UNA CAMINATA POR BUDAPEST

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Descanso en un parque. Fue larga la caminata. Más de 15 mil pasos, dice el app. Me siento sobre un banco y me percato de que de verde no tiene mucho esta zona de reposo en medio de Budapest. Un centro comercial, una entrada al subterráneo y, en frente, la estación de trenes la limitan. Tomo una foto de la estación: un edificio antiguo, antes bello, ahora decaído y sucio, con este aire nostálgico que poseen las cosas desvanecidas, cosas que siguen aquí, aunque quién sabe por qué y quién sabe cuánto tiempo más. Gris en gris la ciudad que se extiende hacia el Danubio, hacia los suburbios, hacia un centro que no supe localizar. Gris en gris la ciudad y sus vidas.

Fumo, un acto nostálgico como la estación de trenes: feo, sucio y pasado de moda, pero insistente e imponente. Una canción se clava en mi cerebro y no quiere salir de ahí: “Old friends, sat on their park bench like bookends”. Deploro la ausencia de un amigo y celebro la de una coma. La edad no se mide en cifras. Los amigos viejos de la canción de Paul Simon tienen 70 años. “How terribly strange to be 70”, es otro verso de la canción. Hoy el cantante tiene 77, la línea del tiempo se invierte, los siete años que ahora le sobran han de parecerle aún más extraños que los 43 que le faltaban en 1968, año del lanzamiento de “Old friends”. Por casualidad, año de mi nacimiento. Me faltan 20 para los 70, pero no importa: en este momento, en este banco de un parque gris en Budapest, me siento como si fuera el final de un libro, uno que acabo de cerrar, ni siquiera sé si uno malo o bueno, uno que me hizo reír, llorar o rabiar, el final de un libro cualquiera, una lectura terminada. Es imposible retomar la lectura, volver a entrar en el círculo hermenéutico, como diría un profesor de literatura. Este final de libro permanecerá ahí, se marchitará y decaerá, pero estará ahí cuando la estación de trenes sea sustituida por un edificio moderno, cuando la modernidad caduque, cuando la ciudad de 2018 haya desaparecido como la Ciudad de México que José Emilio Pacheco había evocado sin poderla resucitar.

Apago el cigarro, me levanto y miro, una vez más, esa hoja amarillenta, la tapa que disfraza una última página que nadie podrá descifrar jamás. Apenas controlo mi brazo que quiere extenderse para acariciar un objeto que ahí no está, pero que tan presente se me había hecho en esos momentos. Logro regresar a la gris normalidad y entrar al subterráneo. El pasaje está atascado con tiendas: comida rápida, zapatos, ropa, revistas, souvenirs, juguetes. La normalidad: correr, detenerse un momento, los viejos revisan sus relojes, los jóvenes sus celulares, engullen un trozo de pizza, un sándwich, un café; los turistas tratan de orientarse, pretender que saben dónde están y adónde van, saber lo que todos ignoramos y lo que hay que ocultar cuando uno es extraño en un lugar, fuera de lugar en todos los lugares. “Anywhere out of the world”, quiere estar el alma de Baudelaire, porque no hay espacio en el aquí y ahora donde pueda sentirse a gusto. Entonces corro y compro un trozo de pizza y pretendo saber, aunque sólo sé que no quiero tomar el metro, sino caminar. Este no es mi lugar.

“More than this”, se llama una canción de Peter Gabriel. Ha de haber algo más que esto. Si camino sin parar jamás, algún día llegaré a ese lugar que es mío, que es más que esto que me toca vivir, more than this. Temo este lugar y lo anhelo. Lo dice Gabriel en otra canción. Reconstruyo la frase que es una definición aceptable de la esperanza en la que no creo: quizás el monstruo que tanto miedo me había inspirado acecha del otro lado de la puerta que tendré que abrir. Quizás este monstruo se acurruca como un perro faldero que pide mis caricias. A la entrada del metro de Budapest no hay lugar para la esperanza en la que no creo. El comercio y los turistas perdidos (soy uno de ellos) no leen las señales de los profetas. Otra canción de Paul Simon, su más famosa: “The Sound of Silence”, tantas veces escuchada, tantas veces memorizada que me parece casi tan trillada como “Blowing in the Wind”. Aquí vuelve a cobrar sentido, aunque tengo la voz de Leonard Cohen en mi mente quien ––una versión rara–– recita el texto del sonido del silencio porque sabe que es un poema. “The words of the prophets are written on the subway walls and tenement halls”. Las palabras y sus signos son una advertencia y una amenaza al mismo tiempo. La luz y el ruido hacen daño, la luz porque ciega y engaña, el ruido porque no se estructura, porque irrita y distrae. Es preferible vivir con los sonidos que no se escuchan y con la luz que se apaga. Lo sabía Novalis, mucho antes: hay que despertar hacia la oscuridad de la nada y llenarla con notas que vibran sin sonar.

Huyo de la estación, resucito al caos de la calle. El Danubio debe estar por ahí. 20 minutos y alcanzo el río: más gris y más melancólico que esta ciudad gris y melancólica.

 

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

 

Insuperable Jorge Manrique. El Danubio es un río caudaloso, recorre un largo camino de casi 3000 kilómetros. Luego se disuelve y desaparece, se sala. En Europa, el Danubio es el único río de importancia que corre de oeste a este, que busca su muerte no como los demás, sino como él.

 

¿Quién, si yo gritara, me escucharía entre las órdenes
angélicas? Y aun si de repente algún ángel
me apretara contra su corazón, me suprimiría
su existencia más fuerte. Pues la belleza no es nada
sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces
de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente
desdeña destrozarnos.

 

El inicio de la primera Elegía de Duino de Rilke. No me la sé de memoria, no la pude citar, regañar con ella a ese Danubio cuya rebeldía contra la muerte es tan hermosa y porque es hermosa es terrible. Sólo me acuerdo de que Rilke piensa que todos buscamos nuestra muerte, hecha para nosotros, a nuestra medida. El Danubio corre hacia el este. No son los valses, mucho menos el azul, es su muerte en un mar negro que lo inmortaliza.

Me hundo en la melancolía, la saboreo y gozo. Aquí, a la mitad del camino, parado en medio del puente y viendo las aguas de Heráclito, Budapest es Viena, es decir: es el hogar. Y el hogar es el peligro porque ––lo sabe Freud y lo sabe Nathanael, ese otro Quijote que Hoffmann inventó–– el hogar destruye al hogar, convierte en amenaza lo que había prometido paz. En Viena y en Budapest y en Praga y en la Ciudad de México y, quién sabe, quizás en el Cuévano “there’s a shoulder where Death comes to cry / there’s a lobby with nine hundred windows / there’s a tree where the doves go to die / there’s a piece that was torn from the morning / and it hangs in the Gallery of Frost”. Es Lorca y es Cohen. No hay original, no hay traducción. Es hermoso y es triste porque sólo lo triste puede ser hermoso. La risa eterna es fea, la alegría perenne destruye y el optimismo es una autopista hacia el apocalipsis. Hay otro verso en “Take This Waltz” y de éste sí me acuerdo parado contra el flujo de los transeúntes: “There’s a bar where the boys have stopped talking / They’ve been sentenced to death by the blues”. No conozco verso más bello que exprese la fuerza letal de la melancolía y la transforme, porque es bello el verso y es bella la melancolía, en arte y ganas de vivir. Pero condena al silencio, prohíbe la escritura, concluye la caminata, detiene las aguas que corren.

25 de octubre de 2018