El hombre de letras y su necesidad de música

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Escribí este ensayo bibliográfico antes de que ocurriera la muerte de George Steiner, el 3 de febrero de 2020, en su casa de Cambridge, Inglaterra. De ahí que cada vez que lo menciono lo hago como si estuviera vivo, cuando en realidad su muerte se produjo hace varios meses. En una entrevista televisada, que se encuentra ahora en YouTube, un Steiner ya muy viejo y malhumorado se refería con cierta amargura a su obra literaria, hablando de ella como un trabajo subsidiario que dependió en todo momento de la existencia previa de una serie de obras maestras. Me sorprendió que al final de su vida Steiner se viera a sí mismo no como un autor de primera categoría, sino como una especie de parásito intelectual, por lo demás brillante, que había producido su obra en este segundo escenario, el de la crítica y la digresión literaria. Es imposible, sin embargo, no considerarlo como una de las inteligencias más brillantes y controvertidas de su tiempo, y uno de los mayores escritores de la lengua inglesa de la segunda mitad del siglo xx. Sirvan estas páginas para recordar el carácter visionario que ha adquirido buena parte de su obra en estos tiempos, gobernados por algo más que la incertidumbre y el desencanto: la certeza de que algo muy malo hemos hecho, y el pesar que hemos provocado se ha transformado en una inmensa nube negra que ha cubierto por completo nuestro cielo.

GBG, a 16 de septiembre de 2020.

La publicación de un libro de George Steiner debería ser un acontecimiento editorial en cualquier país y en cualquier idioma de nuestro mundo. Lamentablemente no es así en México, ni en el ámbito de la lengua española, tan dado a desestimar los hechos que la articulan o le atañen. No obstante, la publicación de Necesidad de música, reunión de una serie de artículos, conferencias y reseñas sobre música de George Steiner que edita Grano de Sal, es un acontecimiento en sí mismo. Steiner, que ha comenzado la novena década de su vida atendiendo a una visibilidad pública cada vez menor, es uno de los escritores, y uno de los pensadores sobre la cultura, más importantes de la segunda mitad del siglo xx. Y sigue siéndolo ahora. Sus disertaciones sobre las humanidades en nuestro tiempo son indispensables para comprender el alcance de nuestra decadencia y destrucción (como nunca, desde el Apocalipsis de Juan o el Infierno de Dante, hemos empezado a calibrar la contundencia de este último término). Su erudición y su destreza para moverse en diferentes áreas de conocimiento, desde las novelas de Tólstoi o Dostoievski hasta la filosofía de Heidegger o Kierkegaard, ha dado pie al asombro y la emulación entre los escritores de nuestra latitud, y a la controversia y al respeto entre los pares de su idioma y continente. Con todo y pese al desdén que los aparatos de difusión de la cultura le profesan, Steiner ha sido recibido con beneplácito, e incluso reverencia, entre sus lectores mexicanos.

Los orígenes familiares de Steiner explican en gran medida su afición a la música. Si bien él nació en Francia, su padre y su madre fueron judíos vieneses que conocieron el esplendor de la Europa central de finales del xix y principios del xx . La música es consustancial al devenir de la cultura austriaca y alemana. Es difícil encontrar otros pueblos en el mundo que sientan, como sienten los vieneses y los alemanes, una veneración semejante por la música “culta”. Es difícil encontrar, en el escritor que sea, de no ser éste Friedrich Nietzsche o Thomas Mann, una pasión tan genuina como la de Steiner por la música y todos los problemas que le son inherentes. Sabemos del interés y de la capacidad de Hoffmann o de Adorno no sólo para leer una partitura sino para componer música más o menos compleja, pero no sabemos en qué medida estos caminos paralelos se intersecan. La música se erige como un monumento a la más absoluta nostalgia frente al poeta o el novelista capaz de seguir el dictado de Flaubert: la prosa se construye con el mismo rigor musical que se imprime en el poema (un dictum obedecido por Joyce al pie de la letra en el Ulises).[1] Flaubert era la contrapartida, en prosa, de lo que más adelante sería Mallarmé en el verso. Ambos generaron, a partir de su concepción musical de la literatura, una revolución que no ha perdido su vigencia. Pero no sabemos nada más. Estamos frente a dos artes —la música y la literatura— completamente diferentes, que trabajan con lenguajes y atienden a comportamientos distintos. Sin embargo, la pasión por la música está ahí. Y en un autor como Steiner, tan atento y sensible a la tradición en cualquiera de sus manifestaciones, ésta ocupa un lugar de privilegio en el circuito nervioso de su obra.

El mérito de Rafael Vargas, al reunir estos materiales y darles la coherencia de un volumen, es poner frente a nuestro ojos esta pasión invisible o “intacta”, tal como lo sugiere Steiner en uno de sus libros (No Passion Spent, que viene a significar algo así como: “ninguna pasión es en vano” ). En sus textos, Steiner compara el lenguaje de la música con el de las matemáticas, como las únicas formas de pensamiento capaces de penetrar y desarticular el sentido más profundo de la realidad. Ambas disciplinas no sólo sientan precedentes, sino representan un ideal de discusión y de creación intelectual al que otras artes, inclusive otros lenguajes y formas de pensamiento, se dirigen. O deberían, si la humanidad siguiera el camino de su enaltecimiento y no estuviera sumida en la barbarie, que para nosotros se traduce, de manera más que inmediata, en una pérdida de la sacralidad. La vida del hombre ha dejado de ser sagrada para el hombre, y hoy día matar por matar o por venganza se ha convertido en un acto penosamente cotidiano. En este contexto, o en esta increíble falta de contexto, la música tiene un efecto salvífico. Steiner quizás estaría en desacuerdo con esto (es famoso el párrafo en su obra donde recuerda asesinatos en masa ordenados por los generales de Hitler en contra de prisioneros judíos, al mismo tiempo que escuchaban música de Brahms); pero en un momento como éste, la necesidad de asirnos a los pecios del naufragio de nuestra civilización y cultura se vuelve cada vez más imperiosa.

Las cosas cambian, y los pareceres de Steiner tal vez han dejado de ser los mismos; no así la pasión. Necesidad de música refleja esos cambios necesarios que se han producido en una sensibilidad como la de Steiner respecto de temas fundamentales. El tema que ronda y late con fuerza entre las líneas de estas páginas es precisamente ese: el del fracaso de las humanidades y no tanto la necesidad de su resurgimiento, sino el planteamiento serio de un final ineluctable para todo lo que conocimos en épocas pasados como ideales de civilización y cultura.

Steiner habla de música, y de algunos músicos admirados de los siglos xix y xx, con la misma solvencia con la que habla de literatura. Su erudición y su sensibilidad son incomparables. Así mismo lo son sus dones como escritor. La selección que hace el propio Steiner, al decidirse a hablar de tal o cual músico, genera ya de por sí una discusión y perfila los contornos de un gusto muy particular —el suyo propio. El libro se articula en secciones que, no obstante, no carecen de momentos centrales: los ensayos más duros de todo el conjunto son los dedicados a Schönberg y Alban Berg. De Schönberg, Steiner comenta con indiscutible pericia su ópera Moses und Aaron, la cual, por cierto, entraña un tema inevitablemente judío; y de Alban Berg elige, para una disección minuciosa, Wozzeck y, por encima de ella, la problemática Lulú. En las óperas de uno y otro compositor Steiner distingue el racimo de una sensibilidad característica de un siglo marcado por dos guerras mundiales y el genocidio judío.

Por esto mismo, resulta de particular interés (un interés siempre sesgado en un escritor como Steiner, marcado hasta la raíz de los huesos por la problemática judía a lo largo de la historia reciente) los comentarios más o menos profusos que Steiner dedica a Wagner, un compositor antisemita que para muchos, Steiner incluido, acuña el emblema de lo que sería el siglo xix en términos de composición musical. Steiner deja entrever el problema de que Wagner podría ser visto, desde la perspectiva de un estudioso de las artes nacido en el periodo entreguerras, como uno de los artistas que definieron el carácter de un siglo debido a las proporciones totalitarias o absolutistas de su pensamiento estético; es decir, como uno de los detonadores, desde la orilla de la estética, que no es sino una de las orillas de la política, del nacionalsocialismo alemán de la primera mitad del siglo xx. Otros músicos, y escritores relacionados con la música, aparecen en las páginas de este libro: Berlioz, Verdi, Liszt, Glenn Gould, Britten, Busoni, Webern, Shostakóvich, Beethoven, Nietzsche, Thomas Mann y Adorno. Para todos ellos tiene párrafos o páginas brillantes,  que seducen y convencen incluso a sus detractores con los poderes natos de una capacidad argumentativa que no convida a la respuesta apresurada —es proverbial el mal genio de Steiner y su incapacidad para el debate: no admite nunca no tener razón. Pero esto último poco importa: estamos, con Steiner, frente a uno de los episodios más brillantes de la historia crítica de la lengua inglesa.

El recorrido, como podría adivinar cualquier lector que haya sentido el poder mesmerizante de libros como En el castillo de Barbazul, Después de Babel, Antígonas o Errata, es un gozo intelectual puro. Por si esto fuera poco, ahora que es posible tener acceso a todo tipo de música a través de las plataformas que ofrece internet, es posible escuchar todo aquello de lo que Steiner habla en sus escritos, y sentir como propios los énfasis que él va construyendo al golpe transparente de su prosa. Esta posibilidad —leer y escuchar— no deja de presentarse como una paradoja: Steiner se queja amargamente, en sus artículos y cada vez que la conferencia da pie para ello, de cómo las nuevas tecnologías, hace cuatro décadas y menos, fueron destruyendo el placer participativo que un arte como el de la música demanda. Steiner critica que en los hogares ya no se haga música como antes, y que tanto padres como hijos, cuando sienten el deseo de hacerlo, sólo tengan que encender el gramófono para escuchar una sinfonía de Beethoven o una sonata para piano de Mozart. El radio también tuvo lo suyo en este enterramiento de la música entendida como un arte compartido y vital, del que el escucha era participante casi obligado o, en su defecto, asistente a las salas de concierto que en Europa se prodigaban como ahora los bares y las cantinas. La sala de concierto, o el salón, era un lugar de encuentro a donde la gente asistía para escuchar un espectáculo único, y para tal efecto se arreglaba con elegancia. Es interesante el argumento de Steiner en favor de esta ceremonia, que para nosotros ha perdido sus efectos simbólicos: la gente se arreglaba para ir a la ópera porque lo que tenía lugar en los teatros era la representación de algo superlativo que estaba fuera del régimen de la realidad cotidiana, y tanto los músicos como los espectadores participaban de esta “ficción”, que mucho tenía que ver con el rito y la reanimación de las representaciones sagradas de tiempos mucho más remotos. Steiner se educó y creció en una época muy distinta de la nuestra. ¿Qué diría ahora si se le preguntara por la desaparición de los aparatos reproductores de discos compactos y la imposición de las plataformas digitales para la audición de la música mal llamada “clásica”? Nada bueno, con toda seguridad. La tecnología digital ha puesto prácticamente todo a nuestro alcance, pero ha hundido el carácter vivo que tuvo durante siglos la interpretación de una partitura. La enseñanza musical ha desaparecido casi por completo de las aulas escolares, y esto nos ha quitado una parte esencial de nosotros mismos. Porque los hombres, como afirma Steiner en las páginas de este libro, somos seres de música.

Pese a esta notoria fascinación por la música, y la ópera en particular,[2] Steiner nunca reunió en un volumen sus escritos sobre música. Produjo de manera dispersa esta serie de notas, disertaciones públicas y ensayos (que en su mayoría se imprimieron en programas de mano o en los folletos que acompañaban los empaques de los discos) y se olvidó de todo esto, como si quisiera decir con ello que la música formaba parte consustancial de su práctica literaria y por tanto hubiera sido demasiado obvio, e incluso vanidoso, reunir estos escritos en forma de libro. Para nuestra fortuna, Rafael Vargas se ha tomado la molestia de hacer este trabajo, que tradujo de manera impecable y acompañó de una serie de notas a pie de página, que además de afinar el sentido de los textos, constituyen aproximaciones muy lúcidas y eruditas al trabajo de Steiner.

Gabriel Bernal Granados

Necesidad de música, prólogo, edición y traducción de Rafael Vargas, Grano de Sal, México, 2019.

[1] Joyce tuvo un oído musical finísimo, tanto que en su juventud quiso ardorosamente dedicarse al canto. Pero fracasó y basó el rigor de sus construcciones literarias posteriores en una arquitectura de carácter vocal, tal como lo prueba la lectura en voz alta de Ulises.

[2] Esta fascinación por la ópera parece acompañar la vida y la obra de ciertos eruditos y escritores. Entre nosotros, pienso por ejemplo en los casos de Enrique González Rojo, Eduardo Lizalde y Ernesto de la Peña, miembros de una misma generación de melómanos que llevaron su relación particular con la música hasta sus últimas consecuencias; sobre todo, entre ellos, Eduardo Lizalde, cantante frustrado en su juventud que ha dedicado, no obstante, gran parte de su tiempo al estudio y comentario de la ópera, a través de columnas en periódicos y programas tanto en radio como en telvisión. Su libro La ópera hoy, ayer, siempre (2003) es un clásico del género que no ha tenido la difusión que toda la obra de este poeta y escritor se merece.

 

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