Enrique Serna: El vendedor del silencio

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Una magnífica desolación

I

Delfos en silencio: la novela es un espacio de la libertad. Facultad humana para elegir y tomar decisiones, la libertad entraña posibilidades infinitas: la felicidad y el odio, el heroísmo y la cobardía, la tristeza, el asesinato, la perdición. En 1968, Dostoyevski delineó la mente de un asesino: Raskolnikov y su aguda elocuencia sobre la gloria. Un año después, Tolstói labró en una novela la desmesura de la guerra, la muerte y el desaliento. Un siglo más tarde, Rulfo imaginó un descenso a los infiernos fantasmales de Jalisco. Y García Márquez mecanografió el mundo soberano de sus sueños: la historia de la estirpe condenada a cien años de soledad. Asumiendo la libertad que supone el género novelístico, Enrique Serna ha publicado El vendedor del silencio: un laboratorio en que la libertad lleva a su protagonista Carlos Denegri a una violenta ebriedad de poder, a una misoginia patológica y a una soledad habitada por sus agónicas ambiciones.

Novelista, cuentista y ensayista, Serna inauguró su derrotero de escritor en los años ochenta. En Señorita México (1987) ya encontramos un tema germen que no ha abandonado su literatura: la ironía de las mentiras y del autoengaño. Doce años más tarde, en 1999, el escritor chilango publicó El seductor de la patria, una novela histórica y biográfica sobre Antonio López de Santa Anna. Empatizamos con el dictador; el demonio nos toca el pecho. Sus mentiras nos convencen y, por un instante, exoneramos su abuso y arrogancia. Serna explora el autoengaño en las esferas más altas del monolito autoritario y las mentiras que descienden lentamente al lodo escatológico del patetismo. En El vendedor del silencio, Serna ha escogido a un personaje semejante: Carlos Denegri, periodista monarca del oficialismo y del chayote del México post-revolucionario. Rabioso perro del gobierno, Carlos Denegri asumió que su poder alcanzaría la tierra donde no existe la noche. El tiempo lo puso frente al espejo.

II

Últimos años de los sesenta. La corrupción. El saqueo. La autoridad vertical. Los gritos del dos de octubre. Los juegos olímpicos. El alunizaje. La transición Díaz Ordaz-Echeverría. Reflexivo e incapaz de abandonar el torbellino de poder, alcoholismo y mujeres, Carlos Denegri es un periodista de cincuenta y siete años que publica en Excélsior. Dueño de la chismografía política y empresarial, sus columnas son temidas. Y así da con una mina de oro: cobrar caro el silencio. Con la mente acaricia su riqueza y se ufana de la posición en la jerarquía del poder que ha conseguido gracias a su palabra impresa. Pero el desastre se asoma desde las primeras páginas de la novela: “No me lo tomes a mal, viejo, pero yo en tu lugar iría tomando providencias. Si Echeverría es el tapado, que Dios no lo quiera, necesitas estar muy firme en el Excélsior para capotear la tormenta” (p. 25), le dicen a Denegri. El vendedor del silencio recrea el ambiente y la atmósfera de aquellos años, y se sumerge en las tinieblas de la personalidad del que en su día fue el mejor y el más abyecto periodista.

Fiel a su convicción declarada en Genealogía de la soberbia intelectual (2013), Enrique Serna eligió una forma clara para trazar la figura de Denegri. Optó por un narrador versátil: la tercera persona recorre con libertad el espacio amplio entre el mundo más objetivo y el abismo de la subjetividad del periodista. Tres partes constituyen su novela: “El asedio”, “Contratiempos” y “Encadenados”. En la primera parte, el casi sexagenario Denegri encuentra un texto autobiográfico sin publicar; nos familiarizamos con la relación que Denegri tiene con su madre, la que tuvo con su padrastro, que fue parte del gabinete revolucionario; leemos sobre su infancia y juventud idealista. Vuelta a su presente, al término de la redacción de su columna Buenos días, Denegri mira a través de la ventana de su oficina. “Al sacar el artículo del carrete vio por el ventanal a una guapa madre de familia que cuidaba a dos niños en una banca del parque […] Ya le había echado el ojo semanas atrás, pero esa mañana estaba irresistible” (p. 14). Mujer en sus veinte, inteligente y creativa, Natalia rechaza a Denegri. Él la piensa como su última oportunidad. ¿Oportunidad para qué? ¿Salvación o perdición?  Sin quedarse con los brazos cruzados, pues su orgullo está en la mesa de juego, el periodista utiliza sus amistades e influencia para buscar el nombre y domicilio de Natalia. Llena de miedo, intenta huir, pero el poder de Denegri alcanza los recovecos más intrincados del país. “¿Qué haces aquí? ¡Lárgate de mi vida!” (p.167), dice Natalia. A la voluntad y a los caprichos de Denegri, se rinden las instituciones del país. ¿Y Natalia?

A la segunda parte la medula una conversación. Después de dar un discurso que homenajeaba a Rodrigo de Llano, editor de Excélsior hasta 1963 en que falleció, Denegri toma una copa con su ex amigo Jorge Piñó Sandoval en la cantina El Tío Pepe. La estructura de esta parte es comparable a la de Conversación en la Catedral (1969) de Mario Vargas Llosa. Dos hombres conversando sobre un pasado fantasma. Un pasado de ideales. Un pasado de decisiones. Un pasado de traiciones. Capítulos que evocan fragmentos de la vida que ya se fue. Resentimientos. Y un Carlos Denegri joven, cayendo de mujer en mujer. Figuran los nombres de Manuel y Maximino Ávila Camacho. Miguel Alemán. Adolfo Ruiz Cortines. Ráfagas de corrupción y de violencia.

Macías propuso que siguieran la parranda en Garibaldi, pero Denegri se negó, esgrimiendo como excusa una cita de amor. Esperaba que el fresco de la calle le quitara la náusea, pero al encender el Buick, el mareo volvió con más fuerza: era un virus del alma, contraído al entrar en confianza con el alcahuete de Maximino. Sus confidencias equivalían a un rito de iniciación. Le había confiado esos secretos porque ya lo consideraba parte de la familia. ¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar? […] ¿cómo sortear la cloaca con el menor daño posible? Adaptarse o morir, that is the question”. (p.218)

Jorge Piñó Sandoval es un heraldo del pasado y de los ideales que Denegri ha perdido. Nos volvemos parte del mareo de poder del periodista. ¿Empatizamos con Denegri? ¿Sus razones nos convencen? “Para serte franco, un periodista gana más dinero por lo que se calla que por hacer alharaca. En este negocio no sólo vendemos información y espacios publicitarios: por encima de todo vendemos silencio” (p.194). La fórmula de su fortuna y de su poder: el silencio y las palabras.

La tercera parte nos enfrenta con la inminencia del desastre. A riesgo de caer en lo inverosímil, Serna no se autocensura tamaña violencia: gana la literatura, pues la historia punza las vísceras del lector. Llamaradas etílicas y de una iracunda misoginia. Natalia se convierte en un fantasma cada vez más distante. La tercera parte nos coloca en la cabeza de Denegri, que se parece en gran medida a la de Macbeth:

El camino a la muerte de polvo. ¡Fuera, fuera, breve llama!

La vida no es más que una sombra caminante, un pobre actor

que alardea en su hora sobre el escenario

y después deja de escucharse: es una historia

contada por un idiota, llena de ruido y de furia,

Que nada significa.

 

III

Delfos en silencio: la novela es un espacio de la libertad. Cuando no hay hados, es la conciencia de los personajes la que cultiva y cosecha el amor y el odio, la violencia y el miedo, la desolación. En El vendedor del silencio, Serna acude al tema que aventuró hace décadas: la ironía de las mentiras y del autoengaño. El autor bosqueja a un Carlos Denegri de traje y corbata finísimos, talentoso en el periodismo y con un sinigual don de lenguas, de relaciones con políticos, empresarios, actrices, cantantes. En ese espacio de libertad, Denegri elige el poder. Elige la carrera de mentiroso profesional. Con caballerosidad hipócrita, le da la mano a la Revolución para que suba a un Cadillac. Y esas decisiones son subyugadas, finalmente, por su debilidad por el alcohol. ¿Cuándo es demasiado tarde para la redención? Y acaso más importante, ¿en verdad el personaje está dispuesto a cambiar? En El vendedor del silencio, Enrique Serna sigue interesándose en las mentiras, pero corre riesgos más grandes. Se asoma al abismo del poder.  Delfos no habla, no dice nada. En esta novela no existen designios de los dioses; existen decisiones humanas. Y Denegri elige el infierno. ¿Cuál es su fortuna? La desolación, acaso. Una magnífica desolación.