Heredar a Eliseo Diego

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para que Fefé y Lichi (y quizás Rapi)

no se olviden de nosotros

 

“No hay memoria de lo que precedió, ni de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después.” Contra esta sentencia del Eclesiastés quiso rebelarse a lo largo de su vida Eliseo Diego, y la prueba de su propósito nos queda en una obra sembrada de paradojas. ¿Por qué alguien a quien le preocupaba sobrevivir de manera más perdurable que en el recuerdo, nos hacía, a decir de su hijo Rapi, “disfrutar el mundo como si acabase de salir de la fábrica y oliera a nuevo”? ¿Cómo la persona consciente de un esplendor presto a ser descubierto a su alrededor padecía un exterior que lo desconsolaba? Puede rastrearse el origen de varias de las constantes en los textos de Eliseo Diego. Su propósito de enfrentarse al mundo con los ojos del principiante, en la curiosidad con que en la infancia domesticó el inmenso jardín al que resguardaba una gran reja de dos enormes hojas de hierro. El terror a la muerte, al vacío, a la nada, en las historias sobre el demonio y el infierno que los hermanos de La Salle en el colegio del Vedado relataban a los alumnos de enseñanza primaria y que abrumaron a ese entonces niño de “imaginación bastante viva”. Suele ser muy solemne el tono cuando se habla del grupo Orígenes, y de cualquiera de sus integrantes, como si se tratara de arquetipos antes que de personas. Por eso escoger conversar con Josefina de Diego, Fefé, para saber más de Eliseo, el autor consciente de la volatilidad del lenguaje, de todas las variantes lúdicas de la escritura, como se aprecia en las notas dedicadas a los poetas que tradujo: “A ojos de sus compatriotas y hermanos de idioma, G. K. Chesterton puede dar la impresión de que ha comenzado a caer en el olvido. Teniendo en cuenta su peso y dimensiones corporales, semejante caída iba a resultarles por lo menos incómoda a esos caínes de hermanos suyos, siquiera por las salpicaduras que provocaría. Dudo mucho, además, que el olvido tenga calado suficiente para cubrirlo.” Terminaba pesando siempre más en él, el sentido ético y de respeto hacia los demás, así fueran figuras muy lejanas en el tiempo, por ello añade a continuación: “Confieso que las líneas anteriores pecan de ligereza…” Si bien en todo lo que escribió Eliseo Diego comprobamos el oficio (él mismo se refirió a sí mismo como orfebre de la palabra), grita la autenticidad en ese constante volver sobre sus obsesiones, de las que contribuían a rescatarlo los libros que leyó y escribió para nosotros.

 

 

—¿Qué les contaban Eliseo y Bella a sus hijos de la época en que se hicieron novios?

—Siempre hablaban de eso. Hay un primer momento, en 1936, en el que papá estaba junto a Cintio en la platea alta del teatro Campoamor, durante una conferencia de la Hispano-Cubano de Cultura que dirigía Fernando Ortiz —después lo recordaría—, y vio sentadas abajo a dos muchachas que llevaban unas boinas. Una de ellas subió y devolvió un libro de Gabriela Mistral a Cintio, quien las conocía, pero poco. Ésa fue mamá. Papá no la volvió a ver hasta el encuentro en la Universidad, en 1940, cuando él estudiaba Derecho. Cintio le dijo: “Te quiero presentar a una muchacha muy bonita e inteligente. Ella viene con su hermana.” Y en el encuentro con Bella y Fina, papá hablaba todo el tiempo con mamá, y contaba que de pronto se sintió mal. Pensaba que la muchacha a la que Cintio se refería era mamá y que lo estaba traicionando, pero se trataba de Fina. Me parece que fue de regreso de un viaje a Matanzas en tren cuando mis padres se hicieron novios. Sospecho que un jueves de octubre de 1941, porque en sus cartas hablan de “nuestro día, el jueves”.

 

—¿De dónde surge la denominación de Agustín Pí de El Turco Sentado a las veladas diarias en casa de las hermanas García-Marruz?

—Nunca se supo bien. Mamá y tía Fina vivían en el centro de La Habana: en los altos de Neptuno 308 entre Águila y Galiano, un edificio que ya se derrumbó, y en esa casa se reunían papá, Cintio, Agustín, Gastón Baquero, Octavio Smith, el padre Ángel Gaztelu, Virgilio Piñera. Lezama nunca fue. Eran jóvenes de 20, 21 años, que aparte de leer sus primeros textos, todo muy serio, escuchaban música, jugaban, hacían chistes. Papá cantaba una ópera en alemán, idioma que no sabía, y no era muy musical que digamos, nada afinado. Tampoco en materia de baile sabía dar un paso. Un poema de En otro reino frágil: “Versos para El Turco Sentado”, se lo dedica a Agustín Pí (mis hermanos y yo le decíamos “tío Agustín”).

 

—¿Por qué Eliseo Diego afirmó que nunca fue un joven, sino de máscara?

—Desde jovencito estuvo bajo tratamiento siquiátrico. Incluso, durante el noviazgo, papá se separó de mamá porque decía que no la iba a hacer feliz. Se fue a vivir a una propiedad de su familia en Cayo Smith, en Santiago de Cuba, con los pescadores. Sólo tenía 23 años y ya lo venían acorralando todas sus obsesiones con la muerte, la religión, tormentos que se ven en su poesía. En las cartas de entonces se nota muy triste, no la menciona a ella. Alguien como papá, con una sensibilidad, diría que a flor de piel, a veces sufría demasiado, lo agobiaban los misterios de la vida.

Lichi, Rapi y Fefé. Navidad de 1954

—¿Fue Bella con usted y sus hermanos tan librepensadora como lo había sido su madre con ella y con Fina?

—Mamá siguió esos pasos de mi abuelita —que fue una adelantada, pienso yo— en el sentido que respetó nuestros deseos, nuestras individualidades. Imagino que, en la intimidad con papá, hablara todo lo de sus hijos, nos criticara. Nunca intervino en nuestras decisiones de qué íbamos a estudiar o con quién salíamos. Claro, le preocupaba si era una buena persona o no, pero no era una madre metida. Lo único que hizo fue querernos mucho, cuidarnos, educarnos lo mejor que pudo. No fue impositiva, al contrario, creo que pecó un poco de liberal. Quizás en algún momento uno necesitó que lo regañaran, y ella generalmente no lo hacía. Porque por encima de todo, eso fue lo que siempre quiso en su vida: tener sus hijos. Siempre lo dijo, era su alegría más grande. Disfrutaba la poesía, disfrutaba la música, pero no tenía esa inquietud por ser creadora en un grupo donde todos lo eran. Nunca sintió complejo ni mucho menos, fue una mujer muy plena con su familia. Papá y mamá se casaron en 1948 (fueron novios durante casi ocho años) en la iglesia del padre Gaztelu, en Bauta. De la ceremonia, irían a su apartamento, antes de continuar de luna de miel en Nueva York, Washington y Miami. Pero mamá desvió el trayecto —papá contaba esto un poco molesto siempre— y quiso pasar por Villa Berta, en Arroyo Naranjo, y visitar luego a los descendientes de Eliseo Giberga y su esposa María del Calvo (ya fallecidos), quienes le habían regalado esa finca a mis abuelos, Constante de Diego y Berta Fernández-Cuervo. Eliseo Giberga, el autonomista, era hermano de la abuela materna de mi papá. Mis padres vivieron los dos primeros años de su matrimonio en el Vedado, porque Villa Berta todavía permanecía alquilada. Para mamá significaba algo muy solemne pasar por la casa y saludar a esa familia antes de ir de luna de miel. Existe una fotografía de la primera vez que papá llevó a mamá a Villa Berta, y papá la mostraba: “Ésta es la foto que yo hice a tu madre el día que pasamos por Villa Berta y ella dijo que quería que sus hijos se criaran aquí.”

 

—¿Conservaba Eliseo el mapa del jardín que había hecho cuando niño?

—Ese mapa no lo vi nunca. Cuando empecé a escribir El reino del abuelo, fue muy curioso, porque dibujé un mapita para ubicarme en los lugares que recordaba, y cuando se lo enseñé a papá, me dijo: “No, ése no es el jardín.” Entonces hizo su mapa con el jardín que conoció de niño, con todos esos frutales que sembró mi abuelo Constante para él. Porque el jardín había cambiado cuando mis hermanos y yo fuimos a vivir allá.

 

—Lichi asegura que la infancia de su padre en Villa Berta, a diferencia de la de ustedes, fue mucho más triste.

—Papá fue hijo único. Su medio hermano, siete años mayor, Constantico, no vivía con él. Se describía como un niño solitario en medio de ese jardín: jugaba a los soldaditos, leía, y también percibía un problema familiar del cual nunca le gustó hablar, por la relación difícil entre su abuela materna, Amelia Giberga, y su padre. Amelia era una catalana aristócrata y mi abuelo un campesino humilde de Asturias, dueño de una joyería cuando conoció a abuela. La había heredado de su dueño, otro asturiano, abuelo trabajaba con él y Borbolla no tenía descendientes. La señora Giberga le hizo un poco difícil la vida a su hija y al esposo. Y papá, como niño muy sensible, se percataba de esa tensión.

 

—¿Qué beneficios reconocía Eliseo Diego en ese don utilísimo de mirar su casa desde lejos, ganado en su niñez con las incursiones por la tierra de los cuentos?

—Él habló de que en ese viaje a Francia se había encontrado con la Poesía en mayúscula, a través de su contacto, cuando enfermó, con el guiñol y con los cuentos de Perrault que le narraban Luigi, el maître del Hotel León de Roayat, y su esposa Olga. Nunca más supo de ellos, incluso nunca más regresó a Francia. Mencionaba siempre ese viaje, tenía sólo seis años, recordaba su casa, su jardín, sus juegos, y el contacto con esas nuevas maravillas lo ayudó a apreciar más las que le rodeaban, en un jardín también encanta do, como aquel de la Auvernia.

 

—¿Llegó Eliseo a recuperar el tiempo perdido de su infancia junto a sus hijos en la quinta de Arroyo Naranjo?

—Regresó a un lugar con mucha vida, con una atmósfera agradable que no sintió de niño. Aunque se pasaba la mayor parte del tiempo en su estudio, y eso era algo para mi mamá sagrado: “Su padre está trabajando, no lo interrumpan”, se asomaba a la ventana y nos veía jugando. En las Navidades era él quien preparaba el nacimiento. Papá era un católico, lo que se llama practicante, igual que mis tíos Cintio y Fina. Mamá no tanto, era más a “su manera”, como se dice. Sobre una mesa colocaba libros y los cubría con papel color piedra, simulaba montañas, y disponía luego las figuras. Otra cosa que también le gustó siempre fueron los trencitos eléctricos. Mandó a hacer una mesa rectangular bastante grande, y con un cristalito daba la idea del lago, hizo el puente, el túnel —no sé cómo— por el que pasaba el tren, que se veía de lo más bien, puso las luces. Eso debía ser para sus hijos, pero creo que principalmente era para jugar él.

 

—¿Cuáles claves aclaran las canciones que escogía Eliseo para dormirlos?

—Su padre era asturiano, y su madre cubana, pero hija de catalana y asturiano. Ellos lo durmieron con canciones españolas, y él hizo lo mismo con nosotros. Ésas eran las que se le ocurrían, aparte de “Duérmete, mi niño”, que la conoce todo el mundo. Las recogí en El reino del abuelo: “Ya se murió el burro, / que acarrea el vinagre, / ya lo llevó Dios / de esta vida miserable.” Hace poco escuché un disco donde un español la canta, y no es exactamente la misma letra, pero es la canción: “ya estiró la pata, / ya torció el jocico / y con el rabico decía adiós, perico”. “Papá, ¿cómo se te ocurría dormirnos con esa canción tan triste?”, le decía. Él se quedaba un rato callado: “Pero es que la parte que a ustedes más le gustaba era: turuturuturu que turuturuturu.” Es verdad. “¡Pero, viejo, la letra es terrible!” Otra, que nos cantaba, era: “No llores, no / que la vida es muy breve, / todo se pasa, / como una sombra le ve.” Se las enseñó Julián Orbón; es una tonada del cancionero anónimo asturiano. Se podrán imaginar. Así y todo, mis hermanos, crueles, durmieron a sus hijos, y yo también a mis sobrinos Ismael y María José, con esas canciones, ¡qué eran las que nos sabíamos!

 

—¿En qué consistía la participación de Rapi, Lichi y Fefé en las tertulias de los amigos de Orígenes?

—Un poco que El Turco Sentado se trasladó a ese pueblito perdido en los mapas de la ciudad. Los domingos llegaban Cintio, Fina, Octavio Smith, Agustín Pí, Lezama, Julián Orbón, Cleva Solís, Samuel Feijoó, y traían a nuestros primos. Hacíamos lo que hacen todos los niños, jugar, sencillamente; eran nuestros tíos que venían a casa. Algo de lo que me arrepentiré toda mi vida, pero qué le vamos a hacer, fue un día que papá nos dijo: “Hoy viene un amigo, escritor argentino, y quiero que lo conozcan”, pero me coincidía con un partido de baloncesto. Yo tendría trece o catorce años, estudiaba la secundaria y jugaba baloncesto. Cerca de la hora, mis hermanos no sé dónde estaban, y yo: “Papá, me tengo que ir.” “No, hijita, espera, que están al llegar.” Vestida para salir, llegó el carro, la visita subió al estudio, y mamá me avisó: “Ve, que tu padre quiere que te conozcan.” Vi a Lezama, y sentado a su lado un señor al que me presentaron: Julio Cortázar. “Mucho gusto.” “¡Ah!, encantada.” “Bueno, me voy a un juego de básquet.” Dejé al señor Julio Cortázar sentado en el estudio de mi casa, se podrán imaginar. Todavía me doy cabezazos contra la pared.

 

—Se dice que Eliseo Diego sentía celos del cariño de María Zambrano hacia Lezama Lima.

—No puedo decir nada sobre eso, porque no sé si fue algo que papá dijo ni de dónde sacaron esa información. Toda la vida se habló de María Zambrano en casa como una referencia, alguien que los había marcado con sus clases en la Universidad. Ella vivió varios años en Cuba, se marchó en el 53 y nunca más volvió. En 1986, mis padres viajaron a Madrid. Zambrano hacía no mucho había regresado a España del exilio. Papá contaba que la llamó por teléfono: “María, ¿sabes quién te habla?” Y Zambrano dijo: “¡Ah, esa voz…!”, y recitó de memoria la dedicatoria de papá en el ejemplar que le regaló de En la calzada de Jesús del Monte. Se encontraron, y de ahí son las fotos muy bonitas de papá, mamá y María Zambrano.

 

—¿Cuáles son las razones demasiado tristes que los obligaron a abandonar en 1968 la casa de Arroyo Naranjo?

—El plan era conservar esa casa para siempre. Mi abuela paterna, Berta Fernández-Cuervo, la única con sentido práctico en la familia —los demás hemos sido un desastre hasta el sol de hoy—, no era rica ni mucho menos. De hecho, mi abuelo quebró durante la crisis del 29. Pero como ella (que nació en 1891 y se la llevaron muy pequeña a Estados Unidos, por la guerra) había aprendido a hablar inglés antes que español, comenzó a dar clases del idioma. Preparó un libro de texto en tres tomos, Exercises in Functional Grammar, y en la década del cincuenta llegó a ser inspectora general de los Centros Especiales de Inglés de Cuba. (Las personas de mi edad y un poco mayores recuerdan que en esos lugares se aprendía muy bien a hablar inglés.) De las entradas de los libros, y de la renta de unos apartamentos en la calle Compostela —que heredó también de María del Calvo—, unidas a su mentalidad práctica —imagino que aprendida en Estados Unidos— compró terrenos para construir en Alamar y Nuevo Vedado, además de una propiedad suya en Varadero. Lo hizo previendo el momento en que sus nietos crecieran, fuesen a estudiar a la Universidad o a trabajar, y conservaran siempre la finca de Arroyo Naranjo como casa de campo. Ése era su plan. Dos cosas mi abuela no pudo prever: uno, que las nuevas leyes revolucionarias, aún vigentes, prohibían mantener dos casas en la ciudad; y dos, que esos terrenos, los tres, cayeron en zonas que llaman “congeladas”. Creo que en el de Nuevo Vedado cavaron un refugio; en el de Alamar construyeron un edificio; y, en Varadero, debe existir un hotel.

Ya desde antes la casa presentaba muy mal estado, incluso el piso de madera vieja de la planta alta tenía comején, y no había posibilidad de cambiarlo. Además del problema con el transporte. Mamá, que estaba enferma, se levantaba a las cinco de la mañana para llegar temprano a su trabajo en la Biblioteca Nacional, y regresaba a las siete u ocho de la noche, con buen tiempo. Papá tenía carro, pero no lo podía usar porque no había gasolina. Nosotros empezábamos la Universidad, y llegar de Arroyo Naranjo al Vedado, como ahora, era difícil. Cuando yo iba a la Cinemateca, mi padre me esperaba en la parada de la guagua, porque de ahí a la entrada de la casa había una oscuridad terrible. Un comandante llamado Argibáez, me parece recordar, quien murió después en un accidente, nos propuso, en 1968, una permuta cambiando propiedad por propiedad. Pensaba destinar el lugar donde se ubicaba nuestra casa para unas oficinas de la industria agropecuaria, pues quedaba cerca de avenida 100 y Calzada de Bejucal, y de unos planes agrícolas que se desarrollaban en Managua. Nadie nos obligó a permutar, fue una decisión que mis padres y mi abuela tomaron. Claro, abuela nunca estuvo de acuerdo con lo que se recibió a cambio. Porque entregamos aquella finca maravillosa con una casa enorme de dos plantas, estudio-garaje aparte y un jardín inmenso; y lo que se resolvió —que no fue fácil, nadie nos obligó tampoco— fue los bajos de una casa en El Vedado (pues en los altos vivía otra familia). Mis padres pudieron pedir algo mejor. No tuvieron en cuenta que sus hijos se iban a casar, y que a su vez iban a tener hijos. Papá y mamá dormían en un cuarto, Rapi y Lichi juntos, abuela en un tercero, y yo en otro. Se acabó la casa. Lichi después construyó en el patio. Rapi levantó una barbacoa, dormían arriba él y su esposa, y abajo estaban la cuna de Ismaelito y la mesa de dibujo. Difícil de resumir y asumir porque, como ven, el cuento es largo. Respeto la decisión de mis padres, para nosotros fue mucho más cómodo. Yo iba caminando a la Universidad, a las fiestas, los estudios. Pero el hecho cierto es que para todos en la familia fue una verdadera tragedia abandonar Arroyo Naranjo. Tía Fina dice en su poema “Mudada”: “Desmantelan/ la casa. / Nos desmantelan/ a todos/ el alma.”

 

—¿Qué comprende y qué les perdona El reino del abuelo a usted y a sus hermanos?

—Pienso que el libro fue una manera de pedir perdón a la finca, al pueblo, por nuestra partida. Traté de contar allí esos momentos que vivimos y que tanto bien nos hicieron. Un poco agradecerle al abuelo asturiano, pero también a los otros abuelos, a mis padres, por regalarnos un lugar así. Fue un reconocimiento a todos y a todo lo que hizo posible nuestra felicidad en esos años tan importantes que son los de la infancia y la adolescencia temprana.

 

—¿Cuándo comenzó a descubrir en los poemas de Eliseo Diego la misma perfección y pulcritud con que dibujaba los uniformes de sus soldaditos?

—Con los años. Papá primero fue mi papá. ( Sonríe ). Fue el poeta Eliseo Diego después, porque ya les digo, dejé a Cortázar y a Lezama con la palabra en la boca y me fui. Sí lo miraba pintar —pintaba muy bien— los soldaditos, no los de plomo (esos se perdieron), sino unos de goma para unos juegos que él mismo inventó. No recuerdo cuándo lo leí por primera vez, pero fue en ese momento del preuniversitario, con diecipico de años: “Bueno, papá es un escritor famoso, vamos a ver qué escribe.” Lo primero fue Divertimentos, uno de los libros suyos que más me ha gustado siempre.

 

—¿Percibía los momentos de aprehensión en que Eliseo atendía a los colores y sombras de su patria, las costumbres de sus familias y la manera en que se decían las cosas?

—Tiene que ver con su forma de ser, su atención a “las pequeñas cosas”, y su comprensión, su acercamiento, a los demás y a la naturaleza que lo rodeaba, siempre con respeto, con un cuidado. Papá rechazaba esa poesía fabricada, la detectaba muy bien: buenos poemas, pero que no conmueven, no emocionan. Sabía que era un buen poeta, no les digo que no, le complacía que se lo dijeran. Tenía esa pequeña vanidad, pero una vanidad un poco infantil, me parece. Le gustaba que lo visitaran los jóvenes, entraban a casa como a un templo, tanto lo admiraban, pero papá se ponía a conversar con ellos con naturalidad, y terminaban hablando como si lo conocieran de mucho tiempo. Un día me contó que paseaba por G y se le acercaron dos jóvenes: “¿Usted es Eliseo Diego?” “Sí, hijo, ¿qué pasa?” “Mi novia y yo estamos enamorados de usted.” Y vinieron a casa. Eso lo halagaba muchísimo. Recuerdo que unos días después de su muerte me vinieron a ver dos muchachos que habían estado en casa; creo que preparaban su tesis sobre papá, y me dijeron que al conocer la noticia de su muerte se sentaron en uno de los bancos de la Avenida G, al lado de nuestro apartamento, a leer sus poemas.

 

—¿Por qué alguien que confesaba “un corazón de habla española” con servaba la mayoría de sus libros más preciados en idioma inglés?

—Eso se remonta a mi abuela Berta. Ella y mi padre se hablaban constantemente en inglés, y él, de niño, tuvo además una institutriz de ese idioma, por lo que llegó a conocerlo a la perfección. Abuela también inculcó el amor por escritores ingleses como Lewis Carrol y Charles Dickens. Eran sus lecturas, aparte de los clásicos españoles, que él dominaba. Quevedo, Cervantes, Góngora, Lope de Vega, Azorín, Gómez de la Serna, eran leídos y bien leídos. Para papá el Siglo de Oro español fue su fuente. Pero también la sintaxis del inglés se aprecia en su poesía.

 

—Eliseo Diego enfrenta, en ocasiones, la pequeña casa, el ámbito familiar, contra lo que él llama el infinito espacio, el atroz exterior. ¿Qué aspectos del carácter y cualidades de Eliseo pueden explicar su interés por lo cotidiano y por un lenguaje que sirva de refugio frente a la realidad?

—Pienso que en la familia, la casa, sus recuerdos de niño, mi padre encontraba consuelo, y buscaba entender la realidad a partir de las relaciones y objetos más humildes, cercanos y tangibles. El oscuro esplendor incluye el poema “Tesoros”, y es una enumeración: “Un laúd, un bastón, / unas monedas, / un ánfora, un abrigo, / una espada, un baúl, / unas hebillas, / un caracol, un lienzo, / una pelota.” Esos objetos simples, su familia, sus amigos, por su transparencia, lo acompañaban, lo ayudaban a comprender las tragedias: ver las cosas, nombrarlas. Era un hombre realmente sencillo porque su padre lo fue, porque así lo aprendió. Hizo un poema a un limpiabotas, porque el limpiabotas murió, y era su amigo. Tras la muerte de papá nos dieron el pésame muchos escritores, pero también gente del barrio, que a derechas no sabían ni que él era escritor.

 

—¿Por qué cree que sus cuentos queden en un terreno tan ambiguo y que él mismo los haya valorado como meros entrenamientos para escribir poesía?

—Sus primeros cuentos son más largos, pero creo que ya En las oscuras manos del olvido evidencia la añoranza de trascender la prosa, un deseo que implica la poesía. Nunca hubiera podido escribir la novela que quiso, porque la novela requiere, como dice mi hermano Lichi, mucha “carpintería”, y papá tendía a la concisión. En Versiones , la prosa todavía es más destilada que en Divertimentos . No creo que considerara sus cuentos algo menor, quizás no se consideraba a sí mismo un cuentista. Siempre dijo que a partir de En la Calzada de Jesús del Monte fue buscando otra forma en la que decir, más sintética. El primer discurso, casi poemas en prosa, lo va reduciendo y reduciendo. Pocos poemas de papá pasan las dos páginas, y El oscuro esplendor, el libro que según él más le gustaba, manifiesta la idea lo más concisa posible. Son sus mismos temas: el tiempo, la muerte, la amistad…, repetidos una y otra vez, tratando de desvestirlos de todo adorno y dejarlos en su esencia misma.

 

—¿Sabe qué llevó a Eliseo a no deshacerse nunca del borrador de su novela inconclusa Narración de domingo, que comenzó tras publicar en 1942 En las oscuras manos del olvido?

—No recuerdo que haya hablado nunca de ese proyecto, ni lo vi trabajar en él. Al parecer comenzó a tomar unas notas extrañas en el año 45, y luego desechó la idea. Llegué a pensar que hasta se le había olvidado, pero no pudo ser, porque lo conservaba en la gavetica al costado de su buró. No he revisado completo el borrador, la letra es muy incómoda de leer, pero se desarrolla en un sueño y una irrealidad que después llevó a sus cuentos y a su poesía. Sí quiso hacer una novela histórica, y quedan anotaciones; le fascinaba la batalla naval de Santiago de Cuba, porque su padre vio de joven en España salir a la armada del almirante Cervera rumbo a Cuba.

 

—Eliseo Diego creía en la inspiración, pero también en la necesidad de reescribir el poema hasta que quedara tal y como lo tenía pensado, ¿era disciplinado a la hora de trabajar o esperaba a alcanzar determinados estados de ánimo?

—Las dos cosas. Guardo casi doscientos poemas y conferencias manuscritas, incluso se demoró años en publicar algunos poemas porque no le satisfacían. El libro Cuatro de oros está compuesto, básicamente, de poemas que escribió en la década del setenta. Ahí están sus borrones. Comenzaba a escribir a mano, con su plumita, que era sagrada. Eso no se podía tocar, ni siquiera mamá. Llevaba los bolígrafos en el bolsillo de la camisa o los guardaba en una gavetica específica, cerrada. Si le pedíamos que nos prestara la pluma para anotar algo, no le gustaba, se quedaba con la mano extendida hasta que se la devolvieras. Después, esa primera versión la volvía a pasar a mano, la corregía otra vez, escribía de nuevo, y cuando creía que estaba bien, la pasaba a maquinita. Era un excelente mecanógrafo, tecleaba con la vista en la página, dejando los márgenes, los espacios, todo limpio, perfecto. Pero ahí también revisaba, y cambiaba una palabra. Leía luego en voz alta el poema, a mamá, siempre; a sus amigos: Agustín, Cintio, Fina, Octavio, y después que fuimos grandes, a nosotros, hasta quedar satisfecho.

 

—¿Y ustedes le hacían señalamientos?

—Sí, cómo no. Algunos los aceptaba, otros no. A veces se picaba. Pero generalmente lo que nos leía —no es por nada— estaba bastante perfilado ya.

 

—¿Cómo explica que entre tantos bienes inmateriales posibles Eliseo Diego nos haya dejado en herencia el tiempo, todo el tiempo?

—El paso del tiempo era su mayor obsesión, el sentido de existencia del hombre; él se abrumaba con la naturaleza y con la vida. Y cuando se ponen a ver, no se puede pensar mucho en eso. Ves la inmensidad del universo, te alejas, te alejas, y no existimos prácticamente. Ésos eran sus temores y preocupaciones que expresa en los poemas. Frente al espejo empieza: “En un abrir y cerrar de ojos / ya no estarás en donde estabas: / un triste viejo está mirándote / con qué terror desde tu cara. // Mirándote ávido y mirándote / mientras la luz te da en su cara: / en un abrir y cerrar de ojos, / ni tú, ni él, ni nada.” Cuando salió Inventario de asombros , un poeta amigo mío iba a una fiesta un sábado, pasó antes por una librería, compró el libro y se puso a leerlo en la guagua. Al terminarlo, regresó a su casa. A papá ese cuento lo entristecía: “¿Pero por qué tu amigo no fue a la fiesta?”, me preguntó, y yo le dije: “Pero papá, ¿tú no has leído ese libro?” Se sentía hasta culpable de que a ese pobre muchacho se le hubiese fastidiado su sábado. Tiene poemas tremendos, demoledores. Él lograba penetrar en una zona de la realidad que asusta.

Eliseo Diego y su familia en El Vedado. 1970. Foto de Liborio Noval

—¿Explicaba Eliseo por qué su letra cambiaba tanto a lo largo de los años?

—No, y nunca le pregunté. Para papá el contenido de sus poemas era fundamental; pero, si se fijan, la forma del poema en la página, los espacios, también. Le gustaba ir escogiendo su letra, algo muy raro. Les he enseñado la de los trazos largos, él como que la dibujaba. Quizás era un problema de gusto gráfico, visual. Se demoraba cuando hacía una dedicatoria, dibujaba la letra. Su letra de jovencito no era fea, pero la fue mejorando en su afán por la perfección. Ya al final es una letra muy trabajada, casi estudiada.

 

—Rapi asegura en “Una conversación para empezar” que su padre les regaló el asombro.

—Por esa insistencia de papá en detenerse a captar las esencias. Ver un gatico, y más que el gatico, tratar de apreciar los secretos que los gaticos también tienen. Por eso en la dedicatoria de Por los extraños pueblos plantea que la poesía “es el acto de atender en toda su pureza”, poder captar, apreciar, sorprenderse, que no se le escape nada.

 

—¿Qué viejas cosas no dejaba atrás en las estancias abandonadas?

—Sus recuerdos, y sus libros de poemas, que también iban tras él.

 

—¿Por qué sentía Eliseo que no podría acabar nunca a su gusto el homenaje a la tienda de su padre, La casa Borbolla, aún después de escribir el breve relato “Historia de una anticuario”?

—Veía ese lugar como un sitio de infinitas posibilidades, porque lo recordaba con los ojos del niño. Siempre hablaba de eso. Parece que le causó mucha impresión esa mueblería y joyería de mi abuelo, que reposaba en una especie de almacén de antigüedades, quizás igual que el de la novela de Dickens. Y quizás pensaba que no había agotado todo lo que ese lugar le dio.

 

—¿Cómo se las arreglaban Eliseo y Bella para burlar y embromar la desgracia en los momentos que aparecía?

—Papá era un hombre taciturno, melancólico, con tendencia a la depresión. Él se refugiaba mucho en sus libros, sus lecturas y la religión. Para mamá, por el contrario, la vida era un regalo que había que disfrutar. Igual que Rapi, muy vitales en ese aspecto. Ellos dos asumían todo con alegría, como mamá enfrentó su diabetes, y como mi hermano, al final, enfrentó su enfermedad, con un sentido del humor y una grandeza que no se podía creer. Rapi estaba muy mal, y me escribía unas cartas con las que yo empezaba a llorar y terminaba en carcajadas.

 

—¿Era práctica habitual entre los de su familia intercambiar insultos e improperios?

—Desde El Turco Sentado empezó a ser así. Tío Agustín era famoso por que le decían El Bofe. Por supuesto, con cariño. Por ejemplo, tío Agustín venía, y ésa era “su” visita, éstos eran sus predios. Estaba tomándose su cafecito, fumando —cuando podía, porque después lo dejó—, y si llegaba otra persona en ese momento que era de él, había que verlo. Mamá y papá le decían: “Tin, no pongas esa cara de palo”, pero no podía evitar transmitir su incomodidad. Un día —esto papá lo contaba delante de tío Agustín y él se moría de la risa— papá lo llevó a un almuerzo con un amigo, pero aquello no estaba en los planes de tío Agustín. Cuando se separaban, ese amigo le dijo a papá: “¿Por qué invitaste a ese hombre a almorzar?” “¿Pero por qué?”, le preguntó. “Porque a este hombre hay que llevarlo al cine: allí ni se le ve ni se le oye.” A Octavio le decían El Simple. Tío Octavio era un hombre muy bueno, ingenuo, despistado. Papá manejaba muy bien, porque él todo quería hacerlo a la perfección, y eso a veces era un problema. Excelente chofer, extremadamente precavido, nunca chocó. De ellos, era el único que manejaba, porque ni Agustín ni Octavio ni Lezama sabían. Todos iban en taxi hasta Arroyo Naranjo, y papá luego los regresaba en su máquina. Lezama, con esa cadencia rara que tenía al hablar, por su asma, se burlaba: “Eliseo, cuando llega a una intersección, se baja del coche, otea a la derecha, otea a la izquierda, comprueba que no viene nada, se monta en el coche, y sigue su curso.” Fue famoso en una época que el grupo de Jesús Díaz, Raúl Rivero, Wichy El Rojo, muchachos inteligentes, agudos, ideaban epitafios de escritores, y se metían con todo el mundo. Ellos venían a casa a leérselos a papá, y papá estaba espantado de que le fueran a hacer su epitafio, por lo que él mismo se hizo dos. También componía limericks , una forma poética inglesa popularizada por Edward Lear, que yo retomo en Rimas y divertimentos. Consiste en cinco versos: riman entre sí el primero, el segundo y el quinto (que pueden tener entre siete y diez sílabas), y el tercero con el cuarto (de cinco a siete sílabas). Son nanas para niños, pero también con su carga política y de doble sentido. Él se moría de la risa inventando limericks en inglés a sus amigos, porque la gracia de él era hacerlos en ese idioma, como un alarde.

 

—¿A qué atribuye que su padre y su madre aun en la vejez continuaran viéndose el uno al otro como un joven ciclista y una muchacha de apenas 19 años?

—Papá decía que en realidad él era un joven al que una bruja muy mala había hechizado, y en vez de convertirlo en sapo lo había condenado en ese cuerpo de viejo. Veía a mamá como “la muchacha”, porque sus recuerdos más queridos eran de su juventud juntos. Su buró estaba lleno de retratos de mamá joven, hasta que ella un día enmarcó una foto reciente, la colocó junto a las otras, y le dijo: “Ésta es la vieja que soy.” Pero papá no podía evitarlo y continuaba refiriéndose a ella y a Fina como “las muchachitas”.

 

—¿Cuáles eran las “clarísimas manifestaciones de malacrianza” de Eliseo a las que Lichi se refiere en La novela de mi padre?

—Papá era hijo único. Ya eso dice mucho, pero además mi abuelita Berta era en exceso sobreprotectora con él, y así lo fue con mi hermano Rapi, que era igualito a papá. Por ejemplo, a papá había cosas que no le gustaba hacer, tan elementales como quitarle la cáscara a un huevo duro. Mamá los preparaba para comer cuando íbamos a la playa, y él le decía —lo cual la ponía frenéti ca— que no sabía quitarle la cáscara al huevo. Y así, pequeños antojitos. Lo que lo distrajera de su mundo no le hacía mucha gracia. Yo le había puesto una tarea que detestaba, y consistía en buscar el pan por la tarde en la bode ga de la esquina para que caminara, porque debía hacerlo. Siempre tenía un pretexto para no ir. Un día anunciaron un ciclón, había viento y lluvia, el ci clón a punto de entrar en la ciudad y, al regresar a casa, veo a papá listo para salir. “¿A dónde tú vas?” “A buscar el pan”, contestó. “Mira, papá, regresa a la casa, que es peligroso.” No le gustaba hacer aquello, pero como había surgido la aventura, agarró gabán y sombrero, un poco a lo Humphrey Bogart, e iba a buscar el pan en medio del ciclón aquél.

—¿Lograba Eliseo amansar la angustia y la soledad volviéndolas poesía?

—Que mi papá no pudiera leer, no pudiera escribir, para mí siempre fue síntoma de que estaba muy mal. Entraba en sus crisis depresivas y no podía ni escribir ni leer. Cuando escribía se sentía muy pleno. Era una forma de conjurar eso. Mientras pudo, estuvo trabajando. ¿Cómo se las arreglaban para rescatar a su padre de la melancolía y las depresiones relojeras? Yo le ponía su música de Mo zart, me sentaba con él, o le llevaba libretas y una plumita muy buena que le regalé: “A ver, papá, escribe”, entonces él hacía un esfuerzo. Por eso los tres poemas que me de dica En otro reino frágil , en los que advierte: “Mi hija Fefé me está mirando.” Me hizo notas: en una de cía que no se le ocurría nada, y ya que no se le ocurría nada es que se le empezaba a ocurrir algo. Pe ro cuando él se adentraba en sus crisis pro fundas era muy difícil sa carlo. Mamá fue quien siempre es tuvo a su lado. Al principio, cuando Rapi, Lichi y yo teníamos veintipico de años, en trá bamos, salíamos, que si la universidad, los amigos, las fiestas: “No te preocupes, pa pá, te vas a poner bien” ( acaricia un cabello imagina rio ), y nos íbamos. Y él ahí sentado, calla do. Cuando so mos jóvenes, somos egoístas sin darnos cuenta, estamos apurados por vivir la vida y no nos que da mucho tiempo para acompañar a “las personas mayores”. Adorábamos a nuestro padre, pero su enfermedad requería constancia. Él después decía que en esos periodos caía en el “pozo negro de Calcuta”. Nunca vi a mamá per der la paciencia con papá, era muy dulce, muy tierna con él. Ahí me di cuenta de cuánto lo quería. Siempre lo supe, pero en esas crisis lo pude apreciar me jor. Cuando papá murió, que regresamos a Cuba de México, ella se en fermó con una bronconeumonía brutal. La entramos en silla de ruedas al hospital, y no comía. Algo muy grave para un diabético. “Mamá, tienes que hacer un esfuerzo, pon de tu parte.” Y me dijo: “Hija, es que ustedes no entienden; durante cincuenta años mi vida fue un trazo perfecto —y dibujó una línea en el aire— y ese trazo se que bró.” Desde los 18 años había sido novia de mi padre. Batallé con ella y, por suerte, rebasó la enfermedad.

—¿Cómo consigue su familia, a pesar de las pérdidas y las lejanías, conservar la fortaleza y la unidad salvadoras?

—Con mucho cariño. Mi hermano Lichi ha escrito cosas muy fuertes, pero por encima de todo está el amor y el respeto a la familia como algo sagrado que no se puede romper. No porque sea un principio definido así, sino porque realmente nos queremos.

—¿Qué cuentos escogería escuchar, si como cuando eran pequeños, Rapi y Lichi la despertaran para relatarle lo que no había podido ver?

—Todos esos cuentos sobre los lugares a los que no me dejaban ir siendo yo pequeña, sobre todo al circo, esos circos de pueblo que ya han desaparecido, pero no podría escoger demasiado porque cualquier historia en boca de ellos siempre tenía una magia especial.

—¿Por qué identifica como un emisario de Rapi al zunzún que la visita todas las tardes y toma agua en su ventana?

—Cuando escribía Un gato siberian husky, Rapi enfermó. Y como un zunzún viene siempre a mi ventana y me alegra al igual que hacía mi herma no. Yo decía que el zunzún era Rapi que quería darme una buena noticia sobre el tratamiento de su enfermedad. Y se lo comenté a él. La décima al zunzún que incluyo en ese libro para niños está completamente dedicada a Rapi, por eso incluyo su nombre, Constante: “Pajarillo, zunzún mío / que en mi ventana apareces / no te vayas, no me dejes / regresa siempre conmigo. / Eres ágil, tienes brío / en ti todo es emoción / te consume la pasión / siempre vuelas vigilante / y con tu entrega constante / alegras mi corazón.” La décima del personaje de María José a la paloma también está dedicada a él, es un momento en que la niña está muy triste y la paloma la viene a acompañar y a jugar con ella. Rapi me acompañó cuando escribí ese libro; estaba vivo cuan do Abel Prieto me lo pidió para publicar, y tiene mucho que ver con él.

 

—¿Le reveló Bella Esther el secreto de saber conversar con los ausentes?

—Mamá siempre hablaba de su familia y mucho de lo que cuento en El reino del abuelo es resultado de sus anécdotas. De ella heredé la costumbre de rescatar nuestra historia. Por eso guardo las fotos, cada papelito, con la fe cha y una aclaración. Incluso organicé un libro con datos biográficos, fotogra fías y textos que llegan hasta donde he podido indagar, además de hacerle entrevistas a mamá y a papá.

Eliseo Diego y Fefé. Moscú 1981

—¿Ha regresado alguna vez a Villa Berta?

—Más de una vez, y me he subido al árbol, porque todavía lo veo y creo que puedo hacer como cuando era niña. Me da gusto ir al pueblito de Arroyo Naranjo. Y regreso contenta; no triste.

—¿Por qué ahora, a diferencia de cuando era niña, su miedo es que la encuentren si se esconde?

—Con los años me he vuelto más conversadora, pero sigo siendo reserva da, tímida. Me gusta la tranquilidad, guardar mis secretos, mi mundo privado. Nunca quise escribir, me era muy difícil, y finalmente me decidí a hacerlo. Tratando siempre de que mi prosa sea, como me dijo papá después de leer El reino del abuelo, transparente, sin muchos adornos, esencial, honesta.

—Al escribir Eliseo Alberto que usted no es sólo la más inteligente de los tres hermanos, sino la más buena, ¿lo movía únicamente hacer un cumplido.

—A Lichi le gusta decir eso, creo yo, porque me quiere mucho y porque ellos se fueron a vivir a México y yo me quedé sola con nuestros padres, aunque se ocupaban mucho de nosotros. Rapi incluso postergó su primera quimio terapia porque mamá se acababa de caer y vino a verla, cosa que no debía haber hecho. Lichi piensa eso de verdad, pero es algo que yo no creo. Rapi era brillante, Lichi igual, en inteligencia y en bondad.

—¿Quedará enterrado en medio de los seis pinos, cerca de la pequeña estatua del niño-vigía el cofre de los tesoros de Rapi, Lichi y Fefé con monedas o alguna carta a los Tres Reyes Magos?

—Pues ahí está enterrado y ahí se va a quedar, porque ese jardín sigue siendo nuestro.

—¿Cree en la posibilidad de que Rapi y Lichi la esperen con las caritas atrapadas entre las rejas, bajo la tutela constante de Bella y Eliseo?

—Espero que sea así, que nos reunamos todos en algún momento y en algún lugar de la eternidad. Sueño con regresar a vivir a ese jardín. Rapi está muy cerca de mí, incluso más que mis padres, es una sensación muy real. Lichi y yo somos jimaguas y nos entendemos muy bien. Pienso que como todo es tan misterioso, quizás exista alguna posibilidad. Continuar lo que en realidad no se ha interrumpido nunca, estar todos juntos otra vez.

La Habana, agosto 21 y 26 de 2008

(Publicado originalmente en Crítica 145)