Jorge Luis Herrera: Cotard: el secuestrador

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La soledad no es nada, un estéril o fértil estar

consigo mismo, lo monstruoso es este habitar en otro

y ser lanzado hacia la nada.

Inés Arredondo

 

Los textos nos atrapan de múltiples maneras, y en ese laberinto de palabras, ecos, reminiscencias y susurros, el secreto para el disfrute radica, en mi opinión, en saber y en querer dejarse atrapar, seducir y, final e irreductiblemente, reconocerse o desconocerse en el entramado construido por otro, y abandonarse a esa apuesta vital, única, íntima e intransferible que es el acto de leer, que a la vez supone leer el mundo y a todos los mundos posibles, leernos y leer a esos Otros que habitan las páginas de los libros que siempre pacientes, siempre generosos, siempre vigentes, están ahí, o allí, o acá… más cerca de lo que suponemos. Hoy, Cotard: el secuestrador. (Fragmentos de una novela) de Jorge Luis Herrera (Ciudad de México, 1978) está felizmente cerca del público lector.

La obra es sugerente desde el título: Cotard: el secuestrador. (Fragmentos de una novela). Y nos encontramos frente a una serie de relatos —de “partes pequeñas”, según la definición de fragmento— que aparentemente no guardan relación entre sí. Sobre este punto volveremos más adelante.

La novela se estructura formalmente en seis partes: 1.- Incertidumbre: compuesta por seis textos; 2.- Para el olvido (remembranzas de ayer y antier): dos extensos textos narrativos; 3.- Digresiones: seis textos (mención especial merece “El espejo esmeralda”, donde el autor define su poética); 4.- Fábulas de la infancia: dos textos; 5.- Precipicio: cinco textos (el cuarto es “Cotard: el secuestrador”, que le presta su título al libro); y 6.- Epílogo: un texto.

¿Cuál es el hilo unificador —a veces tenue, otras diáfano y esclarecedor— a lo largo de la novela? Si bien podemos leer cada capítulo por separado, en conjunto adquieren su dimensión completa. Y lo que los engarza y aglutina son los personajes y los símbolos. En ese sentido, el espíritu simbólico huye de lo determinado y de toda reducción constrictiva: el símbolo es una realidad dinámica y un plurisigno cargado de valores emocionales e ideales, esto es, de una verdadera vida. Así, el símbolo adquiere dimensiones en varios planos:

  • Como imagen poética (en “El espejo esmeralda” y “El Cínico”).
  • Como metáfora (en “La muerte del sepulturero”, “El origen de la ceguera” y “Extraño”).
  • Como realidad (en “Cosas que pasan”, “Encuentro/Desencuentro”, “Necedad/Necesidad” y “Diario de un engañado”).
  • Como misterio (en “Somos bestias” y “La promesa”).
  • Como valor simbólico que intensifica el plano religioso (en “Sor Teresita del Niño Jesús López: la hermana” y “El fuego está vivo… más vivo que nunca”).

En general, los personajes oscilan entre la atracción y la repulsión, la bondad y el crimen, el placer y el terror, la satisfacción y el remordimiento, el pecado y la culpa, la deuda y la falta, el asombro y el desengaño, el hastío y lo luminoso. Y la madeja con que Jorge Luis Herrera entreteje a sus personajes va guiada por una tensión constante a lo largo de la narración, con dos agujas firmes: la soledad y la muerte. Símbolos, a su vez, del desamparo y la orfandad a través de los cuales deambulan seres degradados y sin esperanza, sombras de lo que fueron y añoranzas de lo que no pudieron ser. La soledad y la muerte son las dos caras de una misma moneda y se experimentan en relaciones vicarias, ambivalentes. Su destino es único y ya está trazado, inútil resistirse a él.

Pero la muerte en Cotard: el secuestrador. (Fragmentos de una novela) no sólo es física, sino también ese dejar de ser lo que se requiere —violento en ocasiones— para abrirse o disolverse en la necesidad y el deseo de fusión con el Otro o los Otros. En “La muerte del sepulturero”, por ejemplo, el autor nos enfrenta a la soledad más cruel, más cruda, más permanente: la soledad de los muertos, y frente a ese misterio ineludible y ancestral nos quedamos atónitos, inermes, desconcertados… como desvalidos sobrevivientes de las letras y de la vida. Pero hay otra soledad, la soledad pura, la necesaria, “esa otra mitad” de todos nosotros; por ejemplo, en “La soledad: la ausente en el banquete” el narrador asevera en torno a ella: “no se puede carecer de lo que se posee”, y más adelante agrega: “Agradezco su existencia”.

          La mirada juega un doble papel en la novela. Por un lado, “mirar” como conjuro contra el olvido, que no es otra forma de nombrar a la muerte, como apreciamos en el texto “Un milagro”, que abre con la aseveración: “la soledad es la muerte”, y cierra con el opuesto: “la muerte es la soledad”. Mirar para no morir, para no estar solos. Al protagonista lo “salva” del naufragio de su existencia —sólo por un momento— la mirada del ángel… La mirada de un Otro nos redime cuando ya no podemos vernos a nosotros mismos en la tempestad; asimismo, lo que nos salva en otras ocasiones es mirar y mirarnos a través y en los ojos del otro. Mirar/no mirar, luz/oscuridad, sombra/claridad, máscara/rostro, conocido/desconocido, positivo/negativo, sueño/realidad: parejas de opuestos que nos remiten al universo semántico de la mirada, de lo que se ve y está presente en los textos de Jorge Luis Herrera como un tercer hilo estructurante de esa madeja que anuda una impecable prosa cruzada por personajes bien dibujados y a la vez desgarrados, degradados, engañados, sufrientes y, sobre todo, entrañables… porque nos han llevado al “Jardín y sus delicias” con la promesa de que, después de cada tormenta, podremos encontrar siempre “el estanque de los nenúfares áureos”.

Como mencioné, en “El espejo esmeralda” se encuentra condensada la poética de Jorge Luis Herrera. “Cuando el individuo necesitaba escribir se perdía sí mismo… el espejo era su único resguardo”. No es casual que aparezca el símbolo del espejo relacionado con la imaginación y que éste sea capaz de reproducir los reflejos del mundo visible. También asociado al pensamiento como órgano de autocontemplación y reflejo del universo. En ese sentido, conecta el simbolismo del espejo con el del agua reflejante y el mito de Narciso que se ve a sí mismo en la conciencia humana. Todos los elementos anteriores están presentes en el texto en cuestión y orillan al narrador a cuestionarse qué es la creación, y, por consiguiente, qué es la realidad y qué es la fantasía.

Ahora bien, en varios de los textos cortos de Cotard: el secuestrador. (Fragmentos de una novela), los símbolos y los personajes se estrellan literalmente con la realidad; esto ocurre, en particular, en “Cosas que pasan…”, “Necedad/Necesidad”, “Encuentro/Desencuentro” y “Diario de un engañado”. Asimismo, Jorge Luis Herrera muestra una excelente capacidad de síntesis (sin perder la calidad en el manejo de la técnica narrativa). El hastío, el engaño, la infidelidad, el maltrato psicológico, los celos, la rutina, la mentira, campean en estos seres que habitan una existencia en la cual el sentido único que le confieren es conectarse con la locura del otro.

En “Encuentro/Desencuentro”, el efecto literario que se logra al invertir el orden cronológico de las secuencias narrativas es de gran riqueza y dispara el texto a múltiples sentidos. Mención aparte merece el texto que presta su nombre a la obra: “Cotard: el secuestrador”, ya que está finamente tejido por el narrador. Pero, ¿quién es Cotard? No es un nombre elegido de forma casual. Aquí resulta pertinente recordar a ese otro Jorge Luis, a Jorge Luis Borges, quien decía: “Todo encuentro casual es una cita”, pues aquí, sin casualidades, descubrimos que existe el Síndrome de Cotard, que es un trastorno mental raro, cuyo enfermo cree que está muerto (figurada o literalmente) y sufre la putrefacción de sus órganos, negando, incluso, su propia existencia. Entonces, conforme avanza el texto de “Cotard: el secuestrador” vemos que es precisamente este síndrome lo que experimenta el personaje. Con mucho tino, el narrador recurre repetidamente al recurso de unir las palabras que van creando una atmósfera desesperante y opresiva. En este relato aparecen también los símbolos que hemos mencionado: la mirada, el amor, la muerte, la soledad… síntesis de una red urdida con maestría y pasión por el autor.

Dos son los textos que abordan el valor simbólico desde el plano religioso: “Sor Teresita del Niño Jesús López: la hermana” y “El fuego está vivo…más vivo que nunca”. Éste último se aproxima a la temática de la culpa —tan socorrida en Occidente y en la cultura judeo-cristiana— y cierra magistralmente: “algunas personas aseguran que Culpa resucitó al tercer día, y se han empecinado en divulgar aquel rumor”.

No está por demás señalar que en Cotard: el secuestrador. (Fragmentos de una novela) no quedan hilos sueltos, en ningún aspecto. El texto con el que cierra es “El Cínico”, donde hay una aguda reflexión sobre qué es ser escritor. Excelente colofón para la novela.

Antes de concluir diré que Jorge Luis Herrera consigue comunicar lo que es casi incomunicable: el intento de realización a partir de la reflexión creativa alrededor de la condición esencialmente humana. Tarea lograda con creces, pues toda la obra está impregnada de agudeza, inteligencia, manejo preciso del lenguaje, guiños e invitaciones a apostarle una y otra vez a la literatura. Cabe destacar el preciso empleo del humor: ácido, negro, involuntario, mordaz, siempre acertado.

No sobra externar que los personajes son seres que bordean o se sumergen en sus propios abismos. Son solitarios, ensimismados, exiliados de la comunidad ordinaria, para volverse únicos en su quehacer y ser en el mundo. La presencia avasalladora de ellos ha sido una constante en mi lectura de Cotard: el secuestrador. (Fragmentos de una novela).

Herrera, Jorge Luis. Cotard: el secuestrador. (Fragmentos de una novela). México: Libros del Marqués, México, 2017, 69 p. ISBN: 9786078409365