Gabriel Bernal Granados: la superficie del agua y del lenguaje

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No intento pintarte como eres, sino como yo te veo…

Amedeo Modigliani

 

El sol en la acera de enfrente (Taller Martín Pescador, 2019), título del más reciente libro de poesía de Gabriel Bernal Granados, expresa una imagen diáfana, simple: un espacio iluminado, vacío, en el que habrá de ocurrir el poema; escenario que, al abrir el libro, muestra un desnudo femenino, sin rostro: unos cuantos trazos, apenas, del pintor Fernando Leal Audirac, delinean un cuerpo surcado por rayos de agua o luz y prefiguran el sentido de esta obra.

Desde el primer poema, “La tela, el cristal”, se encuentran elementos que pertenecen al campo de la pintura. Si bien este título sugiere una ventana, frontera entre la calle, iluminada, y un interior sombrío desde el que se observa, también sugiere un paisaje en cuyo centro el poeta descubre —y comienza a trazar al mismo tiempo— a su modelo: “y las yemas / de sus dedos finos / dibujan el aire: / una línea ondulada”.

Poemas-paisaje que, sin duda, se ven realzados por la bellísima edición del impresor Juan Pascoe, artífice que labra cada uno de los libros del Taller Martín Pescador, transformando las páginas de esta plaquette (edición prácticamente privada, conmemorativa, de sólo cincuenta ejemplares), impresas sobre papel marfil De Ponte, en lienzos que ponen de relieve a los poemas, como aquel de la página 12, donde un pájaro es apenas una “traza de gris / en la pizarra”.

En sus libros de ensayo, el interés de Bernal Granados por la pintura se manifiesta no sólo en las disertaciones que hace sobre los pintores y los escritores que admira: Rembrandt junto con Joyce y Musil, en “El artista en el estudio” (La guerra fue breve, 2009), o Mallarmé y Borges junto con Degas y Duchamp, en “Degas —9 lámparas” (Anotaciones para una teoría del fracaso, 2016), ni en la inclusión de reproducciones de cuadros de estos pintores, sino también en la realización de su autorretrato, que ha venido conformando a partir del estilo autorreferencial que lo caracteriza.

En Historia natural de uno mismo (Libros del Umbral, 2003) dice de sí: “Tarde de principios de marzo en mi ventana, así podría titularse el cuadro de costumbres que el pintor sin atributos que hay en mí podría dibujar desde su estudio”. Y en El sol en la acera de enfrente lo que va esbozando, mediante una serie de estudios conformada por los poemas, es la imagen de su modelo, lo cual marca una nueva faceta en su escritura, ya que ni en sus ensayos ni en su anterior poesía se había centrado en la imagen de una mujer, vuelta aquí objeto de su contemplación, en un principio inalcanzable: “aunque esté ahí / a la distancia de mi brazo / al tacto de mi mano”.

“Lo que la yema de mis dedos —dice también en Historia natural…  puede tocar en un momento dado, pero no se atreve. Porque al desplazarse se perdería la sensación de conjunto, la coherencia. Ya no sería ‘yo el espectador’ [sino] ‘yo en el escenario’”. Así, en El sol en la acera de enfrente el impulso de tocar la imagen se ve frenado por el vidrio que hay en medio, pero al acercar la mano, su reflejo se incorpora y entra en escena…

Ahora bien, los materiales con los que Bernal Granados intenta infundir vida al retrato de su modelo no son los colores, sino las palabras. En este sentido podría decirse que, siguiendo a Zukofsky, busca crear un objeto a partir del lenguaje, aprovechando su cualidad matérica y trasladándola al campo visual. La voluntad de ver está latente en todo el libro y los lectores se convierten en espectadores de lo que el poeta dice: “Claro de luna / en el agua / clara / del lenguaje”. Además, en este nuevo estadio, el profuso aliento de sus anteriores libros de poesía se ha concentrado en un verso breve, al estilo de los poetas objetivistas. En cuanto a su objeto poético, éste ha cobrado, a todas luces, no sólo la forma, sino también el rostro y aun el nombre de una mujer: su amada, paisaje que, a medida que el libro avanza, fluctúa entre lo erótico y lo espiritual.

Disyuntiva de todo artista que elige este tema: crear como amante o como artífice, tal como lo muestra Balzac en La obra maestra desconocida: “¡Ay! —exclama en su delirio el pintor Frenhofer, epígono de Pigmalión, cuyos altos ideales artísticos lo lanzan a una búsqueda fáustica—, soy aún más amante que pintor. Sí, tendré fuerzas para quemar mi Belle Noiseuse cuando esté a punto de exhalar mi último aliento, pero ¿hacerle soportar la mirada de un hombre, de un joven, de un pintor? ¡No, no! ¡Mataría al día siguiente a quien la hubiera mancillado con una mirada!”

“Leven, ‘vivo’ —dice Guy Davenport (poeta y crítico norteamericano cuya obra accesible en español ha sido traducida por Bernal Granados) en Objetos sobre una mesa (FCE / Turner, 2002)— era el término con que se designaba a los dibujos hechos a partir de un modelo. Una vrouwenleven era un modelo femenino, y uno que, de cuando en cuando, mientras posaba, necesitaba moverse; una stillleven  —fruta, flores o pescado— se mantenía inmóvil.”

En El sol en la acera de enfrente dos sonidos vitales implican movimiento: por un lado, el latido del corazón, en cuyo lapso (“un abrir y cerrar de ojos”) pulsan las cosas: “la lenta carrera / de la hormiga”, “el eterno bostezo / mineral / de la montaña”; por el otro, el lamento nocturno, irracional, inefable, que sólo en el poema cobra forma. Luego del “Poema de caballete”, donde “no ay ! sentido posible”, irrumpe un pájaro y, en seguida, la superficie del agua y del lenguaje se vuelve “vibrátil” y muestra su oculta luz: “Hilo / tenue / de añil // en el / atardecer / espiga // la idea / ( de la / luz )”.

Así, cuando en este libro, por medio de la palabra, la modelo sin rostro del inicio cobra pulso y aun se lamenta, paulatinamente va animándose, lo cual se refleja en la manera en que el poeta va hablándole: de hablar de ella pasa a hablarle a ella: “la emoción / y el deseo // de ver / te // guarecida / ( ahí ) / tras el cristal”, y aun a sí mismo —volviendo, de alguna forma, al autorretrato— como si le hablara a ella: “Ojo anhelante que te espera / Te deslíe / Y colisiona / Siendo todo el tiempo ella”.

Resulta significativo que cierre el libro la traducción de “Sensation”, poema de Rimbaud en el que un espíritu juvenil, romántico y peregrino, camina solo por los senderos, “tan feliz como con una mujer” (“heureux comme avec une femme”). Es así que En el sol en la acera de enfrente la imagen del pintor y su modelo se pliega y se despliega, no en varios cuadros o poemas, sino en uno solo conformado por todos ellos. Cuadro vivo donde una vez que ella, “flor exacta”, aparece en la “perfecta geometría”, “el interior se incendia” y adviene la epifanía:

 

                                                             Verte de pronto

                                                             en medio de la gente,

                                                                           flor en la hierba.

Ángel Cuevas

 

 

Gabriel Bernal Granados, El sol en la acera de enfrente, Taller Martín Pescador, 2019, 24 pp.