Flor de piel de Sandro Cohen

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Flor de piel comienza con una frase lapidaria que da título a su primer apartado: “Esto, en esencia, se acabó”. Una expresión que nos remite, sin más prolegómenos, a la fugacidad implacable de la vida, al transcurrir perentorio del tiempo, esa magnitud física cuya unidad es el segundo y su propósito, con frecuencia, revelarnos  nuestra mortalidad y deterioro.

Esta visión se confirma en “Hasta la orilla”, el poema del primer apartado que nos recibe con una imagen sugerente donde coinciden tiempo y espacio: “Los años caen hasta lo azul del fondo”.

Pero ese azoro ante la fragilidad de la condición humana no implica desdeñar las experiencias vividas. Ya desde este primer poema conviven la reflexión de cierta manera pesimista (“Estos días muy poco hay por delante…”) y la declaración francamente gozosa (“Me da placer sentir tus ojos, / ávidos y lejanos…”) a la que se agrega una mirada abierta y optimista de las circunstancias: “El horizonte está a muchos kilómetros.”

Nueve secciones, incluyendo la ya mencionada, integran este poemario por el que transitan los temas que han distinguido, desde sus inicios, la escritura de Sandro Cohen.

Dice María Zambrano, entre otras tantas frases de honda sabiduría, que “la poesía ha sido en todo tiempo, vivir, según la carne, adentrándose en ella, sabiendo de su angustia y de su muerte”. Tal sabiduría es, a mi parecer, lo que este libro rezuma por la piel, para decirlo de una manera pertinente. Esto es, si la flor es el brote del cual se formará el fruto, esta flor nos ofrece una primicia límite y periférica: una poesía cuya epidermis es la frontera donde carne y mundo se alían y se enfrentan, una poesía que a partir de ahí se adentra para indagar en nuestra carencia y en nuestra plenitud, para hacer propios los azares de la existencia. Esta piel, entonces, no supone ninguna superficialidad; por lo contrario, es el territorio donde confluyen la peripecia exterior y la vida íntima del poeta. Filosofía que estructura sus razonamientos en ese recinto ni cutáneo ni remoto donde se verifica la unión de cuerpo y alma. Poesía que al vivir, según los dictados de la carne, otorga una dimensión relevante a lo autobiográfico y referencial.

Importan más colores ocres, verdes;

los olores tan frescos de aquel bosque

donde soñamos dar el primer beso

a la novia que aún no se enteraba

de nuestra corta vida adolescente.

Por eso nos es posible contemplar, como en primera fila, las experiencias vitales de Cohen que son, en gran parte, las de cualquier persona: el lugar de origen, la crianza, el amor y la muerte, las mujeres, el encuentro con la palabra y la poesía, el espectáculo del mundo y su caducidad inevitable. La migración y el exilio, las muchas patrias y el descubrimiento de otro orbe y de otro canto. No de manera gratuita el apartado que cierra este poemario nos ofrece dieciocho vistas desde una de las zonas arqueológicas más simbólicas de este país. La primera de ellas, la primera de estas vistas, nos da cuenta de un hallazgo cargado de meditación y vida:  “De cara al cielo / se revela otro mundo: / es Monte Albán.”

De la segunda sección (“Por si lo quieres”) a la octava (“Agua sobre sales), Sandro Cohen recopila registros que van de un fino erotismo que se detiene en la exploración de las pulsiones más secretas:

Guárdalo, todo, en tu pezón izquierdo,

ese que brilla en las mañanas

—rosado, casi nuevo—,

el que en este recuerdo cabe

y se endurece

cuando nadie le hace caso.

a una oferta heterogénea, más amorosa que erótica, más entrañable y personal como lo muestra el poema “La muerte de Jacob”, dedicado a su padre:

Era grande su mano, y le pesaba

sobre la vieja colcha que envolvía

su cuerpo ya rendido. Y ese día

suya iba a ser la noche que anhelaba.

Y es este carácter recopilatorio del volumen lo que nos permite situarnos en una franja epidérmica donde se detienen o parecen detenerse, antes de aflorar o no aflorar, nuestros pensamientos y emociones; y donde se demoran, antes de penetrar o no penetrar, los estímulos extrínsecos, el contacto con los seres y lugares que constituyen la oferta exterior. Una zona que aprovecha el poeta para vislumbrar la realidad desde un perspectiva privilegiada: la corteza que protege la interioridad ante los embates de la intemperie.  Ello no impide que estos poemas sean también una transgresión a la privacidad que supera y derrota a cierta noción del individualismo contemporáneo; un despliegue de los elementos subjetivos de la escritura que revela con detalle experiencias y sentimientos personales. El escritor no establece una separación con aquello que escribe o describe, no permite que la poesía se distancie de su vida, y esa cuota confesional genera una empatía inmediata con el lector.

Vicente Quirarte, quien conoce muy bien la obra de Sandro Cohen ha expresado que su poesía es “obediente a las formas clásicas”, y que tiene como una de sus principales virtudes una naturalidad “nacida de la rebelión contra el conformismo y la aspiración a la constante plenitud”. Los poemas de Flor de piel refrendan esa virtud y esa aspiración. Y resulta  claro que la estudiada retórica de Cohen no sólo está presente en aquellos poemas donde es evidente el uso de formas y metros clásicos como el soneto y el endecasílabo, sino en aquellos donde –aún utilizando estructuras más contemporáneas– es posible vislumbrar su enorme dominio de estas formas y el peso de puntuales lecturas cuya influencia ya ha sido mencionada en estudios y entrevistas, y que van desde los poetas de lengua inglesa, pasando por los del barroco español, hasta el entrañable caso de Rubén Bonifaz Nuño. Y que se expanden a un vasto conjunto de la poesía escrita en ambas lenguas.

Flor de piel reúne poemas de diversa factura y época, pero no por ello se detiene a justificar la razón de su existencia ni los límites de su enunciación, sino que refleja fielmente la contingencia humana. Es un apasionado viaje al interior del ser, un mapa que traza un derrotero personal y nos convierte en cercanos espectadores de lo que es, al mismo tiempo, testimonio y crónica de una convergencia entre nuestras membranas más delicadas y las jerarquías de lo externo. Una convergencia que no se da sin una tensión que, a fin de cuentas, tiene que resolverse en el restablecimiento de la unidad de cuerpo y espíritu: la coyuntura donde se fusionan a la vez razón y sentimiento, carne y mundo, en el delgado espacio de la piel.

Flor de Piel, de Sandro Cohen. El Errante Editor. 2017. ISBN: 9786079115524