¿QUÉ MATÓ A FERMÍN GABOR?

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Reseñar La lengua suelta, editorial Renacimiento, 2020, es encomienda, sino imposible, al menos harto difícil. Por esa razón, me limitaré a desgranar mis impresiones de lector, más o menos avisado de por dónde van los tiros de los snipers en cuestión. Que mi puntería sea la mitad de buena… Que la suya.

Dentro de sus propósitos y temáticas —que son la lengua irredenta, free y sin vacunar, dándolo todo, contra todo lo relacionado con la cultura cubana y muchos de sus protagonistas muertos no hace mucho, vivos o zombis—, es un libro casi absoluto. Un trabuco, así lo bautiza Antonio José Ponte en referencia no solo a su cantidad de páginas (727 de texto neto), sino al peso específico de estas. Trabuco absoluto por lo que dice y cómo lo dice. Por todo lo que alcanzan, involucra o salpica, que en sus páginas es ilimitado.     

La lengua suelta es un voluminoso volumen, exquisita redundancia, segmentado en dos partes. Las crónicas escritas por Fermín Gabor entre el 2001 y el 2010, para la revista digital La Habana elegante, aparecen en la primera parte del libro bajo el título de La lengua suelta. La segunda es un nuevo diccionario de la cultura cubana. Tan incompleto como único y curiosísimo, ya que no es tarea abarcadora, sino selectiva donde solo “cogen cajita” los personajes de los que Gabor se ocupa en la primera parte. No obstante, no se trata de un libro huérfano aparecido de la nada, AJP da fe de su genealogía en cuanto a desenfado y técnicas. Reporta que predecesores suyos son Guillermo Cabrera Infante, Vidas para leerlas y Mea Cuba. Reinaldo Arenas, Necesidad de libertad y El color del verano. Los epitafios atribuidos a Luis Rogelio Nogueras, Guillermo Rodríguez Rivera y Raúl Rivero.

 

El desaparecido Fermín Gabor —AJP refiere que desaparece, pero nada dice de qué manera o hacia dónde— escribía sus crónicas, lo asegura más de una vez, desde Budapest. Debe haber sido una experiencia inolvidable escribir sobre la literatura y la cultura de la Cuba revolucionaria, inspirado quizás por la cercanía del Museo del Terror, especie de casa de los horrores dedicada a recordar las víctimas de los dos periodos totalitarios vividos en Hungría: el fascismo y el comunismo. El primer Gabor del que escuché hablar fue un músico. Gabor Presser, tecladista y líder de la banda de rock húngara Lokomotiv GT.

Fermín Gabor y Gabor Presser —con los húngaros sucede que a veces no sé cuál es el nombre y cuál el apellido, cuestión de orden imagino— fueron ambos traductores a su manera.

Traducir es ejercicio fatigoso. Si no como decía la locutora de televisión Consuelo Vidal, en el espacio humorístico Detrás de la fachada, para hacer hincapié en el mensaje de determinada escena que representaban los personajes, y que Fermín Gabor cita más de una vez en sus crónicas: “Miren para allá”:

El que nos ocupa, Fermín Gabor, puso gran empeño en traducir a través del humor, en todas sus cubiches variantes: el choteo, el cuero, arrancar las tiras del pellejo. O en las universales parodia y oficiosidad burlesca, los peores y bochornosos episodios de la cultura cubana, con énfasis en la literatura y sus hacedores, lo mismo dentro que fuera de la ínsula. Del esfuerzo titánico por convertir en potable, a través de chanza, los albañales de una cultura que medra bajo el paraguas revolucionario resultan una serie de apretados, inventivos y mordaces textos, siempre elegantes, siempre lúcidos. En este sentido, su traducción es tan perfecta y creativa como largo y ancho el mencionado paraguas.

Al otro Gabor, el músico, le tocó lidiar con la introducción del rock duro y progresivo a la manera de Led Zeppelin y Deep Purple en la escena nacional húngara en los tempranos setenta. Tarea nada fácil, pero más gratificante y placentera que la de su tocayo. Miren la cantidad de álbumes grabados desde aquella fecha hasta 2016.

El trabuco en su calidad de mamotreto, ladrillo en cuestión, y no viejo escopetón, es un libro de chismes. Sí que lo es. Historiografía positivista. ¿Les suena? Made in Germany tenía que ser, finales de siglo XIX. A aquella corriente solo le interesaba la validez de los hechos, lo que estos corroboran una vez expuestos rigurosamente. Chismografía positivista la de Fermín Gabor. Detrás de cada crónica hay un hecho relatado con tanto garbo como el empleado por los autores estrellas de la citada corriente historiográfica. El suceso descrito devela de manera rigurosa en su completo alcance. Irónico eso de que contar chismes le aporte profundidad y seriedad a un libro. Gabor, rebasado el chisme en su fase hilarante, va del humor a su análisis, siempre lúcido y sorprendente. Y es aquí donde sus crónicas se deben tomar en serio.

La chismografía, positivista, de Fermín Gabor y Antonio José Ponte la conforman varias y repetidas obsesiones. He aquí algunas de ellas: la generación de los poetas de los cincuenta, su escasa u orfandad de huella en el panorama literario posterior. Los premios nacionales de literatura. (La primera engendra a los segundos: “Es que decir Generación del 50 es decir Premio Nacional de Literatura”, AJP, p. 309). El grupo Orígenes, su panteón y reforma mitológica. Usos y maneras del poder revolucionario en su relación con la literatura desde los tempranos sesenta, puesta en escena, modus operandi de los órganos represivos, personajes, incluye hasta banda sonora en muchas ocasiones. Los escritores comisarios en su total desempeño desde editores de revistas y jefes de lote de la poseía, el ensayo y la narrativa cubanas, hasta flamantes presidente de instituciones, ministros y vices.

Por otra parte, vale agregar que los chismes, o hechos, dotan a La lengua suelta de una erudición muy particular. La impresionante acumulación factual, para berrinche de los emplazados, corrobora las fuerzas motrices ocultas detrás de los hechos citados, los intereses ocultos que se ponían o no en movimiento en cada uno.

Un lengüetazo suelto. Cuando vivía en Bauta tenía en mi librero la antología de los poetas que comenzaron a escribir en los años cincuenta. La misma que mencionan AJP y Fermín Gabor. Más allá de la chatarra que recogía la tripa del libro era una colección muy curiosa. Recorriendo el índice me enteré de que, en Cuba, por ejemplo, había una persona que se llamaba Jesús Cos Causse y que, además, era poeta. Claro, jamás me tomé el trabajo de buscar en el Diccionario de la literatura cubana. Edición del Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba, La Habana, 1980. En dicha antología luego de saltar los escollos que constituían los poemas del bardo del Moncada —que no eran ni Juan Almeida ni Agustín Díaz Cartaya—, Raúl Gómez García y los imprescindibles hermanos Saiz, se llegaba a un remanso, o al menos eso me parecía, que eran los versos de Rolando Escardó, poeta malogrado, víctima de involucrarse en una poesía mayor: jugar a la “revolú” (término usado por Gabor y AJP). Causa de muerte directa: accidente de tránsito. Indirecta: organización del primer congreso de escritores después del triunfo de 1959. ¿O viceversa? En una ocasión caminaba por la barriada de la Cubalina y de repente me encontré un Comité de Defensa de la Revolución, CDR que, como rezaba un cartel escrito a mano, pegado a una cerca, se llamaba “Rolando Escardó”. Le pregunté a una señora, la presidenta quizás, que limpiaba el portal si ella sabía quién era Rolando Escardó y me dijo que sí, que era un héroe revolucionario. En la asignación de cuota de memoria postmortem Escardó le llevaba ventaja a Fernández Retamar, Carilda Oliver, Miguel Barnet, Pablo A. Fernández y a la persona que en Cuba se llama Jesús Cos Causse.

Sin la maledicencia, la chismografía, positivista o no, prospera poco. Se queda en anodino crepitar. ¿Es la Lengua suelta un libro maledicente? Sí que lo es. La maledicencia es una especie de juego floral entre los escritores cubanos. Casi todos hablan de casi todos. Incluso la sana costumbre ha llevado siempre a pequeñas guerras en las que celos y envidia florecen como la verdolaga en jardín descuidado. “Entreveros del cotarro”, diría un premio nacional o necional, lo mismo da, de literatura, edición de 2003, y la frase suena como un puñetazo en las costillas. Pero a la maledicencia Fermín Gabor le introduce el sesgo político. Y lo que puede ser cotilleo de pasillos, o entreveros del…, cobra significado en tanto desenmascaramiento de miedos, de oscuras maniobras, de actos de cobardía individual y coral. El escalafón de terrores es amplio y reñido. El pago por ello es magro, humillante. Tanto como la cantidad de trabajo sucio a realizar.

Demasiado ejercicio de chisme y maledicencia no evitan que Gabor, y su roommate de trabuco, gasten lengua en hablar bien de algún que otro autor. Lo hacen. Incluso con dulzura. Da placer leerlo, saber por qué lo hacen. Busquen en las crónicas y en el diccionario lo que han escrito de Rafael Alcides y Manuel Díaz Martínez, por ejemplo.

En su afán de diseccionar la cultura cubana oficial, oficialista, no oficiosa, los confabulados Gabor y AJP echan mano a categorías filosóficas y estéticas que elevan el trabuco a sumario de conocimiento superior. Además de paniaguada del gobierno y cautiva de los cuerpos represivos, dicha cultura la caracteriza un ejercicio tenaz de grisura y mal gusto a lo largo y ancho de la manifestación que sea. Chismógrafos inclementes se valen de herramientas analíticas sin las cuales sería imposible tener una idea de las dimensiones estéticas de su campo de estudio. La cultura cubana es cursiñán (de cursilería). La chealdad (ibidem) se desparrama por todas partes. Lo picúo (ibid.) salta a la vista lo mismo en la peluca de un ministro, que el perrito de otro, que en una banda sonora de una serie de televisión, que en el discurso de un crítico, que en las páginas de una novela o un poemario.

No solo la cultura cubana es cursi. La revolución es chea, cheesy hasta la pared del frente. Su estética. Su discurso. Causaría risa. Mas, no. Cursilería aparte la revolú demanda. No se trata solo de vivir de manera fecunda en el mal gusto y para el mal gusto. Si no, pregúntenles a los premios nacionales de literatura. ¿Qué demanda? Eso, trabajo sucio aquí y trabajo sucio por allá. Porque la revolú hay que defenderla y no importa cómo.

La llamada Guerrita de los emails. Más bien escaramuza, conflicto de muy baja intensidad, es objeto de atención por parte de Gabor y AJP. Luego de la comparecencia televisiva en diferentes espacios de los antiguos comisarios culturales de los 70 Luis Pavón Tamayo, mandamás del antiguo Consejo Nacional de Cultura, el comandante fiscal Jorge “Papito” Serguera, exjefe del ICRT y Armando Quesada “encargado de limpiar los establos de Augías del teatro durante ese periodo”. A partir de la aparición pública de esos tres fantasmas, muchas de sus víctimas comenzaron a quejarse públicamente a través de correos electrónicos. Las quejas desembocaron en una serie de eventos terapéuticos sobre la política cultural del llamado Quinquenio gris. La triada de funcionarios cogió lo suyo, que este caso no fueron cajitas. Fin de la escaramuza. Ganador la revolú.

Es esta seudo contienda la que mejor explica una de las tesis de La lengua suelta. El historiador Jean Douchet se preguntaba por qué hubo tantos colaboracionistas franceses que echaron una mano a los nazis en su tarea de masacrar a judíos y partisanos franceses. La respuesta era muy simple. Simple y horrible: “Siempre hay personas que disfrutan masacrando a sus semejantes”. El enunciado debe aplicar para la triada. Pavón, Serguera y el tal Quesada seguramente reprimieron con gusto, e igual que los colaboracionistas franceses, pusieron en su tarea ingenio y sacrificio. Y la tesis es esta. Por muy puntillosos y diligentes en sus funciones que fueran estos procónsules no eran ellos los autores del mal. El único causante del mal, de todo el mal era, es, el totalitarismo. Los comisarios son desechables, basura reciclable. El totalitarismo, sino tiende a la inmortalidad o al milenarismo, suele ser de una longevidad desmoralizante. Que nos pregunten sin ir más lejos.

Y el tópico totalitarismo nos lleva directo a otro de los pasajes más oscuros y escabrosos de La lengua suelta. Aun así, no le falta comicidad. El tema nos hace reír. Nos referimos al Síndrome de Estocolmo erótico. El tamaño y volumen del “paquete testicular” ubicado en la “ingle de varón” del finado comandante en jefe. La primera frase, la del paquete, pertenece a Norberto Fuentes, el siquitrillado autor de Condenados de Condado; la segunda, la inguinal, a Carilda Oliver. La tal proporción era garantía de soberanía, mantenía a raya a los yanquis. A más pulgadas o libras, más independencia. “Tenemos un comandante que le ronca los cojones”, llegó a decir Pablo Milanés. ¿Quién mejor que él que había sido inquilino de las barracas de la UMAP? A la sombra de aquellos huevos y de las botas militares, medraban los comisarios y sus víctimas. A la sombra de testículos y botas militares de alta caña, encontraron inspiración Fuentes, Milanés, la poeta matancera.

Otro lengüetazo. Esto de la épica testicular que irradiaba el comandante en jefe es sustancia chismosa per se. Si un Norberto Fuentes o una Carilda Oliver loan esa parte de la anatomía, otros lo llamaban con el alias de Malpalo, que en la isla significan mala hoja, pésimo en la cama. Sin embargo, admiradores platónicos los había. Y muchos, en cada cuadra, en cada casa. Por ejemplo, Oswaldo Guayasamín y Jesús Montané Oropesa. Busque un video del artista ecuatoriano inauguraba mural a la vez que hablaba del comandante y verá. Debajo de las palabras es como si se escuchara un suave rumor de pantalón caído como quien no quiere las cosas. “¡Fidel, qué manos más grandes!”. Lo de Montané era otra historia. Su carta al comandante Juan Capote Fiallo, jefe del Presidio Modelo, donde los moncadistas extinguían condena, pidiendo su traslado a la misma celda en la que Fidel estaba aislado, es uno de los mejores testimonios de amor plañidero de la historia de la revolución cubana. Su autor apela a la condición de militar honesto de Capote, a las relaciones entre este y su familia.  Reclamo comprensible, el alejamiento del líder le ha provocado depresión y le pide a Capote que lo traslade adonde su admirado líder. Por supuesto, el militar honesto no movió un dedo y Montané quedó donde mismo con el resto del grupo, presa de su depresión y la ansiedad que le provocaban la tal ausencia. El militar honesto fue pasado por las armas en los primeros meses de 1959. Fin de la historia.

Y la hilaridad del tema del paquete de marras lleva directo a algo que siempre sospeché del trabuco, aún sin haberlo leído. La lengua suelta es un libro que despierta la amargura como pocos. Luego de la sonrisa, la risa o la carcajada nos queda un regusto amargo, amargo hasta la incomodidad. Entonces me digo, esto es lo peor de mi país, porque si así se comporta la supuesta intelligentsia que lo mismo produce versos que ofrece un mitin de repudio a un desafecto o firma una carta ominosa, qué queda para el resto. Esto es la vergüenza de mi país. Esto es la prueba y trofeo de nuestra derrota. Por eso me fui de Cuba. Yo y los otros. La risa es la cresta del iceberg, hablando como egresado del taller Onelio Jorge Cardoso. El hielo que está abajo son los despojos de la infamia, la mariconá y el terror.

Si le interesa le informo que hay un Fermín Gabor y un AJP de los muertos. Cintio Vitier apenas fallecido, bueno, en realidad aguarda un tiempo prudencial, se ocupa de su obra mínima, no minimalista, de sus cuitas por no haber sido valorado como narrador. Lizandro Otero, lo mismo, en honor a su memoria Gabor y AJP citan el tema de las memorias del occiso. La memoria es una sola e indivisible, pero en dos versiones: una para los anaqueles en fulas, donde habitan los miembros de la tribu Cubierta brillante, y otra, para los anaqueles de las ciudades en la que habita la tribu Cubierta de bagazo. Dos anaqueles, dos libros, una sola fuente de riquezas. Si desea conocer más de esas dos tribus o subgrupos taínos, le doy una pista: los premios nacionales de literatura pertenecen a los Cubierta de bagazo, caracterizada por la calidad de sus ediciones. Escritores de éxito fuera de la isla que publican en famosas editoriales y viven fuera de la ínsula pertenecen al grupo taíno de los Cubierta brillantes. Pero obsérvese el mismo tainaje, la exacta chancleta. ¡Ay, Gabor y AJP de los muertos! Si miramos el diccionario a distancia del tiempo este parece más un registro de defunciones, un repositorio de carcamales, RIP. En fin, un mamotreto de solavayas.

También hay un Fermin Gabor y un AJP críticos de cine. La crónica sobre la película de Tomás Piard El viajero inmóvil, inspirada en pasajes de la novela de Paradiso de Lezama Lima, es un texto que debería inspirar a los críticos de cine, más preocupados en hacer saber lo inteligentes que son que por el cine, al punto de visionar materiales audiovisuales en lugar de ver películas. Si uno no supiera de la existencia de El viajero… pensaría que la crónica es fruto de la imaginación perversa de Gabro secundada por su acólito. Pero no, la peli existe y el texto de Gabor trastoca los géneros crónica de humor a cuenta de bodrio cinematográfico. Vaso comunicante: el absurdo.

Si me pidieran alguna sugerencia relacionada con mis preferencias del La lengua suelta diría sin vacilar: “De las crónicas, todas. Del diccionario, cada nombre”. En trabuco indivisible cada página lleva a la otra que puede no ser la que le continúa, sino, una que aún no ha leído o la que ya pasó. Y así sucesivamente.

Algo que echo de menos en La lengua suelta es un glosario de palabras y términos propios de una generación: los nacidos durante el babyboom cubano de los sesenta. En sus páginas, sobre todo en la primera parte he encontrado muchas palabras y expresiones que no escuchaba desde hacía muchísimo tiempo. Cito algunos ejemplos: “Butín”, de excelencia. “Mamey” en su acepción no frutal, también de excelencia. “Coger cajita”, de alcanzar algo deseado, no quedarse fuera. “Mayimbes”, dícese a los jefes. “Chicharrón”, sinónimo de adulación y de “guataca”.

Por último, como esto no es de Chacón y Calvo y sí de Simon & Garfunkel, me he preguntado muchas veces qué provocó la desaparición de Fermín Gabor. Aquí no hay guardia pioneril que venga en mi auxilio. Por mucho que trato, no encuentro mejor respuesta o hipótesis que esta: Fermín Gabor despareció a causa de leer tanto bodrio: ensayos, poemarios, novelas, entrevistas de cuanto escritor de infame de obra o proceder, o viceversa, que pasea en los predios de la literatura cubana. Imposible hacer lista. Imposibles de nombrar. ¿Quién sobrevive a experiencia tan sádica? En eso Gabor y AJP nos llevan ventaja. El primero desapareció, al menos, eso dice el segundo. Pero mientras, y eso es bastante, ahí está el trabuco, suelto, sin vacunar.

Montreal, marzo/abril de 2020