María Zambrano/Diego S. Garrocho: Los claros de la nostalgia

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“¡Apártate, hombre del diablo, del camino, que te harán pedazos estos toros!” gritaba el lancero en vano a don Quijote antes de que “el tropel de los toros bravos y el de los mansos cabestros” (Quijote, II, 58)[1] hicieran que caballo, caballero, Sancho y rucio dieran en el suelo. Ni las quejas, ni el agua de la fuente, ni la comida del escudero sacaron a don Quijote de su abatimiento: “Come, Sancho amigo —dijo don Quijote—, sustenta la vida, que más que a mí te importa, y déjame morir a mí a manos de mis pensamientos y a fuerza de mis desgracias. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo” (Quijote, II, 59).

          La estructura de la escena no es nueva; desde la Primera Parte de la novela, don Quijote se confronta una y otra vez con resolución y confianza a una realidad que termina dolorosamente por no ser la suya. A diferencia de otros pasajes en donde no sobran las excusas, aquí el personaje reflexiona sobre lo ocurrido:

[…] y, porque veas que te digo verdad en esto, considérame impreso en historias, famoso en las armas, comedido en mis acciones, respetado de príncipes, solicitado de doncellas; al cabo al cabo, cuando esperaba palmas, triunfos y coronas, granjeadas y merecidas por mis valerosas hazañas, me he visto esta mañana pisado y acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces (Quijote, II, 59).

          El fragmento revela un momento importante del itinerario espiritual del caballero de la Mancha. Cerca del final de la novela, don Quijote ya no culpa a ningún hechicero de sus traspiés; en esta aventura, la realidad simplemente no concuerda con las ‘promesas’ de los libros de caballerías (“palmas, triunfos y coronas”) y, aún más, ésta no está a la altura de los recuerdos de sus hazañas que, aunque constantemente frustradas, para él pueden considerarse ya realizadas (“considérame impreso en historias, famoso…”). La imposibilidad de llevar a cabo el ideal del caballero andante transforma el entusiasmo y la esperanza de don Quijote en un sentimiento de nostalgia, nostalgia de un pasado que precisamente por imposible ha encontrado su realidad en la memoria del personaje. Frente a sus glorias fantasmales, los lanceros, cabreros, toros y cabestros no pueden ser más que una triste decepción.

          Si bien el término nostalgia no se acuñará sino hasta 1688 en el tratado Dissertatio medica de nostalgia oder Heimweh del aún entonces estudiante de medicina Johannes Hofer, las tesis que apuntalan la idea de que don Quijote efectivamente experimenta algo muy cercano a la nostalgia en el pasaje referido, las ofrece una publicación reciente titulada Sobre la nostalgia. En ella, Diego S. Garrocho no sólo afirma que la nostalgia es un sentimiento que existió antes de ser nombrado (algo que el cervantismo también ha visto en las obras del autor del Quijote[2]), sino que también sostiene que los fracasos de la Modernidad en sus intentos por materializar sus ideales han contribuido a modelar los matices con los que se experimenta la nostalgia. En un pasaje central del texto, el autor trae a cuenta la clásica definición kantiana de la Ilustración para argumentar que el proyecto de emancipación de las antiguas jerarquías con el que soñó la Modernidad —la corriente más optimista de la Modernidad— hizo posible, paradójicamente, su idealización nostálgica:

Esa emancipación imputable a la Modernidad es la misma independencia que Kant consagraría en su célebre respuesta a la pregunta ¿Qué es la Ilustración? y que habremos de volver a mencionar: la salida de una minoría de edad, el extrañamiento ante cualquier tipo de jerarquía epistémica, política o religiosa que determine el curso de nuestra interpretación del mundo es un gesto, un rito, una transición en la que la posibilidad de añoranza se acentúa hasta hacer inteligible el cuño y el asentamiento de la experiencia nostálgica (pp. 108-109).

          Si la Modernidad fue generando desde el siglo XVII el desencanto del que se nutrió el término nostalgia es porque, ya desde ese momento, sus promesas se tropezaron con la realidad en lugar de cambiarla. Frente a las decepciones de Cervantes, frente a las nuestras, la esperanza dejó de confiar en los proyectos modernos de bienestar, ahora ésta vuelve la mirada al pasado para buscar ahí una guía. Sin embargo, Garrocho advierte que la memoria es un producto de la capacidad imaginativa del ser humano, lo que implica que los recuerdos (en particular los más dolorosos o los más alegres) se generan inevitablemente a través de una recreación ficcional que, a su vez, se vuelve más utópica en la medida en la que aumenta la sensación de inestabilidad en el presente: “Por todo ello […] la nostalgia nunca fue otra cosa que una suerte de utopía, un recuerdo ficticio —valga la redundancia— en el que recrear algo que nunca existió, un no lugar idílico, un territorio fabuloso con el que poder medir la precariedad de nuestra experiencia presente” (pp. 110-111).

          La descripción de las transformaciones semánticas de la palabra nostalgia va acompañada en el texto de Garrocho por las variaciones de la tesis implícita en el subtítulo de la obra. Damnatio memoriae —explica el autor— fue en la antigua Roma una sentencia que condenaba el recuerdo de alguien; no obstante, la frase condena de la memoria, posible traducción del concepto latino, implica una ambigüedad semántica

en la que cabe preguntarse si por tal nombre entendemos la condena y censura de un ejercicio memorativo o acaso, más propiamente, la condena que sobre nosotros impone siempre y necesariamente el ejercicio de la memoria. Esta segunda acepción, residual y accidental en el uso habitual del término, apunta una posibilidad amenazante que no ha dejado de asediar la conciencia de tantos hombres (p. 19).

Así, damnatio memoriae es el nombre que se le puede dar a la inevitable tendencia de la psique humana a retener recuerdos, en especial, aquellos que generan un silencio reflexivo en el que el pasado desplaza la experiencia viva del presente, generando el malestar de la indignación, de la impotencia o, más cerca del fondo, de la angustia.

 

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“‘Que yo, Sancho, nací para vivir muriendo’ es una confesión de un ser, sobre vivo, viviente”[3] (p.79), dice María Zambrano en Claros del bosque, obra recientemente editada por primera vez bajo el sello de Alianza editorial. La referencia al diálogo quijotesco aparece en “El centro — la angustia”, un breve apartado que a su vez representa un claro dentro de la hermética espesura del texto de la autora malagueña. Aquí, la referencia a una emoción concreta ayuda al lector a decantar algunas de las ideas centrales de la obra, por ejemplo, la relación entre los conceptos de vida y ser:

Sobreviene la angustia cuando se pierde el centro. Ser y vida se separan. La vida es privada del ser, y el ser, inmovilizado, yace sin vida y, sin por ello, ir a morir ni estar muriendo. […] El ser, sin referencia alguna a su centro, yace, absoluto, en cuanto apartado; […]Y la vida se derrama del ser descentrado simplemente. No encuentra lugar que la albergue, entregada a su sola vitalidad (p. 79).

Ser y vida son, entonces, dos elementos constitutivos de una unidad de la que participamos junto con el resto de los seres vivientes; si el ser humano tiene un lugar privilegiado para observar esta composición no es porque pueda elaborar un discurso teórico al respecto, sino porque en ocasiones —como en la angustia— puede experimentar la manera en la que el compuesto ser-vivo se disloca. Al igual que los análisis de los filósofos existencialistas de la mitad del siglo pasado, Zambrano también reconoce en la angustia un momento crítico en la vida humana, sin embargo, a diferencia de aquéllos, la autora no ve en esta vivencia un motivo para argumentar en contra de la tradición metafísica (vida y ser son, desde Platón, dos categorías que han servido para explicar el mundo y la naturaleza humana), sino justo una ocasión para reinterpretarla en términos de formas de la experiencia. En este sentido, el ser y la vida se relacionan desde el nacimiento hasta la muerte de diferentes maneras, creando momentos de lucidez, como en la experiencia de los claros del bosque, o de desequilibrio, como en la adolescencia, cuando el ser se erige solitario sobre nuestra calidad de seres-vivientes:

Y la existencia, surgida de la pretensión de ser por separado, deslumbra y ofusca al individuo naciente que, sin ella, sería como una aurora. Se rompe la niñez y aparece el adolescente desconocido, la incógnita que juega a serlo, que juega a serse. […] Aparece la conciencia de todo, y de sí mismo ante todo. El yo sí mismo se alza y pretende erigirse en ser y medida de todo lo que ve y de lo que así él mismo se oculta (pp. 40-41).

          En un movimiento centrípeto del ser, esto es, en una afirmación de su presencia y posibilidades, el adolecente se entiende como elemento aislado y autónomo, como un ser incondicional. En la angustia, esta postura se reconoce como incompleta y entonces el ser llama a la vida para poderse reconocer como real: “En este padecer el ser se despierta, se va despertando necesitado de la vida y la llama. La llama, si ha resistido la tentación inerte de seguir la vida en su derramarse. […] Y la realidad surge, la del propio ser humano y la que él necesita haber ante sí, sólo en esta conjunción del ser con la vida, en esta mezcla no estable, como se sabe” (p. 80). “Que yo, Sancho, nací para vivir muriendo” es, entonces, un momento de lucidez de un ser que se reconoce real por ser viviente, o, como dice la autora, por “ser, sobre vivo, viviente”.

El apartado de la angustia en el libro de Zambrano, y en particular la caracterización de este sentimiento como desarraigo, como pérdida del centro o como el irregular y errático devenir de la vida sin dueño (“[La vida] Necesita dueño, ser de alguien, para ser de algún modo y alcanzar, de alguna manera, la realidad que le falta”, p. 80) trasluce, ya lo vimos, algunas tesis fundamentales de su texto; no obstante, en él también se dejan ver algunos rasgos de algo que podríamos nombrar nostalgia metafísica, noción a partir de la cual se puede interpretar la idea misma de los claros de bosque.

En las primeras líneas de la obra, la autora describe el claro como “un centro en el que no siempre es posible entrar” (p. 27). A los claros se accede, o, más bien, los claros se abren a través del silencio del preguntar existencial o científico; en este lugar/estado se experimentan sutiles indicios de aquello que posibilita tanto al ser como a la vida (lo divino es un término problemático pero a la vez certero para describir este fenómeno), experiencia que, para nosotros, es un signo que revela el hilo nostálgico que recorre de la obra, nostalgia de lo que —para ponerlo en términos platónicos— el alma sabía del mundo de las ideas y, al nacer, olvidó, esto es, de la realidad detrás de la realidad, que, como en el discurso de don Quijote, al no poder tenerla se vuelve un recuerdo (nostálgico) o, como la autora lo describe, un “clamor”:

Y lo que apenas entrevisto o presentido va a esconderse sin que se sepa dónde, ni si alguna vez volverá; ese surco apenas abierto en el aire, ese temblor de algunas hojas, la flecha inapercibida que deja, sin embargo, la huella de su verdad en la herida que abre, la sombra del animal que huye, ciervo quizá también él herido, la llaga que de todo ello queda en el claro del bosque. Y el silencio. Todo ello no conduce a la pregunta clásica que abre el filosofar, la pregunta por ‘el ser de las cosas’ o por ‘el ser’ a solas, sino que irremediablemente hace surgir desde el fondo de esa herida que se abre hacia dentro, hacia el ser mismo, no una pregunta, sino un clamor despertado por aquello invisible que pasa sólo rozando. (p. 35)

          El paraíso, la voluntad detrás de la representación, el noúmeno o el arché griego se revelan en Zambrano como una vivencia nostálgica dolorosa, de dolor por intuir, pero no poder abrazar la vivencia originaria del envés de la realidad, aquello a lo que aspira la ciencia pero sólo otorgan, en ocasiones, la experiencia mística y la poesía.

 

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La nostalgia de la urbe, en cambio, la describe Garrocho al final de su ensayo en el apartado titulado “La ciudad y la nostalgia”. Al igual que la metafísica, la nostalgia citadina también implica un envés, sólo que en este caso la “forma de añoranza es una consecuencia de la idea de progreso. La nostalgia es el envés de una emancipación de nuestra mayoría de edad civil” (p.123). La liberación de los viejos tutores trajo consigo la confianza en nuestra capacidad de transformar el mundo, de autodeterminarnos a partir de principios racionales (¿universales?), de aspirar, en fin, a un nuevo paraíso. Los fósiles de esta aspiración, del intento de emancipación y de su proceso de desgaste quedan estampados en la ciudad “como un palimpsesto tangible y legible sobre el que se inscribe un pasado cada vez más nostálgico” (p. 136). Entendida así, la ciudad es un constante recuerdo de que no hay vuelta atrás; querer traer de vuelta el pasado con vistas a salvar las esperanzas del futuro es ya estar reviviendo el comienzo de una decepción. En la urbe, el objeto de la nostalgia ya no es, entonces, el modo en el que se vivía —o en el que se piensa que se vivía— durante alguna época del pasado, sino la manera en la que se asumía, en el pasado, el futuro:

[…] es la propia imaginación del futuro la que ha pasado a convertirse en una utopía retrospectiva. Queremos volver a soñar como entonces, como demuestra la actualidad nostálgica con la que precisamente en este año [2018] muchos intentan recuperar no ya el futuro, sino el modo en que se asumía el futuro como oportunidad en aquel tiempo, en aquel París, de un mayo como este, hace ya cincuenta años (p. 147).

          Ya sea como el anhelo de asir aquello que se mueve detrás de nuestras imágenes del mundo o como la esperanza de la realización del paraíso racional que prometieron las revoluciones modernas, en los textos de Garrocho y Zambrano la nostalgia se describe con un común denominador: la añoranza de la época/lugar/estado en el que la realidad se pueda experimentar tal y como la imaginamos. El anhelo de reconciliar el pasado con la idea del futuro, el anverso y con el reverso de la realidad —con lo que creemos que es el reverso de la realidad— y la promesa con la gratitud son constantes que acompañan al sentimiento nostálgico. Garrocho lo ve en los actuales movimientos back to basics y en las tendencias del mundo digital, Zambrano en la búsqueda de “la palabra” que traiga consigo la clave de la música de la creación. La imposibilidad de vivir la realidad real o de ver cumplidas las promesas modernas se resumen en la melancolía quijotesca: “Yo, Sancho, nací para vivir muriendo”.

          Pero Cervantes no acaba el fragmento con estas palabras —si lo hubiera hecho no sería el autor del Quijote—. El alcalaíno sintetiza y se burla: el caballero andante se da cuenta del abismo que lo separa de las coronas y de los aplausos, pero, al final de su discurso, también se percata de que sólo es él quien tiene este sentimiento (al final, él mismo ha creado la distancia que separa al gigante del molino, a los ejércitos de los rebaños, a sus hazañas del tropel de toros). La experiencia de la inmediatez está frente a él. Durante días han dialogado y hasta ha ganado fama la manera en la que gobernó una isla: “Yo, Sancho, nací para vivir muriendo, tú para morir comiendo”.

Diego S. Garrocho, Sobre la nostalgia. Damnatio memoriae. Alianza, Madrid, 2019, pp. 158.

María Zambrano, Claros del bosque, Alianza, Madrid, 2019, pp. 191.

[1] Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. de Florencio Sevilla Arrollo, Penguin-Random House, Barcelona, 2015.

[2] “En la época de Cervantes no existía, como hoy, una palabra para designar ‘la pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos’, ‘la tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida’ (DRAE). ‘Nostalgia’ es un neologismo (del griego ‘nostos’: regreso y ‘algos’: dolor) acuñado por el suizo Johannes Hofer (1669-1752) en su tesis médica escrita en 1688. Pero, Cervantes sabe muy bien describir ese tipo de pena o tristeza en voz de sus personajes” (Nieves Rodríguez Valle, Los trabajos narrativos de Cervantes. Lectura del Persiles, El Colegio de México, México, 2018, p. 248).

[3] Como se puede ver, la edición del Quijote que cita Zambrano en su texto incluye un “que” al inicio de la oración. Lamentablemente no hemos podido encontrar la edición específica que utilizó la filósofa en su referencia.