Lo común de Hugo García Manríquez

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Ejercicio a cuatro manos, por Esaú Frausto y Luis Ar Osorno

 

Hemos asumido muchas ideas sobre lo que el poema es, sobre lo que debe ser y lo que no. Lo que el profesor de literatura repite una y otra vez: que si sentimiento, que si emoción, o incluso, la máxima expresión de un yo. Lo hemos dejado todo por una experiencia estética, hemos cuestionado poco en nombre de ella y hemos leído de la misma manera textos muy diferentes. Parece que nuestro proceso de lectura es muy similar a cómo mimetizamos los objetos cotidianos, asumimos sus características y sus funciones y los convertimos en algo común.

Al abrir un libro de poesía, o cualquier otro en realidad, automáticamente seleccionamos cómo interpretar este objeto que se torna común, tenemos ideas y expectativas. Lo común, de Hugo García Manríquez, es otra ruptura con las formas prototípicas de lectura ¿Imaginas llegar al poema esperando leer otro remake de los versos más tristes de esta noche y encontrarte con «Momentos constantes/ que parecen comenzar y sólo comenzar// como los 72 mil 250 millones para la Defensa/ según el presupuesto de Egresos de la Federación?« Este poemario funciona como una revelación de lo que existe detrás de lo común. De lo común, como ver una Glock semiautomática en cualquier lugar, del presupuesto utilizado anualmente en su adquisición. Lo común, como lo muerto y como lo extinto, de lo que sólo queda un rastro, un nombre, un pequeño punto dentro de la Historia.

«¿Puede el poema decir algo frente a la violencia? Ponga un poema frente a una de las múltiples imágenes que pueblan nuestro catálogo mexicano reciente (…). ¿Cómo logramos que el poema junto a esa imagen diga algo? ¿Puede cualquier poema decir algo?» Son algunas de las preguntas que se plantea Luis Alberto Arellano en un breve ensayo y a las que después él mismo responde con las siguientes afirmaciones: «El poema debe radicalizar su uso del lenguaje. Debe radicalizar su voluntad de existencia», ideas que parecen estar compartidas por García Manríquez en la construcción de cada uno de los poemas que componen Lo común.

*

Hay una guerra. Ese es el presente. Esa es la situación.

formas de vida y formas de muerte«)

El poema se sabe situado ahí.

¿Existe tal cosa cómo una ‘trinchera’ ––digamos, simplemente, un lugar––- para la poesía en una guerra?

Hablamos de una guerra concreta, material, explícita, ¿no la sienten? quizá en números (presupuesto) parezca más real, quizá enlistando sus formas de muerte. Quizá con los nombres de las máquinas de guerra adquiridas para el ejército con presupuesto público.

Una guerra que no se mantiene sola, una guerra sostenida económicamente por un país en crisis.

Las armas y el dinero generan siempre un registro, en cambio, es imposible contar y registrar la sangre y el dolor. Como «momentos constantes que parecen comenzar y sólo comenzar».

*

…ei, pero, y a todo esto… ¿y las Bellas Artes?,

¿la Poesía?

 

“al escribir no nos enfrentamos

románticamente con la hoja 

en blanco

 

el enfrentamiento es más

bien histórico

 

:tomar el lado de Sigüenza y Góngora

y proteger de la muchedumbre a

la Biblioteca

como por siglos han hecho

las letras mexicanas

 

:tomar el lado de las formas de vida

el lado de las formas del lenguaje que brotan

del motín”

Acá se habla sobre el motín, y sobre un motín[1]. Narra Sigüenza y Góngora en una crónica:

1692: motín en la Ciudad de México, escasez de maíz, alza de precios (mala siembra, pocas lluvias, administración virreinal indolente). Multitud -10mil, se dice- motín, saqueos. «Una india muerta en los primeros disturbios»: se alzan gritos que «daban miedo».

(«formas del lenguaje que brotan del motín«)

Los amotinados: indios, zambos, negros, mulatos, españoles zarambullos (arrebatacapas, chulos).

Unos ––los indios, zambos, negros, mulatos, españoles zarambullos–– queman el Palacio Nacional.

Los otros ––clase letrada–– resguardan los libros de las formas del lenguaje (de vida) que brotan del motín.

*

Recuerdo un par de párrafos de un ensayo de Heriberto Yépez:

 

“Para acallar y eludir la atroz realidad mundana mexicana, López Mills acude a la imagen pequeñoburguesa de la poesía como un hogar: “la poesía ya viene muy amueblada; encontrarle un sitio a la indignación o a la solidaridad sin que se caigan los cuadros o se rasguen los tapetes o se ahuequen los rincones es un asunto de táctica” (p. 187). Escúchense los ecos porfirianos de la poesía concebida como hacienda que se resguarda de los revoltosos.

López Mills describe cómo, ante la represión política y la resistencia callejera, elige neo-conservar el viejo sujeto literario formado en México en la Colonia y “modernizado’ en los siglos XIX, XX y XXI. Lo que aquí vemos es una confesión pseudo-personal de una compleja colonialidad de la voz alto-cultural”.

*

Sobre las formas de vida y su relación con los hombres, tema medular en Lo Común, esto de Deleuze: «y, creo que en el origen del arte encontramos esa idea, o ese sentimiento muy vivo; cierta vergüenza de ser un hombre, que hace que el arte [la literatura, la poesía] consista en liberar la vida que el hombre no cesa de encarcelar».

Pero, después, salta a la memoria una lectura reciente, ‘La colonización de la voz: literatura moderna, Nueva España, el nahuatl’, de H.Yépez (ed. axolotl, 2018), donde, desde la introducción nos advierte que grandes críticos de «la filosofía como historia de conceptos apologética de la opresión», como lo fueron Deleuze y Foucault, tuvieron a la par un concepto «utópico, poético, poco crítico de literatura», como un concepto que no «cuestionan geopolíticamente».

*

Lo común es un poema que sí está situado geopolíticamente. Que asume una poética aprendida de una «lección histórica», como lo es «la rebelión/ entre objetos y animales/en contra de la tentativa humana» en el Popol Vuh, «la insurrección/ de los objetos/ al alzamiento/ de la materia».

«Esas formas registraron la operación

básica de la poesía: la interrupción»

*

«disonancia colapso

de un orden anterior»

*

No hay nostalgia por el mundo que se desgaja (las formas que han perecido), no es un testimonio lírico, melancólico, de un yo que da voz al mundo que ya no es.

Es el listado de formas de vida y formas de muerte, en plena guerra.

Es una lectura ––activa–– de los aspectos del mundo presente.

Es también una descripción técnica de los elementos que constituyen el Palacio de Bellas Artes, a la García Manríquez comienza a sobreponer el listado de las adquisiciones del ejército, «el fusil FX-05 Xiuhcoatl/(con lanzagrandas y bayoneta) y 12 aviones/ interceptores»… «los florones y los mascarones del Palacio… indisginguibles de los 267, 500 miembros / activos del ejército mexicano… indistinguibles ya de las 76,500/ personas en reserva».

*

Desde su libro Antihumboldt ––intervención al texto legal del Tratado de Libre Comercio–– se vuelve explícito esto que Hugo García Manríquez dice en una entrevista: «los poetas no sólo escriben, también saben leer de cierta forma«, como «leer desde la poesía un texto legal… un acto de escucha«. Pero no hablamos aquí de una poesía «como productora de emociones«, sino del poeta como investigador, para poder «leer desde la poesía la realidad completa».

*

En tuiter, HGM sugiere un epígrafe que pudo haber llevado el libro, una cita de Guy Debord:

               “What is poetry if not the revolutionary moment of language, inseparable as such from the revolutionary moments of history and from the history of personal life?”

[1] Ver http://www.eluniversal.com.mx/entrada-de-opinion/columna/hector-de-mauleon/nacion/2017/01/11/la-tarde-del-motin

http://www.biblioteca.tv/artman2/publish/1692_316/Alboroto_y_Mot_n_de_M_xico_Carlos_de_Sig_enza_y_G__632.shtml

 

[i] Editado por Meldadora (2018). Disponible en https://www.kichink.com/buy/1824732/meldadora/lo-comun