“En la cocina con Kafka”, de Tom Gauld

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En los periódicos estadounidenses, a diferencia de muchos latinoamericanos, es una costumbre una sección dedicada a las historietas. Basta pensar en historietas como Little Nemo, Peanuts y, desde luego, Calvin & Hobbes, tal vez la cima absoluta del género, para recordar algunas de las que vieron la luz en publicaciones de tirada diaria o semanal. En la línea de esta larga tradición, podemos ubicar el trabajo del británico Tom Gauld. Pese a su juventud, nació en 1976, Gauld ha sabido constituirse a pulso un nombre entre los dibujantes contemporáneos. En la cocina con Kakfa, publicado en español por la editorial Salamandra, es un ejemplo por demás acabado de esta afirmación. En el libro encontramos varias de las viñetas publicadas precedentemente por Gauld en periódicos como “New Yorker” y “New York Times”. Mientras que los lectores de ambos periódicos tuvieron que esperar a que aparezcan, una tras otra, las viñetas, los hispanohablantes conocemos tarde al autor, pero a partir de una mirada panorámica, que nos permite descubrir su propuesta, junto con sus intereses, incluso sus obsesiones, declinadas sin descanso en torno a la temática literaria. El resultado no deja de ser entusiasmar al amante de la literatura que soy.

Varios aspectos me sedujeron en el volumen. Pienso, antes que nada, en el humor con el que Gauld aborda la creación literaria, la lectura en un mundo cada vez más ruidoso, el universo de los libros y la industria editorial. Con una mirada a la vez desencantada y risueña, deja lugar al absurdo para mostrar algo más que los tiempos actuales: el cambio en nuestro acercamiento a la fantasía, la manera en que ésta ha pedido capacidad para interpelar, cuestionar, la forma tan lamentable en que terminó convirtiéndose en un entretenimiento aseptizado, consumo masivo de confort antes que real descontento. Me identifico mucho con la mirada de Gauld que privilegia el prosaísmo actual, donde la fantasía de las nuevas tecnologías —teléfonos, juegos de rol en línea, por ejemplo— carece de la rebeldía de la verdadera ficción. Al mismo tiempo, me gusta que no acuse ni pontifique, como muchos de los mandarines de redes sociales, sino que se limite a señalar, lo cual ya es suficiente. Y lo hace de manera tal que, en un vistazo, el lector comprende el desfase de nuestros tiempos, junto con la pérdida constante de sentido.