Luis de la Paz: Los peores momentos de la vida de un hombre

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Reseñar el libro Tiempo vencido, del escritor de origen cubano y residente en Miami Luis de la Paz parecía, después de leer y disfrutar de la obertura, “El hombre de lejos”, una empresa simple, esa que encaramos como mero ejercicio de crítica literaria de “bodega” al final de un almuerzo con el cómplice más cercano. Si bien el primer relato bordea aristas inquietantes camufladas en la visión de un adolescente del mundo represivo en que malvive, la historia no ofrecía gran complejidad, eso creí entender, a la hora de destriparla e ir por el resto. Apenas me adentré en el cuaderno me dije, stop, atención, busca debajo del iceberg. Hice lo que suelo hacer en tales casos: una cita con el Yo narrativo del autor, en este caso el Él narrativo con el que negocia Luis de la Paz su victoria, pírrica sería mucho decir, sobre el tiempo. Y el Él literario me develó el secreto en una noche de lectura. En medio del Montreal invernal, mientras afuera nevaba en gruesos copos sobre los techos de la ciudad, llegó sin avisar, el Él, en short y camisa floreada, ajena a la estación, el más convincente estereotipo con el que se vende el sur a los pájaros y humanos quebequenses tomó asiento en la butaca contigua, miró la nevadera, los copos juguetones como en la pieza de Debussy.

—Mierda, ¿cómo puedes soportarlo? —preguntó con un dejo irónico.

Su Él hablaba como escribía su progenitor, directo, casi reporteril.

Me encogí de hombros presa de cierta molestia. Era mi decisión, lo de vivir bajo los copos en un mundo en el que durante seis meses nada huele, nada suena y los colores desaparecen, y todo se torna tan simple y huidizo como en una pintura minimalista.

—Tiempo vencido, escritor derrotado —respondí devolviéndole la ironía.

Se echó a reír y desapareció, el Él narrativo, y así dio fin a su travesía. Tras esfumarse su halo la palabra, o la clave, había sido desvelada.

Tendría que indagar más allá de sus historias, Tiempo vencido era un libro de eso, de travesías.

Entonces caí en la trampa: escribiría una reseña, por eso la visita. Busqué debajo del iceberg, volví sobre “El hombre de lejos”, hasta dar con su historia secreta. Cómo no me había dado cuenta antes, mal lector. El cuento iba de la pérdida de la inocencia. El terrible descubrimiento de la existencia de un aparato policiaco que al igual que ciertas películas era para todas las edades.

Conclusión.

Ahora lo tenía claro: la llaneza aparente de las historias en cada uno de los relatos está anclada a la reciedumbre de sus personajes y al entramado sicológico que conecta a los protagonistas. Lo próximo consistía en reconstruir las travesías valiéndome de las cartas de navegación propuestas por Luis de la Paz e interpretadas por su Él narrativo.

Si recorremos el índice, de los quince relatos ocho transcurren en La Habana y siete en Miami. Una estela constante de ida y vuelta entre dos ciudades. Sin embargo, estos recorridos en muchos de los cuentos son atajos en el tiempo. Nos llevan al mundo familiar del autor dejando constancia del fuerte tinte ¿autobiográfico? que por momentos exhibe el cuaderno. La niñez y la adolescencia resurgen desde las zonas más íntimas y oscuras del autor a través de la voz… sí, claro, su Él narrativo otra vez: ya sea hincando proa hacia los descubrimientos de los peligros del contexto represivo en la más temprana juventud y de las inclinaciones homoeróticas de los personajes de “El hombre de lejos” y “Concierto privado”. O mediante la crudeza de un retrato de la violencia doméstica signada por dos de sus peores rostros, el del machismo y el de la resignación, recreada en “Después del noticiero”.

El tramo final de la vida aflora como un escollo en medio de la travesía. Miami o La Habana. ¿Qué nos queda después de vencer al tiempo? Le pregunto al que suele visitarme en mis noches de lectura, al que me visita en camisa floreada, short y chancletas. La respuesta no se hace esperar: el final se precipita, suerte de barro, arcilla primigenia de la literatura que, como toda obra humana, se nutre y moldea con la lenta espera del fin del último acto, el encuentro con la vida eterna (“Un retiro feliz”, “La otra cara de la luna”, “La pared frente al flamboyán”).

El complejo universo de las relaciones familiares disfuncionales recreadas en el mencionado “Después del noticiero”, o no normativas, obsesiona a Luis de la Paz. Un padre al que se le aparece un hijo desconocido fruto de ciertas aventuras campo adentro en el Pinar del Río profundo, “Llegó Daniel”. Los malabarismos de la maternidad que prescinde del hoy vapuleado rol paterno en la concepción y promoción de nuevos modelos familiares, “A la carta”.

Como miembro del grupo de los escritores del Mariel Luis de la Paz reivindica y enaltece el viaje de este —otro surcar de proa que solo comenzó al tocar las costas de la Florida— en su cuaderno Tiempo vencido. Viaje que aún no termina y que surca el siempre proceloso y tenebroso mar de la escritura en donde habitan y acechan todo tipo de monstruos. La historia de un encuentro con Reinaldo Arenas, en un cine habanero luego de la salida de este de la prisión de La Cabaña, trae de vuelta a un Arenas en que el desgarramiento convive con el humor y la devoción y la honestidad artística, una amalgama que en “Tardaron bastante” la represión y la persecución son a su vez tomadas por asalto mediante los recursos de la picaresca y, una vez más, el homoerotismo.

Pero el Mariel no solo es Arenas.

El Él narrativo, deja su indumentaria veraniega a un lado y, vestido en plan de inspector de vivienda municipal, desciende a los ambientes kafkianos en que viven drogadictos, enfermos de sida, prostitutas… En ese ambiente asfixiante solo brillan las prendas de fantasía que le ofrece un pícaro de origen boricua, una nacionalidad tan falsa como sus joyas. Así pasa fugaz Leandro Eduardo Campa, autor de Curso para estafar y otras historias, poeta urbano, no de La Habana, sino de la otra la pequeña grande Habana. En el cubil que renta, de manera ilegal, a una inquilina del inmueble el inspector descubre una máquina de escribir, unas cuartillas en las que seguro el boricua de fantasía pule versos y relatos. Una simple historia en la que Campa, personaje, ¿qué otra cosa pudo haber sido?, saca todo el brillo posible a un encuentro con los que viven en la otra acera, de tan sobrio el texto resulta el mejor homenaje al autor de Curso para… Una ofrenda o acto de fe en el martirologio de la literatura, (“Mandraque el mago brilla en Southwest).

El Mariel no solo es Arenas o Campa. El Mariel también eran las barracas de la espera, de ese limbo salían los Toni Montana, pero aguardaban los otros que habían perdido el rumbo y no encontraban ni el suelo donde pisar a la espera de una segunda travesía (“Tarde veintidós”).

Las travesías de Tiempo vencido alcanzan su mayor perfección y sentido en el cuento “Balseros”. Verano del 94. La historia no va de la destrucción de una casa para construir una balsa. El inmueble familiar se trasmuta en objeto flotante, es el último acto de una morada. A través de Arturo, el protagonista, el Mariel hace eco en el 94. El rumbo es el mismo. Los navegantes son los mismos. No es su casa “tomada”, es su casa “llevada”.

Tiempo vencido es un libro sobre la madurez y desde la madurez. Un cuaderno en que no solo sus páginas son un trasiego de piezas exquisitas y antologables que discurren en un espacio geográfico determinado. La travesía va del pasado al futuro y viceversa, un fluir en el que convergen retazos de la vida y la obra del autor. Y por sus constantes bifurcaciones el libro es una especie de laberinto que, a pesar de su embrollada retícula, se recorre con la certeza de que la salida está ahí, en la próxima página. Hacia ella nos lleva el Él narrativo, dan lo mismo su indumentaria o el lugar hacia el que nos arrastre curiosos: un puerto, un cementerio, una casa familiar, una barraca o una balsa. Una salida en la que una vez más somos testigos de que los peores momentos de la vida de un hombre también pueden convertirse en sus mejores páginas.

Montreal, febrero de 2020

 

Luis de la Paz, Tiempo vencido, Editorial Alexandria, Miami, 2017, 141 páginas.