Tres ensayistas curiosos

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  1. Los ojos rasgados de Simon Leys

El dramaturgo Simon Gray supo reconocer a los honorables críticos que “encuentran en una pieza de teatro cosas mucho más interesantes que imaginarse a ellos mismos sobre el escenario”. El ensayista y sinólogo belga Simon Leys es esa clase de escritor y de traductor. Invariablemente, ha encontrado más cosas dignas de observar y admirar en los demás que en sí mismo. Los textos reunidos en La felicidad de los pececillos prueban que Leys –nacido Pierre Ryckmans– nunca busca ser brillante sino adecuado, pertinente, justo. A Leys lo domina una ingenuidad imprescindible y a la vez un persistente estado de alerta. Uno de sus adjetivos favoritos es “quijotesco”.

Lo que captura la atención de Leys es variado y estimado: los escritores y el dinero, los bondades de la pereza y la inutilidad, el mar y las paradojas de sus mejores retratistas (Conrad no sabía nadar), lo poco que un autor sabe de su propio libro, la lítote y las omisiones en una novela, la cualidad formativa de la caligrafía, la superioridad del amateur sobre el profesional: “Los artistas que se contentan con mejorar sus habilidades eventualmente llegan a poco. Los que verdaderamente dejan huella tienen la fuerza y el coraje de explorar y explotar sus defectos.”

Este porfiado traductor de Confucio y Shitao se detiene a rumiar sobre los deslices de una traducción, y a los practicantes de este oficio les encomienda “un viejo principio de la navegación: es peligroso no saber cuál es nuestra posición, pero no saber que uno no sabe es mucho peor”. Leys es sobre todo un lector y La felicidad de los pececillos, al igual que la notable recopilación The Hall of Uselessness, es el libro de un lector con un lápiz en la mano. Leys estudia y elogia a Victor Segalen (a quien homenajeó con su seudónimo), a Simenon, Unamuno, Chesterton, Orwell. No sólo lee sino que, como un buen espectador ante caligrafía china, rehace la danza del pincel sobre la página. La mitad de sus escritos son ajenos: citas. Como aquellos críticos cuyo propósito es hacerle justicia a una voz, Leys habla por boca de otros. El método ofrece algunos repliegues: “Un escritor puede a veces hablar con más honestidad acerca de sí mismo cuando piensa que está meramente comentando acerca de otro escritor que le gusta en particular”.

La cordialidad de Leys no le quita filo y punta a sus declaraciones: “¿No se podría subsidiar a determinados universitarios para que dejen de escribir libros?”. O bien: “Los editores, incluso los que poseen talento y experiencia, raras veces saben lo que hacen. Podrían hacer suya la célebre fórmula: puesto que estos misterios se nos escapan, hagamos como que somos sus organizadores”. En los años setenta, fue al establishment intelectual francés que Leys tuvo que enfrentar con sus denuncias contra el régimen maoísta: “las más altas inteligencias no dicen menos tonterías que el común de los mortales; simplemente, lo hacen con más autoridad”.

Cuando no cita, Leys pasa a la anécdota. En un café, un señor se puso de pie para volver a cambiar la radio en cuanto apareció música clásica: “El talento inspirado siempre es un insulto a la mediocridad. La necesidad de rebajarlo todo a nuestro miserable nivel, de mancillar, burlarse y degradar todo cuanto nos domina por su esplendor es probablemente uno de los rasgos más desoladores de la naturaleza humana”.

En un artículo, Leys recuerda un ritual que realizan indios de la costa del Pacífico al pie del árbol que deben hachar, para que los disculpe. Las páginas que conforman estos libros de Leys no deberán pedirle perdón a los árboles que se talaron con el propósito de imprimir ejemplares. Hablando de Jean-Francois Revel, Leys comenta que en toda su carrera no escribió ni una sola oración confusa: “En el mundo intelectual parisino un hábito semejante puede arruinar fácilmente la credibilidad de un escritor, porque las almas simples y las mediocridades solemnes sólo se impresionan con lo que está envuelto en jerga opaca.” El ataque de Christopher Hitchens contra la Madre Teresa le recuerda a Leys “la indignación del cliente de un restaurante que, frente a una tostada con caviar, se queja diciendo que la mermelada tiene un extraño gusto a pescado”.

 

El autor de Los náufragos del Batavia no pretende señalarlo todo y –atento lector de Arthur Waley, Joseph Needham, Lu Xun– se guía por la táctica del vacío en la estética china: “El mensaje no sólo puede llegar a destino sin necesidad de decirse en su totalidad, sino que es precisamente porque no se expresa en su totalidad que puede alcanzar su destino”. En una oportunidad, una librería le procuró “el descubrimiento de que a veces una línea realmente inspirada en un libro puede llevarte a comprarlo de inmediato”. A los libros de Simon Leys les sobran frases iluminadas, propias y ajenas, que no tienen la voluntad de encandilar.

 

  1. Luc Sante y el oro del pasado

De niño se desmayaba durante la misa de los domingos. A las apariciones religiosas –en las que se insistía en la Bélgica de su infancia– las imaginaba lentas, “como la de una imagen fotográfica en una bandeja de solución química”. Años después descubriría que no hay modo más directo de interrumpir y preservar una infancia que cambiar de idioma a una edad temprana. Arrancado de su país de origen hacia los siete años, a Luc Sante no le quedó otra opción que obsesionarse con el pasado, que lo ha seguido igual que una sombra. A la vez, ha confesado que siente una especie de expansión psicológica logarítmica por cada año que pasa, gracias a la cual ve su niñez como a la distancia de un siglo. Si Sante retoca su currículum, es para no provocar lástima; para desarreglar una memoria excesivamente fiel. En su crónica familiar The Factory of Facts advierte: “El pasado es un lugar silencioso en el que los cambios ocurren con lentitud glacial; es un paisaje permanentemente verde. Puedes ir allí y hallar que no ha sucedido demasiado desde tu última visita.”

Investigador de “documentos suprimidos”, un mercado de pulgas es para Sante una mesa de juegos de azar en el que alguien puede cruzarse con evidencia acerca del hermano gemelo desaparecido, con la foto de la primera chica cuya imagen lo mantenía despierto en la noche, con un juguete adorado y perdido. En Low Life, su libro sobre la vieja Nueva York, su lugar de adopción, Sante asegura que esa metrópolis “expulsa a sus muertos. Los muertos, sin embargo, son un grupo notoriamente inmanejable. Tienden a resistir todos los esfuerzos por borrar sus rastros”. (El lugar que facilita la oportunidad de no dejar huellas es, según Sante, la habitación de un hotel, noción que desarrolló en un texto dedicado a la obra del escultor y escapista Juan Muñoz.)

Sante ha reiterado que “las fotos que se sacan para documentar son más cautivantes que las que se hacen con un propósito artístico”. Su archivo de fotografías le fue sugiriendo “leer una foto como la palma de una mano”. En la fototeca de la policía de Nueva York comprendió lo difícil que es ponerle edad a un cadáver. Sante sostiene que “la búsqueda de la perfección de parte de Mapplethorpe le funciona mejor cuando lo aleja de la belleza”. Para él, el fotógrafo Walker Evans “poseía el genio de un ilusionista para hacer arte que no parece arte ni algo conscientemente realizado”. El estilo de la foto-postal de principios de siglo veinte, según Sante, fue retomado por Evans: “La gente posa sin sonreír porque las películas y la publicidad todavía no le han enseñado a hacerlo.” La prosa de Joseph Mitchell tiene para Sante “la rigurosa y engañosa simplicidad” de las imágenes de Evans. Esta ausencia de deliberación artística puede remitir al lector a lo que Sante señala a propósito de su país natal y de su artista más emblemático: “Una cierta cualidad gris y algo inconspicuo, innato en el carácter belga, una ayuda innegable para un detective filosófico como Magritte, que le permitía fusionarse con su ambiente y que su estilo pareciera la ausencia de estilo”.

En el único libro de Sante traducido hasta el momento, Mata a tus ídolos, escribe sobre el crimen y la supervivencia del pasado en una gran ciudad, las formas de fumar, el origen del blues, los dibujos de Victor Hugo, la “línea clara” del creador de Tintín, los parricidios de Rimbaud, algunos fotógrafos indóciles y la memoria indecisa de una imagen.

Como con las fotos sin firma, Sante comenta que “ciertas viejas canciones populares se han infiltrado en el inconciente colectivo de tal modo que parecen que nunca hubieran sido compuestas, que hubieran ocurrido misteriosamente, a la manera de las bromas y proverbios caídos del cielo. Los elementos más antiguos y duraderos de la cultura popular desafían nuestra idea de autoría”. Autoría inestable y anonimato son los dos polos magnéticos de Sante, que cuenta que el bluesman Robert Johnson “estaba preocupado de un modo neurótico con esconder sus manos mientras tocaba si otros guitarristas andaban cerca”. No es el caso de Luc Sante, que practica un estilo transparente, no desprovisto de un lirismo fáctico. No tiene por costumbre gritar sus ideas, las suelta al pasar: Victor Hugo pudo haber inventado años antes el ready-made que patentó Duchamp, cuando firmaba y fechaba las piedras que recogía en la playa.

 

  1. Diván significa: atado de páginas escritas

El de Adam Phillips es un caso milagroso: un psicoanalista que lee bien. Un psicoanalista que escribe bien. Que lee por placer y escribe con gracia. El autor de Flirtear, La bestia en la guardería y La caja de Houdini tiene otra virtud inusual en un terapeuta: la afabilidad. La suya es una prosa en la que inteligencia y elegancia logran confundirse, y esa confusión incrementa la claridad de sus líneas. Phillips siembra sus libros de epígrafes de poetas, acaso porque a menudo se pasea entre lo inteligible y lo indescifrable. Una de sus preguntas habituales es qué significa no comprender a una persona o una frase, y qué es lo que más nos tienta no entender.

Desde Freud en adelante, la psicología ha vampirizado, parasitado, colonizado y saqueado a la literatura. El experimento dio sus frutos en la vida –algunos de dudoso gusto–, pero fueron escasos en la literatura resultante. Son contados los ejemplos en que el cortejo entre estas dos vocaciones o vicios haya producido un escritor de excepción como Phillips. Tal vez porque este lector devoto de Charles Lamb y John Ruskin logró que predominaran los métodos y las formas de intuir de la literatura: “Creo que debe haber menos teoría en el psicoanálisis y más oraciones interesantes”.

A sus materias dilectas Phillips las hace pasar por una lente de aumento, felina, límpida e implacable: el modo en que el psicoanálisis alienta variantes de digresión y concentración. La infancia como ficción suprema: “Estamos todos recuperándonos de haber sido niños”. Los frutos del aburrimiento, el arte de la huida. El éxito, la felicidad inasible, la cordura. Lo intencional y lo no intencional. La literatura y el psicoanálisis como maneras de describir vidas. Si alguien pudiera incorporar y procesar y aplicar lo que Adam Phillips ha escrito, se convertiría en la persona más interesante del mundo.

«Leo psicoanálisis como si fuera poesía. De manera que no tengo que preocuparme si es cierto o incluso útil, sólo si es cautivante o conmovedor o intrigante o entretenido”, ha explicado Phillips, que viene redactando una larga novela interpretativa. En su estilo pareciera que las frases se escribieran solas, se dejaran llevar por la lógica de la oración precedente, fueran cubriendo un terreno que se asoma como inevitablemente. Al igual que con personas extremadamente inteligentes u oportunas, no se sabe a veces si Phillips realmente pensó algo o lo dijo porque la frase anterior lo condujo allí, y valiera la pena decirlo como si en efecto lo hubiera ideado simplemente porque la sola frase hace pensar. La tentación de un pensamiento bien formulado. Pareciera que cree que una oración no le debe fidelidad a su propietario sino al lugar prometido hacia el que guía al lector.

Phillips se cuestiona qué significa estar interesado en algo y cómo mantener el interés en uno mismo. En Flirtear declara que “el flirteo mantiene las cosas en juego” y “coquetea con la idea de sorpresa”. Es útil aproximar algunas de sus ideas a lo que sucede en la lectura misma. Con respecto a las ambiciones, Phillips sostiene que “sólo podemos viajar si nos aseguramos que jamás llegaremos al punto de destino”. Otro tanto podría decirse del acto de leer. Podría pensarse que sólo podemos leer –o escribir– si sabemos que no necesariamente quedaremos satisfechos.

En una ocasión, Phillips comparó los efectos impredecibles de la lectura con el “trabajo del sueño” según Freud. Un tratamiento psicoanalítico, señaló Phillips, es como leer una poderosa obra de literatura, “un salto hacia una oscuridad indefinible. Nadie puede saber nunca de antemano el efecto que tendrá o, de hecho, no tendrá”. La obra de Phillips nos recuerda que cada lectura ofrece la oportunidad de volver más interesante una vida (esto bastaría para justificarla como hábito y adicción). En una ocasión indicó que “al elegir a un psicoanalista de una determinada orientación, sea la que fuere, uno elige también la clase de vida de la que quiere terminar hablando”. Lo mismo podría pensarse de los libros que se eligen leer, sobre todo si se tiene en cuenta lo que Phillips sugiere en Going Sane: “Nos define todo aquello que descubrimos acerca de nosotros mismos”.

Con menos pudor, la lectura podría ayudar al lector a intuir de qué lo libera, de qué quiere escapar. O qué espera un lector de sí mismo cuando lee. Acerca de la frustración y la satisfacción que deparan los otros, Adam Phillips detalla: “Es como si, de un modo extraño, uno estuviera esperando a alguien pero no sabe quién es hasta que no aparece”. Lo mismo sucede con un libro. Si el psicoanálisis es un diálogo con uno mismo en presencia de otro, la lectura es una conversación con otro en presencia de ese que creemos ser, que no sabemos todavía quién es, o en quién se convertirá gracias a lo que lee.