Gabriel Bernal Granados: un ensayista extraño

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Hace unos días leí un extraño texto de Nathalie Sarraute, la extraordinaria escritora francesa, hoy un poco olvidada, sin la cual no se entiende la literatura gala de la segunda mitad del siglo pasado –su libro Tropismos es para la prosa lo que fue para la poesía De parte de las cosas de Francis Ponge–. El texto, Paul Valéry y el hijo del elefante (Paul Valéry et l´Enfant d´Éléphant) es una violenta requisitoria contra Valéry, a pocos meses de su muerte, que la revista francesa Les Temps modernes, fundada por Sartre y rival de la NRF, no se atrevió, por su virulencia, a publicar completo en aquellos años de la posguerra (1947) y sólo fue dado a conocer de manera íntegra en 1984.

En el texto leo uno de esos pronunciamientos asombrosos de Valéry que parafraseo: “prefiero escribir mala literatura, pero ser consciente de ello, que hacer una obra maestra por casualidad”. Me parece lógico en un escritor tan cerebral, tan consciente, tan preciso…, y sin embargo me pregunto si se dio cuenta de lo que, en el poema fundacional Una tirada de dados, de su maestro y amigo admirado Stéphane Mallarmé (fue uno de los primeros en darse cuenta de lo que significaba ese poema) se afirma en realidad: la preeminencia absoluta del azar sobre toda conciencia y oficio. Incluso la obra más consciente imaginable es, si se logra, un fruto del azar. Contra lo que pensaba Einstein, Dios sí juega a los dados con el universo, pierde, y le gusta perder.

Digo todo esto porque Gabriel, a lo largo de ya una decena de libros, ha ensayado estilos y géneros, tonos y acentos en busca de su voz más propia, esa que yo creo empezó a encontrar en su libro Anotaciones para una teoría del fracaso (FCE, 2016), uno de los hitos de la ensayística contemporánea en español. Pero este nuevo libro, Cuaderno blanco sobre fondo negro, es un caso extremo. Él ha practicado y reflexionado sobre la escritura fragmentaria, ese género tan propio de una modernidad, como la nuestra, rota, agrietada, abandonada por los dioses. Pero además es un libro que a lo fragmentario suma lo diverso. En él mezcla por igual páginas autobiográficas (falsas o verdaderas, también las falsas son autobiográficas), reflexiones sobre pintura, cine, novela, poesía, filosofía y ciclismo, apuntes para futuras ficciones, aforismos, intuiciones, todo lo cual desemboca en una paradoja: la elaboración de un libro informe que tiene en su centro la forma.

¿Firmaría Gabriel la declaración de Valéry? No estoy seguro y no hay que ponerlo en ese predicamento, pues también comparte con el francés el talento de saber reconocer lo bueno y entre lo bueno la obra maestra. A Bernal le gusta más buscar que encontrar, seguir caminando que llegar a un destino. Por eso tiene libros tan distintos entre sí, desde narraciones que aspiran a un cierto clasicismo, hasta una poesía hiperformalista, sin excluir las páginas autobiográficas. Lo incluido en Cuaderno blanco sobre fondo negro puede ser visto tanto como el trabajo previo a sus otros libros como la conclusión a la que ellos lo llevan.

Esa discusión tiene uno de sus grandes momentos en la breve novela Muerte en Venecia de Thomas Mann y en su adaptación cinematográfica, años más tarde, por Luchino Visconti. El libro de Bernal asume con desparpajo su condición anómala, y en cierta manera con gusto, pues siente que esa manera de vivir en distintas atmósferas le permite decir cosas que no diría de otra manera, atreverse a gestos y pronunciamientos heterodoxos e incluso contradictorios entre sí. El modelo es sin duda los carnets de Valéry, los “cuadernos”. Pienso que hay, también, una alusión, menos evidente, al Cuaderno gris de Josep Pla y, desde luego y muy obvia, a Malévich. No tiene muchos cómplices en la literatura mexicana, uno de ellos es su admirado Salvador Elizondo, en especial su Cuaderno de escritura, del que ha sido editor. No pretendo, sin embargo, no al menos aquí, establecer una genealogía de su escritura sino de su búsqueda personal más propia. Gabriel no se parece a nadie y no se quiere parecer a nadie entre nosotros, aunque siembre de homenajes, parodias y pastiches sus textos. Reivindica su soledad sin que se reivindique como un escritor en soledad –por eso práctica el ensayo–. Y por eso hay que resistir el impulso de calificarlo de raro a la manera instituida por Darío.

Entre mi nacimiento en 1957 y el suyo, en 1973 hay los rigurosos quince años que según Ortega separan a las generaciones, y sin embargo me gusta encontrar muchas referencias que –por encima de los meses y los años– nos acercan, por ejemplo, la lectura de Maurice Blanchot o el interés por la pintura de Cy Towmbly. Hay otras referencias que no funcionan así. Por ejemplo, y vuelvo con ello a su afición ciclista, yo no habría dicho lo que dice sobre Valverde o sobre Nairo Quintana, sino sobre Luis Ocaña, para encarnar esa estética de la derrota que ya está presente en su libro mencionado sobre el fracaso. Pienso, por ejemplo, en un imaginario Gabriel mostrando su manuscrito a un imaginario editor o uno de esos especímenes extraños, inquietantes y no siempre atrayentes personajes que llamamos talleristas, que le dijera “junte sus fragmentos por tema –los de cine, los de pintura, los de literatura– deles coherencia, quite los de deportes.” Imagino también su mirada de desprecio detrás de la cual se trasluce la convicción de que ese personaje no entendió nada, y cuyo relámpago despreciativo se traduce, milagrosamente, porque es una persona educada, en un “gracias por su consejo, lo tomaré en cuenta”, y afortunadamente no lo toma en cuenta nunca.

El libro, sin embargo, nos advierte en la breve nota introductoria, suma a su condición fragmentaria y miscelánea la azarosa –tres calificativos que a veces significan lo mismo– ya que robos y pérdidas le llevaron a reescribir el texto varias veces. El paradigma de esa reescritura desesperada lo representa Malcolm Lowry con sus manuscritos perdidos y sucesivas reescrituras de Bajo el volcán. Algunas veces he pensado que Lowry perdía sus manuscritos para poder reescribir la novela y que esa intuición sobre el inglés también se le puede aplicar a Gabriel. Me lo puedo imaginar dilatando la publicación de un texto más que para seguir corrigiéndolo, que también, para reescribirlo, que no es lo mismo. Valéry, otra vez, decía que el poema no se termina, se abandona, pero hay diferencias entre abandonarlo a las llamas, como Lowry, o abandonarlo en manos de un ladrón, como Bernal.

A este tipo de libros hay otro factor que los afecta subrayadamente: el tiempo. Un novelista que escribe durante años una novela está sometido también al tiempo, pero es menos evidente su tiranía y tiene las armas de la disciplina y los esquemas y resúmenes. Por eso algunos declaran que nunca escriben una novela –creo que fue García Márquez– si no sabe cómo va a terminar. Estos libros en cambio, no sólo no se sabe cómo van a terminar sino sobre todo cómo van a empezar. Persiguen un misterio, su condición de ser. Así el sentido acumulativo implícito en el fragmento no obliga a una sucesión cronológica, más propia del diario, género con el que mantiene puntos en contacto. Es decir, el libro, de forma más o menos pronunciada, termina siendo armado, como un mecano, o compuesto, como una partitura, su condición central de composición es el orden con el que se le entrega al lector, orden que incluso si es desorden se vive como orden. Pero esa sucesión artificial ¿quién la impone? Se ha dicho mucho que este tipo de libros no se suele leer de principio a fin, sino que se picotea, se hojea, se abre al azar. Recomiendo, sin embargo, hacer una lectura cronológica primero, para tener presente el inevitable hilo narrativo que provoca el leer página a página, pues el hojeo es relectura.

Una de las inferencias que se pueden hacer de este Cuaderno blanco sobre fondo negro es que el fragmento es en cierta manera una antítesis del aforismo. Vean, por ejemplo, la interesante reflexión que hace sobre los fragmentos de Joubert para diferenciarlo de los moralistas anteriores –Chamfort, La Rochefoucault– con que suele unírseles. Joubert ya no quiere un acabamiento o una concreción sino una apertura, es en ese sentido nuestro contemporáneo. De cierta forma lo que hay en estos libros es una fascinación por la escritura como hecho. Por ejemplo, el ciclismo es un deporte peculiar, tiene algo de atractivo en su condición de continuidad, de las carreras contra reloj hasta los grandes eventos de ruta –Francia, Italia, España– y lo que atrae es el hecho mismo de rodar sobre el llamado cursilonamente corcel de acero, pero más cercano de Rocinante que de Palomo, el caballo de Bolívar, y más aun de Clavileño que de Rocinante. El ciclismo es un arte del espíritu en el cual las virtudes físicas no tienen que ver con lo que normalmente consideramos esas virtudes. Para los escritores aficionados al futbol que se pueden sentir fascinados por la elegancia de Cruyff, el genio de Maradona, la plenitud de Pelé o de Beckenbauer, el verdadero mito es Garrincha. Porque el dueño del Olimpo es Goethe, pero el poeta es Hölderlin.

En el futbol el partido termina, como en la novela, en el tenis también, o en los cien metros, como en el haikú; en el ciclismo nunca, es el tiempo del eterno retorno de lo mismo. Las ruedas de la bici son dos ojos, dos ruecas, dos realidades paralelas, siempre una en persecución de la otra sin posibilidad de alcanzarla nunca. El escritor que Bernal quiere ser no incurre en el malentendido de llamarse novelista o poeta, ensayista o cuentista, ni siquiera escritor, porque la escritura está fuera de sí mismo, fuera de sí misma, siempre fuera, en una intemperie que, sin embargo, nunca es exterioridad. A lo largo de este comentario he ido mencionado los asuntos nodales de esta escritura –el azar, lo fragmentario, lo paradójico, lo elusivo, lo cambiante–. Hay uno que los concentra a todos: lo inacabado, lo inacabable. Proust (En busca del tiempo perdido), Joyce (Finnegans Wake) y Musil (El hombre sin cualidades): sus novelas son inacabables, infinitas. Samuel Beckett, lector de los dos primeros, sería su contraparte: una literatura inempezable.

Si lo que le gusta a Bernal es escribir un libro inacabable, lo fragmentario es el paraíso; a ese género –los cahiers de Valéry o, en otro registro, los diarios de Paul Léautaud o de Jules Renard, no se abandonan, salvo con la muerte, y ese abandono es tan total que ya no nos pertenece— pertenece este libro. La literatura ha imaginado personajes que después de muertos siguen amando, visitando este mundo –como el insomne de Virgilio Piñera, cuyo personaje después de muerto sigue sin poder dormir. No son tan frecuentes los escritores que ya muertos siguen escribiendo, porque la escritura está íntimamente ligada a la vida.

 

Gabriel Bernal Granados, Cuaderno blanco sobre fondo negro, Fondo Editorial/ Universidad Autónoma de Querétaro, 2019, 196p.