Jorge Volpi: Una tradicional novela criminal

0
3610

@balapodrida

La migración del periodismo a la literatura es natural desde hace siglos. Es tan necesaria y numerosa, que podríamos compararla con la que emprenden los ñus en el Serengeti. Un simple botón para sustentar esta aseveración, contiene decenas de nombres, nacionalidades y circunstancias, que orillan a un reportero a traspasar las barreras de la no ficción.

El periodismo es un empleo ingrato, mal pagado, traumático y ahora, peligroso. Quizá por eso, muchos de sus protagonistas han intentado salvarse de él, bajo la sombra de la ficción, de la edición y de la academia.

La redacción de un diario es quizá el mejor taller de escritura que conozco. Ahí se escribe mucho, contrarreloj y con errores que se pagan con sangre (y despidos y carrilla). Por eso, cuando un reportero incursiona en la literatura, lo hace con la comodidad del pie que se libera de una bota apretada.

Sin embargo, moverse en sentido contrario, es decir, de la literatura hacia el periodismo, es absurdo.

Periodismo no es cuando un escritor publica opiniones en un periódico; tampoco lo que hacen los lectores de noticias en radio; ni la cobertura del medio del espectáculo; menos aún, los inefables yutubers de moda.

Pese a que es contra natura, de un tiempo a la fecha, la participación de escritores en el periodismo es cada vez más común. Con más frecuencia vemos escritores de ficción que pretenden hacer periodismo, como un intento para legitimar una promisoria carrera literaria. Algunos se decantan por temas sociales, políticos, históricos, pero los más, se sumergen en esa galaxia de títulos sobre el narcotráfico e inseguridad. Pero como bien dice el reportero David Espino, el escritor que intenta hacer periodismo se delata casi de inmediato, porque usa un lenguaje impostado. Un lenguaje que, por cierto, no es periodístico porque no proviene de la realidad, sino de la ficción.

Sé de varios escritores que oprobian la obra de Volpi por lo bajo, ya que son incapaces de hacerlo en público. Otros más no lo han leído nomás por ser Volpi. Es más, son decenas los que ni siquiera poseen sus libros: alguna vez intenté conseguir una de sus novelas entre mis amigos y uno de ellos me dijo: “¿Cómo crees que voy a comprar un libro de Volpi?”, como si se tratara de una ofensa.

Pese a que vivimos tiempos de gran apertura en muchos ámbitos, en el plano literario aún se guardan viejas formas. Y es que para algunos escritores (me lo han dicho, en varios momentos de mi vida) Jorge Volpi encarna a un sistema cultural muy parecido al político, donde los amigos y padrinos te abren las puertas, lo contrario, te las puede cerrar para siempre.

De Una novela criminal he leído varia reseñas y entrevistas al autor. Off the record, al menos dos escritores reconocieron que no pasaron del primer capítulo. Otros en cambio, también off the record, la llenaron de elogios. “Me aburrió”, confesó un amigo que es un gran reportero, un gran escritor y al cual respeto mucho. Me lo dijo con la condición de no mencionar su nombre.

El jurado del premio Alfaguara, Fernando Savater, Emilio Achar, Mathias Enard, Claudia Llosa, Sergio del Molino y Pilar Reyes, destacaron de esta obra: “el autor coloca al lector y a la realidad frente a frente, sin intermediarios”.

No hay tal.

Esta novela, con la que Volpi se alzó con uno de los premios más importantes de la literatura en español, se presenta como una “novela sin ficción”, un subgénero del que Volpi se ha hecho uno de sus mayores entusiastas. Sin embargo, en la trama sí hay ficción y también se noveliza (y mucho), lo cual la convierte en algo que ya conocemos desde Truman Capote: la novela testimonial, o de no ficción, de la cual Volpi pretende desmarcarse.

Una novela criminal consta de 479 páginas, dividida en 20 capítulos agrupados en cinco partes. Aborda una de las historias más conocidas, señaladas y recordadas de la justicia mexicana: el caso de Florence Cassez e Israel Vallarta.

Cuando digo más conocidas, lo digo por los libros, documentales, entrevistas, reportajes y videos que existen sobre el caso. A estas alturas, casi todas las personas que conozco tienen una postura en torno a Cassez y dudo que esas posturas cambien tras la lectura de Una novela criminal.

A propósito de Cassez, uno de los mejores libros es El teatro del engaño (Grijalbo, 2015). Su autora, Emmanuelle Steels, se atreve a contar la historia que pocos exploraron en su momento. Con un estilo muy cercano a la literatura, Steels hace un periodismo narrativo sin prejuicios y testimonial, el cual compartió en revistas como Gatopardo y Proceso. En su libro, cuestiona la existencia de la banda de los Zodiaco, de la cual Vallarta supuestamente era líder. Además, revela que Vallarta y los presuntos secuestrados podrían ser viejos conocidos y que todo el montaje sirve para desfogar venganzas familiares y rencillas comerciales.

Menciono el libro de Steels, porque Volpi lo destaca como la obra que lo impulsó a escribir sobre el tema. Sin embargo, pese a que Una novela criminal le dobla en extensión, no consigue igualar el brillo de su referente.

La de Volpi, desde su primera línea (la “línea de ataque”, según Gordon Lish) me parece obtusa: “La mejor manera de empezar una historia es con otra”. Si, como se plantea el autor en la advertencia previa a la novela, cuando menciona que intenta darle una forma literaria al caos de la realidad, con su frase inicial trastoca esas formas que están presentes en muchas grandes novelas testimoniales (y no testimoniales). Recordemos que el arranque de una novela es determinante, premonitorio. Pero aquí no es así.

La novela transcurre entre reconstrucción de los hechos; hojas y hojas de expedientes; declaraciones de los acusados y de los testigos; entrevistas a algunos de los protagonistas; citas de cartas, reportajes y documentos, pero además, las conjeturas de Volpi para convertirse en un intermediario.

Pero vamos por partes.

Volpi aborda la historia con paciencia y meticulosidad digna de crédito. Ha declarado que tuvo que leer 20 mil páginas del expediente. Se nota que hubo una investigación exhaustiva, compleja y maratónica, hasta podríamos decir, con rigor periodístico, ya que maneja con soltura datos, fechas, nombres, publicaciones, direcciones y espacios geográficos, recreados 12 años después de los hechos. Se percibe un control pleno de la historia, la cual amolda según las necesidades de su libro.

Sin embargo, este esmero con la investigación y con la historia, no se hace presente en el plano narrativo. Excava con ahínco en los archivos del caso, pero casi no explora la psique ni el carácter de sus personajes. Pone demasiado empeño en indagar, que en narrar. En reconstruir, que en crear.

En sus consejos para escribir, Stephen King recomienda: “no dejes que la investigación eclipse tu historia. Puede que esté fascinado por lo que está aprendiendo, pero a sus lectores les importará mucho más sus personajes y su historia”.

Volpi parece obnubilarse con los datos, como buscando que estos hablen por si solos (algo que tampoco ocurre). Se esmera en la recolección de testimonios, pero deja de lado la estructura narrativa. Ya que cuando la novela parece tomar impulso (un impulso que se ve, no le cuesta trabajo), es el propio autor el que se encarga de frenarlo, ya sea para hacer una reflexión, ubicar a su persona en la línea del tiempo narrativo o soltarnos hojas y hojas del expediente. Tales interrupciones comienzan siendo extrañas, terminan por convertirse en lastres.

Si la escritura de una novela significa abrir una brecha en terrenos pantanosos para que avance el carro de la prosa, Volpi se encarga de anegar lo que él mismo (con mucho oficio) ha desaguado. Dificulta el andar de la trama, adrede, como si en esas piedras en el camino estuvieran las bases de la denominada “novela sin ficción”.

De manera por demás irresponsable, Volpi insiste en que el lector reflexione y enjuicie a los protagonistas. Sus exigencias inquisitorias para con el lector serían un atributo si fuese parejo con los todos involucrados (porque varios de ellos caen en contradicciones), mas Volpi insiste con vehemencia en la inocencia cuando se trata de Cassez y de Vallarta. Nos insiste en que lo son. Incluso, en un arranque de confianza, se lo expresa a Israel al visitarlo en el penal (“estoy convencido de que deberías estar libre”, página 210). Trata de convencernos, como un intermediario, cuando los hechos son los que deberían hacerlo, como afirma el jurado del premio Alfaguara. Nos recalca en releer algunas partes y no duda en volverlas a escribir, por si se nos han olvidado. Tanta insistencia sólo despierta resquemor.

Volpi tiene la certeza de que Vallarta es inocente, lo cual, va en contra del segundo inciso del tetrálogo del manifiesto del Crack, donde Pedro Ángel Palou asegura: “Las novelas del Crack no nacen de la certeza, madre de todos los aniquilamientos creativos, sino de la duda, hermana mayor del conocimiento”.

Para estas alturas del libro, cuando el autor de En busca de Klingsor aclara que lo que se lee no es una “novela tradicional” (como si este deslinde justificara sus libertades para inculpar o exculpar), solo genera más confusión en el lector.

Porque el Premio Alfaguara 2018 está más cerca de la “novela tradicional”, que eso que se llama “sin ficción”. Su obra está situada en una tradición que poco tiene de novedosa, sin que esto sea un rasgo negativo. Existe una gran novela mexicana construida en el mismo material en el que está cimentada la obra de Volpi: la investigación de un caso juzgado. Se trata de El brujo de Autlán (Aldvs, 2001), en la cual Antonio Alatorre, reconstruye un relato a partir de investigaciones documentales sobre el proceso inquisitorial iniciado en el año 1699 contra el supuesto brujo Marcos Monroy. Alatorre indagó en el Archivo General de la Nación, ramo Inquisición, volumen 711, expediente 7, folios 525 a 588.

Volpi también reconstruye un relato a partir de una causa penal, noveliza pasajes donde no puede llegar y asume un papel protagónico (narrador omnisciente) en la trama.

El momento de más tensión de Una novela criminal, es una conversación con Israel Vallarta, de la cual uno espera algún dato no conocido hasta ahora, un testimonio revelador. Casi al final, Volpi la suelta. De esta charla no surge nada relevante (testimonialmente novedoso, quiero decir). Sólo los intentos del autor por novelizar a su interlocutor, con lo cual se convierte, oh no, en un novelista tradicional. Lo mismo ocurre de las conversaciones con Florence. Volpi se aboca a mostrar a sus personajes como él quiere que los veamos.

En contraparte, uno los puntos más flacos llega en la página 154 donde Volpi saca a colación un chascarrillo, como si a esta historia de trampas, nepotismo y mentiras, le hiciera falta un toque de humor: luego de hacer una vasta explicación sobre los niveles de corrupción en la policía, recuerda el viejo chiste de los agentes mexicanos que capturan a un elefante, convencido de que es un conejo. No conforme con citarlo, lo escribe completo.

Para cualquier persona medianamente informada de esta historia, sabe que siempre hubo algo nebuloso detrás. Sabe que existe un ente, que además de oscuro, es muy poderoso, tanto, que le permitió usar a dos de los medios más importantes de su tiempo: Televisa y TV Azteca.

El resquemor hacia todo lo que involucre autoridades y policías no es espontáneo: es el producto de años y años de abusos, violaciones y excesos de un sistema policiaco viciado, injusto e impune. Desde hace décadas, la confianza en el gobierno y la policía pende de un hilo. Y ese hilo se rompe en el preciso instante en que notamos que algo no va bien. Eso ocurrió el 9 de diciembre de 2005, cuando en una emisión “en vivo”, en cadena nacional, se transmitió la captura de Vallarta y Cassez (y aquí surge una pregunta: ¿Por qué Volpi tardó tanto tiempo en indignarse del sistema de justicia mexicano? ¿No lo hizo en su momento porque era parte de ese sistema que ahora juzga?)

Dudamos de la policía, sí, pero luego de 15 años de narcoguerra y sus mil cabezas, Volpi olvida otro punto: ahora también dudamos de la gente.

A estas alturas, son muchas las familias mexicanas han padecido al menos un secuestro. En mi caso, son dos. Los dos, por fortuna, volvieron. Pero modificaron nuestro comportamiento para siempre. Conforme envejezco, he conocido a otras familias que han pasado por algo similar y también manifiestan ese síntoma post secuestro: el de ser desconfiado.

Y el caso de Israel Vallarta solo aviva esa desconfianza.

Volpi no expone descargos para probar la inocencia de Vallarta, sino todo lo contrario, enreda aún más la madeja de contradicciones del caso. Es cierto que no ha sido juzgado, pero también es cierto que el propio Vallarta ha escamoteado su versión, hasta el punto de no saber qué tanto es verdad y qué tanto es mentira. Se contradice una y otra vez y al final, se percibe que no es culpable, pero tampoco es inocente. En 2011, Héctor de Mauleón publicó en la revista Nexos, uno de los textos periodísticos más certeros sobre el caso: La verdad secuestrada. En él, señala: “A lo largo de 13 tomos y millares de fojas acumuló tal cantidad de contradicciones, de mentiras, de irregularidades, que apenas permite saber lo que en verdad ocurrió, a veces ni siquiera en lo esencial: si todos los secuestrados fueron verdaderamente secuestrados y si todos los detenidos estuvieron involucrados en los delitos que se les imputan. (…) Terminé la lectura del expediente con las manos vacías, completamente extraviado en un laberinto del que sólo emergían unas cuantas verdades. Lo que sigue es el retrato de ese laberinto, y del sistema judicial al que estamos condenados”.

Mauleón, a diferencia de Volpi, no toma partido por ninguno de los señalados. Los exhibe tal cual son acusados, tal cual declararon y tal cual se desdijeron. Mauleón, sin novelar, es más efectivo que Volpi, quien se abigarra en una madeja de hilos discursivos sin conseguir un amarre rotundo. Volpi deja de hacer lo que mejor sabe hacer y con ello pierde la oportunidad de ingresar al salón de las grandes novelas testimoniales. Esas que son piedras de toque, tanto en el periodismo, como en la literatura.

Alguna vez escuché a una gran reportera decir que el problema de los escritores que pretender hacer periodismo, es que, con frecuencia, rellenan con ficción sus vacíos como reporteros. Y justo ese es el talón aquíleo de Una novela criminal.

Volpi Jorge, Una novela Criminal, Alfaguara, España, 2018, 504p. ISBN 9786073166072