Ficción y crítica literaria

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Harold Bloom

En 2018 la querella parece haber sido sustituida por la convivencia. Se entiende la mimesis como estudio diacrónico, no como tema a debatir, ni siquiera como premisa estética o de teoría literaria. La antigua pregunta del crítico sobre si la novela, cuento, poema o drama se basa en “hechos reales”, parece haber quedado como una referencia menor, un detalle para algunos historiadores –neopositivistas, neomarxistas– que observan el texto como documento, no como obra de arte. Quizás porque la mayoría de tales “científicos sociales” carecen de sensibilidad artística, padecen un índice muy bajo de pensamiento por imágenes, de intuiciones. Ni siquiera los críticos que atiborran sus estudios con reflexiones filosóficas, lingüísticas o sociológicas, le dedican espacio a ese cotejo entre realidad y ficción. Tal vez sólo los “multiculturalistas” –otra demagogia política– pierden demasiados párrafos en situar bordes, fronteras cuyos muros son obsoletos.

Bien se sabe que desde Aristóteles, al menos desde que diese a conocer su Arte poética y su Retórica en el siglo IV a.C., viene revoloteando y aterrizando la pregunta de si el arte imita la vida o si el fenómeno también ocurre a la inversa, si la “realidad” copia a la “ficción”, bajo la paradoja de que la “ficción” es una privilegiada forma de “realidad”. Cada una de las teorías estéticas del realismo ha ido por la senda del “reflejo”, mecánico o dialéctico, negando a la vez posibles autonomías imaginativas, zonas de la fantasía poética donde la metáfora continuada prevalezca sobre el lejano o pobre leitmotiv.

De esta disputa interminable entre la gallina, el huevo y algún gallo libidinoso, nos aprovechamos hoy –para ilustrar la debacle de los deslindes– los novelistas que en realidad somos historiadores o viceversa o mejor: ambos a la vez. Ante nuestros textos nos inclinamos a catalogarlos dentro de la microhistoria, según las técnicas de “reducción de escala” –tan similares para la historia social como para la novela histórica o basada en hechos y personajes “reales”–, que practicara el italiano Carlo Ginzburg en su famosa El queso y los gusanos o a su tan ameno estilo periodístico Robert Darton, en el absorbente La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa. Pero a la vez es obvio que nuestros textos clasificarían también como novelas históricas, al estilo de El siglo de las luces de Alejo Carpentier o Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos.

En otras palabras: No interesa la etiqueta porque ambas son válidas. Muy sencillo. Porque la crítica literaria no debe interrogar al texto bajo la premisa de que se trata de una obra de ficción o una investigación sociológica y antropológica, hasta con elementos de otras de las llamadas ciencias sociales, como la etnología y el folclor. Aunque sí, desde luego, observa minuciosamente si lo narrado y descrito es verosímil. Y en el caso de hechos históricos –relevantes o no– si la referencia es verdadera o falsa, sin exagerados relativismos que pongan en crisis festinadamente la validez de un acontecimiento o de una actitud, de una decisión o de los resultados de una guerra, desastre natural, conspiración, asesinato, matrimonio, conquista.

Distinguir hechos de opiniones es uno de los primeros consejos que Harold Bloom da a sus estudiantes en Yale. Y enseguida recomienda leer a Aristóteles, más moderno que tantos atorrantes “filósofos” y “culturólogos” descubridores del cepillo de dientes. Sin embargo, el mejor conocedor actual de Shakespeare admite la existencia, en los bordes, de una zona donde los enunciados de “hechos”, “sucesos”, “acontecimientos” –o como quiera llamársele a lo que “ocurre”– se ve modulado y a veces hasta lastrado por un punto de vista, una opinión. Lo que favorece un cierto relativismo que hipoteca la transparencia del deslinde.

Territorio minado, área confusa, una carga de subjetividades potencia las posibilidades de que se ofrezca una caricatura, un ángulo, una sesgadura donde los hechos –a veces sólo por el espacio que se le dedica a cada uno ya tienen una dosis de opiniones. Piénsese, por ejemplo, en las versiones de la batalla de Austerlitz, según aparece en Guerra y paz de León Tolstoi frente a autores franceses y austriacos. Sin embargo, hay un núcleo que ni un coro de opiniones puede modificar: la contundente victoria del ejército francés encabezado por Napoleón, el giro histórico que tal acontecimiento significó.

El siguiente “Testimonio de Juliana Burgos” puede ejemplificar el fenómeno, ilustrar su complejidad dialéctica sin necesidad de tomar partido hacia un extremo u otro. Lo escribí como tributo al encantamiento de “La intrusa”, cuento donde Jorge Luis Borges hace un tácito alarde de ardides expresivos. El posible disfrute de mi cuento depende –como ocurre con las críticas literarias que rebasan las reseñas periodísticas– de que se lea o relea “La intrusa”, su referente re-creado. La frescura en la memoria multiplica la apreciación. El placer de observar la relación dialógica entre “Testimonio de Juliana Burgos” y “La intrusa” es una forma de crítica literaria, tan válida como puede ser la traducción del cuento de Borges al alemán o a cualquier otra lengua. También sirve, por supuesto, para que las arduas polémicas entre “realidades” y “ficciones” dejen de enceguecer los espejos, donde curiosamente, sobre cualquier discusión, lo mismo se proyecta una lectura –tan vivencia como un amanecer o un beso– que se dibuja un anhelo.

Creo situar en un eclecticismo crítico la perspectiva desde la que me inclino a observar y reflexionar, a vivir. Escribo –insisto– sin preguntas ociosas, que lejos de ayudar a la valoración del texto que fuere, lo que genera es confusión, sea como manía historicista de verosimilitud factual o como hipérbole de lo imaginativo.

Ahorro comillas. Tras la transcripción añadiré un escueto comentario con informaciones y sugerencias. El “Testimonio de Juliana Burgos” dice lo siguiente:

“Mi cuento con los Nelson o Nilsen es el verdadero, aunque por ahí cuelguen otra historia. Por eso lo digo sin pena, para limpiar el espejo. Eduardo y Cristián merecen justicia, sí señor Jorge Luis. El rodar de las versiones ha enfangado la memoria de aquellas almas no tan orilleras, no tan trágicas, desde la del velorio de Cristián en el partido de Morón, que oyó entre mates madrugadores Santiago Dabove, hasta la de Turdera que algún tiempo después se hinchó de migajas en el pueblo donde pasó todo. La probidad de aquellos relatores, envuelta en alcohol, huele a ofuscaciones de machos, a antiguos ritos acriollados. Es un ombú seco en el medio de La Pampa.

“En Turdera vivían los dos hermanos. Y certifico con el viejo párroco (algunos datos son ciertos) que en el caserón había una Biblia de cubiertas negras, aunque los caracteres no eran góticos sino barrocos, de curvas que abrían las consonantes mayúsculas. También la descripción de la casa donde estuvimos se corresponde, al menos respetaron que desde el zaguán se divisaban los patios, el ojo de agua adoquinado, las gallinas cloqueando. Pero es falso, lo cuentan para preparar mejor sus finales, que el desmantelamiento reinara en las habitaciones. Había muebles bastos, pocos y curtidos, pero el bronce de los calderos brillaba sobre las llamas y el polvo era barrido.

“Sepa que no descendían ni de Dinamarca ni de Irlanda sino de algún fiordo, no recuerdo el nombre, de la Noruega de vikingos y troles, de bacalaos que añoraban y de aquavit que nunca podrían beber. Pelicolorados y musculosos sí, pero no pendencieros, salvo que alguien del barrio se tirara con algún atrevimiento. No hablan mentiras cuando refieren que en el altercado con Juan Iberra mi Eduardo llevó las de ganar, que Cristián hubiera dado la vida por su hermano menor y este, sin pensarlo, por él. Es cierto que eran dueños de cuatro bueyes y dos carretas, además de sus caballos de brío y correteo, de los animales de corral. Y generosos, sobrios o borrachos, hasta con gente recién conocida. De muertes nada supe, deben ser parte de las habladurías del compadraje.

“¿Tahúres mis Nilsen? Otra infamia, Jorge Luis, aunque no fue la peor. Sus únicos pillajes eran contra el sudor. Jugaban a ver cuál trabajaba más, hasta los sábados. Las trampas que pudieron haber hecho abochornarían a un tahúr genuino. Tal vez en el pesaje de algún saco de harina o en el regateo de los aperos… Bueno, sin exagerar, a un vecino puede que le debieran el pago de una daga de hoja corta, pero tampoco se atrevió a cobrársela a Cristián, porque sabía que esa deuda era mejor tenerla abierta, por si acaso los necesitaba.

“Cuando yo aparecí en la vida de Cristián supe enseguida que era mío, que las aventuras de lupanares y putillas de paso cesaban para siempre, por lo menos mientras yo presidiera el casón de los Nilsen. Lo de que no era mal parecida opaca, perdóneme, la irresistible sensualidad que en ese entonces, a mis dieciocho cumplidos, despedía mi cuerpo. Hablan de la tez morena y los ojos rasgados, de avellanas navideñas, pero no mencionan los labios de pulpa y primavera, el movimiento que derretía hasta al párroco cuando atravesaba la plazoleta rumbo al mercado. Y de regalarme baratijas nada, pendientes de oro 18 y pulseras de plata taxqueña o toledana. En un barrio, en verdad, bastante modesto, ellos eran la opulencia.

“No crea infundios, por favor. Enseguida le limpio de porquería el resto. En esta parte, la más engorrosa, voy a ser transparente. ¡Ah, los varones y sus vanidades! Usted, supongo, debe saber mejor que yo de las alevosas lenguas que oyen los chismes de las mujeres a la mesa, se burlan y corren a la barra para confrontar con los de sus compinches.

“Le certifico la autenticidad de lo que va a oír. Al principio Eduardo ni caso me hacía, salvo cuando me bañaba en la tina del traspatio. Pero como a los tres meses, después de agotar los más de cuarenta años de Cristián, supe convencerle de que era un egoísmo tener así a su pobre hermano de veintitrés. Y Cristián entendió, engurruñado y hosco. Más pudo la sangre. Porque ya desgranados los noventa días de convivencia Eduardo estaba casi atando la soga para ahorcarse. Confieso que le enloquecí, desde los roces sin querer hasta la toalla que también sin querer dejé caer en dos ocasiones para que viera la mercancía, para que supiera cuál tesoro amasaba el hermano. Desde los gritos que tenía que oír desde la cama para que la curiosidad cabalgara en su cabeza hasta la madrugada vacía.

“Sí, estaba enamorado, se emborrachaba, iba a la casa rosada donde la señora Evita dormía sus volcanes, dejaba los bifes como se los ponía en el plato, apenas hablaba. Sí, como le dije, Cristián aceptó entre muecas. Las primeras veces se iba de la casa, a faenas o a farras, después decidió incorporarse. El pudor me impide caer en detalles, imagínese.

“A la semana del triunvirato era yo, Juliana Burgos, la que ataba los caballos trotadores al palenque. Entre cordial y mandón era mi tono, mi talante y no el de ellos, ni siquiera Eduardo. Los tenía, como se dice, comiendo de la mano. Los compartía con equidad. Sepa usted, y muy bien, cuál era la situación real donde los Nilsen. Decentemente anduvo siempre el arreglo, sin discordias entorpecedoras de nuestra buena fe. Los tres nos poníamos enseguida de acuerdo en casi todo, la venta de unos cueros, lo que se iba a cocinar, la adquisición de un overo para que yo también exhibiera al arrabal mis dotes de jinetera…

“Podía durar y duró cuanto quise, lo que me dio la gana. Este centro era el cetro, que nadie se equivoque. En el suburbio duro aprendieron al poco tiempo a respetarme, sobre todo después que con el fuste crucé la cara de Juan Iberra en la plaza de Lomas, cuando me insinuó que si no cabían tres en la cama de alto respaldar con orlas de ebanista rural, y después le dije que ni media palabra a Cristián y Eduardo porque me bastaba sola para mantenerle en su sitio, igual de sumiso que a mi pareja de machos.

“El resto del cuento que le mal hicieron también falsea los acontecimientos. Fui yo la que les senté una tarde, cuando el sol escarlateaba hacia la línea frente al patio. Saqué dos sillas como una maestra de primaria, les mandé que oyeran en silencio y de pie comuniqué la decisión de pasar una temporada en Morón, sí, en el prostíbulo de Morón porque necesitaba ahorrar plata para el plan definitivo y tenía que aprovechar la fama que los Nilsen me habían regalado en las relaciones de mis bondades, cuando a veces se iban los sábados por la noche para el boliche de hombres entre hombres.

“La parte que da risa sí es cierta. Luego de conducirme en la carreta hasta donde esperaba la patrona, una vieja amiga de mi madre que estaba encantada porque sabía que la temporada alta contaría con una estrella, obtuve la promesa de que ninguno osaría acercarse al negocio. Pensé que así era mejor para todos, pero no aguantaron. El que primero hizo su cola un viernes fue Eduardo, el más fogoso, el que más me gustaba. Se volvió un rosario de excusas en la puerta del cuarto, frente a mi inflexible mano pidiéndole el dinero del turno. Pagó como cualquiera, aunque recibiera tratamiento especial. A los tres o cuatro días cayó el otro. Cristián, con un poquito más de orgullo, sólo dijo que el hermano menor le había confesado la violación del acuerdo y a él no le gustaba que le hicieran trampas, se desvistió sin más balbuceos, funcionó, pagó el doble y se marchó con la cabeza desafiante. Después hasta llegaron a ir juntos, a veces Eduardo llegaba temprano para que Cristián no tuviera que sufrir demasiado con los otros clientes, separaba para los dos y entraban juntos, como cuando estábamos en el casón.

“Terminada las Navidades, después de Reyes, cerré el trato. Aún me faltaba la quinta parte de las economías y ellos me la ofrecieron a cambio de regresar hasta fines de marzo. Volví también por cariño, a fin de cuentas ya éramos amigos y no carezco de corazón. Nada más de verles las caras se me ablandaron los ojos. Volvimos a caballo, cada uno en el suyo, espoleando porque deseaban recortar el trayecto. Y a compartir la alegría del reencuentro, sin discordias ni exasperaciones, a puro trío de guitarras y octosílabos engrampados para musicalizar las noches en el patio de baldosas. Los desahogos se recrudecieron mientras marzo se iba, por cierto que bajo un calor raro, fuera de tiempo. Y la sesión de despedida por el techo, aligerados de prejuicios, unciéndonos en el firmamento hasta el amanecer.

“Nos bañamos a puro cubo del pozo, retozando el adiós. Eduardo fue por los bueyes. Cristián por el dinero recolectado. Yo por las pilchas. Salimos por el Camino de las Tropas, sin desvío, rumbo al tren que me conduciría a la Capital, al sueño de estudiar. Las miradas del chisme eran pocas a esa hora, pero alguna debió vernos. En la estación la escena se agrandó, con palomas y no caranchos revoloteando cuando la locomotora inglesa puso en marcha los vagones. Entre el vapor los vi por última vez, sin mover los brazos y las manos, resignados y a la vez contentos porque prometí volver en cuanto pudiera, en cuanto me graduara de maestra, de la profesión que mi madre soñó inútilmente en el prostíbulo donde nací, la que ella triste, sacrificada, nunca pudo alcanzar señor Jorge Luis. Gracias a los Nilsen y al ritmo de mi cuerpo, que ahora es leyenda de los arrabales y de aquí en Buenos Aires, puedo rectificarle la historia, para que usted la tenga como fue”.

……….

 

Los lectores de Jorge Luis Borges deben haber identificado que mi “Testimonio de Juliana Burgos” depende –está gustosamente subordinado– a varias lecturas críticas del cuento “La intrusa”; que ya ciego dictara a su madre Leonor Acevedo Suárez, que apareciera publicado por primera vez en Buenos Aires en la segunda mitad de los años sesenta; según le contara a Richard Burgin y recoge Emir Rodríguez Monegal en Borges por él mismo (1979).

Reitero: La placentera, intensa lectura del cuento fue el “acontecimiento”, la “realidad” o “vivencia” –sustantivo muy depredado– de la que partió mi “suceder”. Reflexiones, sugerencias, especulaciones, apuntadas en los márgenes o simplemente memorizadas, armaron mi primera valoración del texto, es decir, mi primera crítica literaria de “La intrusa”.

Después vino la escritura de los bocetos. Hasta la versión última –la que acabo de transcribir– que realicé, experimenté, expuse de modo controversial tras disfrutar el “claroscuro mañoso de la espléndida prosa borgeana” –como bien dice el crítico chileno Grinor Rojo.

Sin bordes entre los hermanos Nilsen y la ahora triunfante Juliana, cuya voz revivo y encarno, tampoco creo posible erigir ningún muro entre “ficción” y “crítica literaria”. Lo cierto es que los cinco “Principios para la renovación de la lectura” que sugiere Harold Bloom en ¿Cómo leer y por qué? (Cómo leer y por qué, Anagrama, Barcelona, 2000), se han cumplido en mi recepción del texto. Gracias a ellos me surgió la idea de dar forma de cuento a mi valoración de “La intrusa”; de cubrir la brutal realidad de la anécdota –que Borges colorea de leyenda– con la voluntarista realidad de la víctima, que convierto en dueña de los locamente enamorados hermanos, regidora de la trama. Juliana pasa de intrusa a dueña. Ese es mi juego con los hechos, además de la deliciosamente compleja recreación de algunos signos clave de la prosa de Borges.

Enuncio brevemente los cinco principios imprescindibles para una lectura fuerte, la única que posibilita –más talento y trabajo, desde luego– formas efectivas de crítica literaria, dosis válidas de ficción en ella. Bloom comienza –primer principio– con una frase decisiva de su tan admirado Samuel Johnson: “Límpiate la mente de tópicos”. Sobre todo, explica enseguida, de los tópicos seudointelectuales, entre ellos los determinados por las modas. Alejado de “los caprichos del contrapuritanismo”, mi recepción de “La intrusa” también elude alusiones a una improbable relación incestuosa y homosexual entre Cristián y Eduardo Nilsen. Tampoco cae –soy consciente de ello– en exteriorizar vulgaridades, moda que entre el asco y la repugnancia dejo para la pornografía verbal, asesina del erotismo, sepulturera de las insinuaciones y sugerencias.

Si la ilusión de realidad Borges la consigue con el supuesto acopio por parte del cronista de las distintas versiones de los sucesos; en el mío la voz de Juliana le imprime una tonalidad confesional al relato, reforzada por la palabra “testimonio” en el título. Tampoco un feminismo cegado por la milenaria historia de la discriminación a la mujer interviene en mi relato. No hay “venganza” a la visión de la mujer como un objeto, que Borges pone en boca de Cristián, cuando le dice a Eduardo: “Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana: si la querés, úsala”. También al evitar un lenguaje panfletario, cargado de excesos declamatorios y consignas pomposas, se cumple con el exacto consejo de Samuel Johnson de evitar tópicos, y los hay muy sutiles.

“No trates de mejorar a tu vecino ni a tu ciudad con lo que lees ni por el modo en que lo lees” –dice el segundo principio de Bloom. Y en efecto: nada más pernicioso para cualquier ficción y crítica literaria que algunas formas de “ética de la lectura”. No hay nada que juzgar. Nadie debe erigirse en juez, fiscal o abogado defensor. Nadie lo hace en “Testimonio de Juliana Burgos”. Ella cuenta, da su versión para que la crónica se enriquezca, nada más pretende. Tampoco el narrador de Borges cruza la abierta frontera que delimita contar los hechos sin aderezarlos con opiniones. Es de esperar, asimismo, que los lectores de ambos textos tampoco resbalen por esa cuesta, caigan en juicios que huelan a las viejas censuras inquisitoriales, a estéticas cuajadas de preceptivas –preceptos de raza, región, género– impuestas, sobre todo en muchas universidades, por los nuevos encapuchados disfrazados de posmodernos.

Un deslinde elitista –que elige– es el tercer principio para la renovación de la lectura. Dice: “El intelectual es una vela que iluminará la voluntad y los anhelos de todos los hombres”. No es el caso discutir quiénes son los elegidos ni cómo se llega a tal grupo, bastante inefable; pero sí aceptar que desgraciadamente –aun hoy en países desarrollados– el circuito autor-obra-lector es minoritario. No creo que pasemos de algunos miles los lectores fuertes de Borges en 2018. No creo que seamos muchos centenares los que ahora escribimos sobre su obra algo de interés. Tener en cuenta este principio a la hora de escribir crítica literaria, hasta en forma de ficción narrativa, evita molestos didactismos. Los dos cuentos son para una élite. Francamente. Las pretensiones populistas –y las académicas son las peores– se dan de narices con la puerta biológica, con la programación genética. Lo que no significa la ausencia de escalas apreciativas o de formas pedagógicas que cualifican la formación de lectores.

El cuarto principio es mi preferido: “Para leer bien hay que ser inventor”. El más relevante crítico literario vivo rescata aquí –y lo dice– la idea de Emerson sobre la lectura creativa. Bloom en otros textos –como en sus estudios sobre poetas románticos ingleses– la llama “lectura desviada”: misreading, cuya traducción como “mala lectura” es un grave error, pues su sentido sólo alude a un apartarse de la senda habitual, a un curso distinto. El buen lector siempre inventa, siempre se desvía. Ahí radica su más intenso goce artístico, el valor estético del tiempo empleado en apropiarse de Hamlet o de “La intrusa”, hacia lo sublime como dificultad placentera.

“La recuperación de lo irónico” constituye el quinto y último principio que Harold Bloom enuncia en su sustancioso prefacio a ¿Cómo leer y por qué? Más adelante, cuando reseña La montaña mágica de Thomas Mann, escribe varias pertinentes aclaraciones sobre la ironía, que vienen a cuento, a nuestros dos cuentos: Tras señalar que “La ironía tiene en literatura muchos significados, y raramente la de una época es la de otra”, afirma que “la invención literaria siempre contiene cierto grado de ironía: “A eso se refería Oscar Wilde –añade ese Bloom vitriólico que tanto admiramos– cuando dijo que toda la mala poesía es sincera”.

Ni “sincera” es la voz del cronista en “La intrusa”, porque en definitiva constantemente está cotejando, poniendo en duda, las versiones de los sucesos que le van contando; ni “sincera” es la voz de mi “maestra” cuando da su versión de los hechos. Ella siempre exalta los méritos propios, minimiza el papel de los dos hermanos en su vida, aunque sin caer en la caricatura, para evitar la pérdida de verosimilitud.

Se entiende que cuando adopto la primera persona –la confesión de Juliana Burgos– no la dirijo ni al lector ni a algún personaje, sino a Jorge Luis Borges. Al establecer tal relación dialógica –tal forma de crítica literaria–, estoy añadiendo un modo siempre actual de la ironía: la ambigüedad. Su interlocutor sólo oye, pero es suficiente para no dar nada por definitivo, para no creer todo lo que ella narra; lo mismo que le ocurrió al cronista Borges cuando fue juntando y deslindando las informaciones para “La cautiva”. En ambos casos lo ambiguo lanza la ironía hacia los sucesos, lo que posibilita que el lector aumente su participación en el relato, forme su opinión sin que tenga que repetir como una grabadora lo que ha leído.

Lo mismo que los procesos migratorios en la historia de la humanidad han sido y son indetenibles, las interacciones entre las “realidades” también se burlan –presente histórico– de cualquier barrera. De otra parte, salta a la vista que vía Internet los valladares y compartimientos exegéticos se derrumban con inusitada fuerza en 2018. Lo mismo que el soporte papel va a quedar como los papiros ante las tabletas electrónicas; entre las lecturas y escrituras se está produciendo una interacción en Facebook, Twitter y otros modos de comunicación rápida, tan veloz que situar alguna señal sólo sirve para convocar una nueva estimación o valoración de un objeto que pronto no será el mismo. La misma expresión “lectura creativa” ya no necesita de catalizadores inusitados. Recrear la historia de Juliana y los Nilsen puede abrir otras formas de misreading, dar pie a que un lector se imagine la narración en boca de nuevos personajes, otros cronistas o cualquiera de los dos hermanos. Los desvíos pueden resultar infinitos, algo que agradaría –por cierto– al genial “bibliotecario” Jorge Luis Borges.

A la pregunta: ¿Puede leerse la ficción “Testimonio de Juliana Burgos” como crítica literaria a “La intrusa”?” La respuesta enaltece el quinto principio explicado por Harold Bloom. Es irónica: “Por supuesto que sí”.

 

En Aventura, North Miami Beach, primavera y 2018.