Los Monty Python recorren el Reich

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Los muchos lectores que esperamos ganar para este libro no deben fiarse únicamente de este prologuista cuando afirma que se les ha puesto en las manos una de las novelas más raras y apasionantes de la literatura en lengua alemana contemporánea, entendiendo por contemporáneo todo lo publicado en ese ámbito cultural desde la década de 1960 hasta hoy y que, aun enmarcado en sus contextos específicos, no ha perdido vigencia ni universalidad.

En fecha tan reciente como agosto de 2017, el semanario alemán Der Spiegel entrevistaba al historiador estadounidense Eric Kurlander para hablar de su más reciente ensayo, Los monstruos de Hitler. Una historia sobrenatural del Tercer Reich, en el cual el lector pudiera hallar elementos que le permitan relativizar el unívoco carácter de sátira de las estrafalarias peripecias narradas en esta novela de Otto Basil (Viena, 1901-1983).

Pero adelantemos algo de la situación: el antihéroe de este libro, Albin Totila Höllriegl, es, además de un nazi fanático y masoquista, un rabdomante, un zahorí elevado a la categoría –de sonoridad más científica– de radiestesista. Su tarea como integrante del Cuerpo Sanitario del Tercer Reich y como fiel militante del Partido nazi es recorrer el país, previa orden de las altas esferas, para, con la ayuda de varas y péndulos, detectar radiaciones perjudiciales en los edificios estatales, las viviendas o los propios cuerpos de los altos funcionarios del régimen. Lo que, a primera vista, parece una boutade, cobra un cariz bien distinto cuando en la mencionada entrevista ofrecida por Kurlander el historiador estadounidense cuenta, por ejemplo, cómo en 1934 el propio Adolf Hitler ordenó que un rabdomante examinara la antigua Cancillería del Reich en busca de radiaciones letales, o cómo la mismísima Marina de Guerra financió en Berlín, desde 1942, un instituto en el que varios «funcionarios» con dotes paranormales intentaban determinar las posiciones de los buques de guerra ingleses mediante exámenes hechos con el péndulo sobre cartas náuticas de los mares europeos.[1]

Una fría mañana de otoño de un año no revelado de la década de 1960, en una fecha tan significativa para la historia alemana como el 9 de noviembre (el llamado «día fatal de los alemanes»), Höllriegl (nazi ferviente y adorador de su Führer,) recibe la orden de realizar en Berlín, en una misteriosa dirección, uno de esos tests con el péndulo. Lo que se inicia a partir de entonces bien podría ser una grotesca e hilarante road movie al mejor estilo de Quentin Tarantino, como bien ha sugerido el ensayista Michael Atze. ¿Qué encuentra Höllriegl por el camino? El Reich –que por entonces, tras haber ganado la guerra en 1945 con el lanzamiento de una bomba atómica sobre Londres, ha dominado hasta ahora el mundo entero en alianza con Japón (la Magna Iapónica)– se encuentra al borde de una nueva guerra nuclear con su aliado rebelde y casi a punto de desangrarse una guerra civil dentro de sus inabarcables fronteras. Muy al principio de la historia, sin embargo, apenas se percibe nada de esa catástrofe en la más bien aburrida vida diaria de nuestro rabdomante. El Reich «milenario» parece sumido en el letargo deshumanizado que el propio sistema ha creado en sus delirios de pureza racial. La población padece de insomnios, depresiones y paranoia. Cada ciudadano ario dispone de su propia «servidumbre» (inmigrantes traídos a la fuerza de otras regiones) para que realice por ellos las labores domésticas menos gratas o las más pesadas en el ramo económico. La vida está determinada por la corrupción y la doble moral que impera en todos los ámbitos de la sociedad, la gente vive entregada a sus placeres psicodélicos y perversiones privadas (con escenas que recuerdan hechos tan actuales –y reales– como los documentados en los filmes de otro austriaco: Ulrich Seidl). De lo que ocurre a nivel macrohistórico nos vamos enterando, a la par del protagonista, solo por medio de chismorreos, de discursos fragmentarios y de los omnipresentes –y a veces excesivos– programas de radio o televisión que Höllriegl sintoniza a lo largo de su peregrinaje (en una técnica narrativa que, por un lado, alude a la recopilación de datos y discursos del padre de la historiografía moderna, Tucídides, pero que, en sintonía con el mundo psicodélico de la cultura pop, apela también al ardid de esas canciones del rock que, recurriendo a la búsqueda en un dial –con su ristra de noticias y discursos a retazos– intenta poner al oyente en situación), lo cual ha dado pie para que un agudo crítico como Kay Sokolowsky califique acertadamente este libro de «misa negra de la Science Fiction».

Es en ese contexto cuando el anciano Führer muere, y con su muerte se desata entonces una enconada lucha entre sus potenciales sucesores para tomar el poder. Todo parece indicar que una nueva generación de tecnócratas desalmados (encabezados por Ivo Köpfler y sus hombres del Werwolf, una unidad de élite que ha venido a sustituir a las «tradicionales» SS) han provocado la muerte de Hitler, lo que los enfrenta a la vieja guardia del nazismo.

Aunque algunos elementos nacen directamente de la fantasía del autor, Basil basó sus descabelladas descripciones de un mundo impregnado por el nazismo triunfante en datos objetivos que salieron a la luz en los juicios de Núremberg (en la trama de Si el Führer lo supiera, esos juicios, significativamente, tuvieron lugar en la Toledo del franquismo), los cuales desvelaron muchos de los planes que la élite del Tercer Reich estaba forjando de cara a su futuro dominio globalizado. Todo ello confiere carácter de ucronía a esta novela, una narración histórica alternativa a la historia real que emparenta hasta cierto punto la obra de Basil con otras similares en género y temática, como El hombre en el castillo de Philip K. Dick (1962) y Patria, de Robert Harris (1992), con la particularidad de que la narración del austriaco, antes que abogar por la espectacularidad del thriller, recurre a la sátira y al humor negro, anticipándose a nuestra época en su empleo de todas las técnicas y situaciones imaginables del universo pop y de la cultura de masas.

Si el Führer lo supiera podría muy bien leerse como un collage de cómics (por momentos uno parece estar leyendo las –para el gusto de la era digital– ya acartonadas peripecias de un Capitán Cometa o un Flash Gordon; aunque, por lo grotesco de algunas escenas, bien podríamos estar hablando de personajes más actuales, como un Homer Simpson o un Peter Griffin en Family Guy. El propio empleo de un narrador que no le pierde pie ni pisada al protagonista, siempre pendiente de cuestionar lo que éste ve o siente con preguntas intercaladas, copia casi de forma literal la técnica del globo para los bocadillos de las historietas). Por otra parte, abundan en esta sátira las referencias (reales y falsas) al universo de la antigua mitología germánica, con toda su parafernalia de magia, dioses, poderes, espadas y martillos prodigiosos, textos codificados y claves secretas. Hay, además, escenas de histeria colectiva muy al gusto del cine gore (durante las pompas fúnebres en honor de Hitler, unas jóvenes se suicidan arrojándose delante del vehículo que transporta el féretro del Führer, lo que da pie a un exaltado brote de histeria generalizada a raíz del cual la multitud empieza a arrancarse los vestidos y a embadurnarse con la sangre de las chicas muertas), las cuales recuerdan de inmediato la atmósfera en conciertos de rock, servicios divinos o suicidios masivos de sectas enteras.

Asimismo, el lector de hoy encontrará sin dificultad en esta novela un hilarante paralelismo con las actuales obsesiones vinculadas a esoterismos varios: al vegetarianismo o a la llamada «literatura de autoayuda», al lenguaje normativo de la political correctness (aquí ajustada al contexto del nazismo), a las omnipresentes teorías de la conspiración, a la paranoia en relación con los medios de comunicación y a algo tan candente como la llamada posverdad. Cierto reproche de esquematismo en el trazo de algunos personajes y en la descripción de sus comportamientos queda relativizado con apenas echar una ojeada a la peligrosa infantilización de la esfera pública que gobierna nuestros días.[2] Höllriegel –el protagonista–, que, en su peregrinaje por el Reich podría verse como una amarga parodia de la figura de Jasón en El viaje de los Argonautas, de Apolonio de Rodas, es bien representativo, con su propio nombre completo –y a modo de paradigma de la infinidad de personajes que, en la novela, responden a nombres alusivos a los rasgos esenciales de su carácter– de ese esquema al que ha quedado reducido el ser humano: Albin (del latín albus, blanco, de lo cual se deriva una trastorno genético como el albinismo) alude con sarcasmo a la obsesión de pureza racial no solo del nazismo, sino de otras ideologías supremacistas en el mundo occidental); Totila, su segundo apelativo, además de ser el nombre real del rey de los germánicos ostrogodos, es también una alusión a Atila (referencia a la invasión asiática que impregna toda la trama de esta novela), y lleva asimismo, en su raíz, la palabra tot (muerto). Su apellido, por su parte, derivado de Hölle (Infierno) y Riegel (cerrojo), lo identifican, en su condición de «mago» de varias artes adivinatorias (la rabdomancia, la giro- y la geomancia), como una especie de custodio de las puertas del inframundo, cuya misión fundamental es que no salgan a la luz las perversiones de los ciudadanos de un Reich que entiende la pureza en un sentido tan literal como delirante.

Mal haría el lector si intentase aplicar a esta novela los patrones de lectura de la epidemia de «realismo» que padecemos en nuestra época de «knausgårdianismo» galopante y contagioso. El propio Otto Basil, a raíz de la publicación de la novela en 1966, decía que la había escrito sin propósitos didácticos de ninguna índole. Su intención, más bien, era demostrar «la potencial bestialización de los seres humanos, como podemos ver en cualquier parte cada día».[3]  Una buena situación de partida para disfrutar de esta obra sería, como ya hemos insinuado, echar una simple ojeada crítica a nuestro alrededor, incluso a nosotros mismos (como bien hace Otto Basil en el epígrafe inicial de su novela, incluyéndose entre los personajes detestables que en ella cobran vida efímera cada dos por tres). Yo, sin embargo, aconsejaría también remitirse a esos recorridos por la historia del mundo que hacen los inigualables humoristas de Monty Python. En la novela de Basil no solo encontramos en abundancia ardides narrativos semejantes a la técnica del cold open o del sketch. Lo pythonesque impregna prácticamente todas las páginas de Si el Führer lo supiera, con sus anacronismos, sus grotescos instantes de un lenguaje desquiciado o artificial (como es el caso del Mutterdeutsch –alemán matricial– o de esa suerte de newspeak que se afianza en un mundo atiborrado de siglas y abreviaturas para fenómenos nuevos y no susceptibles de ser abarcados con el lenguaje humano), con sus guiños intertextuales y sarcásticos a la historia universal o a otras obras del arte y la literatura. Valdría la pena que el lector, antes de enfrentarse a esta extraña pero genial novela, se someta a cierta terapia, viendo –o volviendo a ver– películas como Las aventuras del barón Münchhausen, La vida de Brian o Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores. Haría bien, asimismo, en olvidarse por un rato del mal hábito de esperar de la literatura en lengua alemana únicamente (des)cerebrados constructos de aires thomasmannescos o tiradas de odio bernhardianas. Va siendo hora, quizá, de hacernos adultos también para la literatura, de leer con la maravillosa sensatez del niño todavía no contaminado con las formas anquilosadas y vacías que adopta el lenguaje y que, tras la expresión «tener pájaros en la cabeza», entiende estrictamente eso: un pájaro posado sobre una cabeza.

 

SOBRE LA TRADUCCIÓN

Como traductor he sido siempre reacio al uso excesivo de notas a pie de página. He preferido dar antes por sentado la cultura general de quienes leen o, al menos, su curiosidad para buscar por su cuenta el dato histórico que les falte o la denominación foránea que desconozcan. Mi estrategia más común es diluir en el cuerpo del texto toda aclaración que requeriría de un comentario al margen: en algunas ocasiones con un pequeño añadido; en otras, dejando en el original algunos términos alemanes que, en su contexto, no implican una gran dificultad de comprensión para el lector de habla española.

En el caso de esta ucronía, su trama está tan relacionada con las circunstancias de la Guerra Fría en la década de 1960, su presupuesto de un Reich vencedor, que ha conseguido conquistar todo el planeta, alude a aspectos tan poco conocidos (o imaginados, pero basados en hechos reales) de la vida en el Tercer Reich, que me he visto obligado a modificar mi propia práctica profesional y a introducir más notas de las que me hubiesen gustado. Confío en que la intención que ha guiado la inclusión de tales añadidos (facilitar al lector el disfrute pleno de esta magnífica obra, hilarante y aterradora a la vez) disculpe las molestias que pueda causar su –en ocasiones– pesado aparato crítico.

 

José Aníbal Campos, Café Zartl (Viena, enero de 2018).

 

[1] «Ein Weltall aus Feuer und Eis», Der Spiegel (32/2017), 5 de agosto de 2017, pág. 100

[2] Justo en el momento en el que escribo este prólogo (enero de 2018), los mandatarios de Estados Unidos y Corea del Norte protagonizan un infantilizado y peligrosísimo intercambio de reproches y amenazas en relación con la capacidad destructiva de sus respectivos arsenales nucleares. [N. del T.]

[3] Rosenfeld, Gavriel D., The World Hitler Never Made: Alternate History and the Memory of Nazism, Cambridge, Reino Unido, Cambridge University Press 2005, pág. 164.