La leyenda Filloy

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Recientemente, se ha reeditado Caterva, el sexto tomo de la “Colección Filloy”, dirigida por Candelaria de Olmos, a través del sello cordobés UniRío editora. Se trata de un valioso emprendimiento cuyo fin es la divulgación de uno de los más grandes escritores de la lengua castellana en ediciones artesanales de cuidada belleza. Concretamente, el mérito es doble. Por un lado permite redescubrir a un originalísimo creador argentino como lo fue Juan Filloy a través de títulos como Ignitus, Sagesse, Urumpta, Usaland y Finesse, y por otro, éstas publicaciones ofrecen por primera vez, una lectura más completa y orgánica de su obra. Es una apuesta positiva, que estimula la reconstrucción del patrimonio literario latinoamericano. El siguiente artículo intenta constatar el valor esencial de este autor, para muchos, de la más alta estirpe narrativa.

I

Oscar Wilde tuvo la particularidad de ser citado a veces, más por su personalidad descomunal, que por su obra. Sus excentricidades, su forma pulcra y llamativa de vestir, su cuestionada sexualidad y por último el mediático como escandaloso encarcelamiento, ayudaron a fortalecer este mito. Como resultado, el Wilde escritor parece quedar en un segundo plano.

Los detalles circunstanciales de la vida parecen ser más relevantes para algunos sectores de la crítica e historiadores actuales. Los ejemplos son innumerables. El poeta romántico inglés Lord Byron pasó a la historia primero como idealista muerto en las guerras de la independencia griega, antes que autor de una versión exquisita de Don Juan. De Thomas de Quincey, se sabe que fue adicto al opio antes que escritor de decenas de libros.

En Argentina, un destino análogo padeció, aunque por razones diferentes, Adolfo Bioy Casares, a quien, a causa de su indiscutida amistad con Borges, se lo comparó toda su vida con el autor de El Aleph. Inclusive hay quienes sostuvieron que las noveles de Bioy eran sugeridas por Borges, y que. por ende. fue sólo un simple “discípulo”. Nada más equívoco y desacertado. Reducir toda la obra de un autor, a un acontecimiento puramente biográfico es falaz y frívolo.

Juan Filloy, el escritor cordobés, es otro damnificado por este tipo de miopía cultural. Con frecuencia, se lo ha valorado antes que nada por haber vivido 105 lúcidos años, por ser autor de miles de palíndromos (como por ejemplo: “¡Arriba la birra!, Libe don Italo Luder: crédulo latino débil, o Allí toca Pedro Netoxas, saxo-tenor de pacotilla”) y por siempre titular sus obras con siete letras; pero pocos se detienen en sus extraordinarios 55 libros, su legado más sustancial. Fue él quien supo como ningún otro emplear la riqueza del idioma. Por eso, la imperiosa necesidad de arrojar cierta luz a sus novelas tan poco conocidas. Leerlo, cualquier libro suyo, es un acto de justicia cultural.

II

Juan Filloy nació el primer día de agosto de 1894, en el barrio General Paz, provincia de Córdoba. Estudió abogacía en la Universidad Nacional donde egresó en 1921. Allí se incorpora al Poder Judicial con el cargo de asesor letrado de menores. Sería luego fiscal de Cámara, hasta ascender como presidente de la Cámara Civil y Comercial de Río Cuarto. Se casó en 1933 con Paulina Warshawsky, con quien tuvo dos hijos. En 1964 se jubila. En 1967 Bernardo Verbitsky, a través de la editorial Paidós realiza la primera edición pública, de distribución comercial de su obra. Muere recién en 2000. Fue amigo de Nicolás Guillén y Miguel Ángel Asturias.

Este metódico juez no dejó un día de su vida sin escribir. Redactaba tres o cuatro libros simultáneamente. Sin interrumpir el oficio de escritor que ejerció durante noventa años, desarrolló un profundo conocimiento de las palabras. Con una sana perseverancia entre el humor y la ironía, supo hallar una voz criolla única, la entonación de la gente desde su verdadera condición social. Uno de sus personajes, Nazario Turquetti, cabal representante de la vapuleada clase media y dueño de una sala cinematográfica en plena crisis de los noventa, escribe deprimido antes de arrojarse desde un noveno piso:

“No resisto. No doy más. Estoy requetefundido. Ya las pornochanchadas no atraen al público. No puedo hacer nada contra el boicot a las salas de exhibición. La gente está harta de bodrios sensuales, de coitos y masajes eróticos. La masturbación visual ha llegado a la náusea. ¡Caput el negocio del cine! El auge y esplendor de la televisión pone ahora al alcance de todos una inmensa y gratuita variedad de espectáculos. ¡A la mierda con todo!” (Gentuza: 71)

Construyó su estilo, alternando técnicas vanguardistas y una descomunal pasión por la innovación idiomática. No sorprende saber que entre sus autores predilectos figuraron Ramón del Valle Inclán, Juan Rulfo y Ramón Pérez de Ayala. Pero el reconocimiento. siempre tardío, llegó mucho después, ya casi anciano.

Sus numerosos galardones, comenzaron en 1971 con el Gran Premio de Honor de la SADE, Pluma de Plata del Pen Club (1978), Esteban Echeverría (1991), Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina de Poesía (1996). Fue además en 1980 nombrado miembro de la Academia Argentina de Letras, Oficial de la Orden al Mérito de la República de Italia (1986), como también Chevallier des Art et des Lettres de la República de Francia (1990). Sin embargo, aún hoy, se lo conoce relativamente poco.

III

Filloy fue reticente a la fama por una simple razón. Más allá de haber publicado desde 1931 hasta 1997 en ediciones privadas, semicomerciales, casi clandestinas; fue su estilo barroco lo que lo confinó a ser el escritor de las minorías. Esto naturalmente obliga a la reflexión y exige trabajo al lector. Sus libros, dado su alto nivel de virtuosismo lingüistico se manifestaron contra el canon literario. Ha sido para el establishment, como Raúl Barón Biza o Juan José de Soiza Reilly. un transgresor. Basta leer el siguiente párrafo para corroborar su estilo atípico:

“¿Por qué no vamos a ser viejos como se debe? Seamos viejos con la amable vejez que soñara Horacio en el Canto Secular o que materializara Zola en el Papa Froment de uno de sus evangelios. Y dejémonos de pamplinas: de glándulas de mono, de sueros vivificantes, de aguas de Juvencia… Ya lo dijo el filósofo: nada es más calamitoso para el ser humano que el ansia de futuro.” (Caterva: 101)

Con Periplo (1931), su ópera prima, Filloy demuestra a los 37 años ser dueño de una prosa madura. El libro ya contenía el tono procaz de todo su corpus posterior. En su obra no hay etapas, por lo que es imposible identificar una evolución formal. Por ende, no cuenta con cambios sustanciales como en el caso de Cortázar o el mismo Borges. Su estilo es original desde su inicio.

Antes que el tradicional texto lugoneano que se aceptaba entonces, optó como ningún otro por explorar el campo jurídico –Estafen! (1932)–, militar –Vil & Vil (1975)– inclusive el psicológico –Op Oloop (1934)– con una erudición y riqueza léxica infrecuente. Transitó un camino solitario ya que su escritura de elevado perfil estilístico se interpreta como literatura independiente, única. Ajena a los dictados de las modas literarias. El crítico Fermín Estrella Gutiérrez dice de él, no sin razón, que fue “autor de novelas raras, casi fronterizas del surrealismo”, Noé Jitrik, simplemente: “atípico”. Adolfo Prieto, hace incapié en su léxico barroco, afirmando “el regocijante manejo del idioma”.

Juan Filloy es autor de una obra sumamente orgánica, puesto que está fuertemente entrelazada. Tanto las novelas, La potra (1973), los cuentos Gentuza (1991), la autobiografía Esto fuí (1994), como sus libros poéticos Balumba (1933), Usaland (1973), Sonetos (1996) o la tragedia Ignitus (1971) vertebran, todas ellas, la sociedad argentina por entero. Su fuerte no radica tanto en el realismo descriptivo de las escenas –Balzac, Zolá–, sino en el verísmo de su lenguaje que refleja en sí mismo, toda una cosmogonía. Una clara apreciación se da en su novela libro de vertiente histórica, Urumpta:

“Jamás han existido –menos aún en tiempos arcaicos clanes, tribus o razas de pureza absoluta. La cruza de elementos extraños es ineludible. Los procesos de mezcla o hibridación se operan obedeciendo a circunstancias y factores imponderables. Sólo a la mente morbosa de Hitler pudo ocurrírsele forjar un herrenvolk cien por ciento incontaminado. Esta premisa es básica para negar que se puedan urdir razas por mera ideación, a posteriori. Las razas son formaciones humanas que se aglutinan espontáneamente en largos espacios de tiempo mediante individuos de caracteres somáticos, temperamento y costumbres afines. Formaciones que llegan idiomática y y espiritualmente a distinguirse y diferenciarse entre sí.” (Urumpta: 103)

IV

Su obra incorpora un elevado número de vocablos de poco uso. Pero no se trata de un lucimiento superficial de erudición sino de un afán irreductible de explorar la mayor cantidad de expresiones lingüísticas. Acaso anheló utilizar con soltura las 70 mil palabras del vocabulario español. Esta inventiva lo emparenta con James Joyce –Ulysses–, Witold Gombrowicz –Ferdydurke– y Louis- Ferdinand Céline –Viaje al fin de la noche–. De este modo introduce en sus páginas con maestría y sagacidad: neologismos, barbarismos, argentinismos, incluso vulgarismos en lunfardo y cocoliche. Es posible identificar también galicismos, anglicismos, pero al leerlos jamás produce una impresión libresca. Nótese este pasaje de su obra maestra, Caterva:

Cerca, en el pequeño represamiento de la compuerta, “Kapanga” se estaba bañando.

          Don Rufo los condujo hasta allí.

          Les presento, aquí, al amigo. Es diestro en todo. ¡Hay que ver cómo ara!

          Salió del agua. Sacudió las manos y saludó. Su desnudez chocaba visiblemente la pudibundez de los visitantes. Para atenuar la impresión, expresó:

          El baño, así, es una bendición de Dios…

          ¿De Dios… así… en cueros? La Santa Madre Iglesia…

          Uno está en pleno connubio con la naturaleza. Aire, sol y agua gravitan sobre el organismo infiltrándole salud, fuerza, gracia. Báñense. Yo voy a demorar un poco. ¿Por qué no se bañan? Está lindísima el agua.

          No los convenció. En un aparte, el Juez y Rufo Pereyra cuchicheaban en torno a quién sabe qué escrúpulos. Chapaleando, desde la acequia, “Katanga” reiteró la invitación al Comisario:

          Vamos. ¡Tírese! ¡Es un baño magnífico!

          ¿Yo?… ¡Cualquier día! ¿Acaso soy atleta?

La consternación lo convulsionó. Para evitar la carcajada zambulló la cabeza. La risa explotaba en borbollones y burbujas. Se mantuvo el mayor tiempo posible. De nuevo a nivel de luz, no se había disipado todavía la mirada biliosa, de rabillo, y tonada cazurramente cordobesa del Comisario de Amboy:

¿Yo?… ¡Cualquier día! ¿Acaso soy atleta? (Caterva: 137-38)

Su estilo documenta un habla pintoresca, donde conviven diversas jergas e idiomas: “A la distancia, las veredas del boulevard parecen veredas rodantes. No se ven los pasos. Transportan la masa de cuerpos sin notar su peso. Pero, de cerca, pesan las palabras, los saludos. – Good afternoon. Dobriy vecher, tavarich. ¡Hola, ché! Santé et bonheur! Ciao! Kalo hemera, kyrie! Pesan los olores, los encuentros. Se intrincan las pasiones. Se imbrican los intereses. Y rechinan las maldiciones. Entonces, la realidad se convierte en un laberinto que anda…” (Sagesse: 153), razón por la cual debe ser considerado también como lícito representante y continuador del género picaresco. Su prosa es vivaz, y respira contemporaneidad como ocurre con Fray Mocho o los relatos populares de Félix Lima y Last Reason. Desde Roberto Payró no se volvía a leer este tipo de friso social con un sesgo siempre humorístico; donde existe el escritor moral, lleno de ironía y espíritu crítico con un fuerte sentido ético. La prosa filloyana intenta transmutar los valores decadentes de la sociedad criolla. Pero a diferencia de Payró, en Filloy deslumbra el enjoyamiento del lenguaje.

Los registros lingüísticos que dispone la coloquialidad verosímil y cotidiana de sus mayores novelas aparecidas en la Década Infame (1930-43), Estafen!, Op Oloop y Caterva, reconstruyen la sociedad a través de un contraste satírico entre erudición y vulgaridad. Es gracias a la libertad absoluta de expresión basada en la lengua, como Juan Filloy caracteriza la verdad psicológica de sus personajes. De este modo indirecto, el lector descubre la personalidad de los protagonistas en las exclamaciones e interjecciones que ellos profesan, sean estos compadritos, estafadores, crotos, aristócratas, playboys, vagos o cafishos. El resultado es gratísimo, ya que propone una prosa llena de matices de gran espontaneidad comunicativa.

V

Otra apreciación relevante es el modo de indagar a sus personajes –por lo general marginales– que cuestionan los valores de la sociedad. Cada novela condensa una teoría determinada. Así Estafen!, es una crítica al sistema legal, donde se estudia la fractura del derecho, L’Ambigú (1982), su teoría literaria, o en La Purga (1990); donde censuró las falencias del arte figurativo. Esta estética tanto liberal como progresista lo llevó a veces, a la abolición sistemática de toda pacatería, alcanzando un grado de crudeza verbal de carácter prostibulario. Elección que desentonaba mucho, sobretodo en sus obras de los años treinta:

“He tenido muchas hembras, solteras, viudas y casadas. Todas iguales. Ninguna sublime.(…) Hace cinco años me encamotó una chica tucumana de buena familia. ¡Poronga, nada más que poronga! ¡Ah, y regalos! Muchos regalos. Hoy la lleva cualquiera como un bastón, colgada al brazo… ¡Es tan puta que se tiñe el monte de Venus de acuerdo al color de cada macho!” (Op Oloop: 195-196).

Esto causó cierta crítica en los sectores más conservadores, como la Iglesia cordobesa, quien lo criticó por “inaccesible y mal hablado”.

No obstante, la pluma filloyana intenta implementar una ética erigida desde un lenguaje sacado de la realidad. Por ello aborda los temas con autenticidad sin conexión con las modas europeizantes. Para él –quien creyó que el esteticismo era un esnobismo, y cualquier eufemismo una cobardía–, llamar las cosas por su verdadero nombre con el fin de indagar las preocupaciones sociales, económicas y políticas de la Argentina; era uno de los mayores honores que le podía ofrecer a las letras.

Balumba, Ed. UniRío , 278 págs.

ISBN: 978-987-688-154-8

 

Caterva, Ed. UniRio, 376 págs.

ISBN: 978-987-688-184-5

 

Urumpta, Ed.UniRio, 266 págs

ISBN: 978-987-688-080-0

 

Sagesse. Ed.UniRio, 174 págs

ISBN: 978-987-688-136-4

 

Usaland, Ed. UniRio,214 págs

ISBN: 978-987-688-178-4