De Paz a Terrés

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Me gustas cuando callas

Octavio Paz, Tráfago del mundo. Cartas de Octavio Paz a Jaime García Terrés (1952-1986), compilación, prólogo y notas de Rafael Vargas, México, fce, 2017, 196 pp.

Jaime García Terrés (1924-1996) era ya una persona mayor cuando me tropecé con él. Corpulento, rumbo a sus oficinas en la Biblioteca de México, subía las escaleras con ciertas dificultades. El rostro enrojecido, sin duda por el esfuerzo que le ocasionaba el ascenso, parecía desplazarse, pese a todo, reconcentrado en sus asuntos. No sin un pizca de sorpresa, noté también que el hombre iba sin corbata. Algunas fotografías de la época, en cambio, lo muestran siempre formal, acaso un tanto severo en el vestir.

Comoquiera que sea, su intempestiva aparición acentuó mi timidez de adolescente. El lector de sus traducciones que era yo desde entonces se inhibió y perdió la única oportunidad de saludarlo. De haberlo hecho, no habría sabido si endilgarle un señor o un maestro: nunca, contra los usos oficiales, le hubiera espetado el ominoso licenciado. A los pocos minutos, cuando ya me encontraba en la calle, recordé que sólo José de la Colina, en esas imbéciles querellas de la vida literaria, utilizaba el término para agraviarlo. Según los testimonios disponibles, sus más cercanos colaboradores no lo llamaban de otra manera que no fuera don Jaime.

Nacido en 1924, abogado ciertamente, Jaime García Terrés ingresó al servicio público siendo muy joven. A los 23 años era funcionario en el Instituto Nacional de Bellas Artes. Cuando él y Octavio Paz se conocieron en París, en 1950, contaba ya con 26. Poco tiempo después ––mientras uno continuaba con su carrera diplomática en Francia y el otro permanecía en México–– comenzó una correspondencia que se prolongaría durante treinta años. En este lapso, Octavio Paz le dirigió alrededor de cincuenta cartas. Para infortunio de los lectores, Tráfago del mundo registra apenas, como diría Maurice Blanchot, un diálogo inconcluso. Al no estar incluidas las misivas de García Terrés, el lector asistirá a la puesta en escena de un monólogo. Un monólogo brillante a ratos.

Acompañan al epistolario cuatro apéndices. El primero, el más interesante de ellos, comprende el intercambio de puntos de vista que Paz y García Terrés mantuvieron sobre Poesía y alquimia: los tres mundos de Gilberto Owen, el volumen que García Terrés publicara en 1980. Un atisbo al posible tono de la conversación que escapa a Tráfago del mundo lo ofrece la respuesta de García Terrés a las objeciones de Paz: “Pues ahora son tus razones las que no me convencen”.

Gracias a esa réplica es dable imaginar cuál habría sido la temperatura de la conversación entre ambos personajes. Si nos atuviéramos sólo a las cartas de Paz, resultaría muy difícil suponer una relación de iguales. Nada hace pensar, sin embargo, que eventualmente surgiera un talante airado como el de Alí Chumacero. En Cartas cruzadas. Arnaldo Orfila-Octavio Paz (1965-1970), como recordará el lector, Chumacero, enfadado sin duda por los vaivenes de Paz sobre Poesía en movimiento, comienza su carta, tras un seco “Octavio”, con un “Otra vez la burra al trigo” muy elocuente.

A este apéndice se suma la versión de “Oíd la voz del bardo”, de William Blake, que García Terrés le dedicaría a Paz en ocasión de sus 70 años. Otro apéndice contiene la reseña que Octavio Paz escribió sobre Las manchas del sol, de García Terrés. Finalmente el apéndice donde se cierra el ciclo de una amistad: la nota luctuoso que redactaría el mismo Paz a la muerte de su amigo.

Riguroso y parco, García Terrés fue un excelente traductor. Igual juicio debería emitirse sobre su trabajo como editor. Vertió poemas del alemán como del francés, del griego moderno como del inglés. La lengua española le debe magníficas versiones de Giorgos Seferis como de Konstantinos Cavafis. De William Butler Yeats tradujo, con maestría envidiable, “El segundo advenimiento”. José Emilio Pacheco, amigo suyo pero sobre todo un atento cronista de lo que sucedía en aquellos años, escribió una nota en mayo de 1996. En ella decía: “La vida cultural durante el último medio siglo es inconcebible sin Jaime García Terrés”.

Por esta versatilidad, diríase que muy poco común en nuestros días, no dejo de lamentar que Tráfago del mundo sea un epistolario y no una correspondencia. El título no engaña a nadie, desde luego, pero la conversación editorial que ambos escritores sostuvieron seguirá siendo un misterio. Un epistolario en el que brillan por su ausencia las misivas de un corresponsal será siempre el testimonio sesgado de una amistad. Rafael Vargas, en su prólogo, sigue la versión de Marie José Paz, la viuda: según ésta, las cartas de García Terrés habrían desaparecido durante el incendio que sufrió su departamento en Paseo de la Reforma. Sea ésta la razón o sea otra menos concluyente ––que el archivo de Octavio Paz se encuentre aún sin ordenar, por ejemplo––, lo cierto es que no conoceremos, por el momento, las respuestas que García Terrés ofrecía al autor de Piedra de Sol.

Es evidente que entre Octavio Paz y García Terrés debió fluir una vasta información. Tráfago del mundo, sin necesidad de leer entre líneas, permite suponerlo. Lo único irrefutable, lo que está a la vista de todos, es que las cartas refrendan la personalidad del Octavio Paz que conocemos: vehemente e impaciente a la vez. Observadas desde el lado más positivo, estas misivas son el testimonio vivo de una máquina de imaginación editorial. Al comienzo de esta amistad, García Terrés ocupa un puesto clave: es director de Difusión Cultural de la unam. A su alrededor circulan artistas y escritores. Carlos Fuentes, Emmanuel Carballo, Eduardo Lizalde, etc., en un primer momento. Más tarde, Alí Chumacero, José Luis Martínez y Juan Soriano, entre muchos otros. Este grupo, lo dice bien Rafael Vargas en su prólogo, es el que “arroparía y apoyaría la carrera literaria de Paz”.

Llegado a este punto, no puedo dejar de pensar en las cartas de Rimbaud a su madre: le escribe porque necesita algo. No amor, no cobijo. Algo requiere siempre de ella. Así Octavio Paz: a García Terrés le envía sus colaboraciones, le sugiere colaboradores, le pide ejemplares de sus propios libros y, en ciertas circunstancias, la procuración de un empleo para algún amigo suyo: tras abandonar la revista Sur, José Bianco debió pensar fugazmente en México. Paz, generoso, lo recomienda con García Terrés. (Por lo demás, nada nuevo: en Cartas cruzadas da muestras de cuánto le preocupaba encontrar un empleo para Tomás Segovia. A Pere Gimferrer, en Memorias y palabras, además del intercambio de ideas que ambos sostienen, le encarga, por ejemplo, unos tapones para los oídos.)

Es probable que García Terrés le haya solicitado muchas colaboraciones a Octavio Paz y que éste, diligente, sólo estuviera respondiendo a esos pedidos. No queda claro. Más bien parece lo contrario: Paz es quien solicita espacio en aquellas publicaciones de las que García Terrés formaba parte o a las que tenía acceso. Además de Revista de la Universidad de México, México en la cultura, el suplemento que Fernando Benítez dirigió en el periódico Novedades durante largo tiempo. Lo mismo debió ocurrir en Revista de Literatura Mexicana, dirigida en ese entonces por Carlos Fuentes y Emmanuel Carballo.

Tráfago del mundo, cuyo título forma parte de un verso de Tu Fu, según la segunda versión del poema que Paz le dedicará en 1986 a García Terrés, es al mismo tiempo la historia oblicua de la Revista de la Universidad de México, del grupo Poesía en Voz Alta y, en menor medida, del nacimiento de Cuadernos de Literatura. Según lo asienta Rafael Vargas, Octavio Paz habría presentado a Emmanuel Carballo con Carlos Fuentes. Con el primero pronto vendría el desencuentro. La carta del 14 de marzo de 1961 exhibe a un Octavio Paz a la defensiva por una reseña adversa sobre El laberinto de la soledad. En Protagonistas de la literatura mexicana, Carballo apunta más bien hacia Elena Garro como la causante de su enemistad con Paz.

Al largo silencio que se abre a finales de los años sesenta ––octubre del 68, la salida de la embajada en la India–– Rafael Vargas ofrece una explicación posible pero poco convincente: se habrían perdido esas cartas debido a las mudanzas. Mudanzas significa aquí, sobre todo, el regreso de García Terrés a México. Hace falta recordar que el autor de Las manchas del sol fue embajador de México en Grecia. Al poco tiempo, ya con Luis Echeverría como presidente, ingresaría al Fondo de Cultura Económica como asesor de Antonio Carrillo Flores, el mismo personaje que había sido canciller durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.

Lo extraordinario es que esa “laguna” también figura en la correspondencia con José Luis Martínez (Al calor de la amistad. Correspondencia, 1950-1980) y con Tomás Segovia. No ocurre así con otros corresponsables. El 9 de octubre de 1968 Paz redacta dos cartas: una, dirigida a su editor en España, Pere Gimferrer; la otra, a uno de sus traductores al francés, Jean-Clarence Lambert (Jardines errantes). A este último le confía: “He dejado el Servicio Exterior y salimos de la India, por barco, a fin de este mes. Llegaremos a Europa a principios de diciembre (…). Ahora debo buscar trabajo y en Francia no es fácil para los extranjeros ganarse la vida”. A ambas cartas Paz les adjunta la misiva que, en su momento, dirigió a los coordinadores del Programa Cultural de la xix Olimpiada. Es todo sobre el 2 de octubre de 1968.

La segunda mitad del siglo xx mexicano pertenece a Octavio Paz. No sólo por sus publicaciones más conocidas sino, como se descubre epistolario tras epistolario, por la influencia de su pensamiento o, en última instancia, de su persona, en empresas decisivas para la cultura. Tráfago del mundo es el espacio en el que se asoman o se revelan, por ejemplo, ensayos que habrían de constituir dos libros sobre todo: Cuadrivio y Corriente alterna.

Tráfago del mundo es también un testimonio de la amistad que Paz cultiva, además de García Terrés, con ciertos escritores: José Bianco y Luis Cernuda en particular. Una prueba de su lealtad con el segundo, de quien ya había escrito “La palabra edificante”: no duda en enfrentarse a Daniel Cosío Villegas por el maltrato que éste le habría infligido a Luis Cernuda en el Colegio de México. De este modo, la famosa vena inglesa de Cosío Villegas no sería, ante los ojos de Paz, sino mera impertinencia.

Pese a las puntuales notas de Rafael Vargas, en Tráfago del mundo echo de menos un índice onomástico. Lo mismo debo decir ante la carencia de un criterio que uniforme los distintos epistolarios de Paz. Cualquiera que los conozca podría pensar que, en el corazón y el intelecto de éste, algunos de sus amigos valían mucho más que otros.

Octavio Paz, Tráfago del mundo. Cartas de Octavio Paz a Jaime García Terrés (1952-1986), compilación, prólogo y notas de Rafael Vargas, México, fce, 2017, 196 pp.