SALVADOR ELIZONDO: ANTE TODO ESTÁ EL ESPEJO

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En 1969, la Universidad de Guanajuato publica la primera edición del Cuaderno de escritura de Salvador Elizondo. Se trata, evidentemente, de una edición fuera de lo común: el autor diseñó la portada y la contraportada ofreciendo, en la primera, una estampa, lo más semejante posible, a las libretas que se compraban en las papelerías de entonces y que el propio Elizondo usaba para sus “apuntes”; y en la contraportada aparece una fotografía del autor, releyendo el contenido de esa misma libreta. El título, Cuaderno de escritura, hace alusión, por un lado, a los cahiers de Paul Valéry, donde el poeta francés ensayaba lo que escribía y a la postre publicaba. Y a su vez, los cahiers de Valéry hacen alusión a los cuadernos de Leonardo, donde éste llevaba un registro más o menos pormenorizado de su cotidianidad como observador de la naturaleza y dueño de una cantidad incomparable de oficios: arquitecto, ingeniero, dibujante, pintor, inventor de máquinas imposibles, anatomista, diseñador de espectáculos cortesanos y otras visiones que Leonardo acompañaba de testimonios, anotaciones, marcas y, en general, escritura. Elizondo recoge en su libro ambos testigos, al afirmar, de una manera plausible y concreta, que la práctica del escritor no es otra cosa que una versión especular de su propia escritura: un arte que no abandona en ninguna de sus instancias la condición del boceto. Cuaderno de escritura representa un momento irrepetible en la bibliografía elizondiana por el carácter radical de su propuesta, ya que nada, o muy poco, de lo que contienen las páginas del Cuaderno está concluido y nada de lo que contienen esas mismas páginas pertenece a una categoría literaria identificable. Apuntes, estampas, ensayos sobre pintura (una alianza declarada entre imagen y palabra a lo largo de la obra de Elizondo) y una serie de aforismos (“Ostraka”) que dan cuenta de la filiación wittgensteiniana del autor mexicano, constituyen la estela que deja a su paso este Cuaderno.

 

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En su ensayo sobre Alberto Gironella, “El putridero óptico”, que en realidad es un ejercicio de escritura sobre las obsesiones que Elizondo tenía en común con la pintura de Gironella (el espejo, la realidad, la pintura de Velázquez), Elizondo escribe: “Ante todo, está el espejo. El espejo está ante todo. Ante todo está el espejo…” Para el escritor, todo se resuelve frente a la realidad del espejo, y la realidad se resuelve, por tanto, en escritura. No hay nada que no sea susceptible de pasar por ese filtro, o de anunciarse a través de la trama, siempre flexible, de sus líneas.  En ese comienzo, que forma un aparte de un ensayo formado de apartados y fragmentaciones, Elizondo ensaya una variante de lo que después haría en su famoso texto del Grafógrafo (1972); una variante verbal del dibujo de Escher donde la mano que dibuja es la mano que se dibuja a sí misma. Si el dibujo se dibuja a sí mismo, también, por qué no: el texto se escribe a sí mismo. En las páginas del Cuaderno resuena la idea de escritura que había rondado los libros de Roland Barthes sobre la escritura en sí: el mundo es una proyección de lo que imaginamos y expresamos a través de diversos aparatos, todos los cuales involucran el ejercicio creativo de la mano en conexión con la mente. Ni Barthes ni Elizondo —contraparte mexicana de aquél en más de un sentido— escaparon a las repercusiones que tuvieron las ideas de Platón a lo largo de dos mil quinientos años, a partir de su reformulación cultural, filosófica y religiosa conocida como neoplatonismo. Uno y otro coinciden en una afirmación que se encuentra, pues, implícita en la filosofía de Platón: el mundo es una invención de la mente que dibuja o escribe. Y ambos menesteres, dibujo y escritura, en un momento dado de nuestra historia han venido a significar lo mismo: representación de una realidad que se construye y se desconstruye frente a nosotros de manera alternativa.

En su cuaderno de apuntes o divagaciones estéticas, filosóficas y literarias, Elizondo reitera algo que Barthes había anunciado como fin: el final del libro como noción u objeto concluido y el final, más importante aún, de la noción de obra. Elizondo en su Cuaderno postula algo que había postulado desde el primero de sus libros, Farabeuf (1965). Después de Joyce, la literatura ya no puede ser tal y como fue hasta el siglo xix; después de Joyce y de Proust, dos presencias tutelares en su Cuaderno de escritura, la novela —el devenir de la palabra escrita— sólo puede ser un aparato de intepretación de la realidad, donde ésta misma se fragmenta en una y mil astillas.

Pocas veces como en el Cuaderno de escritura Elizondo se mostró más inteligente y ambicioso en sus formas de especulación (indagación de lo Otro, lo real, todo aquello que de alguna manera nos refleja). “El concepto de persona (máscara, personaje dramático, mentira, disfraz, arcano) se origina en esta proclividad de nuestra naturaleza mental a ser nosotros mismos el espejo, el rostro y el reflejo.” Pocas veces logró páginas más perfectas y deslumbrantes que en ese Cuaderno, aparentemente libérrimo, donde escribió sobre lo que se le dio la gana sin ceñirse a ninguna agenda o a ningún compromiso moral o intelectual. A la manera de Baudelaire, que escribió un libro inolvidable sobre un pintor olvidado, sus ensayos sobre Gironella y Sofía Bassi son en realidad confesiones sobre el sentido y el alcance de la metáfora del espejo y la tortura. Elizondo se refiere a estos artistas para referirse a sí mismo y confrontarse, en el caso de Gironella, con Velázquez y su insuperable figuración de la realidad, que se genera a sí misma a partir del artificio del speculum, donde las figuras del rey y la reina se encuentran vagamente reflejadas.[*]

 

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Siguiendo la estela de Leonardo, para quien la noción de obra había dejado de existir desde el momento mismo en que fueron más importantes, para él, los bocetos y los apuntes que los muros concluidos o las pinturas de cabellete consideradas también como acabadas; siguiendo esta misma estela, este mismo rumor desde muy lejos, el poeta Stéphane Mallarmé, que se encuentra entre los más leídos por Elizondo a lo largo de los cincuenta años de su vida intelectual activa, concibió su obra maestra, el Libro, como una quimera constelada o fragmentada en tentativas. Su poema mayor, el Golpe de dados, es un poema inconcluso, que no hizo sino mostrar el estado en que lo dejó su autor en el momento en que decidió abandonarlo. La publicación de este poema en 1897 —y posteriormente en 1914— contribuyó significativamente a relativizar los estándares de lo mayor y lo menor y generó fisuras, huecos a través de los cuales comenzaron a filtrarse obras, libros, recopilaciones, objetos o posibilidades, como las que representa el Cuaderno de escritura en la bibliografía de Elizondo. Cuando publicó Cuaderno de escritura, en 1969, Elizondo no postuló la existencia de un azar que gobierna las evoluciones de la poesía sobre la página en blanco, sino que obedeció el método contrario: todo en su cuaderno está pensado para acomodarse dentro de un espacio determinado por un autor que envejece junto a las páginas de su cuaderno, pero que decide, al final, qué incluye y qué no en las páginas de su “libro”. El cuaderno simula ser el libro, y viceversa; es decir, uno y otro forman parte de una misma tentativa —escribir como única premisa válida.

Después de la publicación de Cuaderno de escritura aparecerían libros más amables y legibles dentro de la bibliografía elizondiana, como Camera lucida (1983) o Elsinore (1988); pero todos estos “cuadernos” (Elsinore también es un cuaderno) tendrían el aspecto mortecino de una resonancia o una decadencia en la vida de un autor que se contemplaría a sí mismo como un fenómeno de la naturaleza obediente a tres facetas: nacimiento, madurez y muerte. “Debo a mi madre el descubrimiento de una agudeza de Gracián”, escribe Elizondo en la “Advertencia” que redactó con motivo de la segunda edición de su Autobiografía precoz (Aldus, 2000), “a la que he tratado de atenerme desde que era yo muy chico: dividir la vida en tres etapas; la primera para hablar con los muertos —leer—; la segunda para hablar con los vivos —viajar, amar, conversar, escribir—; la tercera para hablar con uno mismo. Ahora que he llegado a la última, doy el recuento de una etapa en la que vacilaba yo entre las dos primeras”. Elizondo murió seis años después de haber escrito esas líneas. Su Cuaderno de escritura pertenece, pues, a la etapa más alta y significativa de su producción literaria.

Elizondo concebía la literatura como escritura, y la escritura como una parte de la vida que se confunde con la vida en sí. La escritura exploraba la vida interior, la vida del espíritu. Y la vida del espíritu era la totalidad inabarcable de la vida del cuerpo. Ambas cosas son inseparables una de otra. Y ambas cosas, la vida y la escritura —amanecer, mediodía y noche, eran parte de un proceso especulativo natural que no provocaba en la conciencia otra cosa que nostalgia.

 

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Todo el Cuaderno puede leerse como un alegato a favor de la irrealidad de lo real; es decir, una disertación sobre la realidad de la obra de arte.

 

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“Se concibe el Yo como un continente, no perdido sino simplemente olvidado; un continente que la conciencia de la realidad inmediata ha ido socavando, pero en el que de pronto descubrimos el aliento perdurable y unívoco de razas que han adquirido la sabiduría de un silencio en el que las palabras son como la gesticulación lentísima de arquitecturas inmemoriales que se erigen a sí mismas de acuerdo a las leyes de la estructuración calcárea.”

(“Los continentes del sueño”, Cuaderno de escritura, Vuelta, 1992, p. 98)

 

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Si Elizondo hubiera deshecho un poco más las costuras que estructuraban sus cuadernos, el resultado hubiera producido un efecto muy similar al que ahora nos producen los libros de Pascal Quignard, en donde el ensayo se mezcla a la narración de historias generando el híbrido inclasificable al que siempre tendió la escritura de Elizondo en sus momentos más delirantes; y, en consecuencia, los más lúcidos.

 

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Como si intuyéramos una concordancia secreta entre las obras de mayor erudición y las de mayor imaginación.

 

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Abro el Cuaderno al azar y leo: “¿Osamos proferir las palabras prohibidas? Los perros de la inteligencia acechan. La jauría de princesas encantadas se dispone al acoso de una realidad desconocida y tal vez próxima. Estamos en la montería del sueño dispuestos a la caza de lo absoluto”. Entiendo entonces que todo está dicho y que ha llegado el momento, una vez más, de cerrar el Cuaderno.

 

 

Santa María Ahuacatitlán, a 19 de diciembre de 2019.

[*] Rey y realidad, como lo hace notar Elizondo con cierta vehemencia, comparten una misma raíz, res. “Las cosas son más reales mientras más realidad contienen. Los hombres son más reales mientras más realeza emanan. El más real de todos los hombres es el Rey.” El ensayo de Elizondo sobre Gironella es en realidad uno de los ensayos más agudos que se han escrito sobre Velázquez y el gran “ensayo” que pintó Velázquez sobre la realidad, sus Meninas.