Peter Sloterdijk y Peter Trawny: Biografía, literatura y desencanto de la filosofía profesional

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Texto y traducciones de Gerardo Antonio Cortés Mariño

 

Si, como dice Peter Trawny en el prólogo a su entrevista con Peter Sloterdijk, existe en la tradición filosófica escrita un anhelo por reproducir la experiencia viva del pensar es porque Platón, quien estableció este ideal, ha logrado persuadir a sus lectores hasta el día de hoy de la verosimilitud de los encuentros que creó. La vitalidad de sus textos es en parte resultado del uso efectivo de los recursos discursivos de las diversas formas poéticas que existían en su época (las narraciones de viajeros, los mitos y, por supuesto, el teatro); la ausencia de estos artificios al momento de transcribir la grabación de una conversación —por más intelectualmente estimulante que sea— sólo puede destacar, por contraste, el logro literario del fundador de la Academia. De ahí, entonces, que no sorprenda que Trawny se lamente en las primeras páginas de Unter der Platane de que su transcripción no refleje los gestos vitales (las pausas reflexivas o la risa) que acompañaron su encuentro con el autor de la Crítica de la razón cínica.

El punto de confluencia entre literatura y filosofía implícito en la referencia a Platón en las primeras líneas del pequeño volumen adquiere una forma más concreta al final del prólogo; ahí, Trawny explica que el tema de la reunión con Sloterdijk se deriva de su propia concepción de la filosofía. Para el entrevistador, la filosofía es una “forma de vida que experimenta el pensamiento como vida y la vida como pensamiento” (p. 6), lo que implica entender el propósito de esta disciplina siempre en relación con ella misma, es decir, con respecto a la forma en la que los autores de la tradición filosófica han pensado su vida y vivido su pensamiento. Esta falta de “metas externas” reduce los vínculos de este quehacer con la ciencia, a la vez que resalta su proximidad con el arte y la literatura (p.6).

A partir de esta visión, Trawny le propone al filósofo de Karlsruhe discutir en torno a la relación entre filosofía y biografía. Tomando como referencia inicial el hecho de que el encuentro se lleva a cabo en la casa de Sloterdijk, y probablemente a sabiendas de que su pregunta dará en el centro de una de sus propuestas teóricas más conocidas, Trawny abre el diálogo con el siguiente cuestionamiento: “¿Qué papel tienen para usted los lugares en su pensamiento?” (pp. 13-14). Después de mencionar que el lugar es ante todo el lugar en el que habita, Sloterdijk comenta que para él los lugares tienen un peso teórico importante; no sólo en su propuesta filosófica (“[…] en las Esferas, sobre todo en la primera y en la tercera parte, he incluso llegado a afirmar que no se podría o no se debería hacer antropología sin reconocer la primacía del lugar”, pp. 14-15), sino también en las etapas que tuvo su desarrollo personal e intelectual.

Desde las complicaciones de haber sido hijo de una pareja de grupos sanguíneos incompatibles en la posguerra y pasando brevemente por sus estancias en Múnich, Berlín, el sur de Francia o incluso en un áshram en la India, Sloterdijk se toma el tiempo para entrelazar los vínculos que hay entre sus intereses intelectuales, su vida y sus textos. Así, la anécdota de que una incursión juvenil en la terapia primal de Arthur Janov reactivó en él el recuerdo del momento del nacimiento, propicia que Trawny lleve la conversación al campo de la especulación en torno a la posible influencia de esta memoria traumática en la sensibilidad filosófica que éste percibe en los textos de Sloterdijk. A partir de este punto, el diálogo comienza a divagar en generalizaciones acerca de la relación entre la vida de algunos filósofos y sus propuestas teóricas. No es sino hasta que se hace un par de menciones a Nietzsche que la conversación adquiere asideros más concretos:

Peter Trawny: Nietzsche alguna vez dijo en Más allá del bien y del mal que no hay en la filosofía ‘absolutamente nada impersonal’. Esa es una afirmación fuerte, ¿no es cierto? Para la imagen que tiene de sí misma la filosofía académica universitaria, éste es, de hecho, un enunciado imposible. ¿Cómo lo vería usted?

Peter Sloterdijk: Sí, de hecho, existe también la formulación alternativa de Nietzsche que más o menos dice que los sistemas filosóficos del pasado son por regla general también las memorias inadvertidas de sus autores. (pp. 40-41).

La idea de interpretar los textos filosóficos a la luz de un género como el de las memorias, introduce de nuevo en el diálogo el tema de la relación entre la filosofía y la literatura. Al respecto, ambos autores están de acuerdo en que estos quehaceres se encuentran emparentados; sin embargo, en cuanto a lo que los diferencia no hay tanta claridad. En algún punto de la conversación Trawny hace la siguiente pregunta: “Sin embargo, uno se debe cuestionar como filósofo, como usted mismo lo es, ¿qué me diferencia en el fondo de Kafka? Yo hago de hecho algo distinto” (p. 47). Sin dar una respuesta concreta, Sloterdijk aprovecha el nuevo tema para hacer un par de comentarios con respecto a la relación entre el pensamiento de Platón y el teatro, señalamientos que traen a cuenta las incursiones literarias del filósofo y su ambivalente relación con la academia. En torno a este último tema Sloterdijk cuenta la siguiente anécdota:

Me puedo acordar de que alguna vez fuimos invitados a un evento, creo que de la fundación Bertelsmann, en donde algunas personas reputadas discutieron en torno al tema del futuro de la universidad. También yo fui invitado y en aquella ocasión desarrollé la tesis de que el futuro de la universidad es la literatura; que lo determinante ocurre de hecho en la literatura, esto es, en los trabajos escritos de los colegas que discuten entre sí, pero que la verdadera forma literaria, con la que se organiza la relación espíritu-sociedad, y de hecho en la que se organiza de la mejor manera, es la literatura. Esa tesis dio de que hablar. Y algunos colegas que presentaron después sus posturas intentaron comprobar que el futuro de la universidad es la universidad. (risa) –Hoy no los puedo contradecir de buena conciencia, porque yo mismo fui rector de una institución académica por 14 años. Ahí no se le puede apostar todo únicamente a la literatura (p. 51).

Sin que se toque la cuestión de manera explícita en el devenir del diálogo, las palabras de Sloterdijk, a la vez que responden indirectamente a la pregunta de Trawny en torno a las diferencias entre filosofía y literatura, descubren una especie de desencanto en torno al quehacer filosófico que se trasluce en algunos puntos del encuentro en una idealización del mundo literario. Esta actitud que ambos filósofos comparten es, a mi juicio, sintomática de un fenómeno más amplio: hoy en día, un número importante de profesionales de la filosofía aspira a formar parte del mundo literario de una manera en la que ningún literato lo haría con respecto a la filosofía. Lo anterior se debe, entre otras cosas, a que los géneros que han triunfado dentro de la filosofía profesional —pienso, sobre todo, en la filosofía académica— además de generar jerarquías y roles indeseados, han dejado de incitar la curiosidad y creatividad de quienes a diario se las ven con esta disciplina.

En este sentido, no llama la atención que en la parte final del diálogo se discutan las limitantes del discurso filosófico moderno, en concreto, su incapacidad de racionalizar temas como el amor o la muerte (p. 68). Una última referencia de Sloterdijk al modo en el que Platón trata este último tema en el Fedón nos recuerda a los lectores que no se ha ido muy lejos con las cuestiones con las que inició el volumen. Sin perder de vista al viejo maestro de Atenas, el modo en el que se tratan los últimos temas en el diálogo nos hace pensar que tal vez un encuentro ficticio entre ambos filósofos hubiera cubierto mejor las expectativas que generan los nombres de Sloterdijk y Trawny en la portada de una publicación.

 

Peter Sloterdijk y Peter Trawny, Unter der Platane. Ein philosophisches Gespräch, Vittorio Klostermann, Frankfurt am Main, 2019, pp. 71.