Los escargots que no comió Julia de Burgos

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En esta charla, como la han llamado[1] ––y que he escrito aquí de tal manera, con sus características digresiones, divagaciones, retornos y lo que en mexicano llamamos “puntadas” –– esta presente no-conferencia que quiere ser más bien un cronopio, un ente “fuera del margen”, conjeturo, no afirmo como una certeza, cabos sueltos de índole gastronoliteraria.

Gastronoliterarios, como son los escargots que no comió Julia de Burgos, la bulimia nueva o la presencia del Nuevo Mundo de Teresa de Ávila, el queso de Juana de Asbaje niña, la lección de Rosario Castellanos en la mesa, el silencio que Marietta de Veintemilla (quien fungió como Primera Dama del Ecuador, aquí enlistada por su libro “Páginas del Ecuador”) guarda sobre los célebres banquetes que ofrecía su tío. Las comilonas de la mujer que representa Guaman Poma en la pareja simpaticona de “gordos y grandazos”, en su criterio comelones y bebedores, flojos, haraganes, pusilánimes y lascivos (el gesto masculino “hacer la figa” indica el coito, la espada del caballero asociada por López Baralt con el falo erecto, la mano izquierda de la mujer apoyada sobre el pubis). Para Guaman Poma serían de “Lo que ymaginan los cristianos españoles teniendo muchos hijos: Procuran, ymaginan todo en plata, oro y tener rriquíesas y están de día y de noche pensando marido y muger”. Les atribuye este diálogo:

 

“¡Qué bien dicho y pensado, señor mío de mis ojos! Pues que Dios nos ha dado tantos hijos para ganar plata y ser rrico, el hijo llamado Yaquito sea cleriguito, y Fransicquillo tanbién. Porque ganarán plata y nos enbiará yndios, yndias a seruirnos (…) mucho regalo de perdís y gallinas, güebos, fruta, mays, papas (…) chenitas y muchachitos, yndias depocitadas”[2] .

 

Hay otro dibujo que me interesa particularmente de Guaman Poma, su representación de la Tercera Coia (reina), Mama Cora Oclio, “que bebía mucha chicha”. Es singular, las mujeres durante la Colonia no son representadas o narradas bebiendo etílicas. Bernal sí habla de los embajadores enviados por Moctezuma a los que dan de beber vino y que se tornan “bien contentos”. No vemos ese equivalente en los lotes de mujeres “regaladas” a Cortés, o las escasas individuas sobrevivientes de naufragios en costas del “nuevo mundo” mencionadas en las crónicas, no hay las “bien contentas”. La tercera Coria de la Crónica de Guaman Poma nos restituya de esa ausencia ––y a su manera, la mujer de la pareja de gordos, porque bebía, aunque en ella veremos otra cosa––.

 

Aquí quiero traer a cuento a las patatas de Teresa de Ávila ––la primera mención ibérica o europea de éstas, y la orden que ella funda, las Carmelitas descalzas, que lleva las patatas a Italia––, el vaso de ron de Julia de Burgos, la carne incomible que dice haber guisado Rosario Castellanos, el chocolate en cuya superficie escribió Juana de Asbaje, los homenajes culinarios que hace Clorinda Matto de Turner, y los cacahuates japoneses que comía Boullosa cuando adolescente, y que se sigue comiendo cada que puede. Cacahuates japoneses, recubiertos de una masilla crocante.

El cacahuate o maní, híbrido lo más posible creado por el hombre (o lo más preciso, aunque no se escribe así, por la mujer) hace casi diez mil años en Cajamarca, Perú, el inchick, quedó vuelto japonés por vestirlo rígido. El inchick, como el que trae el Señor de Sipán en su collar desde el siglo III, cuando lo enterraron. Ese mismo cacahuate, que en los años de mi adolescencia, los de Janis Joplin, el rock, la entrada de la pastilla anticonceptiva, adquiría bajo el influjo de su capa “japonesa” un aire moderno. Su magia era poética, estaba sobre todo en su nombre, pero era poética chafa, porque la asociación de esas dos palabras era arbitraria y estridente.

Las patatas o papas que Teresa no puso a freír en medio de un arrebato místico, aunque se afirme lo contrario con el pretexto del pasaje escrito por algunos de sus biógrafos y que Fray Antonio Veredas representó en un conocido grabado.

O de la posesión etílica de Julia de Burgos, contra la que peleó, y ante la que cedió.

O poner el acento en el instante en que Juana de Asbaje pierde la sobriedad al caer en el duermevela, estado que le permite establecer una figura kirchneriana trazándola en sólido, en arquitectónico, hasta alcanzar la superficie de la luna, como a su manera nos relata en El sueño.

Su manera sobria y medida, como la que se impuso ante el queso que ansió y se prohibió comer en su infancia. Un queso sin apellido, un queso bastardo, como ella, un queso legítimo que requirió para convertirse en ello del cuajo, una irrupción similar etílica. La leche es sobria como el agua fresca, pero no el queso, el queso hace par con el vino aunque su función sea contrarrestar su efecto inmediato en la boca.

 

De lo que no quisiera hablar tampoco es de cuando al llegar Cortés y sus hombres a la ciudad de Tlaxcala, “arrojaban las mujeres diferentes flores sobre los españoles, y las más atrevidas o menos recatadas, se acercaban hasta ponerlas en sus manos”, según cuenta Solís. Tampoco del variado banquete cotidiano de Moctezuma que le preparaba una legión de cocineras y le servía otra legión de bellas ricamente ataviadas, sino de la mesa a la que sentaban quienes cocinaban y servían, y que medían y percibían la comida con y contra sus colegas, los ingredientes, los platillos, su sabor, las combinaciones, sus guisos futuros. Esa mesa baja que les permitiría reclinarse como las figuras en un fresco romano para comer conversando, y que dan al espacio de la casa una dimensión distinta. No la alta mesa sobria y rígida nuestra, la baja, la que deja al cuerpo todo tan cerca de la boca y del diálogo.

Tampoco quisiera hablar de las mujeres con grilletes en los tobillos que aparecen representadas en el Códice Ayozu.

Sin embargo, eso de lo que uno no quiere hablar es a menudo el agujero negro de una obra literaria ––el origen o su destino, la fuerza negativa, la masa superior, lo no formulable, lo incorpóreo, lo que o no ha nacido o ha terminado de ser o ya fue y se devoró, lo que devora espacio y tiempo y es la energía que anima y destroza sus alrededores––.

 

Volviendo a mi intención de lo que quisiera hoy charlar, Teresa de Ávila deseando patatas ––papas, o batatas, que es decir algún tipo de papa caribeña, si no lo más probable, papa dulce o camote––, como expresa en las cartas a la priora del convento de Sevilla (Sor María de San José, “las patatas, que vinieron a un tiempo, y que tengo harto ganas de comer, y muy buenas llegaron”) y en otras a su hermano Lorenzo ––el que moriría guerreando contra los araucanos. Lorenzo, el predilecto y benefactor, su cómplice y su proveedor ––de dinero para su primera fundación (y para otras), y el dador de comida apetente.

 

De “una” San José, voy a otro, porque ésta es charla, y vale la digresión: Grande, llamó Sor Juana a San José. ¿Grande, un varón emasculado imaginariamente? ¿Su afirmación encerraba algún al poderoso gobierno? ¿Por qué deja su afirmación Sor Juana entre signos de interrogación? ¿La interrogación cumple una función doblemente afirmativa?

¿Es que esa superioridad de José también tiene un sentido terreno, al ser un varón sin “espada” en mano, sin falo, sin la violencia que se asocia culturalmente a la violencia? Como dice, en este renglón Julia de Burgos:

 

“Hoy, día de los muertos, desfile de sombras…

Hoy, sombra entre sombras, deliro el afán

de ser Don Quijote o Don Juan o un bandido

O un ácrata obrero o un gran militar.

 

Hoy quiero ser hombre. Me queman las ansias

de ser aguerrido y audaz capitán

… Subir por las tapias,

burlar los conventos, ser todo un Don Juan.

raptar a Sor Carmen y a Sor Josefina,

rendirlas, y a Julia de Burgos violar”

 

En Julia es más obvia la asociación violencia-masculinidad (en todo será más obvia que Juana, son otro siglo, otra percepción del mundo, otro temperamento).

En todo caso, el poema de Sor Juana de donde proviene la cita que he sacado arbitraria, merece una lectura más atenta, pero en esta “charla”, como no tiene queso, ni cacao, ni calabacita o salsas de mi tierra, como no es cronopio sino algo que desea en verdad alterar el centro ––no ser de los márgenes––, lo dejaré a un lado.

No sin antes traer tres asociaciones cronópicas: si José, el desvarón, tiene ese lugar superior, me permite evocar a Flora Tristán quien, como los sansimonianos, quería que repensáramos al Señor Dios como hembra y varón a un tiempo, un dios tipo caracol de tierra, que son a un tiempo de los dos géneros, como esos que no comió Julia de Burgos.

Me trae también al caracol, tal vez imperfecto, que fue Catalina de Erauso, la Monja Alférez. Porque sin quererlo ser fue mujer, dice haberse puesto un emplasto que le secaron los pechos, tuvo vida de hombre, incluyendo ser el enamorado de mujeres.

Y la tercera: si la mujer gorda y simpaticona que pinta Guaman Poma externa su complacencia en tener hijos porque los usará para enriquecerse, y expresa que esos hijos (religiosos) le traerán servidores indios, ella se masculiniza: ejerce mando violento sobre otros para detentar el poder masculino. No es una coria caracola, sino de espíritu masculinizado.

 

Y vuelvo a Teresa de Ávila: permaneció su deseo de no ser como su mamá, un deseo pronunciado, consciente, que fue para ella crucial (el no querer ser como la mujer fatigada, gastada, de un embarazo tras el otro, sin pausa entre ellos, que muere exhausta a los 32. La madre, un ser no-ejemplar). Por no hablar de que por ser mujer ella no hubiera podido irse, como sus hermanos, a las Indias. Cumplir el sueño de su siglo. Sin excepción, sus hermanos varones escaparon de la Península para emprender la aventura de las Indias. Las Indias: promesa y trampa doradas. Lorenzo (su proveedor, y quien le administrara las batatas o patatos que tanto le gustaran, como también le gustó el coco, y hablo bien de las sardinas) muerto.

El deseo, la amenaza, el peligro de las Indias podría ser otra manera de explicar la persona de Teresa ––la Monja Alférez, donde la atracción y la repulsión conviven: ir y no ir, porque puede ser mortal, a las Indias––. En Teresa, querer y no querer, desear y encontrar repulsivo convergen en una sola reacción.

Pero lo que nos interesa son las patatas que estaban buenísimas. Y su vómito diario. O tomar un bocado y escupirlo inmediato porque le sabía muy bien. El vómito como un par del deseo: Teresa fue el territorio donde el deseo y la repulsión convergen en un mismo, preciso punto. El eje del deseo y el rechazo en el mismo, específico lugar.

Teresa fue Teresa, con su propia, complicada historia personal, su decisión de no tener el cuerpo de mujer que era el cuerpo de la debacle, el cuerpo arruinado de la madre, la humillación pública de su abuelo y de su familia, el ansia del padre, la de ella por él, la del padre por no ser lo que era de raíz; su inclinación emponzoñada ––ansiar al padre, resistir a su ansia de no ansiar al padre. No ser como la madre, no comer lo que la madre abastece. No comer ese placer. Vomitar. Tontear, sí, de jovencita, coquetear, flirtear ––un pecado, decía la portada de la Revista Señal que en mi infancia llegara por correo a casa––. Gastar dinero en perfumes y en ropas. Verse hermosa, vanidosa. Ver a un muchacho ––un primo suyo–– hermoso, hermoso. Cruzar miradas con él. Rozar tal vez su mano. Entender que ese deseo está mal, y desearlo.

Temer que el Bien Supremo que ella percibe en sus “delirios” sea el Demonio. Entregarse, desear, repugnar vomitar.

Más poderoso, tal vez, fue, en los “desórdenes” de Teresa el hecho de ser de su siglo. Ese siglo: el del principio de la Conquista. Donde Colón avanza con su dardo viajero por difundir la palabra de Dios ––si Milenarista (como el hábito con el que fue enterrado) con mayor fervor––, y por avaricia. Por ensanchar el Imperio, condenar a los habitantes de las islas a la esclavitud (es continua su efusividad en torno a la cantidad de esclavos que proveerían al Rey las Caribes), y por traer el Cielo al mundo ––o llevar el Mundo al Cielo, al borrar de su faz los herejes y no bautizos.

Colón, el de los ojos ensangrentados de no poder dormir, de no poder conectar con el territorio del sueño, el enceguecido que ve. El fanático que se enceguece. El insomne. El que escribe con su puño y el que le dicta a su escriba, hablándole al oído al Rey.

Colón y Teresa escriben una historia común. Colón es Teresa, y Teresa es Colón. Teresa condenando a las de su orden a una vida desprovista de placeres, una vida de hambre y privaciones. Colón, llevando a los libres de demonios a una vida de esclavitud y privaciones extremas. Algo así como a vida de Carmelitas Descalzos, si sobreviven el rigor, la precariedad, y los virus y bacterias que traerían del viejo continente.

Ser Teresa: ser de su siglo. Ser el poder bondadoso, que derrota toda corrupción, el poder más puro, y mandato de displacer, infelicidad, entrega, descarnado rigor.

 

Tomando mi distancias, acoto que la trayectoria de la escritora es muy diferente que la de éste o cualquier otro varón.

 

Quiero hablar de alguna de estas “diferencias”, y con ello de mi ejemplar de la antología Laurel (segunda edición, fechada en 1986). “La editorial Séneca confió la elaboración de Laurel, Antología de la poesía Moderna en Lengua Española, y la selección de las poesías que la forman, a los poetas Emilio Prados, Xavier Villaurrutia, Juan Gil Albert y Octavio Paz. Se terminó de imprimir el día veinte de agosto de 1941, en los talleres gráficos de CVLTVRA, de la Ciudad de México.”

Pagué por el libro ––no de pasta dura, aunque sí de espléndida calidad de papel cebolla–– 5,200 pesos mexicanos. Al cambio de hoy, serían 273 dólares, pero si ajustamos por los dos ceros perdidos en el valor del peso, serían hoy 2.73 dólares.

Esos dos ceros perdidos a nuestra moneda que persiguieron al México de los ochentas, y que cambiaron el destino de muchos en mi generación ––casas perdidas, sueños truncados, cambios de profesión, y la idea misma de México golpeada por un señor de apellido Salinas de Gortari, que no merecía el apellido de su madre.

 

Mi edición de Laurel marcada sin sus dos ceros me lleva a dos que como yo deambulábamos en los pasillos de la universidad, dos varones, los dos poetas, o queriendo ser poetas. Los dos terminaron sin casa ––uno realmente como clochard, Samuel Noyola, y así murió, el segundo enterrado en la hermosa casa de la familia, que en una esquina privilegiada de Coyoacán exhibe su deterioro, y en la que él, soñando tener una comuna, acoge sin percibirlo a todo tipo de malviviente y a más de un mercader de lo prohibido, mientras los techos y paredes se le caen encima a pedazos: metáfora del país. Un país magnífico, como esa casa, en ruinas estructurales, cuyos habitantes viven asfixiándose sin opciones para sobrevivir más allá de diversas actividades “ilegales” o criminales, o sueñan, como el descrito, en estar viviendo un experimento social maravilloso.

 

Mi ejemplar de Laurel es el reemplazo de la primera edición ––que amé y releí hasta el cansancio en casa de mi papá. Recopila 38 autores. Todos de pantalones, me parece, porque hay una sola mujer, Gabriela Mistral, y ella vestía como varón, aunque con faldas porque en una fémina el pantalón era otra cosa, era liberación. La de Mistral es una falda rígida, varonil, un traje de hombres con las piernas de fuera.

Del prólogo, tomo una cita de Villaurrutia: “el problema de la operación creadora que es la poesía, y que es siempre, ante todo, y sobre todo, un problema de lenguaje”. ¿Es en verdad, para una mujer poeta, sólo un “problema de lenguaje”? La cita de X.V. me evoca dos de Julia de Burgos:

 

“Y me vi con claridad ahuyentando la

sombra vaciada en la tierra desde el hombre”

 

Y:

 

“Sigo siendo mensaje lejos de la palabra”.

 

La poesía: lenguaje, tradición, memoria, relación con el mundo, distancia con éste. Boca, comida, admiración, queso, placer, rechazo, vómito.

Para una mujer poeta, un problema agudo, tal vez en un sentido teresiano: ser y amar ser lo que no se quiere ser, porque serlo será ser una más, otra borrada.

 

Había otras antologías de poesía en casa de mi papá ––donde viví mi infancia y primeros 3 años de adolescencia––, entre otras, “Las mil mejores poesías de la lengua castellana” de Bergua, calificado como el “paradigma de la mejor poesía castellana”. En la edición actualizada (que es la que tengo) y en la que se incluyen más mujeres que en la primera, entre los mil antologados hay 35 poemas de 23 autoras, con más de un poema sólo 9 de ellas. Ya entró en la “platino” Delmira Agustini, quien según La Olvidada (como llama Ida Vitale a Luisa Luisi), “no es solamente la primera poetisa de América; es, si no el primero, uno de los primeros poetas de América”. Delmira, la que no entró a Laurel. Delmira, la que se atrevió a desear lo que deseaba, y actuó para satisfacer su deseo, y escribió su deseo ––las suyas son las más finas poesías eróticas––, y ya divorciada la asesinó su exmarido.

El mensaje para una joven escritora era evidente: en el canon, no había cabida para autoras. Se aceptaría una por siglo, como una excepción, como un recuerdo de “no pasarán”. Evidente, y no enunciado.

Los tiempos sí han cambiado, pero no tanto (en la antología de Francisco Rico, “Mil años de Poesía Española”, de 213 poetas, ocho mujeres; está ya Rosalía de Castro, pero se nos evapora Delmira Agustini, repiten, como en las otras dos, Carolina Coronado ––su marido amortajado para no enterrarlo––, Teresa de Ávila ––sus trances ante esa lanza––, y Juana de Asbaje.). Y lo que me parece no se ha movido es la mirada al Romanticismo en América hispana: es, se dice, debilitón de natura, y pues sí lo es si no tomamos en cuenta, si no consideramos parte del canon a las mujeres que le dieron esplendor a nuestro Romanticismo. Por no hacerlo, no sólo Villaurrutia escribe que no tuvo el esplendor en nuestra lengua. Sin Dolores Veintimilla, sin Marietta de Ventemilla, sin Gertrudis Gómez de Avellaneda, sin Juana Manuela Gorriti, sin Adela Zamudio, pierde su peso y anchura.

 

Rehuir el silencio. Ahí nos explicamos por qué Marietta de Veintemilla en sus “Páginas del Ecuador” omite lo femenil. Se está presentando a nosotros. Menciona el vestido manchado y rasgado como prueba de ultraje, la desaparición de sus joyas como prueba del vandalismo y el hurto. En cambio, omite todo tipo de precisión femenil, incluso toda precisión culinaria ––no nos dice qué es lo que llevan las mujeres a los campos para que coman sus hijos y maridos, no nos menciona una sola vez los esplendores de los banquetes que daba su tío en el palacio presidencial, como si fuera de corazón franciscano, que no lo era. Huye de toda identificación femenil. Ella quiere parecernos un estratega. Lo fue: mujer de armas, de poder, de Estado, la generalita––. En cambio, Juana Manuela Gorriti, reputada cocinera, conquista la cocina y la lleva al corazón de la vida intelectual, centro de la reunión literaria. Así, conquista lo que a mis ojos es una conquista importante en sus escritos, y para nuestros escritos latinoamericanos: la fantasía. Lo hace porque no da un paso atrás en su identidad.

 

¿Y los caracoles de Julia de Burgos?

Los caracoles de tierra autóctonos (Caracolus Excelens y Polydontes, según el estudio de Marcio Veloz Maggiolo) fueron fundamental alimento de los caribeños antes de la llegada de las hordas extranjeras. Antes de que los habitantes en las Antillas practicaran alguna forma de cultivo, por lo menos desde el año 3000 antes de esta Era, incluso antes de la organización del comercio, y de las relaciones interaldeánicas, se cocinaban caracoles.

Fueron ingrediente central en la cocina autóctona, presencia suculenta en el equivalente de la mesa ––el espacio social que es la cocina guisada, la conversación a que ésta invita––, fuente importante de proteínas (y eran de recolección: no se cultivaban o sembraban, los regalaba la tierra). Se esfumaron de la práctica común gradualmente, en parte por el cultivo del azúcar ––con el que llegó la mano de obra esclava que venía del África–– , hasta desaparecer en el siglo XIX, y reaparecer como excepción (Marcio Veloz Maggiolo menciona una granja dominicana en la que se les cultiva para servir de objeto gourmet en la mesa).

 

Julia de Burgos (1914-1953) llegó a los 26 a Nueva York. Fue inspectora de ópticas, vendedora de lámparas, oficinista y costurera. En su tierra, Puerto Rico, había sido maestra de escuela, y ya había publicado poemas.

Escribía en español, pero cuando estuvo interna en el Hospital de Roosvelt Island, se aventó, que sepamos, un poema en inglés (y muy malo).

Desde ese mismo hospital, escribió a su hermana diciéndole que le daría la batalla al alcoholismo. Su cuerpo ya no soportaba los golpes del licor.

En la calle 106, del lado Este, casi esquina con la Quinta Avenida, uno de los primeros días de julio de 1953, el cuerpo inconsciente de una joven mulata fue trasladado al hospital de Harlem. Diagnóstico: pulmonía alveolar. Julia de Burgos muere sin recuperar la conciencia. Nadie reclamó el cadáver. La enterraron en la fosa común, otra Jane Doe, la no identificada. Tenía 39 años.

 

Los caracoles de tierra caribeños son particularmente hermosos, y la evaporación de su hábitat por la siembra de la caña de azúcar.

El agujero negro de Julia de Burgos contenía en parte los caracoles de tierra.

Agujero negro, pero no como en el sistema planetario, sino en el golf, un hoyo al que apunta el ojo del jugador. La cito:

 

que soy grifa y pura negra

ay, ay, ay, que el esclavo fue mi abuelo

es mi pena, es mi pena.

Si hubiera sido el amo, sería mi vergüenza.

 

“No quiero limosnas de herencia gastada”. No las usó, echó mano de la ausencia, el de su tierra puertorriqueña, y el de una tierra anterior, la de sus antepasados africanos.

No aceptó “herencia gastada”. Se convirtió en la “otra Julia”:

 

A Julia de Burgos

Ya las gentes murmuran que yo soy tu enemiga
porque dicen que en verso doy al mundo tu yo.

Mienten, Julia de Burgos. Mienten, Julia de Burgos.
La que se alza en mis versos no es tu voz: es mi voz
porque tú eres ropaje y la esencia soy yo;

y el más profundo abismo se tiende entre las dos.

Tú eres fría muñeca de mentira social,
y yo, viril destello de la humana verdad.

Tú, miel de cortesanas hipocresías; yo no;
que en todos mis poemas desnudo el corazón.

Tú eres como tu mundo, egoísta;
yo no; que en todo me lo juego a ser lo que soy yo.

Tú eres sólo la grave señora señorona; yo no,
yo soy la vida, la fuerza, la mujer.

Tú eres de tu marido, de tu amo; yo no;
yo de nadie, o de todos, porque a todos, a
todos en mi limpio sentir y en mi pensar me doy.

Tú te rizas el pelo y te pintas; yo no;
a mí me riza el viento, a mí me pinta el sol.

Tú eres dama casera, resignada, sumisa,
atada a los prejuicios de los hombres; yo no;
que yo soy Rocinante corriendo desbocado
olfateando horizontes de justicia de Dios.

Tú en ti misma no mandas;
a ti todos te mandan; en ti mandan tu esposo, tus
padres, tus parientes, el cura, el modista,
el teatro, el casino, el auto,
las alhajas, el banquete, el champán, el cielo
y el infierno, y el qué dirán social.

En mí no, que en mí manda mi solo corazón,
mi solo pensamiento; quien manda en mí soy yo.

Tú, flor de aristocracia; y yo, la flor del pueblo.
Tú en ti lo tienes todo y a todos se
lo debes, mientras que yo, mi nada a nadie se la debo.

Tú, clavada al estático dividendo ancestral,
y yo, un uno en la cifra del divisor
social somos el duelo a muerte que se acerca fatal.

Cuando las multitudes corran alborotadas
dejando atrás cenizas de injusticias quemadas,
y cuando con la tea de las siete virtudes,
tras los siete pecados, corran las multitudes,
contra ti, y contra todo lo injusto y lo inhumano,
yo iré en medio de ellas con la tea en la mano.

 

Esa otra Julia, la de “desnudo corazón”, “yo soy la vida, la fuerza”, “a mí me riza el viento, a mí me pinta el sol”, sobre la que no mandan esposos, padres, parientes, cuna, modista, alhajas, teatro, casino, auto, banquete, champán, cielo o el infierno. Esa que es “la flor del pueblo”. La que dice “seguí por la sombra del tiempo y me hice paisaje lejos de mi visión”.

Esa Julia de Burgos, a su manera telúrica, que requiere ante los pasados de pérdidas de su isla, recuperarla, y así dice al río:

“Enróscate en mis labios y deja que te beba”

(operación visual que evoca una pintura surrealista), operación poética que necesita por bien del río-patria para

“esconderte del mundo y en ti mismo esconderte”.

 

Esconderlo, darle forma, su forma original, y ––más darle pertenencia:

 

“Apéate un instante del lomo de la tierra,

y busca de mis ansias el íntimo secreto”.

 

Es Julia, no una Eva o no la Eva original, sino la que recreará otra vez al mundo para revelar su verdad:

“mi esclavo pueblo”.

 

Julia de Burgos hace presentes en su poesía esos caracoles perdidos, fuente de proteína, alimento, sustancia, bella generosidad de la tierra, reales, encarnándolos en su forma, en su lugar.

No lectura, no conjetura, como en la “lectura de los caracoles” de los santeros del Caribe, sino el pan que es regalo de la Tierra.

 

La necesidad de redención de su tierra rota, de su pueblo esclavo en mis cifras, la ausencia de los caracoles… Sus palabras están cargadas de proteína, para suplantar esa ausencia, y resulta que su poesía es algo gritada.

El exceso de proteínas es innecesario en la poesía. Antes bien, por ellas los poemas adquieren el lustre que da a un guiso el mandato que atormentó algunas infancias: “¡come, come!, ¡tiene proteínas!” Esa frase que convierte a la comida en menos de lo que es: fuente de vida, placer, espacio colectivo, memoria, captura del instante, cultura, y a manera poética también lengua. Valga como ejemplo estos versos de Julia de Burgos:

 

¡Rómpanse un millón de puños

contra moral tan injusta!

¡Alzad, alzad vuestros brazos

como se alzaron en Rusia!

Y hay algo más: la presencia de ese dolor de tierra. Bien lo dijo Julia:

Verso sufrido no gusta!

 

El caracol de tierra: y no menciono, por no llevar mis conjeturas, no ya hasta la cocina, como he hecho, sino mucho más allá de la cocina.

Pese a que menciono lo que no menciono: con la depredación que causó el azúcar al ambiente natural que había hecho posible la abundancia del caracol de tierra, también se eliminó el habitat que hubiera permitido al varón ser mujer, y a la mujer ser varón, como lo son esos gasterópodos. No neutros, como se dice Juana de Asbaje, ella, la seductora que no es neutra sino también un caracol.

Caracol Julia. Caracol Gabriela Mistral. Caracol Marietta de Veintemilla. Caracol Rosario Castellanos. Caracol yo.

 

Lo que me lleva a otras poetas: pienso en las de mi generación. Cuando empezamos a publicar, la nuestra era una camada sobre todo de poetas mujeres. Estamos a fines de los setentas. Aparecen los primeros libros (y en algunos casos, los mejores que escribiría su autora) de Coral Bracho, Verónica Volkow, Gloria Gervitz, Kyra Galván, Nelly Keoseán, Myriam Moscona, publicaba la divina Enriqueta Ochoa, y con nosotras había también un momento dorado de artistas mujeres.

Navegábamos en el silencio sepulcral de un Estado que hablaba sin hablar. La presidencia de Echeverría emprendía su “Guerra contra las drogas”, con dinero proveniente de Washington. Al tiempo que recibía a los refugiados del Cono Sur ––de eso sí se hablaba––, los que huían de la Operación Cóndor, teníamos nosotros también nuestra operación cóndor, que era la campaña presidencial dizque contra las drogas. Con ella arrasan contrincantes del gobierno, la guerrilla urbana y la rural, y de aldeas enteras de Guerrero. Hasta que salió el PRI del poder tuvimos acceso a los archivos: los campos de confinamiento llevaban cuenta de los presos, sus tarjetas de ingreso tienen fotografías, nombre, edad, lengua, precisos reportes de quiénes quedarían sepultados en fosas clandestinas o en los hornos crematorios. De eso no se hablaba. Eso no pasaba. No lo sabíamos. Vivíamos, hasta la caída del PRI, cuando se abrieron los archivos, sobre y con los cadáveres silenciosos de nuestros desaparecidos. Sin saberlo. Pero los muertos hablan.

Hablan en el silencio. Alimentan la palabra del poema.

Mi tesis, aquí a vuela pluma, es que las mujeres escritoras teníamos una familiaridad mayor con el silencio. Con lo innominado. Nosotras mismas éramos parte de otro campo de confinadas al silencio. Y en ese terreno, irritados por otras verdades sí voceadas (los Desaparecidos del Cono Sur, las luchas feministas, las autoras que pedían la visibilidad de otras autoras, las artistas), en diálogo franco e intenso con lo no dicho, lo olvidado, como los caracoles que no comió Julia de Burgos. Ahí nosotras, cada una de las jóvenes escritoras mexicanas de fines de los setentas y principios de los ochentas, florecimos o floreció. Y digo plural y singular porque lo he hecho ya aquí.

Las mujeres escritoras sabíamos movernos en las aguas de las palabras, palabras sin palabras: las que no se pronuncian, las muertas. Entre ellas está la palabra juliadeburguiana “caracol, caracol de tierra”, los desaparecidos de México durante nuestra cóndor, y nosotras, que dormimos y despertamos juntos a los muertos. En el silencio de otras que no conformaron el canon. Éramos sus herederas, las que no las leíamos. Las que nos alimentábamos del silencio, de las delicias arrebatadas a nuestras mesas.

[1] Leída en UCLA, por invitación de la Cátedra Julio Cortázar, que coordina la UDG con la Dra. Dulce María Zúñiga, acogida por el Dr. Efraín Kristal

 

[2] Raquel Chang Rodríguez, “La palabra y la pluma en Primer nueva corónica y buen gobierno”, ediciones de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 2005; p. 109, en el apartado “la pareja perulera”.