Una suerte de dinastía que cae: la “Oración del 9 de febrero” de Alfonso Reyes

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I

El memorial escrito por Alfonso Reyes el 9 de febrero de 1930, cuando tenía 51 años y su padre hubiese cumplido 80 años en agosto de ese año, es un texto raro por varias razones. Lo publicaría diez años después de la muerte del autor su viuda, Manuela, no se sabe si por encargo del autor o por casualidad al revisar ella los papeles del polígrafo. Pudo no haberse publicado. La edición se debió a Gastón García Cantú. García Cantú fue de esas personas cercanas a Alfonso Reyes en la última época. Lo visitaba, como éste apunta, “todos los jueves” (Diario VII, 5 de marzo de 1959, p. 715). A él y a Rosario Castellanos se debe la iniciativa de que el Instituto Nacional Indigenista hiciera una edición de la Cartilla moral, texto que Reyes tenía en muy alto aprecio (Diario VII, 24 de septiembre de 1958, p. 672). La última visita de Gastón a Reyes fue el 14 de noviembre de 1959, cuando le planteó a Reyes algunas sugerencias para armar “el tomito de trozos de mis libros que me pide. Le llamaría yo Horizonte de México”, Diario VII, p. 765). Siguió visitando a Manuela después de la muerte de Reyes.

¿Por qué lo escribió Reyes?, ¿por qué tuvo necesidad de pasar al estado escrito estas precisiones, si ya había “agarrado el toro por los cuernos” y había dado cuenta del minotauro y del Laberinto con la escritura expiatoria de su poema Ifigenia cruel…? ¿A qué necesidad íntima responde o respondía el hecho de pasar en claro estos reojos de lo innombrable? No es fácil saberlo… Reyes escribió la “Oración” el 9 de febrero de 1930. Unas semanas más tarde, el 16 de marzo de 1930, asienta en su Diario: “De repente tuve grata sorpresa recibí libro de mi hermano Rodolfo desde Madrid: De mi vida (Memorias políticas) que llega hasta muerte mi padre y forma tomo I esto harále bien moralmente por ser principio de su catarsis, e históricamente, sin duda. Como el tomo más bien está dedicado a mi padre y su política, déjame abierto limpio el camino para mi crónica de Monterrey en que daré silueta humana a mi padre”.[1] Por esta cita queda claro que Reyes sabía que ya había hecho su catarsis. Años más tarde, Martín Luis Guzmán en sus Muertes históricas (1958) reescribiría, por así decirlo, el capítulo final de las memorias de Rodolfo Reyes.[2] La Oración del 9 de febrero debe ser leída como una especie de recapitulación íntima, no destinada a la publicación en el momento de escribirse ni muchos años después. Es una suerte de auto diagnóstico o auto examen escrito en la línea de “Cuando creí morir”… El hecho de que la “Oración del 9 de febrero” se haya publicado diez años después de muerto su autor habla de su pudor y de su recato, de su probidad y de su reticencia a aprovechar y, por así decir, hacer rentable su propio duelo. Hay ahí una inagotable lección ética que baña con su luz la obra toda.

 

II

Una de las cuestiones relacionadas con la discusión en torno a la “Oración del 9 de febrero” es la de su situación editorial. En el tomo XXIV de las Obras completas aparece encabezando el inicio del tomo, desprendido de la serie de textos en los que se situaría naturalmente como los libros de memorias, “Parentalia” y “Albores” de cuya materia podría formar parte como una más de las “Páginas adicionales”, junto con la “Teoría del sable”, texto emparentado con la “Oración…” En una hipotética edición anotada de la “Oración…”, se impondría poner como nota al pie el pasaje donde Reyes habla de la firma de su padre a partir de la lesión que había sufrido por un balazo en la mano derecha, “en cierto combate de Villa de Unión de 1880”:

[…] la mano herida nunca fue verdaderamente curada, sino entregada simplemente a la piedad de la naturaleza, y no era posible que la lesión le permitiera empuñar con fuerza los objetos. Pero como el escribir directamente era cosa que podía esperar, se puso con toda paciencia a hacer ejercicios caligráficos, se obligaba a tomar sus apuntes de memorándum dibujando cuidadosamente las letras, y logró adquirir de nuevo, con el tiempo, una escritura muy clara y regular. Conservo algunos volúmenes de su biblioteca que llevan su firma y la fecha de adquisición, y creo poder establecer por los rasgos de su pluma, las sucesivas épocas de la evolución –antes de la crisis, en la crisis y después de la crisis–, lo que me parece muy elocuente sobre las posibilidades de la voluntad aplicada a corregir las deficiencias del cuerpo.[3]

Otra consideración que cabe hacer acerca del manuscrito mismo del texto tiene que ver con la pregunta de ¿cómo Alfonso Reyes pudo tener a la mano en Buenos Aires, el 9 de febrero de 1930, las firmas que reproduce el texto, cómo las copió o fotografió, llevaba consigo algunos libros y papeles del General? No deja de ser un misterio…

 

III

“Oración del 9 de febrero”. El lema que da título al texto suscita una o varias preguntas. ¿Se trata de una plegaria por o a Bernardo Reyes? Esa ambigüedad impregnará todo el texto, hasta el punto de que en algún momento podría pensarse que esa “oración” la pronunciaría el propio Bernardo Reyes a través de la interpósita voz de su hijo Alfonso para dirigírsela a sí mismo, a su propia familia, a su dinastía y la genealogía que arborecerá en el futuro… Una oración es necesariamente un discurso oral. Y la oralidad es una de las claves del texto que está “escrito” desde el orden de lo hablado. De hecho, la voz “oración” podría decirse que es una de las guías de Reyes para escribir y componer “oraciones” que sean dueñas del carácter incontrovertiblemente presencial de lo escrito… Toda una teoría literaria se encierra en este título.

La “Oración del 9 de febrero” es una plegaria, un rezo como musitado entre dientes, formulado por Reyes poco después de cumplir cincuenta años. El texto no fue publicado en vida, ciertamente por ese respeto tremendo al propio sentir, pero también al del entorno amistoso y familiar, empezando por Rodolfo Reyes Ochoa.

La Oración es una veladora hecha para estar siempre encendida y a resguardo.

La última línea: “Una ancha, generosa sonrisa se le había quedado viva en el rostro: la última yerba que no piso en caballo de Atila; la espiga solitaria, oh Heine, que se le olvidó al segador” (T. XXIV, p. 39), es una cita del poeta alemán Heinrich Heine que Reyes cita dieciséis años más tarde en el elogio fúnebre “Honor de Caso”. “La muerte reclama cada día más lugar en nuestro pensamiento y empezamos a sentirnos como aquella espiga de Heine, olvidada por el segador en mitad del campo” (OC, T. IX, p. 261). Le viene a los labios cuando muere Pedro Henríquez Ureña el 11 de mayo de 1946: “me voy quedando como la espiga solitaria olvidada por el segador”. El pasaje viene del libro de Heine Ideas o El libro del tambor le Grand, capitulo IV, dado a la estampa en 1827 e integrado en Estampas de viaje: “En corroídas tumbas yacen mis amigos, sólo yo he quedado como espiga solitaria olvidada por el segador”.[4] Debo la ubicación precisa de la cita a la traductora alemana de la obra de Eugenio Montejo, Hanna Gzrimek, y a él haberme puesto en contacto con ella.

Vuelvo a la espiga, es decir, a la “ancha generosa sonrisa que se le había quedado en el rostro” grabada para siempre al General Bernardo Reyes. Tiene no poco de misterioso. ¿No es la sonrisa del que ha realizado su misión y cumplido su destino? ¿Cómo explicarla?

 

IV

Es la sonrisa del héroe caído en la batalla con la conciencia de haber llevado hasta el extremo el hilo de su destino… Héroe o militar glorioso, como aquellos cuyas vidas paralelas trazó el griego Plutarco y siglos más tarde puso en escena William Shakespeare en sus obras sobre Julio César y Coriolano. Justamente sobre esta figura se centró la semblanza que hizo en vida el escritor David Cerna del General Bernardo Reyes y que supo citar Rubén Darío en la página que escribió sobre su amigo y protector regiomontano después de caído éste el 9 de febrero de 1913. Si el texto de Rubén Darío es relativamente bien conocido, el del escritor de Saltillo es o era desconocido hasta ahora, que lo doy a conocer como anexo documental de estas páginas escritas alrededor de la “Oración del 9 de febrero”, para darle a esta exposición un cierto relieve histórico o filológico.

El texto fue publicado originalmente en 1912, en vida del General Bernardo Reyes. Tuve noticias de él por la cita que hace Rubén Darío de él en su artículo “Shakespeare en la política hispanoamericana”, publicado en marzo de 1912, o sea un año antes de la muerte del General. El artículo se publicó originalmente en inglés en México, por el Dr. David Cerna. Gracias a las orientaciones del investigador alemán, estudioso de Rubén Darío, me di a la tarea de localizar el texto. Se encontraba en los archivos de CONDUMEX, cuyo director, el Dr. Manuel Ramos, me facilitó la copia digitalizada de ese diario, que no se encontraba ni en la Capilla Alfonsina ni en Monterrey. Lo traduje y lo compartí con el Dr. Javier Villarreal Lozano, estudioso de ese saltillense ilustre que fue David Cerna. Tuve así más información sobre este estudioso mexicano de Shakespeare y de las letras inglesas, además de constatar la sólida formación que le permitía escribir directamente en inglés. Al final, se reproduce como anexo.

La semblanza que hizo el doctor David Cerna de Bernardo Reyes casi un año antes de la muerte del general puede ser leída como una advertencia de lo que sucedería después: la combinación explosiva de arrogancia y carácter impulsivo que forman parte de los ingredientes que alimentaron la caída del general Bernardo Reyes en el zócalo el 9 de febrero de 1913. Es muy probable que Martín Luis Guzmán no haya conocido este texto, aunque también es plausible que hubiese simpatizado intelectualmente con él.

 

V

Unas semanas después de escrita la “Oración del 9 de febrero”, Reyes asiste el 14 de marzo a una sesión con la vidente Irma Maggi en casa de Nieves Gonnet de Rinaldini, una de las animadoras de la sociedad Amigos del Arte y buena amiga de Pedro Henríquez Ureña. Lo acompaña a la sesión con la médium su esposa Manuela y llevan “metida en un sobre la gorra cazadora que llevaba puesta mi padre cuando murió”. Nada dijeron. Cuando se apagaron las luces y la médium entró en trance le pasaron la gorra para que la tocara. Éstas son sus palabras: “Este objeto me habla de una extraña indefinida sensación –Siento algo trágico en el entorno como si se hubiese derramado la sangre –Siento una alarma –una confusión –una intriga –una repercusión –Te veo distinto al que eres ahora –Siento hordas fanáticas que corren al rescate –Algo trágico y espectral –Algo extraño e irresuelto –Un traje distinto del nuestro –Un talismán para ser protegido –Una misión y también una corporación –Ondas de raza diversa y hordas profanadoras –La amplitud de una amplia ribera que confinaba con la selva tropical –Algo grave –Siento también a los coros como si en lontananza una especie de peregrinación anduviese confundiéndose –Veo guerreros y veo también una suerte de dinastía que cae”. La médium pronunció estas palabras en italiano. Luego de ellas, sigue escribiendo o reescribiendo Reyes los episodios medulares de la situación circundante el 9 de febrero. Alfonso Reyes no dejó de rumiar esa situación que si bien plasmó en el texto escrito el 9 de febrero de 1930, seguiría acompañándolo toda su vida. La presencia del orden metapsíquico, por otra parte, no le fue ajeno. En el mismo texto sobre la “Psicometría” de Irma Maggi, Reyes cita con familiaridad un libro que lo acompañó durante años, la Metapsíquica de Charles Richet, que fue publicada en París en 1923 y que cita en varios lugares en sus obras. Esta obra se encontraba entre sus libros y se encuentra actualmente en la biblioteca de la Capilla Alfonsina.[5] Tengo la fortuna de tener yo también un ejemplar de este valioso libro. Seguramente, estas lecturas lo ayudaban a seguir sus exploraciones en el mundo interior.

Anexo documental I

El Gral. Bernardo Reyes.

Desde el punto de vista Shakespeare.[6]

Por El Dr. David Cerna.

El artículo que enseguida reproducimos fue escrito especialmente para ‘El Trueno de Monterrey’ por el notable literato Coahuilense, Dr. David Cerna. El original está en inglés [ilegible] sus ocupaciones, la siguiente traducción confeccionada en esta redacción, sin… [ilegible] toda la belleza del original, para [ilegible] en lo posible [ilegible] oportuno del Dr. Cerna.

Aunque sería alago difícil encontrar en Shakespeare un personaje cuyo carácter pudiera aplicarse con exactitud al General Bernardo Reyes, no me parece posible señalar a otro más apropiado que Coriolano.

El retrato que hace Shakespeare de Coriolano, se basa, como es bien sabido, en la biografía de aquel célebre soldado romano, escrita por Plutarco y contenida en Las Vidas Paralelas del gran autor griego, obra que fue traducida por primera vez al inglés por Sir Thomas North, bajo el título de Las Vidas de Nobles Griegos y Romanos.

Dowden dice del Coriolano de Shakespeare:

“Un sentimiento altivo y apasionado, un egotismo muy marcado, son en Coriolano fuentes de debilidad y de fuerza… Su destrucción no obedece al pueblo Romano; sino á la noble altivez y al apasionado amor propio de Coriolano mismo… Pero el orgullo de Coriolano no es aquel orgullo que suele nacer de la sumisión y de las ligas con algún poder ó personas ó principio superior á uno mismo. Es un orgullo doble: un apasionado amor propio, esencialmente egoísta, y un apasionado antagonismo de clases. Lejos de tener un genio frío y envidioso, es profundo, amable y generoso; pero la tradición aristócrata le tiene marcado un límite firme é impasable, y solamente dentro de ese límite se manifiestan sus cualidades buenas. La debilidad, la inconstancia, y la incapacidad de comprender la realidad, que son los vicios del pueblo, se encuentran reflejados y repetidos en el gran patricio: los vicios aristócratas de éste están compensados por los vicios plebeyos de aquel. Él es rígido y obstinado; pero bajo la influencia de un egoísmo iracundo, es capaz de renunciar á sus principios, á su partido, y á su ciudad natal.”

Recuérdese la renuncia repentina del General Reyes como Ministro de la Guerra y aun como General de División, y su preferencia de ser la primera figura en Nuevo León a ocupar un segundo lugar en los asuntos públicos de la nación.

Continúa diciendo Dowden:

“El juicio y el temperamento de Coriolano están mal mezclados: desea conquistar un fin, pero solo se somete a trampas a los expedientes indispensables para el logro de ese no, no posee el suficiente dominio sobre si mismo para poder aprovecharse de las oportunidades que se le presentan.”

Es de notarse la coincidencia. Hay que recordar a este respecto la absoluta falta de determinación de parte del General Reyes cuando fue dueño de la situación en la región montañosa de Galeana. ¿Casi no apelaron a él entones el pueblo y el ejército (este último por debajo de mano), para que encabezara la oposición? Si en ese momento se hubiese resulto a aceptar la situación, habría sido sin duda el héroe popular; y con menos sacrificios, quizás, tanto de vidas como de propiedades, habría logrado dar el mate al gobierno despótico de Díaz. Pero, no; Reyes vaciló demasiado, y finalmente, perdió su mejor oportunidad, perdiendo al mismo tiempo la alta estimación de una gran mayoría del pueblo mexicano. Con seguridad que no tomó muy en serio lo que le dice Bruto a Casio.

“Hay una marea en la vida de los hombres, qué, aprovechando su creciente, los conduce a la fortuna; si la desaprovechan, todo el viaje de la vida lo harán como por bajíos y rodeados de miserias.”

Hudson ha dicho esto:

“El orgullo de Coriolano es del todo inflamable é indomable por razón de su pasión, al grado de que si ésta recibe tan solo una chispa de provocación, aquél estalla y se inflama inconmensurablemente, barriendo con toda consideración de prudencia, de decoro, y hasta de sentido común.”

Hay que admitir, ciertamente, que tales apreciaciones pueden aplicarse casi con exactitud al carácter impulsivo del General Reyes. Recordamos el conocido incidente cuando en las calles de Monterrey se apartó deliberadamente de su coche y azotó a un pobre borracho que había gritado “¡Muera el Gral. Reyes!”

Dice Dowden en otro pasaje:

“Ahora bien, Shakespeare sabía que semejante pasión era debilidad y no fuerza; y por esa violencia indominable de carácter, Coriolano mismo se echa encima su destierro de Roma y su suerte subsecuente.”

El General Reyes fue mandado al viejo mundo con una comisión especial. ¡No fue esta circunstancia un verdadero caso de destierro, precursor de su suerte subsecuente!

Wendell cree que

“Coriolano debe su suerte a un exceso de rasgos de nobleza inherente, rasgos cuya nobleza misma los hace incapaces de sobrevivir en el mundo innoble que los rodea.”

Esto es lo que dice Hereford:

“Aún la valentía de Coriolano está descrita con fuego que procede principalmente de la imaginación… La carrera de Coriolano con su valentía ostentosa, aunque en esencia inútil, es una sátira al militarismo y las sublimes imágenes con que nos cuentan sus hazañas, no hacen más que resaltar el tono de ironía que hay en el fondo”

Después de meditar sobra tales expresiones, ¡quién no piensa, aunque sea por un momento, en ciertos periodos de la carrera militar de la Generales Reyes y Boulanger!

Lo siguiente pertenece a Mabie:

“Las escenas festivas que dan variedad al drama, fueron obra exclusiva de Shakespeare; y la pintura que hace del tumulto es altamente característica. Odiaba el poeta la violencia y la falta de racionamiento de los hombres indisciplinados. Coriolano ni un solo momento oculta el desprecio que les tiene… En completo contraste con el concepto en que el Poeta tiene al vulgo considerándolo como gentuza despreciable, se destaca Coriolano –un aristócrata típico, con las virtudes del aristócrata: valentía, indiferencia al dolor, desprecio al dinero, independencia de criterio, dominio de la elocuencia, y una aptitud natural para mandar. Estas grandes cualidades están neutralizadas por un egoísmo colosal, manifestado en un amor propio tan irracional e insistente que, tarde que temprano, y en virtud de su propia naturaleza, tiene que producir el inevitable conflicto.”

Es difícil, si no casi imposible por ahora, juzgar la rendición voluntaria del General Reyes en Linares. A mi modo de pensar, y considerando el hecho con toda calma, si no es un caso de aberración mental momentánea, es uno de patriotismo intenso (que también es un estado anormal) de parte de este interesante carácter psicológico.

Si no fue un caso de repentina demencia ocasionado por el desengaño, por el gran tormento mental y sufrimiento físico, puede decirse que es un caso de amor ilimitado a la Patria, a pesar de los diversos errores del General Reyes como estadista y como político.

Para ser generoso en mis apreciaciones del último acto del General Reyes en su drama política podría decir que, con haber cejado en un momento tan crítico, no dejó de tomar en cuenta la grandeza y felicidad presente y futura de su Patria (es decir, de su madre) olvidando por completo su propia personalidad, su prestigio como hombre y como soldado, en una palabra, su misma vida. Y en esto ¿no se le puede comparar también con Coriolano?

Oigamos lo que dice Hudson de este gran ciudadano y soldado romano, según nos lo pinta Shakespeare:

“Coriolano se siente más orgulloso de su madre que de sí mismo; procura más complacerla a ella que complacerse a sí mismo; no acepta otros títulos que los honores que proceden de tan honrada fuente, él codicia más premios que aquellos que magnifiquen la parte que de ella tiene él; en una palabra, la mira á ella como a un ser superior cuya bendición es la mejor gracia de su vida: y el profundo respeto que tiene de ella, de su persona y de sus derechos, es en él un principio de energía y magnitud intrínseca tan grande, que bastarle de por si para romper las frías y secas ligaduras de una naturaleza vil e innoble… ¡Qué descripción nos ofrece la vida de esa madre y de ese hijo, con sus acción e influencia reciprocas, pintadas en el drama, qué descripción de la matrona de Roma antigua, y de esa religió profunda hacia la mujer que formo un elemento tan grande y tan poderoso en la constitución social de la Roma republicana! ¡Y esta honda veneración a la madre, considerado a la par con la historia de aquella nazión notable, cómo hace resaltar el precepto, Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días sean largos en la tierra que Dios tu Señor te ha dado! Porque la reverencia de los hijos para con sus padres es un principio que sirve de liga para unir a las generaciones sucesivas en una vida continua. Tan es así. Que desatando esa liga o debilitándola, comienza la disolución nacional. Pues el olvidar el pasado los hombres no hacen más que enseñarle el futuro a olvidarlos a ellos; y donde encontremos un presente que no rinda honor a un pasado, allí podemos estar seguros de que ha desaparecido el verdadero genio de la nacionalidad.”

Todos, por supuesto, tenemos presente aquella escena trascendentalmente trágica, en la que Coriolano, ante las suplicas de su madre arrodillada, ya no puede insistir más en su propósito de atacar a Roma; e impulsar por su profundo amor y veneración hacia aquella noble matrona (y como Shylock, maltratado, pero no del todo sometido), al fin cede ante lo inevitable:

“¡Oh madre, madre. ¿Qué habéis hecho? Mirad, los cielos se abren, los dioses nos contemplan, y de esta escena dolorosa se ríen. ¡Madre mía, oh madre! Feliz vitoria para Roma habéis ganado; pero para vuestro hijo, creedlo, oh creedlo, vuestros ruegos han sido para él desastrosos, si no mortales. Pero sea.”

Debido á su insólita rendición en Linares, las gentes en lo general, ofuscadas al principio, y después impedidas por un juicio violento, han censurado rudamente al general Reyes, y hasta se han reído de él.

Sin embargo, al ceder en un momento sumamente crítico, el General Reyes, puede decirse que ha escuchado la voz de su Patria, mal parada bajo la presión del desorden y de la casi anarquía. Y en vez de aumentar el sufrimiento de República con llevar a efecto una guerra de guerrillas, lo que, sin duda, hubiera acarreado una intervención extranjera, y especialmente americana, una intervención que significaría, eventualmente, la pérdida de nuestra nacionalidad prefirió el General Reyes, como un gran patriota, la nulificación completa de su carrera política y militar.

¡El General Reyes prácticamente, ya no existe; pero la República vive, libre como Roma de los Volscos [antiguo pueblo conquistado por los romanos] libre de una invasión extranjera!

Dr. David Cerna.

Monclova Coahuila, México 6 de enero de 1912

Anexo documental II

Palabras de la vidente Irma Maggi:

14-3-1930

Quest’oggetto mi parla di una stranna indefinida sensazione. Sento un che di tragico atronó como se del sangue fosse versato. Sento un’allarma, una confuzione, un intrigo. Una ripercussione. Vedo si to diverso di qua. Sento orde fanatiche che correvano alla riscossa. Un che di tragico e di spettrale. Un che di stranno e di irresoluto. Un costume diverso da noi. Un talismano per essere protesto. Una missione e anche una corporazione. Onde di diversa razza e orde profanatrici. La larghezza dell’ampia radura che confinava con la selva tropicale. Un che di grave. Sento anche dei cori come se in lontananza una specie di pelleninaggio andasse confondendosi. Vedo guerrieri e vedo anche una specie di dinastia che cadde.[7]

 

[1] Diario 1927-1930, tomo II, París 19 de marzo de 1927-Buenos Aires 4 de abril de 1930, edición de Adolfo Castañón, México, FCE, Letras Mexicanas, 2010, p. 122.

[2] Rodolfo Reyes, De mi vida. Memorias políticas, 1899-1913, Biblioteca Nueva, Madrid, 1929. En especial el capítulo “La jornada del domingo” (p. 229-241), escrito, como apunta el autor, durante su “prisión en la Penitenciaría, como miembro de la XXVI Legislatura”, de ahí la “minuciosidad” de estas páginas referidas “a la salida y muerte de mi padre”, escritas a raíz de esos acontecimientos. De Martin Luis Guzmán, “Muertes históricas”, “Febrero de 1913”, “Bernardo Reyes”, “Combate en el zócalo”, Obras completas, t. II, Letras Mexicanas, Fondo de Cultura Económica, México, 1985, pp. 877-883.

[3] Alfonso Reyes, “Todo México”, 1943, en “Los trabajos y los días”, Obras completas, t. IX, p. 335. Este tramo cabría ser puesto al pie del capítulo II de la “Oración del 9 de febrero”, t. XXIV, pp. 30-31.

[4] H. Heine, Obras, trad. de Manuel Sacristán, Ed. Vergara, Barcelona, 1964, p. 115; citado en A. Castañón, Alfonso Reyes: caballero de la voz errante, UANL, Academia Mexicana de la Lengua, Juan Pablos Editor, México, 2012, p. 482.

[5] Charles Robert Richet, Traité de metapsychique, Paris, Librairie Félix Alcan, 1923, 843 pp.

[6] David Cerna, “El general Bernardo Reyes desde un punto de vista Shakespeareano”, en El Trueno de Monterrey, 14 de enero de 1912, p. 6. He consultado esta fuente en el Archivo del General Bernardo Reyes (ABR) que se encuentra en Condumex, folio 7953.

[7] Gorra cazadora de mi padre. Psicometría. En casa de Nieves. (Ayacucho 892) Buenos Aires.

 

*Adolfo Castañón, 1952, Poeta, ensayista, editor y traductor. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Premio Nacional de Artes en Literatura y Linguistica 2020. Creador emérito.