Tres rituales iniciáticos: la cultura italiana como ceremonia y trance

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I

Ceremonia

 

Mi padre, Jesús Castañón Rodríguez, nacido en 1916 y fallecido en México en 1991, fue un amigo y conocedor de la cultura y las letras italianas. Su centro de interés: la Florencia renacentista, la de Maquiavelo y Marsilio Ficino, la de Savonarola y los Borgia, la de Francesco Guicciardini. En casa, había una amplia sección dedicada a Maquiavelo que incluía la edición de las Obras completas de Nicolo hecha en Bolonia en 1813, hasta las diversas traducciones anotadas de El Príncipe como la de Napoleón Bonaparte, o Felipe IV pasando por las obras de investigación contemporánea como las de Leo Straus, Federico Chabod o Claude Lefort, para no hablar de El Príncipe anotado por Napoleón Bonaparte, ni de la historia de los vaivenes inquisitoriales que hicieron pasar el libro desde ser encarecido por Carlos V hasta más tarde ser prohibida su obra toda por la inquisición española. Esta fascinación por Maquiavelo, su época y su ciudad, hizo que cuando él visitara Florencia a los 59 años, en 1965, la guía de turistas se rindiera admirada ante él y le dijera que ella traduciría para las demás visitas las explicaciones de mi padre, pues ni ella ni la mayoría de los florentinos podían saber tanto y tan bien de la historia y los episodios de esa noble ciudad. Escribió un amplio opúsculo sobre Francesco Patricci, un anti-maquivelista del siglo XVI que Paul Oskar Kristeller estudió en Ocho filósofos del Renacimiento italiano junto con Petrarca. Giordano Bruno y Marcilio Ficino.

No sé de dónde le vino a Castañón Rodríguez esa afición por Maquiavelo, pero sé que la compartía como un secreto de estado con un puñado de intelectuales como Jesús Reyes Heroles, Héctor Fix Zamudio, Raúl Cardiel Reyes, Henrique González Casanova, Horacio Labastida y Gastón García Cantú. También sé que la heredó probablemente del aprecio en que lo tenía el jurista español Manuel Pedroso maestro de todos ellos. Con Héctor Fix Zamudio, el eminente constitucionalista mexicano, don Jesús tomó un seminario que impartió en México en los años cincuenta el jurista italiano Pietro Calamandrei (1889-1956) que en su juventud antifascista había editado Il Ponte revista mensual de política y literatura fundada en 1945 y autor de la célebre frase “las leyes mueren al pie de los tribunales”. Pietro Calamandrei, visitó México en los años cincuenta, según recordaba mi padre y evocó hace poco Ángel Gilberto Adame. Jesús Castañón Rodríguez se hizo su amigo y devoto. Creo, de hecho, que su conversión a Maquiavelo se debió en buena medida a este cultivado y exquisito abogado florentino, autor de Parlare di Firenze, [Parler de Florence]. Calamandrei era además pintor y dibujante y desde luego escritor. Hablar de Florencia reúne las páginas de la conferencia que dio sobre su ciudad nativa en varias ciudades de Suiza. El libro recoge los apuntes de sus paseos por la Florencia, que los alemanes y fascistas destruyeron durante la guerra y que él conoció antes. Alejandro Rossi lo admiraba y cuando supo que Calamandrei había tenido amistad con don Jesús me empezó a mirar con otros ojos. Tengo a la vista el libro con sus ilustraciones, traducido al francés por Ediciones de la conférence, París, 2010, hay otro que no tengo “Inventaire d une maison de champagne” que trataré de conseguir. El libro concluye con la relación de la insurrección de los florentinos contra los alemanes el 30 de julio de 1944 y cuenta cómo éstos salvaron su ciudad de la destrucción. Algo de ese aliento le transmitió a mi padre Calamandrei, a quien tanto quiso y admiró. Calamandrei era dibujante y pintor. Sus dibujos me recuerdan a los de otro italiano que le fascinaba a Alejandro Rossi: Giorgio Morandi. A mí me fascinó otro Giorgio: Basani, el autor maravilloso de El jardín de los Finzi-Contini novela que leí varias veces y que creo tuvo una influencia decisiva en la escritura de Alejandro Rossi.

La admiración a Italia también la compartía con el historiador inglés Ralph Roeder quien escribió un libro El hombre del Renacimiento con ensayos sobre Leonardo, Ficino, Maquiavelo, Miguel Ángel, Ariosto, Cosimo de Medicis entre otros. Roeder, luego de escribir este libro volvió A los ojos de México, donde vivió desde el inicio de la Segunda Guerra dedicándose a estudiar las biografías de Benito Juárez y Porfirio Díaz, importante pues, según él, sólo la historia mexicana podía compararse con la Italia del Renacimiento.

Otra figura italiana que entró a mi mente y corazón gracias a mi padre fue Dante Alighieri con cuya vida él se identificaba, si se cuentan las numerosas biografías y ediciones de Dante que tenía en casa, además de las imágenes y retratos del poeta que adornaban la biblioteca. Yo heredé de él la inclinación a armar colecciones de libros. Tengo en los anaqueles de mis libreros varias ediciones de la comedia que van desde la estruendosa del general argentino Bartolomé Mitre hasta las más sofisticadas de Angel J. Battistesa y Ángel Crespo. Los lectores mexicanos del autor de la comedia no son pocos: Antonio Gómez Robledo, Ramón Xirau, Octavio Paz y entre los más jóvenes Alberto Blanco y Aurelio Asiain.

La lectura de los libros de Edmundo d’Amicis, Giovanni Papini, Alberto Moravia, Elsa Morante, Indro Montanelli, Ugo Foscolo, Alessandro Manzoni —una mezcla de cultura tradicional y de izquierda, highbrow, lowbrow—, se las debo a él quien veía entre Italia y México no pocas simetrías, dado que son naciones nuevas asentadas en países-paisajes muy antiguos. Italia: un continente en miniatura; México un continente disfrazado de país. Curiosamente debo confesar que para mi desgracia yo no leí de niño las aventuras de Pinocho, libro que leí siendo ya un lector más formado. Esto me hace envidiar la infancia de quienes como Felipe Garrido lo tuvieron como lectura infantil y luego lo han traducido.

 

“Todos los caminos llevan a Roma”, dije un día sin pensarlo muy bien. Él me corrigió: “Todos los caminos pasan por Roma”. Quería decir que la cultura italiana no es para nosotros, mexicanos y latinoamericanos, un destino sino un modelo, un juego de elementos, una caja de herramientas como diría Fabio Morábito, una matriz y un cierto modo un pantógrafo —ese artilugio de madera o metal tradicionalmente utilizado por diseñadores y arquitectos que permite dibujar en pequeño o en grande lo que va trazando el instrumento.

Esa carga itálica y mediterránea la reforzó en los años de preparatoria un profesor de italiano Leonardo Curzio Rivera, nacido en México pero de origen Campano, en la Preparatoria 6, Antonio Caso de Coyoacán, gracias a él los nombres de Giuseppe Ungaretti, Umberto Saba y Salvatore Quasimodo fueron entrando a la lista de autores leídos y por leer. Curzio, además, nos inculcó el sentido, el ambiente acústico de la lengua hablada cuyo conocimiento ampliábamos en los cursos de italiano de la universidad y también en el programa de lecciones de italiano que transmitía entonces Radio Universidad a las siete de la mañana todos los días. El profesor Curzio es el padre del politólogo y periodista Leonardo Antonio Curzio Gutiérrez. Yo entre tanto iba haciendo mis lecturas: los libros de crítica literaria y de historia de Benedetto Croce (La historia como hazaña de la libertad, el juvenil libro Problemas de estética —que intenté leer en italiano; el primer libro citado lo practiqué en la excelente traducción de Enrique Díez Canedo— y sus diversos libros sobre la literatura española del Siglo de Oro que tanto aprovechó Alfonso Reyes); la magna historia de la literatura italiana de Francesco de Sanctis que ha sido siempre un modelo para mí. Los libros de los críticos italianos como Franco Fortini, Oreste Macrí. Por cierto, los italianos siempre han sido grandes hispanistas. También desde luego helenistas. Hace años en algún texto sobre temas relacionados con la traducción recordaba yo la figura del autor del Gatopardo Giuseppe Tomasi di Lampedusa, un autor que era por cierto caro a Rafael Tovar y de Teresa, uno de los italianizantes más encendidos de México: “El profesor y la sirena, el cuento de Lampedusa, va más allá. Sugiere que la única forma de aprender una lengua extranjera es de labios de una mujer. Estacionado en una barca, en un apacible litoral siciliano, el joven profesor se encuentra preparando sus oposiciones, estudiando y leyendo en voz alta a algún poeta bucólico griego. Surge del agua una sirena, atraída por el llamado irresistible de su lengua materna que hace siglos no oye. No sólo empieza un idilio. Principia también la carrera de uno de los más grandes filósofos y helenistas de la historia. Conclusión: una lengua extranjera sólo se puede aprender a la perfección de labios de una mujer. Cabe invertir la ecuación: cada mujer, cada individuo, es una cultura que pone en obra un modo singular de vivir. Los divorciados lo saben; cuando se vive con alguien es preciso aprender su idioma ¾y cambiar de pareja, como cambiar de amigos, es también cambiar de lenguaje¾.”

Otro autor atacado por la fiebre italiana fue el políglota Ernesto de la Peña, gran aficionado a la música. Con él compartimos varias pasiones: una la de la diva italiana Cecilia Bartoli. Por eso le dediqué el texto con el que cierran estas páginas.

“Todos los caminos pasan por Roma” —esa frase se me quedó grabada y de hecho se transformó en una especie de prueba que yo les aplicaba a los escritores y poetas para ver qué tan buenos lectores eran, o sea: tras cada escritor mexicano o hispanoamericano conocido en México iba yo formulando con la imaginación y la ignorancia (y la ignorancia es muy imaginativa) una teoría o procesión de escritores. Octavio Paz me presentó a Darío Puccini autor de un libro sobre Sor Juana Inés de la Cruz, a Leopardi y me hizo leer de otra manera a Ugo Foscolo —cuyo nombre me volví a encontrar en los labios de Eduardo Sanguinetti con quien conversé casual y extensamente en el Museo Arqueológico de Medellín, Colombia, a propósito de la relación entre política y rituales funerarios. Juan García Ponce me llevaría a Cesare Pavese. Tomás Segovia me conduciría a Ungaretti. Caso aparte es Alejandro Rossi. A lo largo de más de 10 años hablamos una vez por semana y durante varias horas de literatura y gracias a él conocí a los editores modernos de los clásicos en los libros de Einaudi y Feltrinelli a Mario Praz, Emilio Cecchi y al Eugenio Montale prosista, a Giorgio Bassani y su límpido Jardín de los Finzi Contini y por una frase suya y un encuentro fortuito tuve la suerte de conseguir una colección completa de la revista Botteglia Oscura que editó en Italia a Octavio Paz, Borges y Lezama Lima. La presencia de Mario Praz y de Emilio Cecchi en el catálogo del Fondo de Cultura Económica se debe —como tantos otros libros y autores— a Alejandro Rossi quien me prestaba los suplementos de Corriere della Sera y algunas revistas de historia y filosofía. Gracias a Augusto Monterroso saqué del estante a Ludovico Ariosto y a su Orlando furioso, obra que Tito atesoraba y quería con ternura como si fuese una abuela o una tía vieja. Monterroso también es responsable de haber propagado en México el conocimiento y la pasión por Italo Calvino, y a Calvino Tito le debe buena parte de su buena fama europea, pero Calvino además estaba enamorado de las letras hispanoamericanas a través de las obras de José María Arguedas y de Miguel Ángel Asturias. A Sergio Pitol le debemos los mexicanos el descubrimiento de Antonio Tabbuchi pero también —todos los caminos pasan por Roma— la familiaridad con los rusos y los polacos gracias a un autor italiano clave: Angelo María Rippelino. No sólo eso: entiendo que buena parte del catálogo italiano de Anagrama se construyo a partir de los consejos del italianizante Sergio Pitol: Antonio Tabucchi, Gesualdo Bufalino, entre muchos otros.

A mi genio curioso se le dieron Vasco Pratolini y la Crónica de los pobres amantes, Tomasso Landolfi La piedra lunar, Giuseppe Tomasi di Lampedusa El gatopardo y El profesor y la sirena, dos de los libros que más han influido a los lectores de mi generación y no sólo en lo literario, y la figura inquietante de Italo Svevo autor del libro La conciencia del señor Zeno, obra que leyeron, creo, Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez. A Jorge Aguilar Mora le debo el conocimiento de Gilles Deleuze y a éste el de Carmelo Bene quien, además de suscribir con sus yuxtaposiciones, nos ha enseñado cómo recitar y resucitar a Dante, por ejemplo el estremecedor Canto de Ugolino o los Sonetos que en boca de Carmelo restallaban como látigos.

Gracias a José Guillerme Merquior conocí al humanista italiano Arnaldo Momigliano y al historiador Armando Saitta y los hice editar en el FCE. Petrarca saltaba como una pelota de tenis entre los cuatro sor juanistas mexicanos: Octavio Paz, José Pascual Buxó, Elías Trabulse y Antonio Alatorre. A éste último se le debe además la difusión y traducción de las magnas obras del historiador Antonello Gerbi sobre el Nuevo mundo. Pero decir Alatorre es decir Juan José Arreola quien con Giovanni Pappini y sus lectores tienen una deuda abierta pues Arreola hizo ver que el autor de El hombre acabado está vivo hasta la polémica. Ramón Xirau ––el pensador católico–– nos llevó a leer los libros filosóficos de Romano Guardini. José Fernández Santillán, discípulo de Norberto Bobbio y Michelangelo Bovero, supo sugerir para su traducción por el FCE numerosos libros de estos autores y de otros afines.

Passolini, Luchino Visconti, primero y luego Dino Buzzatti me fueron presentados por el gran narrador y cinéfilo que es José de la Colina. Ernesto de la Peña me inicia en el universo de la ópera y sus personajes: Verdi, Puccini, Rossini. No sabría decir quién fue el primero o la primera —¿Esther Cohen?— de mi generación que leyó a Umberto Eco cuyas teorías y novelas poblaron nuestras discusiones, sí sé en cambio que tuve que arrancarles a algunas compañeros de las manos los libros de Antonio Gramsci para rescatarlo como escritor. A María Teresa Meneses le debemos el conocimiento y traducción de Claudio Magris; al poeta Fabio Morábito la empresa monumental de haber traducido —y muy bien— la poesía completa de Eugenio Montale. El discreto Guillermo Fernández es responsable de haber traducido una verdadera enciclopedia italiana de poetas y prosistas de los siglos XIX y XX para la UNAM.

Por el conducto persuasivo del novelista tijuánico Federico Campbell leí casi todos lo libros del escritor siciliano Leonardo Sciascia a quien Federico fue a conocer en persona y en cuyas páginas se encuentran sembradas algunas alusiones a México. A los editores de la joven editorial Sexto Piso, la literatura contemporánea mexicana le debe la traducción de Roberto Calasso (escritor y editor que es como una matrioshka rusa en cuyo interior hay una muñeca que encierra otras muñecas) —cuyos libros ya había empezado a traducir Anagrama— y de otros italianos como Giorgio Colli —el helenista y lector de Nietzsche— y otros autores europeos vistos desde Italia como el crítico Georg Brandes.

Sólo conocí a tres escritores italianos vivos: Eduardo Sanguinetti, el ensayista y filósofo Giorgio Agamben y el novelista Pino Cacucci. Al primero lo traté leyendo Renga, el poema colectivo armado por Octavio Paz, pero a los tres los conocí personalmente gracias al músico y compositor italiano Stefano Scodanibbio, con quien me mantenía al corriente —o flotando si ustedes quieren— sobre algo de lo que sucede en las letras italianas contemporáneas: así espero, por ejemplo, que pronto se traduzca al español el libro Caos de Toni Negri del cual sólo poseo el libro sobre Spinoza: L’Anomalia Selvaggia, escrito en prisión. Con mi amigo Stefano no todo son coincidencias: a mí me gusta Paolo Conte cuyos discos tengo completos mientras que él lo considera —acaso con justicia— “música para metecos”.

Ya en lo personal, como crítico literario, les debo a Maria Corti y Cesare Segre la lectura de un libro antológico I Mettodi Attuali Della crítica literaria in Italia[1] que dio un panorama ilustrado de la renovación crítica italiana y que repasa la crítica sociológica, la simbólica, la psicoanalítica, la estilística, la formalista, la semiológica y que es una consistente demostración de la literatura y la cultura italiana como eje y bisagra de la cultura contemporánea y una prueba de que todos los caminos pasan por Roma.

II

Trance

Se dice Stefano Scodanibbio

(1956—2012)

 

A Stefano Scodanibbio lo conocí gracias a Federico Bañuelos y a Margarita Castañón, mi hermana, quienes por entonces tenían un dúo de guitarra clásica, el “Dúo Castañón—Bañuelos”. Eran amigos los tres de un grupo de músicos mexicanos como Mario Lavista, Julio Estrada, Rita, la viuda de Manuel Enríquez, Ana Lara Zavala, Marcela Rodríguez, Gerardo Tamez, entre los nombres y rostros que ahora recuerdo.

Stefano era un muchacho alto y fuerte, —algunos años menor que yo—, no gordo pero sí lo suficientemente macizo para cargar con un contrabajo, el abuelo del Tololoche norteño y criollo. Ese instrumento formaba parte de su personalidad, como una sombra o una madre o aun una suegra celosa que lo acompañaba por todos partes y determinaba sus viajes e itinerarios, antes de que apareciera su gentil madona Mareza. Fatigó caminos, conoció aduanas, salas de espera, practicó carreteras, y estaciones de tren, como quien deletrea ávidamente las partituras de la tierra en busca del sonido prometido, aparentando púdicamente que se sacrificaba por una carrera artística o unos centímetros más de fama. No.

No soy músico, ni crítico musical. Aspiro apenas a ser un aprendiz de oyente y, digámoslo así, alguien que está atento a la autorrevelación proveniente del discurso musical. Ya se habrá adivinado: Stefano Scodanibbio no sólo se expresaba por y en el contrabajo —primero, en el plano del intérprete, luego en el de la composición, (y ¡cómo interpretaba! ¡y cómo componía!)— sino, también, a través de la palabra tensamente templada hasta el armónico afinado en el aire de la conversación. Era un músico abierto a la amplitud del logos y de la armonía, por ende de la nueva música y de las artes innovadoras. Por razones entre azarosas, generacionales, familiares, políticas y por distintos caminos, dentro y fuera de la academia, compartíamos un atlas poético y filosófico, un juego de mapas artísticos y literarios donde convivían John Cage y Gilles Deleuze, Toni Negri (el filósofo lector de Spinoza), Pierre Boulez, Giacinto Scelsi, Pier Paolo Passolini, Vasco Pratolini, Franz Kafka, Friedrich Nietzsche, José Lezama Lima, María Zambrano, Carmelo Bene, Octavio Paz, Juan Rulfo, los Presocráticos, Empédocles, D.H. Lawrence, Malcom Lowry, Giorgio Agamben, su amigo, Pino Caccuci y hasta Roberto Bolaño. Podíamos pasar horas hablando, sin sentirlo, como mirando en silencio las ideas del otro. Yo lo escuchaba como quien atiende a un maestro pitagórico; él me prestaba su atención entre estoico y epicuro, pues seguramente disfrutaba la transformación de su propia esfera mental girando entre otras manos. Además de haber escrito alguna página dedicada a él, escribí y redacté a la sombra de su adorado contrabajo al que mimaba como a un niño el ensayo “Música, danza y silencio en la obra de Franz Kafka”. Stefano, a diferencia de otros músicos contemporáneos, había ido y regresado, no le tenía miedo a la música, ni a la literatura, y se entregaba con el corazón abierto a las tensas cuerdas de ese instrumento que, en sus manos, parecía transfigurarse como el aceite de la lámpara aladina en envolvente y poderoso Genio.

Su compromiso con la interpretación, su responsabilidad ante el hecho mayor que significa en la historia de la música el salto desde el virtuosismo hacia nuevas formas de interpretación no le pasó desapercibido a su inteligencia. Llevó esta conciencia mental y digital hasta invertir muchas horas, libido y energía en el festival de Música Nueva que organizaba cada año en su ciudad nativa, Macerata, Italia, no lejos de Roma, dando por un momento la espalda a la caótica Babel de nuestra edad.

En griego límite se dice πέρας (perás). En el límite del árbol de la interpretación musical practicada por Stefano, se abría un nuevo resplandor, y ésas eran las otras peras del olmo que era capaz de recoger este joven jardinero del Edén llamado Stefano Scodanibbio.

Nunca pude ir a Macerata, pero le encontré a Stefano una cita donde Giacomo Casanova en sus Memorias hablaba de esta ciudad. Esta ficha remachó el clavo dorado de la amistad en la cruz de nuestros rumbos. Ayudé a Stefano en la investigación de los textos que ambientan su ópera radiofónica One says México, y fue un verdadero placer atravesar el bosque de bambús de los enamorados extranjeros de nuestro país, a través de la aguja estricta de su buen gusto. Gracias a él también traté y me hice, si no amigo, amistoso conocido del poeta Eduardo Sanguinetti, el amigo de Octavio Paz y coautor de Renga. Un día, invocando a Scodanibbio y a Octavio Paz, durante una visita al Museo Arqueológico de la ciudad colombiana de Medellín, donde nos encontrábamos participando en un festival poético, Sanguinetti se inspiró y se puso a recitarme de memoria el poema de los Sepulcros de Ugo Foscolo. No había nadie en el recinto; las palabras golpeaban sobre las piedras y parecían moverlas.

A mí que el tiempo y la ambición de gloria

Llevan entre extranjeros, fugitivo,

Que me llame la Musa inspiradora

Para evocar las gestas de los héroes.

Las Musas guardan las tumbas, y cuando

El tiempo barre con sus alas frías

Hasta las ruinas, ellas con su canto

Animan el desierto, y la armonía

Hasta el silencio de mil siglos vence.

Hoy brilla eterno en la infecunda Troya

Para los peregrinos un lugar

Eterno consagrado por la Ninfa

Que a Júpiter le dio el hijo Dárdano,

De donde nace Troya y los cincuenta

Hijos de Priamo y la gente Julia.*

 

Al terminar de recitar, campeó el silencio: con su boca jadeante y desdentada, mezcla de héroe homérico y de Popeye exfumador, Sanguinetti me miró —¿me “murió”?— y me dijo con picaresca majestad: “Todos estamos ahí”.

Hoy recuerdo al poeta que recitaba al Poeta para despedir al heroico Stefano Scodanibbio que eligió morir en Cuernavaca, Bajo el volcán.

III

Testigos del sacrificio

o

Que viva el cuchillito”

 

a Ernesto de la Peña

 

Como enamorada mariposa,

reina en mi corazón una esperanza

gira y gira alrededor de la luz.

Al arder sus almas

se tumba y muere

en su lecho desventurado.

 

Leonardo Leo (1694-1744)

Zenobia in Palmira

 

 

Sacrificium reúne doce piezas que Cecilia Bartoli ha ido a buscar en los conservatorios de Nápoles donde en los siglos XVII y XVIII se puso de moda el negocio cirujano de producir niños capones o sea castrados con voz angelical que estremecían de entusiasmo las salas de ópera. Como las mujeres no podían hablar —y menos cantar en las Iglesias, según había ordenado San Pablo—, se empezó a desarrollar la moda de componer en el espacio de la música las partituras para los castrados y eunucos que llegaron a ser verdaderos virtuosos, artistas brillantes y seductoras presencias travestidas, objetos de deseo, de culto artístico y especulación económica. Nicola Porpora (1686-1768), músico, compositor, profesor de canto y empresario ceñido por la aureola legendaria de “creador de voces”, “primer maestro de canto del universo”, precursor de una bárbara biotecnología cobró fama gracias a las voces de sus capados pupilos como Farinelli; Caffarelli, Salimbeni, Appiani y Porporino, cuyos cinco nombres fulguran en la historia de la música como emblemas del más alzado y arriesgado virtuosismo. No fueron los únicos. Un vasto repertorio de centenares de obras de toda índole —de la música sagrada a las cantatas y la ópera— fue compuesto para los discípulos de la escuela de los castrados [Scuola dei castrati], de Nicola Porpora. Se trata sin duda de uno de los conjuntos más asombrosos y exigentes que se hayan compuesto nunca para la voz humana, aquí transfigurada por la disciplina y el cuchillo del médico, el veterinario o el barbero. De ese mar que en cada momento busca el límite y el tour de force Cecilia Bartoli —que tanto honor hace a la santa patrona de su vocación musical—, ha elegido doce ejemplos de virtuosismo estremecedor: los vuelos a toda velocidad de la voz relampagueante, los tramos entonados en sentidos pianos y piannissimos, los amplios trazos de coloratura abatidos hasta el maestoso, las frases que se agolpan y deslizan en un mismo aliento y que exigen una longitud atlética de respiración a los pulmones; los acentos, los tonos del mezzo-soprano al contra-alto, el arcoíris de falsetes cubriendo toda la fronda del soprano, dan idea del alto modelo acústico a que aspiraba la edad barroca. Cecilia Bartoli reúne en este disco un calendario donde la voz parece desdoblarse —y se desdobla— en el altar del sacrificio: sacrificium donde la víctima parece resucitar a cada momento del cuchillo que la solicita. Desde luego, Cecilia Bartoli es algo más que una intérprete. En ella la música se hace historiadora. No oculta el texto que acompaña el disco cuánta miseria podía haber alrededor de esa fábrica de los ángeles castrados que fue la famosa escuela napolitana; no disimula cuántos cientos de jóvenes eunucos fueron obligados por el hambre y por sus familias a desprenderse de sus testículos en aras de la tesitura y en nombre de la música.

 

La de Bartoli es una voz equilibrista que sube por el aire con el brío incontenible de los fuegos artificiales, castillos pasmosos, sin perder en ningún momento el gesto vocal realizado con perfección absoluta. Aquí el último capítulo del barroco parece decir adiós al siglo con luces de bengala, lanzada por el volcán de una voz preñada de energía.

 

La ciudad inalcanzada de la armonía andrógina se abre camino hacia el mundo gracias a la veloz vocalización de esta Cecilia que sabe fundir en el volcán de su voz la risa y la queja, el llanto, el grito, la súplica y el arrebato desfalleciente al borde del balbuceo y la canción de cuna, jugando a saltar las cuerdas de la voz como una niña traviesa que busca el zumbido de la reata en el trapecio. Se ha dicho que Cecilia Bartoli es una acróbata de la voz. Es, desde luego, mucho más.

 

Sacrificium: Cecilia Bartoli acompañada por el Il Giardino Armonico, dirigido por G. Antonini: Concepto y edición y textos: Cecilia Bartoli y Markus Wyler. El disco está ilustrado por una serie de fotomontajes de estatuas de la antigüedad clásica griega y romana con el rostro de Cecilia Bartoli.

 

Italia/Tres rituales iniciáticos: la cultura italiana como ceremonia y trance/ 1ª versión: 11/10/08. versión: 13/10/08. 3ª versión: 24/10/08. 4ª versión: 25/10/08. 5ª versión: 25/10/08. 6ª. versión: 7/10/08./7ª versión: 04-IV-2018. Vero./8ª versión: 10-IV-2018. Vero./9ª versión: 17-IV-2018. Vero

[1] I Mettodi Attuali Della critica in Italia, Maria Corti e Cesare Segre. Edi/Edizioni Rai Radio Televisiones Italiana, 1970, 453 pp.

 

* Los Sepulcros, Sonetos y una oda. Ensayo, traducción y notas de Alaide Foppa, Ugo Foscolo, Centro de Estudios Tecnológicos de Artes Gráficas Mexicano—Italia no dependiente de la Dirección General de Educación Tecnológica Industrial de la S.E.P., 1983, p. 77.