Historia del ángel y la mosca

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Hace 17 años, después de encontrarme con el poeta Jorge Eduardo Eielson en su departamento de via Stampa, en Milán, pensé que era mejor no conocer a los poetas que uno admira, sobre todo porque las circunstancias no siempre son propicias. Mi amigo Gabriel, por ejemplo, me contó de su (des)encuentro con el poeta argentino Juan Gelman, una vez hace años, en una cena en su departamento de la colonia Condesa. Gabriel fue a cenar con su pareja al departamento que Gelman ocupaba con su esposa Mara en la calle de Atlixco. Ya en la sobremesa, después de una conversación elocuente o sentenciosa sobre literatura y psicoanálisis, Gabriel se levantó de la mesa para ir al baño; estando allí y después de lavarse las manos, notó algo extraño que brotaba de una de las mangueras que conectaban el escusado con la tubería oculta tras el mosaico. Acercó sus dedos con delicadeza hacia lo que parecía una protuberancia y, ¡dioses!, un chorro incontenible de agua comenzó a inundar el departamento. Avisado por el ruido y viendo cómo la marea anegaba los pasillos y la sala, Gelman se acercó al baño, y con un horror anticipado en sus pupilas, sólo atinó a recriminarle a mi amigo: “¡¿Pero qué has hecho, vos?! ¡¿Pero qué has hecho?!”

Así suele ocurrir con los escritores. Y con los no-escritores también. Pero no sé, algo hay en el destino que tiene preparado para nosotros encuentros infelices con los autores que admiramos y con los cuales uno quisiera entablar una relación de amistad, rayana muchas veces en lo imposible.

En un libro sobre Paz, Los signos vitales (2018), Armando González Torres habla de los tiempos de la preparatoria, cuando era fama entre sus amigos que si ibas al departamento de Paz en la calle de Río Guadalquivir, en la colonia Cuauhtémoc, te regalaban un gato. Hacia principios de los noventa, yo fui uno de los que visitó el departamento de Paz y a quienes Marie-Jo le regaló no uno sino dos gatos. “Octavio está ahora tomando la siesta”, nos dijo, al tiempo que nos daba dos gatitos. (Yo iba con un amigo que conocía “bien” a Octavio: había trabajado con él, despachaba la nutrida correspondencia que Paz sostenía en inglés con numerosos corresponsales en el extranjero.)

Nunca conocí a Paz. Estuve en su casa una sola vez. Lo vi, meses más tarde, en la presentación de la antología de poesía norteamericana de Eliot Weinberger que publicó El Equilibrista en esos años.[1] Lo escuché leer horriblemente su traducción al español de “Spring and All” de William Carlos Williams, después de que Eliot Weinberger leyera el original en inglés. (Lo vi en la presentación de Blanco, en El Colegio Nacional, arrellanado en un sillón en un palco, al fondo de la sala, escuchando un texto interminable de Enrico Mario Santí, un escritor cubano que hizo la promesa de cantar la Guantanamera si resultaba aburrido, y que luego de treinta y tantas abominables cuartillas no cumplió.)

La preparatoria de la Universidad La Salle fue para mí lo que para la generación de Paz la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso. En el poema de Paz “Nocturno de San Ildefonso”, un hombre y un muchacho recorren las calles del Centro una noche de 1931. El hombre recuerda que camina y el muchacho simplemente camina; el hombre rememora y reflexiona: encuentra analogías; y el muchacho camina por esas calles con una inocencia fingida. “No nos faltó entereza:/ nos faltó humildad./ Lo que quisimos no lo quisimos con inocencia”, dice Paz en tres de los versos más endebles y, al mismo tiempo, más significativos de todo su poema. “Nocturno de San Ildefonso” parece un poema escrito en una sola noche: un viaje de ida y vuelta al pasado, pero también un viaje de ida y vuelta a la vida; lo que espera al final es la muerte, es decir, la recapitulación de todo lo vivido. El hombre se acuesta joven y se despierta viejo. Entre uno y otro, lo que media es el sueño —tan parecido en Paz a la palabra tiempo.

La lección que se desprende del poema de Paz, y de los escritos autobiográficos que recrean el México capitalino de aquellos años, tiene que ver con el sentido épico de la propia biografía. Puede ser que lo que hemos vivido nos parezca insignificante en el momento de estarlo viviendo: la dimensión de lo épico es un elemento adquirido con el correr del tiempo, cuando se mira en perspectiva y se rememora lo acontecido con los ojos de un entendimiento nuevo.

En Paz, la memoria es una forma de la inteligencia: transforma lo que toca. “Barrio dormido./ Andamos por galerías de ecos,/ entre imágenes rotas:/ nuestra historia./ Callada nación de las piedras”, dice confesando a un tiempo que este poema, donde el hombre se recuerda bajo el aspecto del muchacho que fue, no es un poema sobre una historia personal sino sobre el significado de una historia que se vuelve colectiva. “Nocturno de San Idelfonso” es un poema sobre el destino del joven Paz, que ya en la década de 1930 sabía que su historia se confundiría con la historia de un pueblo.

En mi época de estudiante preparatoriano en la Universidad La Salle tuve un maestro de anatomía al que le gustaba leer y hablarnos de cuando en cuando de literatura y escritores. Se llamaba Roberto Azcárate y aparentaba más años de los que seguramente tenía en ese entonces —había perdido el pelo, usaba lentes y una ligera joroba ya se insinuaba en su espalda. El profesor Azcárate era un hombre espigado, que se acompañaba de un maletín de médico. Siempre pensé que de allí saldrían un estetoscopio, un bisturí o unas pinzas para amenizar una cirugía, pero me tranquilizaba descubrir que eran papeles —exámenes y trabajos de sus alumnos— los que justificaban la existencia de dicho maletín.

Un día, no recuerdo por qué, hablando con el profesor de anatomía, apareció el nombre de un poeta joven que acababa de recibir un premio. Yo sabía el nombre, e incluso había leído poemas suyos; era su sobrino, se llamaba Jorge Esquinca.

Hay escritores ligados a tu biografía de una manera lateral y constante. Es extraño: están ahí, casi todo el tiempo, sin estar del todo. Jorge Esquinca, en mi caso, es uno de ellos. Hasta entonces, había publicado tres libros: La noche en blanco, Alianza de los reinos y El cardo en la voz. Por este último le habían dado el premio de poesía Aguascalientes, y eso había puesto el nombre de Esquinca en boca de “todo el mundo” (la poesía nunca ha estado en “boca de todo el mundo”, pero hay prestigios que tienen una extraña resonancia, fuera incluso de los circuitos del arte y la literatura). Alianza de los reinos, que yo había comprado en una librería de Universidad y Parroquia,[2] era un libro delicado y cuidadoso, que revelaba a un poeta que tempranamente se había educado en las exigencias de un oficio: el de la construcción de imágenes sagradas, imágenes fugitivas y dispersas entre los versos y la prosa. El cardo en la voz, desde su título, ponía de manifiesto, quizá tardíamente, un temor y un temblor; el miedo y el asombro, quiero decir, de alguien que ha descubierto las posibilidades de su propia sensibilidad, de su propio ser poético.

Ese mismo año —en 1990 yo tenía 17 años— fui a una lectura de poesía en el Museo de la Ciudad de México. Jorge Esquinca leería unos poemas. Llegó tarde. Abrazó con efusión a una muchacha, Adriana Díaz Enciso, y, gracias a esa circunstancia (haber llegado tarde), pude escuchar con detenimiento una voz —una presencia— que sería determinante en los años posteriores de mi vida: la de Eduardo Lizalde. No me quedé para escuchar a todos los poetas que leyeron esa noche en el Museo de la Ciudad, me bastó con darme cuenta de que otros, como antorchas en un cielo estrellado muy profundo, habían señalado antes un camino.

Pasaron los años y yo seguía recibiendo, de cuando en cuando, noticias del poeta Jorge Esquinca: su nombre aparecía en una antología de poesía que yo estaba editando; sus amigos eran mis amigos… Leía sus traducciones de poetas norteamericanos o franceses, sus poemas inspirados en la pintura o en la obra de algunos, muy pocos arquitectos —los tapatíos Luis Barragán o Juan Palomar. Lo seguía sin seguirlo, lo encontraba sin necesidad de buscarlo: aparecía.

Un día luminoso de primavera —hacía mucho calor en la ciudad— vino a visitarme a mi departamento de la colonia Del Valle un joven traductor y estudioso de la literatura portuguesa, Iván García. Como obsequio, llevaba para mí un ejemplar de una antología ligerísima de poemas de amor de la antigua India. Al calce, en la portada, distinguí el nombre de Jorque Esquinca. Acepté el regalo con reserva y poco a poco, pese a la delgadez aparente del volumen, lo fui leyendo, primero al azar, después consecutivamente, sin agotar, hasta ahora, la plenitud de sus significados y la limpidez de la traducción. La crítica literaria tiende a crear departamentos estancos muy restringidos y cuadrados. No entiende, por ejemplo, que en el caso de un poeta no existe distinción entre prosa, poema propio o poema traducido; todo es parte de un mismo proyecto, todo es parte de un enorme trazo. Ese trazo puede que sea el resumen de una trayectoria, que abarca el principio y el final de una obra. Si yo tuviera que juzgar la calidad del trazo que ha producido hasta el día de hoy la poesía de Jorge Esquinca, diría que la delicadeza es la parte más importante de ese gesto que va constituyendo su legado. (Aquí, uso la palabra “gesto” en el sentido que le dan los pintores a ese vocablo: la extensión y la intensidad de un trazo, o lo que vendría siendo lo mismo: la huella que deja el cuerpo sobre la tela.)

Jorge y yo hemos conversado en dos ocasiones. Una vez nos encontramos, hace más de veinte años, en la tertulia que los poetas Guillermo Fernández, Vicente Quirarte, Raúl Renán y Francisco Hernández animaban en el café Córdoba de la colonia Roma. Allí un sábado llegó Jorge Esquinca; venía de Guadalajara para promover el suplemento de literatura que estaba editando para el diario Siglo XXI, Nostromo. Hablamos de proyectos que nunca llegaron a cumplirse, y los giros de nuestra conversación estuvieron marcados por una intrascendencia casi absoluta.

Hace poco volvimos a encontrarnos en la ciudad de Monterrey, en un festival de poetas y traductores que organizaba la Universidad de Nuevo León, a través de su Capilla Alfonsina. Desayunamos juntos en el restaurante de un hotel. Recordé a mi profesor de anatomía de la preparatoria, Roberto Azcárate. Jorge me mencionó que estaba bien y que se había mudado a Cuernavaca, ya retirado de sus clases y del ejercicio de la medicina. Yo tenía que irme al aeropuerto para abordar un avión de regreso a la Ciudad de México. Nos despedimos cordialmente, como dos amigos que se estiman en secreto y a la distancia, pero que en persona son incapaces de confesárselo.

Recuerdo y escribo todo esto porque hace unos días llegó a mis manos una caja de libros que contenía prácticamente todo el fondo editorial de la Universidad Autónoma de Querétaro, que dirige con tino soberano Federico de la Vega. Entre los hermosos volúmenes que llegaron a mis manos se encuentra uno muy pequeño, de apenas 53 páginas, titulado Nuevo elogio del libro (2017).[3] El autor, en efecto, es Jorge Esquinca. Me asombra, de este pequeño libro sobre libros, la unidad, la brevedad y la perfección de la prosa. En Esquinca, tanto en sus poemas como en sus piezas “narrativas”, no hay altas ni grandes pretensiones: todo parece dominado por un clima húmedo y templado, donde la voz se refugia en la plegaria o en el pasmo. Pasmo o, mejor dicho, asombro ante los hechos milagrosos de una vida que podría ser la vida de cualquiera. Lo que me acontece a mí le acontece a todo el mundo; la única diferencia se encuentra, sin embargo, en los grados de conciencia y en la posibilidad de que esto se trasmine a los ejercicios de la prosa o el poema. Así las cosas, el poeta sería lo más parecido a un tenedor de libros que mantiene al corriente una bitácora donde se lleva el registro de esa lenta e inaparente sucesión de maravillas.

Mucho de lo que es Jorge Esquinca se encuentra en estas páginas: Rimbaud, Elizondo, Borges, Mallarmé, Barragán y una selecta compañía que podría multiplicarse, mas no vendría al caso, pues de lo que se trata aquí es de componer el retrato de una intimidad que gira en torno de una comunidad impresa. Me refiero al libro, cuya sola existencia supone la proliferación ordenada de una biblioteca y la vana pretensión de abarcarlo todo. Quien empieza a leer desde niño se sabe destinado a momentos de una felicidad enorme, pero también se sabe condenado al fracaso de empezar por uno, con el secreto afán de cotejarlo todo.

De la prosa publicada por Jorge Esquinca hasta el día de hoy me quedaría con un pasaje que pertenece a este elogio de los objetos hedónicos conocidos como libros. “Hay una página del Maestro Eckhart —dice— donde está escrito que en la inteligencia de Dios tienen el mismo valor un ángel y una mosca. En esta teología de la máxima igualdad alienta un espíritu semejante al que inspiró los versos del Cántico del hermano sol, y ya lejos del Medioevo franciscano, en la atmósfera crepuscular de nuestra modernidad, las casas y los jardines diseñados por el arquitecto Luis Barragán. En sus obras, los muros, las ventanas, las fuentes, los árboles, aparecen colmados de sentido. Plenos de justeza y verdad.”

Esto que acabo de citar me parece un ejemplo elocuente de lo que uno busca cuando escribe prosa: hacerlo con la misma limpidez y claridad a la que aspira el autor de un poema.

 

[1] Una antología de la poesía norteamericana desde 1950, México, El Equilibrista, 1993.

[2] La noche en blanco, publicado por Cuarto Menguante en 1983, era inconseguible. Si bien, hasta donde puedo entender, este mismo libro se integró en el poemario Alianza de los reinos, un libro ya con claras connotaciones católicas, donde el autor le rinde un homenaje implícito a la obra de Rimbaud.

[3] Francisco Magaña, lector de estas páginas inéditas, me hace una precisión: Elogio del libro se publicó por primera vez en 2001, con el sello de Rayuela Diseño Editorial; en 2014 apareció con el mismo sello, bajo el título de Nuevo elogio del libro. La edición de la UAQ corrige y amplía las anteriores.