Los dos Jaimes: la búsqueda de la poesía

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I

Cansado de la contingencia de mi empleo, de los problemas de dinero y de las calamidades nimias de la vida, la mañana del 21 de julio de 2017 me la pasé sentado en una banca del Parque Centenario en Coyoacán. Tomaba un chocolate frappé de El Jarocho y le daba mordiscos a un budín de la Lecaroz con la esperanza lejana de que al menos el azúcar me elevara el ánimo. No lo hizo y mejor saqué una novela de mi mochila —si no recuerdo mal, la novela era Viaje al fin de la noche de Céline— y avancé unas cuantas páginas. Un sol cada vez más intenso me cacheteaba la cara hasta dejármela morada. Pensé: ¿me levanto y me voy a la sombra? Cerré el libro, lo guardé y vi pasar a la gente. Algunos novios, algunos muchachos de pinta, muchas madres con sus hijos o hijas, algún señor dando bola. Pero uno me llamó la atención: un anciano encorvado con una barba blanca de mago o de sabio, lentes oscuros, traje café, corbata negra. Seguro es escritor o lo intenta, pensé, basándome en los libros que traía en la mano; seguro es de esos que se hacen escritores nomás con tomar café en el Sanborns. Lo miré pasar junto a mí, tosiendo y sacando de su saco un impoluto pañuelo de tela para depositar la flema en él. Se sonó la nariz como nota alta de trompeta. Se sentó por unos segundos en la banca contigua. Dejé de verlo y de nuevo me hundí en el charco turbio de mis problemas cotidianos. Entonces escuché la voz:

Amor de mis entrañas, viva muerte,

En vano espero tu palabra escrita,

Y pienso, con la flor que se marchita,

Que si vivo sin mi quiero perderte.

 

¿Cómo un cuerpo tan de perro flaco puede emitir una voz tan grave, tan equilibrada, tan melodiosa? Terminó de recitar el poema y otros cuatro más, y la gente se acercaba para escucharlo. Algunas señoras echaban una moneda o dos en la caja que el anciano había abierto frente a él. Así deberías aprender a recitar las poesías, le decía una madre a su hijita, y se seguían caminando. Después de unos veinte o treinta minutos de espectáculo, el anciano hizo corte de caja y guardó las monedas en una bolsa de plástico que después metió en su saco. Le hice la plática:

—Qué padre está su chamba, don.

—Claro que sí, muchacho, así anda uno a ganarse la vida —su voz regular era contraria a la de su recitación: queda, insegura y un poco tartamuda. Se quitó los lentes oscuros. Volvió a sacar el pañuelo para secarse el involuntario lagrimeo de uno de sus ojos.

—¿Desde cuándo lo hace?

—Ya perdí la cuenta, pero desde hace unos años.

—¿Y cuál es su poeta favorito, don?

—Yo de poesía no sé, hijo. Puedo decir algunos nombres, pero la verdad yo no sé de esto. Sé que suenan muy bien, sé algunos de sus trucos, pero estos poemas guardan un secreto que no es para mí, muchacho —dijo, mientras se pasaba los dedos en las venas y las arrugas de la otra mano. Luego su mano acarició su barba de cien años y agregó—: Me gustaría saber de esto, eso sí. Al menos un poquito más.

—Bueno, y dígame, ¿usted cómo se llama?

—Me llamo Jaime Flores Contreras, a sus órdenes, muchacho. Usted dígame Jaime.

 

II

 

¿Qué es la poesía? Al menos tres mil años de especulación alientan la pregunta. Platón la agarró por los cuernos en Ión, en la República y en otros diálogos; su legendario discípulo de Estagira abundó en ella —particularizó sobre lo trágico— en la Poética. Con los griegos comienza el repiqueteo indagatorio sobre la poesía. Pero la pregunta es —creo— paradójica: por un lado, el hacer una pregunta es un ejercicio racional, pues busca las causas lógicas de las cosas, o bien, inquiere una descripción detallada de un hecho o de un fenómeno; por el otro, la poesía tiene un talante emotivo, metafísico e incluso irracional —quiero decir, la tradición occidental la ha visto así—. Hacer una pregunta sobre la poesía es como si preguntáramos por el alma o por Dios: el objeto carece de demostración absoluta de su existencia o inexistencia. Una pregunta sobre la poesía requiere una respuesta que proponga delimitaciones, demarcaciones, pero la poesía es una idea que carece de materialidad y, por tanto, de definiciones absolutas. ¿Habrá algo que podamos señalar y decir que eso es poesía de una vez y para siempre? Las ideas son flexibles: se estiran y se estrechan, cambian con el tiempo, se oponen a sí mismas, se devoran entre ellas. Las respuestas sobre la naturaleza de la poesía trastabillan y son todas ellas incompletas. ¿Cómo aventurar una respuesta? O bien, ¿cómo tener una idea de qué es aquello a lo que llamamos poesía?

En Lección de poesía (2019), Jaime Labastida responde de manera elusiva. Poeta, ensayista, filósofo y académico mexicano, Labastida ha escrito poesía —El descenso (1960), Obsesiones con un tema obligado (1975), Animal de silencios (1996)— y también ha reflexionado sobre ella —Estética del peligro (1986), La palabra enemiga (1996)—. Consciente de la amplísima y fiera tradición de investigación, especulación y debate, Labastida apenas atiende a la pregunta; asume su profundidad sin fondo y prefiere “avanzar un paso más allá y encontrar, tal vez, algunos atributos básicos sin los cuales esto que llamamos poesía dejará de serlo” (p.28). Lección de poesía nos recuerda a los esfuerzos filosóficos y antropológicos de Octavio Paz en El arco y la lira (1956), pero también a la claridad didáctica y pedagógica de Hugo Hiriart en Cómo leer y escribir poesía (2003). No se trata de un tratado detalladísimo. El título lo señala: el volumen es un curso de poesía, poemas y poetas. Es un vistazo a sus formas, sus estilos, sus posibilidades. Su ponente es el lúcido Jaime Labastida, el poeta, el filósofo, el crítico, el profesor.

En El arco y la lira, Octavio Paz abraza una idea amplia de la poesía; afirma que ésta se encuentra, desde luego, en un poema logrado, pero también en una pintura, en un edificio, en una pieza musical, en unos ojos, en un paisaje. El poema, desde su punto de vista, es “poesía erguida”; o sea, un objeto lingüístico al que la poesía lo atraviesa. Dice el poeta de Mixcoac que el común denominador de todo poema logrado no es la sílaba ni la palabra ni la oración: es la frase poética. “Octavio Paz dice, con toda razón, que el núcleo del poema, su parte más simple, es la frase poética. El análisis se detiene allí, en la frase poética, expresión con sentido” (p. 25). Jaime Labastida acepta y desenvuelve la idea. La frase poética es poética por una razón tan concreta como abstracta: irradia sentido. ¿Pero el sentido cómo encaja en esta discusión?

El sentido no encaja en la discusión; más bien, por el sentido tenemos la discusión. La comprensión del sentido de un problema matemático o filosófico, de una novela, de una película, o bien, el sentido de la propia vida, de la convivencia en pareja, de la existencia suele presentarse —aunque no siempre— como una epifanía. Es decir, como un acontecimiento religioso, místico o secular (¿recordará alguien la epifanía última de “Los muertos” de Joyce?). Es una revelación. El sentido se manifiesta —quizá sólo lo intuyamos— ante nosotros: sin entender, comprendo. Algo tiene que ver la poesía —entrevé Labastida— con el milagro del sentido. Las mitologías proponen una explicación de las cosas; hilan un hecho con otro para darle al proceso un significado. De ahí que los griegos hayan tenido un dios del rayo o los judíos hayan concebido a un solo dios en el universo y, de ahí, la creación del mundo o la caída del ser humano. Un fulgor era necesario en las tinieblas. Compuestos en versículos o hexámetros, aquellos mitos solían cantarse, le daban sentido al mundo; iluminaban la noche con la luz del significado. Un poema, un cuento, una novela —podría nombrar filmes inmensos, piezas musicales y, desde luego, las artes plásticas— nos proveen de ese material ambiguo en donde nos introducimos como lectores y nos encontramos a nosotros mismos. Encontramos la roca más deseada: el sentido. En ese instante, surge la maravilla de la poesía.

Intuido o comprendido, el encuentro con el sentido deja al ser humano balbuceante. ¿De aquí nace la poesía? Labastida acude a Heidegger para hablar de esto:

¿De dónde nace? ¿Cómo, por qué se crea? Martin Heidegger dice que la poesía nace en momentos cruciales, cuando nos hacen falta las palabras, en el momento en que el lenguaje común ya no basta. La poesía nacería del azoro, de la necesidad de darle una voz al abismo. (p.26)

¿Pero no es esto hablar de un arrebato poético? ¿De una inspiración de cepa romántica y cuyo ancestro es el platonismo? ¿Podríamos afirmar que todos los poetas han experimentado este arrebato? Labastida acaricia la idea de Heidegger, pero se niega a generalizarla. Quizá muchos poetas la hayan experimentado, quizá muchos otros no lo hayan hecho, lo cierto es que la inspiración no es un elemento primordial del quehacer poético. El poema está hecho de palabras y en las palabras debemos encontrar su misterio. En las ideas de Labastida no hay dioses ni musas, no hay inspiración: hay palabras. Labastida acepta —esto sí y sin reservas— la primacía del sentido en la poesía.

El trabajo del poeta, entonces, es crear un artefacto de palabras, sí, pero también un espacio en el que el lector pueda entrar, si bien en ocasiones la puerta de entrada del poema no se abra fácilmente. Encima de la idea de la frase poética, o el núcleo mínimo con sentido, Labastida explora las posibilidades del poema: la imagen, la metáfora, el ritmo, la estructura, el tema, las escuelas poéticas, la disposición tipográfica y otros elementos primordiales para la hechura y la lectura de poemas. Su recorrido analítico pasa por nombres como Góngora, Sor Juana, Quevedo, Shakespeare, Rimbaud, Mallarmé, Appollinaire, García Lorca, Díaz Mirón. En una especie de clase de poesía, Labastida descompone los poemas para volverlos a componer; en el proceso, nos muestra la ardua labor del poeta que involucra palabras, sonidos y, sobre todo, el sentido. La parte última de Lección de poesía es más bien práctica: el profesor Jaime Labastida anima a sus alumnos a desentrañar los secretos y los misterios de los poemas. En estos poemas, encuentren el sentido —parece decir Labastida—, encuéntrense aquí.

III

—¿Nunca ha notado —me dijo Jaime, rumiando cada una de sus palabras, pensándolas y amasándolas en la mente y en la lengua antes de decirlas—, nunca ha notado cómo un poema bien dicho le toca el estómago a la gente?

—Yo mismo he sentido eso —sonreí.

—Cuando vengo a recitar, muchacho, yo no les pongo a los poemas ni una sola palabra mía, y sin embargo me la paso hablando de mí. ¿Cómo pasa eso?

Mi memoria ha congelado a Jaime en ese instante. El anciano escudriñaba entre la espuma de su barba. Sus ojos veían un punto cualquiera del aire. Sí, veían el Parque Centenario de Coyoacán, veían a las madres, a los jóvenes, a los niños. Sus ojos veían lo que había frente a él, pero ¿qué miraban? Su mirada estaba en otra parte. Jaime congelado con una mirada desierta y, a la vez, colmada de preguntas. El páramo marchito de su cara, sus ojeras azules, los ojos de vidrio. Pero había en ellos algo extraño: un relámpago silencioso. Un relámpago con signo de interrogación. Una búsqueda que había empezado hace muchos años, entre las palabras y los versos que tenía en la memoria. Jaime congelado, pensando, recordando. En ese instante, Jaime Flores —como Jaime Labastida— era en sí mismo una lección de poesía. Jaime rapsoda y Jaime poeta: los dos Jaimes y una búsqueda sin término. La sed de cualquier ser humano: el sentido y la poesía.

 

Jaime Labastida, Siglo XXI Editores, México, 2019, 131p.