Diario. Memorias de la vida literaria (1863), Edmond y Jules Goncourt

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Como en las pinturas de Degas sobre teatros, conciertos o salones de danza, el tiempo, en el Diario de los hermanos Goncourt, parece detenido. Las escenas se congelan para dar lugar a la descripción. Y el lector se siente maravillado, o sacado de sus casillas, por la apostilla moral que este testimonio conlleva, a manera de corolario maléfico: la civilización occidental, simbolizada por la ciudad de París a mediados del siglo XIX, ha empezado a desmoronarse de una manera estrepitosa.