todo, aun lo más insignificante. Y finalmente a su falta de fe y voluntad en convertirse en escritora. La actitud se convierte en paradoja y rebeldía. ¿Y si PC rehúsa asumirse escritora para negar su obra a los hombres, ya que tenerlos como lectores que alaben sus desmanes estéticos vertidos sobre papel o display sería la forma más sádica y acabada de explotación?

En la misma medida que no se convierte en escritora PC escribe cartas. Desesperadas. Minuciosas. Estas no van a parar al cesto del baño junto a las páginas del periódico Granma. En reciprocidad, recibe otras que dan testimonio de su talento artístico que va solo de hombres, y de mutuo narcisismo. Su centón epistolar es el canto del cisne de la época precorreo electrónico.

Una artista del hombre es un triste desfile de hombres. Tipos que dejan todo tipo de huellas en el pellejo de PC.

Los dueños de innombrables franquicias con derecho de pernada: Hombrenuevo. Orlandito, el poeta, bardo de lira templada que se traduce en poética templadera. M. Bebec, lo que viene a ser el yuma en la vida de PC. El motorista de la MZ, novia mecánica de 500 centímetros cúbicos. Ariguanabo Kid, chico coleccionista. El Ruso, otro yuma, pero de mentirita.

Vulgarcito, el hijo de PC y Hombrenuevo.

El resto: el padre, los amigos.

Cierra pasarela el mulato represor, Lada que tú conoces y ubicua pistola. Lejos de su órbita es su único “perseguidor y otros relatos”. Al que PC asocia con nombres de programas televisivos y radiales destinados a exaltar a los guardianes del status quo revolucionario. Sector 40. Clave 8 30…

La primera parte del desfile podría suponer que el texto va de una novela erótica. Pero no. A pesar de la subyugación al miembro masculino que aqueja a PC, las escenas eróticas con las que Idalia Morejón tortura a su heroína son como sugieren los guiones que deben ser las mejores secuencias. O sea, aquellas que comienzan por la mitad y jamás acaban. Cada coto, o promesa de coito, son interruptos. No importa que la relación de PC con la literatura es ante todo erótica.

PC sufre varias obsesiones.

La primera y gran obsesión es la búsqueda, persecución y captura de la felicidad. Las únicas mujeres felices son aquellas esposas que viven en la simpleza de las telenovelas. PC desea develar para sí los secretos del Gran Libro de lo Cheo. Garante único de felicidad. Como ser feliz en la simpleza de la cursilería, en los predios estables del matrimonio, es algo que, sabemos, le está negado.

Ay, Poquita Cosa, ¿cómo alguien que usa palabras como poiesis que nadie en este país sabe qué coño significa, piensa que puede aspirar a semejante privilegio? Le diría la misma y satisfecha ama de casa y esposa eficaz. Lo siento, pero lo tuyo es escribir poesía, meter la cabeza en un horno si hay gas en La Habana, tu vida no es de cama y mesa, tú eres cucaracha intelectual, Pokii.

Eso, para complicarse la vida, como en el baile nacional que es el danzón, a PC le basta un ladrillito.

El ladrillito tiene que ver con otro de los grandes anhelos que consumen a PC. Ha conquistado La Habana, pero no ha logrado colonizarla. PC no posee apartamento propio. Ni siquiera una mínima pieza guilleneana. Ni siquiera cobijo en un edificio-cajón de nombre pastorita. De intentar hacerse de un techo de una manera que no sea morar en casa de amantes, PC naufragaría. Igual que la mayoría de sus compatriotas, en los predios del Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda, reinado de la muy real Pastorita, federada, carne de asilos ella misma. PC y Pastorita Núñez del INAV.

Solución final.

A PC y a su hijo Vulgarcito le corresponden varios metros de la casa paterna. Desde el balcón, en las noches, la heroína se consume en su autocompasión. De Covadonga a Santos Suárez.

Por lo descrito hasta el momento, el lector, que después de leer esta reseña no tendrá otra opción que adquirir el libro en Amazon a falta de librería o quiosco cercano, pensará que se trata de una novela realista. (Válida aclaración. Para muchos escritores cubanos rendir culto al realismo es bajar la guardia, las armas, distanciarse de las metas más exigentes. Literatura realista que simplemente puede ser escribir de manera comprensible de historia y sintaxis. El nivel soporífero alcanzado es pura bobería comparado al alto escaño alcanzado en el areté provinciano. Escamotearle lo fácil al lector es arte esmerado). O, mejor dicho. Lo parecería, novela realista, si nos fijamos en esa jugada engañosa para lectores demasiado cautos necesitados de brújula: el índice. Estructurado en cinco capítulos que, a su vez, están segmentados en varias partes.

No obstante, las razones por lo que Una artista del hombre no es pieza realista son diferentes. Arrojada desde los establos de la poesía hacia los abrevaderos de la narrativa, Idalia Morejón apuesta por el minimalismo que sustrae sustancia y músculos al realismo. El ripio prosaico le basta para radiografiar a PC y su entorno masculino.

Lo del establo poético es más que referencia de partida. O sinuoso trazado para ir del Parnaso a la enredadera de la prosa. En ciertas páginas del capítulo titulado “Todos los hombres son iguales”, Idalia Morejón truca su minimalismo narrativo hasta hacerlo rezumar vitriolo poético, poesía pura, cantar que indigesta, para recrear la epopeya del matrimonio, separación, retorno del emporio de Hombrenuevo a la barriada de Santo Suárez. El riesgo de incluirlos no es un acto de cálculo vanguardista o snob. Es simplemente abrir la reja que oculta el recurso que exige la dinámica del libro. Lo exige el hambre de hombres de la artista PC.

La lectura de Una artista del hombre es como la experiencia de extasiarse en una pintura impresionista. De cerca gruesas pinceladas, vertidas sobre el lienzo con fiereza y sed de venganza. A cierta distancia la retina hace el trabajo: devela el paisaje, las frutas congeladas en el tiempo, la voluptuosidad del desnudo, la actitud del artista ante el mundo que lo rodea. Agotada la lectura reescribo Una artista del hombre. Idalia Morejón es lo máximo, mujerón de escritora, diría con palabras de ama de casa, esposa feliz.

Dejando a un lado nimiedades en torno a actitud y estilo queda el tuétano, lo que mueve, moviliza Una artista del hombre. Se trata ante todo de una novela demasiado visceral para que Idalia Morejón, Poquita Cosa y voz narrativa no sean trinidad indivisible. No hay mayor acto de fe, valentía y autenticidad en la literatura que escribir, gritar a voz de cuello, con los ovarios y desde los ovarios. Y ese es, en última instancia, el valor medular de Una artista del hombre.

Montreal, septiembre de 2020.