La dificultad barata

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Cuando los críticos elogian la literatura difícil, generalmente excluyen de ese rubro a las obras difíciles de escribir que se leen con facilidad. Puede ocurrir, desde luego, que ambas dificultades o facilidades coincidan, pero la extendida y prestigiosa costumbre de transferir al lector los embrollos que el escritor no pudo resolver debería ponernos en guardia contra los criterios de valoración que sobrestiman la sintaxis enmarañada, la rareza del léxico o la argumentación críptica, sin tomar en cuenta sus resultados. Como bien dijo Nicolás Gómez Dávila, “los escritores que no han torturado sus frases torturan al lector”. Los correctores de estilo saben muy bien que el lenguaje desarticulado engendra oscuridades que un prestidigitador hábil puede vender como misterios sublimes. En las antípodas de esa negligencia, Flaubert sudó tinta negra para cincelar la diáfana prosa de Madame Bovary, en jornadas extenuantes de trabajo donde la reescritura obsesiva de un solo párrafo podía tomarle diez horas. Quizá no haya mayor dificultad literaria que brindar al lector un placer en estado puro.

Ofrezco dos botones de muestra para comparar la valiosa y la pobre dificultad literaria, la que se vale del rigor estilístico para seducir a los lectores o la que les impone rigurosas penitencias, en este caso léxicas. En el poema alegórico “El reino interior”, Rubén Darío describe un paraje idílicodonde ocurrirá una revelación íntima: “Se ven extrañas flores/ de la flora gloriosa de los cuentos azules /y entre las ramas encantadas, papemores,/ cuyo canto de amor extasiara a los bulbules./(Papemor: ave rara; bulbules: ruiseñores)”. Al introducir las definiciones de dos palabras exóticas, respetando el metro y la rima del poema, el divino Rubén nos allanó  el trabajo de buscar su significado en el diccionario y de paso convirtió la cápsula informativa en un lujo verbal. Sesenta años después, cuando los escritores ya no intentaban cautivar al lector, sino elevarse por encima del vulgo con alardes de erudición o habilidad retórica, Fernando del Paso escribió en José Trigo un monólogo interior que supuestamente brota de la conciencia de un campesino: “La lluvia, así, cae bien, pero cuando está revulsa y revulsa y se amachina, esto trae aparejado que se enloden las besanas y luego hay que entarquinarlas. La tierra se queda con el jugo revuelto, se llena de charcos y tastanas”.

Cuatro palabras domingueras amontonadas en tres renglones, que no brindan placer alguno al lector pero sí lo remiten al diccionario, en este caso al de mexicanismos: revulsar significa vomitar; besana, tierra a punto para la siembra; entarquinar, desecar; tastana, costra formada por la sequía. Tal vez fue difícil para Del Paso escribir este párrafo, pues tuvo que adquirir previamente un vocabulario agrícola enciclopédico. El filólogo disfrazado de campesino propone al lector: “sufre para alcanzar mis conocimientos o abandona la novela con orejas de burro”. Desde el título, José Trigo parece rendir homenaje al universo rulfiano, en particular al de Pedro Páramo ¿Cuál fue la dificultad que el autor eludió en su intento por emular esa obra maestra? Extraer de una masa verbal amorfa y llena de impurezas la poesía del habla campesina, o si se prefiere, la quintaesencia del español mexicano, un talento que no se adquiere en las bibliotecas. Suponiendo que hace más de un siglo, algún campesino utilizara todavía las palabras que Del Paso intentó exhumar, ¿alguien puede creer que emplearía la perífrasis “trae aparejado”, propia de un funcionario o de un periodista?

La pirotecnia verbal de un escritor barroco o los enigmas de un filósofo clarividente pueden lograr que un lector creativo acuda con gusto a los diccionarios o se quiebre la cabeza para descifrar un concepto, pero es demasiado pedirle que interrumpa la lectura en cada párrafo cuando un supuesto mago del lenguaje exhibe una insensibilidad lingüística tan flagrante. La tentación de imponerse al lector en vez de seducirlo es muy fuerte, porque simplifica en gran medida el arte de la palabra. Los académicos que tienden a canonizar la dificultad barata no deberían extrañarse de que la gente defraudada por sus argumentos de autoridad abomine para siempre de la literatura difícil.