El arte convulsivo de Lawrence Abu Hamdan

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Baudelaire amonesta en su Musée poétique que no hay mejor lugar para una cita amorosa que el museo: el silencio, la quietud y el drama como testigos de los amantes. A nosotros, constreñidos al encierro desde hace medio año, quizá nos sea lícito reinterpretar la sentencia del poeta: desprovistos de museos —donde al menos por tradición sucede el encuentro entre el arte y espectador— debido a las restricciones sanitarias, ¿dónde habrá de ocurrir la intimidad del descubrimiento artístico?  La música, los libros y el cine nos acompañan en el confinamiento; los visitantes de museos, huérfanos de lecho, habremos de buscar el himeneo en otro lugar.

El museo, ese detentor de la legitimidad artística, habrá de ir ahora al encuentro de sus asistentes. Han pasado cien años desde aquella fría mañana de 1916 en que Marcel Duchamp irrumpió en la Society of Independent Artists de Nueva York; presentó tres extrañas figurillas, más tarde conocidas como ready-made; y casi sin darse cuenta, tal y como él mismo ponía en jaque a sus contrincantes mientras se batía al ajedrez, reformuló los términos en que entendemos el arte. Nadie sabía que, con aquella hilarante boutade, habrían de surgir creaciones multiformes que procurarían ir más allá de los géneros heredados. Esas expresiones bastardas asumirían después el nombre de arte contemporáneo.

Henchido por sus conquistas, este hijo bastardo exigió más: primero, la participación del espectador en el encuentro artístico; segundo, la revisión de la misma idea de museo, que dejara de ser un punto de encuentro para ser un espacio de acontecimiento; y tercero, ir extramuros, es decir, llevar el arte allende sus cuatro paredes. Transmitido en la Sala 10 del sitio web del Museo de Arte Contemporáneo de la UNAM, del 27 de julio al 16 de agosto pasados, Walled Unwalled de Lawrence Abu Hamdan parece querer asumir esta triple tarea: llevar el arte a nuestros hogares a través de un vídeo performance e inquirirnos sobre las formas en que vivimos el sonido a diario. Tant mieux!

El espléndido texto que acompaña la reproducción de la obra, de la autoría de Alejandra Labastida, define la búsqueda de Hamdan como “una escucha emancipada del lenguaje”; y no le falta razón: es un monólogo de casi 20 minutos donde se medita sobre el carácter político que entraña para todos nosotros: el sonido como herramienta de la justicia, como instrumento de tortura y como prueba para la resolución de un juicio. Pero es más que político porque incrimina, tortura y absuelve; participa en las vidas humanas tanto o más que el sol o la gravedad.

Dicho lo anterior, me pregunto si debemos hablar de sonido —como lo he venido haciendo— o de ruido —que es como lo enuncia el texto curatorial. En caso de que seamos propensos a las evocaciones, no es otra que la misma discusión que encierra la traducción de los versos de Shakespeare:

 

… full of sound and fury,

Signifying nothing.

 

Por lo demás, la propuesta de Hamdan se encuentra en las antípodas de aquella del bardo de Stratford-upon-Avon: el sonido siempre significa, aun cuando no nos percatamos de ello. Los lingüistas repiten con aburrido denuedo que no hay sinónimos como tal: como las mónadas de Leibniz, dos palabras siempre encierran dos mundos en soberana independencia. En este caso, ¿qué distingue el “sonido” del “ruido”? Mientras escribo, caigo en la cuenta de que el texto curatorial me ha ganado la partida. Atina al argüir que es ruido lo que anima la obra de Hamdan; el sonido como recordatorio de que la naturaleza, apenas es tocada por la mano del hombre, se vuelve trágicamente artificial. O mejor dicho: deviene —a fuerza de irrealidad como una grácil coreografía dancística—artificiosa.

Es el sonido con dimensión humana; el sonido con resonancia política; el sonido cuando trasciende la frontera de lo estrictamente físico. Arriba sugería “artificioso”; y por ello remite a Baudelaire cuando, en los Paradis artificiels, alega la penetración del mundo natural en el espiritual: “le sirve de pastura y concurre a esta amalgama indefinible que nombramos nuestra individualidad”. Lo anterior da pie a una de las ominosas revelaciones de Walled Unwalled: ¿qué se debe entender por “individualidad” en un mundo donde “ningún muro es impenetrable”? Y donde se sentencia con acritud: “hoy somos muros y ningún muro”.

Porque el sonido viaja; sí, pero también —no olvidemos nuestras lecciones sobre la propagación de ondas en el colegio— se ve impelido a continuar su aéreo peregrinaje por la interposición de otros cuerpos en el espacio. Algunos de estos cuerpos son las paredes que seccionan el espacio que habitamos. Esculpen el vacío; delinean lo informe; lo hacen habitable. Pero la tecnología, declara Hamdan, ha alcanzado tal sofisticación que las paredes ya no son suficientes para aislarnos: su porosidad nos vuelve acaso más vulnerables porque nos provee de una falsa sensación de seguridad.

Por otro lado, resulta ineludible de nueva cuenta no invocar la tragedia de la reclusión por coronavirus: la vida parece ocurrir en medio de las paredes de nuestras casas, y bien podríamos clamar como uno de los protagonistas de Walled Unwalled:

 

Ya no sé lo que hay detrás de la pared, ya no sé que hay una pared, ya no sé que esta pared es una pared, ya no sé qué es una pared, ya no sé que en la habitación hay paredes, y que, si no hubiera paredes, no habría habitación.

 

En este monólogo, poético y oscuro en la mejor tradición del último Samuel Beckett, destaca también la frugalidad de la mise en scène: el acontecimiento artístico ceñido a un puñado de cuartos de la vieja radio oficial de la República Democrática Alemana y los actores reducidos a personas apenas surcándolos; para que, dentro de esa apretada contención, y a contrapelo de lo que ocurre en la cotidianeidad, las texturas sonoras adquieran el primer plano. Porque, más que un escenario, se trata de una atmósfera. Hamdan necesita la circunspección de la sala de conciertos para —desde ahí— dirigir la orquesta de una pieza que convoca distintas voces que, con distintos registros y discursos, admiten por igual a descubridores de (presuntos) trasiegos de drogas, testigos de (presuntos) asesinatos y prisioneros en (presunta) readaptación social.  El sonido y el ruido como metáfora en pleno de lo invisible; son como el aire: dadores de vida y de asfixia.

Walled Unwalled revela la amplitud del lenguaje de Hamdan como “artista”. En otras circunstancias, yo mismo estaría en contra de utilizar una categoría como ésta: por su naturaleza omnímoda, lo mismo ha servido de manera conservadora a la identificación de pintores; mientras que, por el otro, ha legitimado una serie de expresiones que apenas sobrepasan el ingenio o la provocación. Pero aquí no se trata de definir lo que es el arte… Reconvengo: el arte, si admite definición alguna, habrá de ser dúctil como el pensamiento mismo. En el caso del jordano, sin embargo, básteme esta designación para poner el acento en sus poderes como creador y detonador de reflexiones. El arte, parece estatuir Hamdan al unísono de la belleza de Breton, será convulsivo o no será.