Un paraíso para cada extraño: Edgar Rincón Luna

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te diste cuenta

de cómo entre el polvo y las ciudades

la poesía nos fue levantando un cerco.

Edgar Rincón Luna


Puño de whiskey
(2005), de Edgar Rincón Luna, reditado en 2018 por la editorial Bonobos y la UACJ, antecede a una visión de la violencia que después será repetida en varios discursos literarios, académicos y periodísticos. La representación discursiva de la violencia en Puño de whiskey destaca porque en estos poemas predomina más una intención estética que testimonial. [1] En este poemario no hay una reflexión morbosa al describir los eventos violentos ni intenciones espectaculares, tampoco una intención sociológica ni una representación de mitologías periodísticas. La violencia que expone Rincón Luna descompone un espacio íntimo y un paisaje citadino contemplado por la voz lírica; el poeta figura como un sobreviviente. Sus postales exponen una experiencia etílica íntima, sin el desvarío erótico de la poesía de los Chávez y, además, son un homenaje a los padres, los amigos muertos y la música de la primera infancia, cuyas fotografías, rostros, y melodías persisten, como bien explica el cierre del libro, a pesar de la oscuridad y la tormenta. El poeta alcohólico, aparte de superviviente, concibe su memoria desde una decadencia espacial, sugerida desde sus referencias (Tom Waits, Gonzalo Rojas y Charles Bukowski), su exaltación al pasado y el acto de nombrar (en la sección “Funerales”, textos inspirados por noticias de diferente índole trágica).

El poemario se divide en cinco partes. Su estructura desemboca en temas que vinculo a los sentidos y a la experiencia personal-urbana: familia, música, amistad, poesía, ciudad y muerte. Los últimos dos se hermanan especialmente en la sección final, “Conozco esta ciudad, no es como en los diarios”, que toma dos versos de “No soy un extraño” de Charly García. Este préstamo me parece significativo, ya que la canción describe la sensación de (auto) exilio; la idea de la revisitación citadina (regresar desde de la música, pero también a través de la pérdida) y las maneras ciertamente deshumanizadas en que una ciudad se significa desde los medios de comunicación. La violencia, en efecto, es “parte del aire”, pero tanto García como Rincón Luna destacan elementos espaciales donde puede surgir la belleza desde un reconocimiento personal y al mismo tiempo urbano: “Acabo de mirar las luces que pasan. / Acabo de cruzar la plaza, las razas / y el color”.[2]

Al tratarse de un libro publicado en 2005, Puño de whiskey antecede a ciertas representaciones de la violencia que serán explotadas en los años venideros, sobre todo en la narrativa juarense. En esto recae su intensidad, pues surge tres años antes del comienzo de la guerra contra el narcotráfico declarada por Felipe Calderón y anticipa varias formas de ser en una ciudad en crisis. Su visión se vuelve casi profética, la de un superviviente del caos. El tema de la violencia, por ello, se aborda con una sensibilidad e inteligencia admirables: “Si lo piensas / no ha de ser difícil / atravesar el corazón de alguien / con un salero” (71). Estos versos que concluyen “Parte del aire”, perteneciente a la sección final del libro, demuestran cómo la voz lírica explora ante todo la supervivencia. Cualquier objeto se transforma en un arma si hay que defenderse de una invasión. De cierta manera, el Juárez que define a Rincón Luna como poeta es una urbe sitiada por elementos violentos, inasibles, fantasmales y perversos, los cuales pretenden desestabilizar los territorios más privados, por ejemplo, la casa o la memoria infantil, tal como se lee en las primeras líneas de “Ciudad Juárez Unplugged”: “de la infancia solo guardo el miedo / a que un extraño aprovechando la oscuridad / entre a casa” (73). En efecto, el poeta reconstruye una ciudad “desconectada”, “que ya no es”, abrumada en un principio por la oscuridad y la inundación donde “uno escucha el andar del agua entre las calles” (73). Finalmente, en estos versos, la luz es una suerte de bendición, por más violencia que haya en los relámpagos: “y en esta lluvia que en silencio cae de nuestros ojos / agradecemos esa luz que nos permite ver las ruinas de una ciudad / que ya no existe” (73-74).

La construcción de una imagen de Juárez me parece más evidente en el poema “Strangers in paradise”, donde la espacialidad se desarma en elementos personales, ya que la voz lírica habla de una forma terrenal del paraíso. El poeta crea imágenes intangibles. Para él, la ciudad es una manifestación de soledad, sombra y niebla; aunque también un espacio amado debido a sus contrastes: “esta niebla que huele a plomo / y que me dice que el calor está moviéndose / aunque todas las esquinas permanezcan frías” (72). Como en la mayoría de los textos de la quinta parte del libro, éste cierra con una indagación, un descubrimiento: “me gusta creer que soy el único hombre en esta tierra / y que me es imposible lastimar a nadie / amo entonces estas avenidas solas / que recorro sonriente / creyendo que soy un buen hombre” (72). Estos versos me parecen bastante bellos si se comparan con la manera en que he expuesto el abordaje de la violencia en la narrativa juarense. En un ambiente cultural donde algunos autores han caído en la tentación realista, escribiendo pasajes inspirados más en el morbo, en la descripción fría, escandalosa y espectacular de los medios de comunicación, en esa irresponsabilidad académica y literaria que capitaliza el dolor humano, muchas veces adjetivado en lo indescriptible, Rincón Luna destaca por su capacidad y originalidad poética para describir una forma de salvación a través del extraño paraíso del hombre solitario. Se habla de la violencia, sí; sin embargo, las imágenes con una génesis violenta evocadas en Puño de whiskey no tienen un fin descriptivo a secas o testimonial, sino uno literario. En dichos versos contemplo una aventura que por estas regiones puede sonar imposible; es decir, la incapacidad de un hombre para ejercer más violencia, para hermanarse con estas avenidas solitarias también, para apropiarse de su espacio y encontrar algo de bondad.

Finalmente, otro espacio de interés es la denominación de la avenida Juárez. Contemplo un regreso a una construcción desde la nostalgia temporal: esa época acabó, la Juárez is dead. El poeta busca revivir experiencias (muchas veces alcohólicas) en este sitio. Tal es el caso de las dos partes de “Avenida Juárez” donde Rincón Luna sintetiza la riqueza de Puño de whiskey y de su último poemario, Trenes para demoler un río (2015).[3] Semejantes a una moneda, esta composición demediada resume la temática tan diferente de ambos libros y asimismo expone las inquietudes de la voz lírica en el transcurso de los años: un aprendizaje y un crecimiento.

El “Avenida Juárez” de Puño de whiskey, poema en estado de ebriedad, violento y conciso, trata la reconstrucción de una imagen, quizá —toda interpretación espacial en la poesía se sostiene en un “quizá”— metaforizando la identidad de la avenida: una mujer recostada en el paisaje, “ebria sobre el metal de la noche” (69). La atmósfera versa sobre la resaca, que siempre cuestiona lo temporal. “¿Qué hora es?”, se pregunta la voz lírica mientras la mujer está ahí, suspendida en la ausencia total del espacio y el tiempo. “Es hora de largarse”, responde: adiós a la avenida, a la fiesta y a toda violencia corporal.

En cambio, “Avenida Juárez” de Trenes para demoler un río, más efectivo, describe, en esencia, la demolición de un pasado. Existe pues un reconocimiento de la identidad, subordinada por el tiempo que ambos, la calle y la voz lírica, han compartido. De ahí su personificación: “La vieja calle me sonríe con los dientes apagados” (12). Si en la primera parte se trata de la descripción de la avenida solamente, aquí la voz lírica se asume confidente, un reflejo metafísico entre la Juárez y el poeta. Ambos han cambiado para mal.

El tono de los versos adquiere cierta fuerza porque resume la experiencia no solo de la voz, sino de toda una generación que “abrazaba a las pasajeras / de este largo tren de polvo y hierba” (12) y que ahora reconoce la decadencia del tiempo presente, del desdoblamiento trágico de lo que ya no puede ser, de lo que se ha ido de ellos mismos y lo que permanece: “Mi joven ayer ahora vomita en una esquina / y me saluda con la negra luz de sus ojeras” (12). No obstante, los versos finales perfilan ese ritual, puesto que toda nostalgia es un ritual de los sentimientos y la memoria, donde la imagen protagonista bebe y le regresa la sonrisa al pasado, brindando por el progreso y la decadencia, como si el Rincón Luna de Trenes para demoler un río le enviase una sonrisa al decadente de Puño de Whiskey. Están jodidos, pero juntos. La Juárez sigue ahí, aunque algunos intenten demolerla con el argumento de “ya no es lo que era”. Mantiene aún su significado primordial, cómplice de un futuro distinto, de los cruces cotidianos y la memoria perdida; cómplice que moldea su nueva definición, el renacimiento de su rostro y disfraz: “brindo por los recuerdos / del que sigue aquí / y del que me fui” (12).

Edgar Rincón Luna, Puño de whiskey. Bonobos, Ciudad Juárez, 2018, 74 pp.

ISBN: 978-607-8532-31-5


[1] Entiéndase “testimonial” en un contexto más vinculado a una literatura que responde a un fenómeno capital que ha creado una imagen, un lenguaje y un mercado en torno a, en este caso, la violencia, mismo que está desprovisto de toda mirada crítica, política o de denuncia. Hago esta distinción de una vertiente de la poesía juarense, de carácter más bien “documental” o “en crisis”, como la ha denominado Micaela Solís, pues esta poesía sí ofrece las características enumeradas que se encuentran ausentes en la mirada “testimonial”.

[2] Charly García, “No soy un extraño”, en Clics modernos (prod. Charly García y Joe Blaney). Universal Music, Argentina, 1983, 3:16. [Disco compacto].

[3] Edgar Rincón Luna, Trenes para demoler un río. Bagatela Press, Ciudad Juárez, 2015, 73 pp.