Entonces, a la salida

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Ave Barrera: Recuerdos del aula

Como lector, es posible unirse, igual que un invitado de última hora, a la reflexión que hace Ave Barrera en su prólogo de Ruta 70, recuerdos del aula, acerca de lo que alguien habrá pensado sobre las anécdotas que vivimos en “ese tiempo” ––los años escolares––, sobre su importancia. La también antóloga del volumen publicado en coedición por Selector y la Secretaría de Cultura, ubica a ese alguien en mitad de una hipotética fiesta donde la cerveza es ya poca y la Maldita Vecindad interpreta “Kumbala”, en compañía de un muy mal afinado coro, mientras va dejando a lo largo del texto términos como bildungsroman o novela de formación, títulos como El guardián entre el centeno, Las batallas en el desierto o Demian. A diferencia de las novelas, nos dice, los cuentos de iniciación nos narran la anécdota precisa en que se forma aquella grieta que separa el conocimiento de esa cierta ingenuidad juvenil resultado de la poca experiencia.

En cada una de las épocas de nuestra vida hay buenas y malas anécdotas, hay accidentes, decepciones, sorpresas agradables y logros que jamás pensamos alcanzar; sin embargo, dado el peso que los primeros años tendrán sobre el resto de una biografía, o quizás a causa de la impresión que dichos acontecimientos dejan en un espíritu tan maleable como el de un adolescente o un joven, es que se le concede una mayor importancia a tales experiencias. Y es en este período en donde Ruta 70, recuerdos del aula, volumen similar a Atrapadas en la escuela y Atrapados en la escuela, extiende sus raíces.

Además de la temática, es la edad de los autores compilados lo que brinda unidad a la antología, donde aparecen nombres como Juan Pablo Villalobos, Iris García Cuevas, Susana Iglesias y Antonio Ramos Revillas. Como lo señala el título, todos nacieron durante los años setenta, y los ochenta y noventa son las épocas donde se sitúa su etapa estudiantil, aunque no necesariamente sus textos.

En este caso se encuentra el cuento de M. B. Brozon, donde resaltan los teléfonos móviles y las selfies, detalles que sitúan a Sólo una broma en una época posterior. Aunque, si no tomáramos en cuenta esto, quedaría la crueldad con la que se trata a alguien diferente, los ataques recibidos por el nuevo de la escuela o del barrio, por la muchacha tímida e inocente, hija de una mujer sola y demasiado religiosa. Lo anterior, a ojos de muchos de los espectadores, puede pasar como simples bromas pesadas; sin embargo no es así, y no importa si el hecho sucede en una película de los setentas, de los ochentas, o en un cuento que parece demasiado cercano al lector, permanece la violencia hacia el otro como un aspecto atemporal. Así, la pluma de la autora nacida en la Ciudad de México, esboza, a fuerza de fragmentos, de ángulos distintos, lo que sufre un muchacho homosexual que debe ocultar sus preferencias en un entorno donde, al ser descubierto, se utilizan sus propios sentimientos como un medio para concretar la agresión.

En este tipo de historias el ajuste de cuentas, además de impartir cierta justicia, funciona también como un punto desde el cual se opera un cambio en el protagonista, su crecimiento, pero no en la totalidad de estos textos es así: muchas veces el ajuste de cuentas es un mero desquite entre niños, algo para bajarle los humos a un compañero que ha abusado de su posición, como lo retrata Rogelio Guedea en Cola de iguana, donde tenemos a Juanjo, elegido jefe de grupo desde primero de secundaria, y a los demás, receptores de su excesivo celo. “Sentado en la banca al fondo del salón, Juanjo se la pasaba registrando cualquier falso movimiento que hacíamos, para luego reportarlo, como crimen atroz, a las autoridades escolares, quienes, hipócritas y perversas, lo llenaban de elogios”, nos dice el autor, en voz del encargado de vigilar la total soledad de Juanjo y sus verdugos: Quique, Mauri y Suárez. Cola de iguana está lleno de anécdotas casi infantiles, unas inocentes, como intentar repartirse, sin suerte, los boletos para una quermés que alguien extravió, y otras no tanto, propias de aquel que empieza a descubrir un impulso sexual, como lo ocurrido entre Quique, la Lola y la Pémex: él, “jactándose de su gallardía”, se baja los pantalones delante de ellas y les enseña la “pija”. Lo que resalta en este cuento es lo coloquial de su lenguaje, además de las cortas expresiones de Juanjo, que denotan su mandíbula abierta al máximo y su imposibilidad de cerrarla: “O uedo”, “O uedo e igo”, “O e naa”.

Instalada en esa atmósfera de inocencia que permea Cola de iguana, Iris García Cuevas traza en las páginas de Ruta 70, recuerdos del aula, el punto de vista de una testigo demasiado joven frente a los hechos que nos narra, hechos de los cuales el lector parece estar más consiente que la propia niña. Así, en Dos maneras de viajar a Egipto miramos desde los ojos de un personaje a punto de cumplir once años, que está en secundaria porque se saltó el preescolar.

Autora de 36 toneladas. ¿Cuánto pesa una sentencia de muerte?, e inscrita en géneros como el negro y el policial, Iris vuelve a transitar esa línea con su participación en esta antología. Lo que resalta en su cuento es el ángulo desde el cual asistimos a la anécdota, permeado no sólo de la inocencia de la testigo, sino de la de Julieta Alvarado, la antítesis de la narradora, “habría dicho el maestro de sociales”, quien tiene catorce años, pero parece mayor, y se sienta en la última fila, pegada a la pared. Apoyándose en una escritura cuidada, Iris nos dice que ante lo violento de ciertas situaciones, no hay experiencia que valga, y que aunque alguien cuente con el gusto por la lectura y conocimientos académicos avanzados para su edad, semejante característica no es garantía madurez frente a esas mismas situaciones.

En Dos maneras de viajar a Egipto también encontramos cierto dejo de fantasía concentrado en el final, dejo con el que Iris vela lo explícito de los acontecimientos, dirigiendo nuestra atención hacia Mark Twain y su obra Un yanqui en la corte del rey Arturo, con la que la narradora prefiere comparar lo que le pasó a Julieta en vez de ver una fotografía, desde donde la realidad le habría lanzado, igual que a nosotros, una bofetada.

Dos cuentos que resaltan en Ruta 70, recuerdos del aula, son los pertenecientes a las plumas de Susana Iglesias y Antonio Ramos Revillas. El de la autora de Señorita vodka nos arroja a la cara toda la violencia que Iris García oculta en Dos maneras de viajar a Egipto, haciendo que nos enfrentemos a una nostalgia cargada de rabia y de pesimismo. Starman es un momento donde se recuerda una época ya imposible en el tiempo desde el cual el narrador la mira. “Estoy aquí. Alegres muros pintarrajeados proyectan un espíritu de sobrevalorado pop, muros pintados sin estilo alguno. No soy depresivo, simplemente siento una profunda tristeza por la rebeldía domesticada de las generaciones que compran pantalones rotos en tiendas”, nos dice Jabalí, llamado de esa forma debido a los dientes afilados que asomaban entre sus labios en los momentos más extraños. Él también es un otro, ajeno a la white trash que lo molestaba todo el tiempo en la primaria bilingüe; ajeno, como sus compañeros Isabelle, Polak y Wilheim, a esas pandillas infantiles conformadas por “buenas personas, buenos alumnos, líderes de grupo, promedio de diez”, de quienes percibe una arista diferente: son cerebros poco privilegiados, llegan en autos “pagados con la sangre de hombres y mujeres cuyos lomos dolientes un día colapsan, una patada en el culo, el que sigue, todo es desechable, eso les enseñaron”.

Por su parte, Antonio Ramos Revillas nos entrega en El puesto un cuento cuyo narrador es no un alumno, sino un profesor. “Los maestros que por casualidad quedaban a cargo del sexto B de la escuela matutina federal Coronel Fausto Domínguez tenían, por lo general, mala suerte”, escribe al inicio, para después darnos una descripción tanto del plantel como de los alumnos que acuden, pertenecientes a la clase media baja, integrada por los empleados del servicio postal, de una fábrica de acero, y por oficinistas.

El autor de la novela El cantante de muertos prosigue enumerando la razón por la cual la suerte de quienes antecedieron a su personaje es mala: la maestra Carmona, con quien inicia la leyenda, desarrolla un cáncer que en menos de un año la lleva a la tumba; el profesor Zertuche se rompe un pie, que se le hace trizas y se convierte en la consecuencia más aparatosa del terreno irregular que rodea la escuela; la joven maestra Lilibeth Osuna muere cuando un conductor borracho impacta su auto contra el de ella. “En descargo de la maldición del sexto B, el profesor Livino había llegado enfermo el primer día de clases”, continúa Antonio Ramos no sin cierto humor, cuando su personaje se refiere al más reciente eslabón de esa cadena de desgracias, quien termina aquejado de una bronconeumonía que lo obliga a migrar hacia zonas más cálidas, aunque sin la compañía de su novia y futura esposa, impedida para acompañarlo por el Alzheimer de su madre.

El puesto llega a un desenlace que presentimos casi desde el inicio, a pesar de los ánimos del narrador, quien después de una noche de pesadillas, sale a su primer día de clases con la certeza de enfrentarse a lo que sea, con la intención de dejar atrás y para siempre la mala suerte. Sin embargo, lo que hace destacar este cuento es la manera en que su autor aborda el final, digno de uno de esos finales de película de horror que dejan a sus espectadores cargados de presentimientos.

No todo en la antología –y también fuera de ella– se trata de crecer a base de puñetazos. Tenemos a Juan Pablo Villalobos y su Provincia, construido con recuerdos de infancia llenos de futbol, de primos que van de visita y regresan a la capital con liendres, de saltos de azotea en azotea, de una redacción no entregada a causa de la supuesta enfermedad del maestro, golpeado por la policía luego de participar en la toma de la presidencia municipal, “por andar de revoltoso”, según el padre del narrador. En este caso, leemos sólo un fragmento de tiempo, la memoria que alguien guarda de principios de los años ochenta. Otro ejemplo es aquella “una vez” que de tanto en tanto brota en algunas biografías afortunadas: una vez llegué en primer lugar, una vez pude ganarle al que siempre gana, una vez tuve la calificación más alta del salón. En Ruta 70 esa “una vez” corre a cargo de Jaime Mesa, con el cuento Una tarde, una dama, algo que quizá no vuelva a repetirse pero, en ese momento, es igual a anotar en el Mundial de Futbol o a ganarse el Oscar, una de esas vivencias que muy bien podrían cambiar nuestra vida.

 

Ave Barrera, Ruta 70, recuerdos del aula. V.V. A.A., antología de Ruta 70, Selector, / Secretaría de Cultura, 2017, 155pp

ISBN 9786077456902