Fabulas y fabulaciones

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Eduardo Stupía

Por Daniel Samoilovich y Eduardo Stupía

  1. Muchos han cantado la bendición del día, no suficientes las virtudes de las noches sin luna. Al parecer el asunto se ha pensado desde el punto de vista de los libres y felices, no de los fugitivos.

 

  1. Se escuchaba, sonaba en todas partes la música del azar, vestigio del caos primigenio. Algunos, empero, se tapaban los oídos, ahogaban su terror aullando a coro discursos tranquilizadores, moralina y bullshit vario.

  1. La frase de Sócrates grabada en el pronaos del templo de Apolo en Delfos (“Conócete a ti mismo”) no era un consejo, sino más bien un acertijo: “Adivina quién eres”. Conllevaba, entonces, una invitación al visitante a reconocer que era un ser humano, con todo lo que ello acarreaba: su naturaleza mortal, su obligación de honrar las leyes, de no caer en la hybris o tentación de creerse igual a los dioses, etcétera.

A poco que se lo considere, se ve que el enigma que la Esfinge planteaba a los viajeros a las puertas de Tebas era equivalente al del templo de Delfos. Se lo suele citar en la versión abreviada que da Apolodoro, pero se ve mejor de qué iba en la de Aristófanes el Gramático:

En el cielo, el agua, el aire

no existe más que un ser

que en el curso de su vida

cambia el número de pies.

Cuando asciende tiene cuatro

luego dos, al bajar tres:

tú conócete a ti mismo

y sabrás qué animal es.

Le debemos al erudito Karl Kerenyi la observación de que Edipo se reconoció a sí mismo en la extraña criatura a la que se refería la Esfinge (o sea, entendió que el ser de cuatro, dos y tres pies era él mismo, un hombre) pero no llegó a comprender cabalmente lo que es un hombre ni las trampas del destino a las que debe enfrentarse. No aclara Kerenyi de dónde le venía a Edipo este conocimiento incompleto: si era el fruto de su propio, limitado entendimiento, o si obtuvo la respuesta en un sueño sin entenderla del todo, o si conocía la solución al enigma porque era la contraseña de los herederos del trono de Cadmo, contraseña que, fatalmente, llevaba en la sangre.

En cualquier caso, es claro que una clarividencia parcial le acarreó una ceguera total, y que más le hubiera convenido saber todo lo que debía saber o no saber nada de nada.

  1. Iba a preguntar “¿Cómo?”, pero le salió preguntar “¿Cuánto?”. Le informaron cuánto sin sorprenderse; para nada.

 

  1. Cuando el zorro llegó, la alondra levantó vuelo.

—Preciosa, no te vayas; yo sé que hemos tenido algunas diferencias en el pasado, pero no veo por qué no podemos discutirlas civilizadamente— dijo el zorro.

—Muy bien, discutamos. Vení, seguíme— dijo la alondra desde el aire mientras se marchaba.

Esta fabulita de maese Valerio Babrio, quizás tomada de Esopo, recuerda que, si uno es una alondra, le conviene elegir en qué terreno discutir civilizadamente con un zorro.

 

 

  1. Felipe II encargó un censo detallado de las tierras que poseía y las poblaciones que lo reconocían como soberano. Su imperio se había extendido por todos los continentes habitados, desde México a Manila y desde Marruecos hasta Irlanda pasando por Milán, Nagasaki, la Borgoña, Brabante, Macao y un gran etcétera. Empero, el censo tuvo lugar cuando los piratas bereberes estragaban el Mediterráneo, Lisboa y Cádiz eran bombardeadas por Inglaterra y ardían los motines de las Alpujarras y Aragón. Además, la Hacienda Real entraba en su tercera bancarrota y el desastre de la Grande y Felicísima Armada habilitaba a sus enemigos a llenar de factorías las colonias americanas de España: como polillas horadaban los holandeses el desmedido traje imperial.

Ni a los Habsburgo ni a los Trastámara, ni a Maximiliano ni a Carlos V se les había ocurrido lo del censo. Esta historia sugiere que uno se pone a contar lo que tiene cuando ha ganado demasiado de golpe o cuando lo está perdiendo todo; o cuando, como en el caso de Felipe, le pasan las dos cosas a la vez.

 

  1. Delicias de la vida conyugal

Le gusta al bogavante vivir solo

mas comparte a veces su cubil

con el congrio hembra: este apaño

al parecer se basa en la esperanza

que tiene cada uno de obtener

su pitanza comiendo al compañero.

 

Atentos están ambos al momento

oportuno: una vez al año el bogavante

tiene su gran ocasión cuando ella

desova, él por su parte

resulta especialmente vulnerable

al mudar de caparazón.

 

  1. Los que atacan obras de arte, martillo o daga o tijeras en mano, son tan embelequeros como los que se sacan fotos con ellas. Ambos grupos tienen debilidad, por ejemplo, por La Gioconda e ignoran del todo el retrato de Santa Ana que está en la misma sala; el visitante del Louvre puede disfrutar de esta otra obra sublime de Leonardo di ser Piero da Vinci a su gusto, mientras a unos metros se agitan los paraguas de los guías, proliferan explicaciones en lenguas variadas, relumbran flashes y palitos para selfies, vuelan airosas dagas y bulones.

 

  1. Después de que Alicia bailara con Tweedledee y Twedledum durante un largo rato, la música, que había empezado a sonar quién sabe cuándo y cómo, se desvaneció de improviso y los tres dejaron de girar y cantar; se produjo entonces un incómodo silencio. Alicia sintió que debía decir algo, pero no se le ocurría cómo iniciar una conversación. No sabía absolutamente nada de esos dos con los que había estado bailando, pero le resultaba un poco absurdo decirles ahora: “Hola, ¿cómo les va?”. “De alguna manera —pensó Alicia—ya estamos más allá de eso”.

Esta historia del maravilloso Charles Lutdwige Dodgson recuerda que lo que empezó como conversación puede seguir como baile, pero no al revés. Lo extraordinario de lo extraordinario es que, cuando sucede, lo normal se torna imposible, o, por lo menos, rarísimo: de alguna manera, uno ya está más allá de eso.

 

  1. En Las Meninas, la infanta X está a la derecha de la niña Y si consideramos el asunto desde el punto de vista de nuestra posición frente al cuadro; pero si lo juzgamos desde dentro del cuadro, pensando, no en nuestra derecha y nuestra izquierda sino en la derecha y la izquierda de los personajes representados, entonces es Y la que está a la derecha de X. Salvo que el cuadro que vemos sea, como algunos creen, lo que Velázquez, situado detrás de las Meninas, veía en el espejo frente al que ellas posaban. Si así fuera, entonces, verdaderamente la infanta X estaba colocada a la derecha de Y mientras V pintaba. ¿O no? ¡Oh, queridas, queridas meninas, nunca terminaremos con vosotras!

 

  1. Perseguido por los cazadores, un ciervo se refugió en un establo, y rogó a las vacas que lo dejaran estar allí hasta la madrugada, cuando podría marcharse sin llamar la atención. Las vacas aceptaron, y el ciervo se echó en el rincón más apartado del establo a esperar que las horas pasaran.

En eso entraron unos peones a ordeñar las vacas. Una les dijo:

—Por supuesto, pueden ordeñarme. Para eso soy una vaca. Acá todas somos vacas, ¿saben?

—Bueno, sí. ¿Acaso no es un establo, esto?— respondieron los peones.

—Un establo de vacas —precisó la comedida.

—Claro, ¿y de qué iba a ser?

—No sé. Un establo de perros, o de ciervos. Pero no lo es.

—¿Dónde viste vos un establo de ciervos?— se rieron los peones.

—No sé. Yo sólo soy una vaca. Todas somos vacas, aquí.

Tanto insistió la vaca, que los peones revisaron el establo, encontraron al ciervo y lo mataron. Ya Niccolò Machiavelli Nelli da Val di Pesa había observado que es un error grave subestimar la inteligencia de los enemigos; olvidó decirnos que sobreestimar la de los amigos es todavía peor.

  1. Un hombre y una mujer en un restaurante.

Las mosquitas de lo que no es ni puede ser, volando en torno. Nadie las ve, pero allí están.

 

 

  1. Cuenta Heródoto que Calístenes, rey de Sición, hizo saber que casaría a su hija con aquel de los griegos que mejor le cayera; presentáronse muchos príncipes y caballeros, pues la chica tenía una cinturita de avispa y un papá con mucha plata. Elegido fue Hipoclides, hijo de Tisandro. El día señalado para la boda, Hipoclides hizo traer una gran mesa de roble y bailó sobre ella unos bailes laconios; luego, pasó a bailar sobre las manos y dar zapatetas en el aire. Calístenes, a quien los bailes laconios habían ya disgustado sobremanera, con las zapatetas perdió toda compostura y le dijo a Hipoclides:

—Hipoclides, hijo de Tisandro, por bailar sobre las manos has perdido un reino.

—¿Qué más le da a Hipoclides, si es feliz?— respondió el joven.

La frase se transformó en un dicho, que los griegos aplicaban a menudo; algunos piensan que Heródoto la trae a cuento para fustigar a los que hacen payasadas, pero también podría ser aducida como prueba de que a veces la alegría sabe mejor que nosotros qué es lo que nos conviene. ¿Quién puede demostrar que a la postre Sición no hubiera sido un suegro tiránico e insoportable, y que la chica en un par de años no iba a engordar como una ballena? En cambio es seguro que Hipoclides, bailando, era feliz.

 

 

  1. Título para una novela: “Lo que yo escribiría si no fuera quien yo soy”.

 

  1. En las ruinas de Cacaxtla se han excavado los muros de un gran templo con frisos que relatan las batallas en que sus pobladores o los antepasados de sus pobladores participaron. Las que ganaron, probablemente. Hay serpientes emplumadas, lanzas, escudos. Y un azul que una vez visto no se puede olvidar. No se ha logrado descubrir cómo lo hacían.

 

  1. Cuando el partido nazi ganó las elecciones de 1933, al ver la masa enfervorizada de los partidarios de Hitler, el escritor Max Liebenthal tuvo ganas de vomitar; muchas. Se puso a comer desaforadamente, pero a poco andar descubrió que no era capaz de comer todo lo que debería para vomitar tanto como quería.

 

  1. Si pudiéramos alejarnos lo suficiente, unos ochenta y pico de años luz, digamos, y allá lejos tuviéramos un telescopio lo bastante poderoso, veríamos con todo detalle la masa enfervorizada de los partidarios de Hitler festejando su victoria en las elecciones alemanas de 1933. Todo está sucediendo todavía.