Morir por las ideas. La peligrosa vida de los filósofos de Costica Bradatan

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Costica Bradatan es un filósofo que piensa en Lévinas, en el fracaso, en los filósofos que tuvieron que morir para defender sus posturas, en la filosofía como el arte de vivir, en el brazo del esqueleto de Munch, en los ensayos de Montaigne, en la filosofía de la carne, en Simone Weil, Tomás Moro, en el genio artístico de Platón; ¿por qué alguien debería molestarse en matar a los filósofos y por qué cuando la filosofía se practica bien es una broma en serio?

Richard Marshall: La actuación es una idea clave en esto, ¿no es así?; y el espectáculo de Sócrates y Platón, el gran espectáculo. Pero usted tiene algunas cosas sorprendentes que decir al respecto; por ejemplo, ¡que Platón intervino en el asesinato de Sócrates! ¿Puede explicar a qué se refiere con esto?

Costica Bradatan: De hecho, eso tiene que ver más con lo que le sucede a Sócrates cuando queda atrapado en el torbellino del genio artístico de Platón. Sin duda, aquí se necesita una narración: morirías en vano si nadie contara tu historia. Un mártir necesita un discípulo fiel para que narre sus actos y conserve su posteridad. Sin embargo, en Platón Sócrates pudo haber obtenido más de lo que esperaba. Por una vez, se ve atrapado en el torbellino de su discípulo; Sócrates, el hombre de carne y hueso, se pierde para no ser visto nunca más. Borrado de la historia. ¡Por completo y, sobre todo, de manera tan conveniente! Para ser sustituido, al mismo tiempo, por la invención de Platón. Platón sustituye a uno con el otro, como el mago de un circo. Cautivados como estamos, terminamos por creer que el Sócrates de Platón —el personaje literario— es el verdadero. Desde luego que lo que es decisivo en todo esto, es el talento literario de Platón. Ése es realmente un asesino, casi se sale de control, nada puede resistirlo, ni siquiera la maestría del maestro Así él se sacrifica. Un ejemplo perfecto de ejecución literaria, y tómelo en el sentido que quiera. Pero no entraría en muchos detalles no sea que arruine el placer de los lectores.

Richard Marshall: Y usted pregunta ¿por qué si los filósofos son tan impotentes alguien debería matarlos? Entonces, ¿cuál es la respuesta a ese acertijo?

Costica Bradatan: Cierto, son asesinados no porque sean una amenaza sino porque son impotentes; y, por lo tanto, vulnerables. Una de las cuestiones importantes que planteo en el libro, muy cerca del final, es que sostener ciertas creencias, no importa lo audaces que sean, y estar resuelto a morir por ellas tan heroicamente como puedas no basta para que te maten. Puedes terminar golpeado, encerrado, exilado, proscrito o, lo que es peor, ignorado. Siempre hay otras formas de lidiar con los filósofos molestos, además de darles muerte.

Así que si mueres o no depende de algo sobre lo cual tienes poco control: la situación de la sociedad en la que vives. ¿Cómo es eso? Bueno, si da la casualidad de que el filósofo practica su parresia y molesta a todos en el preciso momento en que la sociedad atraviesa por una crisis, como parecen haberlo hecho los héroes de mi libro; entonces puede terminar en un grupo de posibles víctimas sacrificiales, del cual pueden elegirse distintos chivos expiatorios y sacrificarlos cuando sea necesario. Utilizo la teoría de Girard del “mecanismo del chivo expiatorio” para explicar la selección de la víctima propiciatoria, como puede ver. Así que el filósofo realmente no obliga a sus perseguidores a matarlo. No es su audacia lo que lo hace un mártir, sólo su vulnerabilidad. Que es algo que comparte con las brujas, los lisiados, los huérfanos, las prostitutas y otros marginados.

Si encuentra toda la situación irónica, debo decirle que tiene toda la razón. De hecho, ésta es una de las más grandes ironías de todo el relato. Después de todo, Morir por las ideas es un ejercicio de la ontología de la existencia irónica. (Traducción de María del Carmen Navarrete)

Fragmento de la entrevista realizada por Richard Marshall al autor de Dying for ideas. The dangerous lives of the philosophers, Bloomsbury Academic, London, 2015, 238 p. ISBN: 978-47252-551-2