María José Garrido Asperó: Pelotaris y gimnastas

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Introducido por los curas de las provincias vascongadas y Navarra, el frontón fue el primer deporte profesional en México. Y, por supuesto, los primeros “célebres pelotaris” salieron de las filas de los religiosos llegados de aquella zona de la península, donde civiles y religiosos “no dejaban de ver ningún partido —cuenta Salvador Mirallas, un experto de la época—, aunque tuvieran que hacer viajes largos y penosos, que en general hacían acompañados de la mayor parte de sus feligreses, pues, como ahora las corridas de toros en provincia, era antes un partido de pelota un acontecimiento que atraía a una comarca entera”.

Fueron, pues, los religiosos de la orden de San Camilo de Lelis los que trajeron el juego a Nueva España. La orden se asentó en la ciudad en 1756, y brindaba auxilios religiosos y compañía y cuidado a los agonizantes. El conjunto conventual se ubicaba entre las actuales calles de Regina, San Jerónimo, Correo Mayor y Pino Suárez y, además del convento, incluía una iglesia, cementerio, huerta, caballerizas, baños para personas y animales y más adelante el juego de pelota, que consistía de una galera de 71 x 8 metros, “limitada al norte por la tersa y elevada pared y al sur por una serie de gradas de manera en que tomaban asiento los espectadores. Los muros oriente y occidental se llamaban frontones, distinguiéndose el primero con el nombre del saque, y con el de resto, el segundo”.

La construcción de la cancha no fue sólo para el disfrute de los religiosos y pronto se convirtió en un negocio pues acudían a jugar “sujetos de probidad, de buen gusto, decencia y aun de carácter”, en especial para el grupo de comerciantes de la ciudad, pero también jugadores de otros grupos sociales.

En los primeros treinta años el juego estuvo abierto gratuitamente para todos, con el único requisito del pago por el uso de la cancha, las pelotas y los guantes. “El único grupo claramente excluido —afirma la autora— fue el de la mujeres”: el ejercicio físico era “incompatible con el modelo femenino de la época”, porque las mujeres no se interesaban y porque la medicina de la época sólo recomendaba el ejercicio durante el embarazo.

Pero hubo una excepción: Gregoria Piedra, “la Macho”, quien llegó a ser condenada a ocho años por la Inquisición en 1796 por el delito de herejía, acusada de traficar con hostias consagradas, delito que se vio agravado por su forma de vestir y su conducta masculina.

A principios del siglo XIX ya se había formado un grupo muy sólido de al menos cuarenta jugadores profesionales, y una masa de expertos, de primera, segunda y “chambones” o principiantes. Los partidos, sus modalidades y alineaciones, y algunos retos y apuestas eran publicados en la prensa cotidianamente; se contaba también con reglamentos muy precisos que establecían el costo de la entrada, las normas de conducta del público, oficiales y jugadores, así como la gestión de las apuestas, que “existen desde que existe el juego de pelota”.

Pero durante la guerra de Independencia y un poco después el Juego de Pelota de San Camilo tuvo una existencia complicada, que la autora relata pormenorizadamente.

Con el paso del tiempo y los avatares del país la popularidad del juego en México era tal que hacia finales del XIX había tantos frontones en la ciudad de México que “se puede presumir que ha sido la población de más canchas para la práctica de la pelota vasca en el mundo”.

Además de conocer los detalles del surgimiento del frontón en México, la obra de Garrido Asperó tiene un mérito adicional: el de poner en relevancia la existencia de un deporte organizado, profesional, mucho antes de lo que la historiografía clásica establece para los países europeos.

En efecto, primero la investigación sociológica y luego histórica han establecido que fueron los procesos de urbanización, la disposición de mayor tiempo libre de las elites y la limitación de las conductas violentas los que originaron los deportes modernos a finales del siglo XIX. Otro elemento crucial para el inicio de los deportes y la educación física se ha establecido en el discurso higienista que tomó auge en el siglo XVIII entre médicos, filósofos y gobernantes: promover hábitos saludables en los diferentes grupos sociales. Con esta visión, el ejercicio y el cultivo del cuerpo dejó de verse como algo pecaminoso, y con las reformas borbónicas pasó a ser considerado un asunto de gobierno.

Garrido se alinea a la historiografía “revisionista” en este tema, “que sostiene y demuestra, con base en investigaciones históricas rigurosas que, a diferencia de lo comúnmente aceptado y difundido, la educación física y el deporte —como una de sus manifestaciones más destacadas— no son el gran descubrimiento inglés del sigo XIX, sino que eran actividades comunes a varios espacios y épocas anteriores.”

La autora nos recuerda que la historia de los deportes en México está en sus etapas iniciales. Son muy pocos las investigaciones académicas o periodísticas que abordan el tema, pues no han considerado importante el estudio de la educación física y el deporte. “Ha sido tan grande  el desinterés académico —asegura Garrido Asperó— que algunas instituciones de educación superior han negado a sus estudiantes de licenciatura la posibilidad de graduarse realizando tesis relativas a la historia del deporte, y cuando lo han autorizado han exigido se hagan acotadas a las últimas décadas del siglo xix porque se ha asumido como verdad absoluta que fue hasta entonces cuando surgió esta actividad.”

 

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Con esta perspectiva la autora emprendió otra investigación relacionada: la historia de la gimnasia en México a partir del fin del primer imperio y la restauración de la República.

Durante el periodo, y a pesar de los conflictos internos del nuevo país, se mantuvo una continuidad en torno a que “la decadencia física de la población se debía a la inmovilidad y la vida sedentaria”, y el ejercicio era una forma ideal para evitar ese deterioro. El nuevo modo de ver la salud —impulsado por los avances científicos y médicos— establecía que los ejercicios debían practicarse bajo ciertas reglas para evitar lesiones y accidentes.

Muy pronto surgieron los primeros gimnasios privados, algunos de ellos dirigidos por profesores franceses, y hacia la década de los años cuarenta del xix se empiezan a incorporar en algunos colegios privados, donde también se incluyen natación y esgrima. La educación física en los proyectos estatales fue introducida también por esas fechas, y aunque no era obligatoria se impartía en los colegios nacionales de San Idelfonso, San Juan de Letrán, San Gregorio y Medicina y un poco después fue introducida en Morelia, Puebla, Estado de México, Yucatán, Oaxaca, etcétera.

Este nuevo ambiente hacia el ejercicio se expresaba en la prensa de diferentes maneras: desde la educación y la diversión, hasta la salud física y mental. Y si bien en el caso del frontón, las mujeres fueron excluidas de su práctica, en la gimnasia era uno de los sectores más favorecidos con los nuevos enfoques.

Durante todo el periodo aparecieron en México diversos textos, la mayoría traducciones del francés y del inglés, pero también obras producidas por españoles y mexicanos.

Con la Independencia surgen las primeras instituciones militares: la Academia de Cadetes (1822), el Colegio Militar (1823) y la Escuela Normal Militar (1837). En todas ellas se introduce la actividad física y gimnástica así como, por supuesto, natación, boxeo y esgrima. Y luego de la derrota ante el ejército norteamericano no faltó quien culpara a la falta de preparación física de las tropas mexicanas, y ello motivó la creación de la Escuela Gimnástica del Ejército.

Y así, introduciéndose en los diferentes sectores sociales, la gimnasia se entendió como una disciplina para mejorar la salud pública, más que un deporte profesional o de competencia. Los colegios y los maestros se profesionalizaron tanto con la práctica en las escuelas como con la lectura de las diversas publicaciones que aparecieron en la época y fue quedando atrás la inicial función de la gimnasia: los ejercicios circenses: “para el vulgo que no ve más allá de sus narices —decía un periodista de El Siglo Diez y Nueve— toda la gimnasia se reduce a hacer cuatro habilidades en el trapecio y los anillos”. Nada más lejos de esto. La gimnasia se veía como el “arte” de fortalecer “los órganos y los miembros”. “En una palabra, la gimnasia es el arte de formar hombres sanos y robustos y mujeres que no tengan que sentarse tres veces por falta de aliento en la escalera de un tercer piso”.

Todo ello desembocaría en la concepción de la gimnasia como terapia en la rehabilitación física, y con el advenimiento de la modernidad en el florecimiento de academias, gimnasios, escuelas y comunidades que realizan un sin fin de actividades físicas para “sanear, fortalecer y embellecer” sus cuerpos.

 

María José Garrido Asperó, Peloteros, aficionados y chambones. Historia del Juego de Pelota de San Camilo y de la educación física en la ciudad de México, 1758-1823, Instituto Mora, México, 2014.

 

María José Garrido Asperó, Para sanar, fortalecer y embellecer los cuerpos. Historia de la gimnasia en la ciudad de México, 1824-1876, Instituto Mora, México, 2016.