Javier Raya: La rebelión de los negros

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Después de la rebelión, habrá libros para todos (o algo así dijo Sayrafiezadeh.

 

La portada de La rebelión de los negros es una gran metáfora, no sé con toda seguridad si intencional por parte de Javier Raya y sus editores. Lo más probable es que sea sólo una figuración mía, una necedad personal –¿cuál no lo es?– que insiste en relacionar al libro en toda su materialidad con su contenido. Un libro con una blanca y almidonada pasta, una portada en la que aparecen, distinguibles aún, varios nombres semi-tachados por un marcador rojo. Todos menos uno, el del “verdadero” autor del texto: Javier Raya (CDMX, 1985). Una multitud de autores “ficcionales” entre los que resalta el nombre del “real”. De aquel que se lleva el crédito, a pesar de intentar negarlo. Una multiautoría que se desdibuja al singularizar un nombre. Agudeza en rayones rojos que muestran por momentos originalidad y filo en el lápiz, pero a ratos girando sobre un plano blanco que se empantana en lugares comunes y una lectura, tal vez por su tesitura testimonial, poco original del mundo editorial. Una buena idea que se cancela a sí misma en contradicciones y precauciones innecesarias. La decisión de saltar de la plataforma de 27 metros: pero con flotadores y seguros de que siempre habrá un salvavidas por si algo pasa.

Esta precaución aparece con singularidad en el capítulo “¿Qué le dice el libro al autor?”, en donde existe un innegable halo romántico, tanto del oficio del escritor, como de la propia industria editorial; de lo inmaculado de los auténticos borradores que han de ser quemados como las naves, aunque todo sucumba –Raya afirma haber escrito tres veces la novela desde cero, aludiendo tal vez, aunque de manera mucho menos lograda, al genial artificio de Reinaldo Arenas; de lo pobre y dura que es la vida del verdadero poeta, de lo hermoso que vive la vida como poesía aquél que se dedica a ese noble oficio de robar libros. “Teníamos una profesión infame y a su modo fantástica, generosa por donde se le vea, que era la de ladrones de libros”. ¿Quién después de Arturo y Ulises no ha robado un libro en su “camino de las letras”?

La rebelión de los negros, bajo el sello de Editorial Ámbar, forma parte de su “Colección 21”, en la que se pueden encontrar también Crónicas de un nuevo siglo de Xel-Ha López Méndez, y dos traducciones interesantes: “Un lance de dados jamás abolirá el azar” de Stéphane Mallarmé, y “Bartleby: el escribiente” de Herman Melville. Editorial Ámbar tiene una particularidad sumamente interesante. Hacen libros, dicen, porque les gusta hacerlo, porque quieren compartirlos y que el lector acceda a ellos. Esto lo logran con todas sus letras gracias a que, junto con los ejemplares impresos que producen, ponen en línea sus textos completos para descarga gratuita y bajo licencias Creative Commons. Excelente forma de compartir el gusto de hacer libros, y hacer que los suyos lleguen a más lectores.

Editorial Ámbar afirma que Javier Raya califica su texto “como un libro que cuenta la historia detrás de la literatura de la actualidad”. Dicen también que la novela emplea la figura del escritor fantasma, o negro literario, como el autor lo llama, “para establecer cuestionamientos acerca de la autoría y de la concepción del arte, así como del papel del escritor y la literatura en las dinámicas políticas, sociales y económicas que rigen el presente mexicano”. El autor afirma también que “prefiere evitar las etiquetas utilizadas por los críticos literarios”. Me imagino que espera cierta libertad en cuanto a si su libro es una novela, un recetario de cocina, o un libro para colorear, a una separación del régimen de géneros actual. La idea suena interesante, como idea. Falta ponerla a prueba. Creo que esto se puede hacer cuando se juega con los géneros, cuando se exploran otros caminos, cuando se dinamitan las propias maquinarias de literatura. Pero si en el libro aparece de pronto lo que, con toda claridad, desde gráfica hasta “canónicamente” es un poema, o una carta, o un prólogo con todas sus letras, es difícil decirlo. Si se hace un pastiche de varios géneros dentro de lo que él mismo llama una “novela”, eso no lo distancia del régimen de géneros, sino que los apropia asumiendo que reunirlos todos bajo un mismo techo harán temblar los cimientos por consecuencia obligada.

Del título, me gustaría pensar que el autor lo toma del conocido libro de Louis E. Lomax publicado en 1965 por Hobbs y Sudamericana, pero no encontré en el texto ninguna reminiscencia que lo indique. Lo digo porque el título es el mismo, pero en este caso es utilizado de otra manera. En un ambiente social en donde lo políticamente correcto impera, pensar en “negros”, y mejor aún en “negros rebelándose” me gusta simplemente por provocador. A las pocas páginas nos enteramos de que el término se deslava y pierde su filo. Se refiere a redactores anónimos, lo que en la tradición anglosajona llaman ghost writters. Aquí hay una división tan romántica como el tono general que flota sobre todo el texto. Hay “escritores” que cobran por obras que otros “escritores” firmarán; pero también hay “escritores” que –volviendo aquí a darse un tiro en el pie sobre su supuesto embate a la autoría literaria– firmarán sus propios libros, sus propias “obras maestras”. Esos son los libros que vale la pena escribir, ese es el oficio por el que vale la pena morir, esos son los originales a máquina que el “escritor” se puede dar el lujo de tirar/romper/quemar/comerse las veces que quiera, todas las veces que sienta que su “obra” no ha alcanzado el nivel que podría, viniendo especialmente de él, un “verdadero escritor”.

No quisiera recordar las incontables veces que se ha escrito sobre un libro diciendo que es un “rompecabezas” que el lector tiene que armar. Lugar común ininteligible donde los haya. Si me apresuran, que nadie lo está haciendo, diría tal vez que todo libro es un rompecabezas y por ello la metáfora ha perdido su riqueza. El error, me parece, sería pensar que el número de piezas y la complejidad de la imagen que intentan reconstruir proviene de la cantidad de “experimentos” con que el autor intenta hacer malabares. Si los libros son un rompecabezas, algunos son de una pieza en blanco, o en otros casos de un poster deslavado e incompleto de alguna novela chilena, o mexicana, o española. Dice en el libro un capítulo supuestamente escrito por Veronica Gerber en el que se habla en una apócrifa crítica del libro de un “síndrome bolaño” superado. ¿Sabrá Raya por dónde vendrán las críticas? Dualidades compuestas por alter egos y amigos: Edgar Khonde y Sebastían Matús, o Khonde y Raya; poetas que roban libros y que viven de escribir lo que ni siquiera consideran “literatura”; la fundación de un movimiento literario, en este caso el neotropicalismo; aquí buscan un libro, no a una poeta. Ya ve el lector hacia dónde va el asunto.

Desde donde yo lo veo, Raya logra construir un interesante cadáver exquisito, pero no avanza mucho más. La rebelión de los negros, acierta en cuestiones específicas: la idea de tener entre sus páginas a “escritores invitados” como a Verónica Gerber o, en un gesto que aún no sé si es de plano salvaje o de una inocencia digna de Cachirulo, a Christohper Domínguez. Existen también algunos cambios de lugar diegético, desplazamientos mínimos de lugar de enunciación que, aunque no le giran ninguna tuerca consistente al libro, están ahí para hacernos saber que jugamos con más de una pelota en la misma cancha, y que, a ratos, ni siquiera hay jugadores. El asunto es que al final no entrega lo prometido, el texto es arrojado, pero se queda en las buenas intenciones. Cuando se intenta desplazar en su lugar de enunciación, el grueso de sus personajes habla igual, y cuando casi logran no hacerlo, terminan por ser una caricatura de sí mismos. Lo que menos me convence de la novela, es que algunos de los diversos narradores que toman la palabra a lo largo de los capítulos o secciones, parecen hacerlo solo para poner a salvo al narrador principal, que es el alter ego –aunque con el mismo nombre– de Javier Raya. Creo que el autor intenta que el texto fuera un juego de géneros, o una negación de dicho régimen, y en ese intento, alcanzó un collage que alude con demasiada claridad a las últimas dos décadas de lo más popular de la literatura latinoamericana, aunque un capítulo del libro intente, como decía antes, también librarlo de tal acusación. Cartas, poemas, sueños, notas sobre el título, confesiones, notas del libro al autor, confesiones del libro al lector, transcripciones de tweets; que no muestran un dislocamiento de la idea de autor, lector o género, sino que aparecen demasiado transparentes en su intención de hacer un palimpsesto. Lo que sí parece lograr es ver el libro como un objeto literario que intenta esconder lo que es. Se da el lujo de esconderse entre callejuelas que, unas más logradas que otras, en ocasiones invitan al lector a seguir las peripecias del propio libro que, para bien de Raya y su libro no siguen una historia específica, sino un esbozo de ella. Un libro que se ha soñado, un título que se esconde entre bazares de viejo, colegas y novias que lo olvidaron.

Si el libro me dijera que es una caja de borradores, de salidas en falso, de papeles que tenía Raya debajo de su cama, y que por un error alguien confundió con una novela terminada, que llegó a la editorial para ser publicada sin que nadie la revisara, el libro me parecería fascinante. El riesgo que se correría sería muy interesante. Pero si todo ese riesgo, si todo ese equilibro sobre la cuerda es tan evidente, se nota tan impostado, no dice mucho.

Otro asunto que reclamar al libro es su exceso de lugares comunes de fácil acceso y que se han escrito hasta el cansancio. No estoy hablando de influencias, esas se notan y podrán ser más o menos acertadas, mejor o menormente logradas como homenajes o, si así lo quisiera, copias totales. Me refiero a frases en donde la tinta se carga demás sin decir sino lo que ya se ha dicho.  Anoto ejemplos para los posibles incrédulos: “Toda escritura es huella de ese Algo irrecuperable”; “La inútil, odiosa, empobrecedora e insobornable vocación por la poesía”, “Una jodida, pero profesión al fin”; “La novela moderna se trataba del proceso más que de los resultados, eso lo sabía bien, pero igual fantaseaba con poderla publicar algún día”.

Como una mera corazonada puedo decir que al libro le falta editor, le faltó alguien que le dijera a Raya: “Amigo, sumarás páginas, pero estas líneas sobran, este capítulo es repetitivo, aquí sólo niegas la crítica por anticipado”. El editor aparece, pero sólo para decirle lo bueno que es, y lo desperdiciado que está escribiendo como negro literario. “[El editor] te dice, casi con pena, porque me da tristeza más que rabia, y me da mucha rabia, te confieso, ver que te malgastes así, rellenando cuartillas, con un poco de dignidad podrías dejarlo, aceptar una pequeña beca, ser jurado de algún premio de provincias, dar un tallercito en una casa de cultura, enseñar a escribir. Es lo que sabes hacer, me dice el Editor, después de todo”

Así, la novela intenta plantear al propio lector como una especie de detective (¿salvaje?), pero se queda corta en esa intención. Intenta también “desarmar” o “exponer” el campo literario mexicano, pero en sus afirmaciones se puede leer un tono aleccionador del gran escritor que ha descubierto el “hilo negro”, que al fin nos revela que grandes conglomerados han adquirido al grueso de las editoriales menores, que ya no existen editores que presten atención a la calidad del libro por sus riesgos, que el objeto libro está inscrito en una cadena de producción, que los grandes distribuidores hacen presentaciones a destajo en las que otros incautos hacen/hacemos (gratuitamente) el trabajo de promoción que debiera hacer la propia editorial, que la mesa de novedades es un hoyo negro que tiene tal fuerza, que hasta al negro más rebelde logra embelesar.

Javier Raya: La rebelión de los negros, Editorial Ámbar, Guadalajara, 2017, 285 p. ISBN 978-607-96834-3-6