El performance de Houellebecq

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Los libros son entidades autónomas, objetos que viajan y se estacionan. Algunos desdeñados, otros sobrevalorados, la mayoría abandonados por la falta de lectores. Muchos protegidos, marcados y ordenados en grandes bibliotecas, espacios donde el conocimiento es estructura: conjunto de ideas y celulosa. Y ahí fue, en aquel umbral del conocimiento donde Michel Houellebecq, a sus veintiséis años, tomó prestado Aforismos sobre la sabiduría de la vida, encontrándose por primera vez con el filósofo Arthur Schopenhauer. Dos semanas después de concluir el libro, buscó y halló El mundo como voluntad y representación en la estantería de una librería en la Presses Universitaires de France, en el boulevard Saint-Michel. La sorpresa fue, que el libro sólo podía conseguirse de segunda mano: “estamos en París, una de las principales capitales europeas, ¡y el libro más importante del mundo no se ha reeditado!, gritó dentro de la librería el joven Houellebecq a sus amigos.

Puede resultar intrascendente compartir la anécdota de cómo aparece un libro en la vida de un lector, pero si Houellebecq hace alusión al encuentro, es porque fue detonante del libro “En presencia de Schopenhauer” (Cuadernos Anagrama 2018). Los textos, producto de un trabajo de traducción, también son la suma de pensamientos para socavar la filosofía schopenhaueriana y complementar su conocimiento con la filosofía comtiana, su “segunda conmoción filosófica”, quien lo llevó a una dirección opuesta a la de Schopenhauer: “difícil imaginar dos mentes tan distintas”.

La obra que nos ocupa se conforma por traducciones parciales de dos libros, Aforismos sobre la sabiduría de la vida y El mundo como voluntad y representación, dos textos que el escritor de las Las partículas elementales tradujo y comentó, descendiendo al abismo de la tragedia de la voluntad. A sus veintiséis años, Michel Houellebecq tenía mucho de ese pesimismo, de esa forma de ver la vida, que se traduce en una manera de morir. En siete pasajes, encontramos a un escritor que contempla su filosofía y la pone en relieve a la del filósofo de la amargura. Pero al paso de los años, su crecimiento hizo que bajara del podio a Schopenhauer y entronizara a Comte: “al final me acabé decantando y progresivamente, con un entusiasmo desengañado, me he vuelto positivista, al mismo tiempo, he dejado de ser schopenhaueriano.”

Agathe Novak-Lechevalier, inicia el prefacio diciendo: “Cuando Michel Houllebecq emprendió en 2005 esta labor de traducción y comentario de la obra de Schopenhauer – una tarea tan ardua como inesperada y que demuestra su profunda admiración – acababa de concluir Las posibilidades de una isla. Durante unas semanas se congregó a este proyecto con la intención, en un primer momento, de convertirlo en un libro; luego, en seguida, lo abandonó”.  Esto me sugiere, que Houllebecq no terminó el trabajo como lo tenía planeado, ¿no le alcanzó voluntad? Pareciera que tenemos frente a nosotros un producto no acabado, quizá negado, ¿puesto a la venta porque no se tenía otra cosa qué ofrecer de un autor extremadamente famoso? Es la sensación que me dejan las líneas mencionadas: el libro posiblemente no debía salir, pero el mercado lo exigía para engullirlo. Aunque también “es un homenaje para demostrar por qué la actitud intelectual de Schopenhauer es un modelo para cualquier filosofo venidero, y aunque se pueda estar en desacuerdo con él, solo cabe mostrarle una profunda gratitud”. Quizá esto es más que suficiente para que el libro exista.

Wittgenstein escribió: “De lo que no se puede hablar, es mejor callar”. Pero Shopenhauer, por el contrario, habló de aquello que causaba resquemor en el ser humano: el amor,  la muerte,  la piedad, la tragedia y dolor. En sus libros: El arte de tener siempre la razón y El amor, las mujeres y la muerte, encontramos la filosofía literaria que agranda sus conceptos y pone contra las cuerdas a las consciencias más obtusas. Porque esa es una de las funciones de sus textos, hacernos partícipes del movimiento mental que incita a pensar. Hacen falta sujetos que gocen de la mordacidad como la del hombre nacido en Danzig. Una mente brillante como la de Shopenhauer no pudo pasar inadvertida por un escritor como Houllebecq.

En el prólogo del libro El mundo como voluntad y representación, Schopenhauer escribe para todos los pequeños lectores: “No malgasten sus horas en la lectura de un libro que sería estéril sin observar las prescripciones que yo impongo. Mejor será que se abstengan, tanto más cuando que se puede apostar algo bueno a que el libro no ha de ser de su agrado”. Schopenhauer nos reta: para leer mi libro debes saber sobre Kant, iniciarte en la sabiduría de los Vedas y el conocimiento de la filosofía India, al menos para medio entenderle. Entonces, no es gratis que a Houellebecq y a muchos otros escritores y filósofos le haya parecido un descubrimiento formidable leer Schopenhauer, porque como lo dijo Nietzche: “El hecho de que semejante hombre haya escrito, aumenta el gozo de vivir sobre la Tierra”.

Michel Houllebecq, En presencia de Schopenhahuer, Anagrama, Barcelona, 2018, 96p.

ISBN 978-84-339-1619-8