Fábulas y fabulaciones

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Por Daniel Samoilovich y Eduardo Stupía

 

Se discutía en un congreso especializado a quién nombrar como dios protector del correo electrónico, y a quién como dios tutelar del SPAM. Se decidió que ambos serían patronizados por Mercurio, dios de los caminantes y los salteadores de caminos.

 

***

     Le preguntaron a Mercurio:

—¿Cómo podés ser el dios de los caminantes y de los salteadores de caminos?

— Soy el dios de los cambios. Presido los barcos y las encrucijadas y los senderos y los puentes. Guío a las almas al inframundo, como ratones al queso; traje a Juno, Venus y Minerva al juicio de Paris. Inventé el lenguaje para que existieran la seducción y la estafa, los sueños y el comercio. Si no fuera por mí, todo seguiría en el mismo lugar, todo en las mismas manos, todo el tiempo.

— No estás contestando a lo que te preguntamos. El caminante te ruega llegar seguro a destino, sin cruzarse con ningún ladrón; el salteador de caminos te pide que algún incauto aparezca por ahí. No tenés forma de satisfacer a uno sin perjudicar al otro.

—Mal planteado; ustedes están pensando el asunto como un duelo de uno a uno, y no en su conjunto— respondió Mercurio, estirando un poco su capita corta—. Imagínense que hay mil caminantes y diez salteadores, y que todos piden mi ayuda. Puedo concederles lo pedido a 991 caminantes y a 9 salteadores. Con lo cual el 99,1 % de los viajeros encontrará atendido su pedido de protección, y lo mismo el 90% de los ladrones. ¿A que no está tan mal?

—Aún así, nueve caminantes y un salteador te habrán invocado en vano.

—Si ir de una parte a otra fuera totalmente seguro, todo el mundo se echaría a los caminos, y no quedaría nadie para cuidar las casas y los campos. Si robar fuera totalmente seguro, tendríamos un ladrón en cada encrucijada. Una cuota de peligro forma parte del juego.

—¿Y si los caminantes fueran quinientos, y otros quinientos los asaltantes de caminos?

—Haría que todos los caminantes llegaran tranquilos a casa, y que los salteadores se asaltaran exitosamente unos a otros: cien por ciento de satisfacción para todos los pedidos.

—¿Y si hubiera mil salteadores y sólo diez caminantes?

—Eso querría decir que estamos en Italia— respondió Mercurio, y dio por terminada la rueda de prensa.

 

***

         Un abogado romano, cansado del Foro, y de hacer largos alegatos llenos de paralelismos, oposiciones y citas, buscó refugio en el Templo de las Musas y se puso a escribir poemas. Le parecía más fácil.

 

***

     Un cerdito se puso a escribir poesía. Tenía problemas; en algún punto se dio cuenta de que no sólo no le salía, sino que no podía salirle. No era un problema suyo, sino de su especie.

Esta fabulita recuerda que oink sólo rima con oink.

 

***

      Un comedido aconsejó al cerdito que escribiera verso libre. El cerdito probó, pero tuvo problemas. Tampoco salía. Oink, seguido de oink, generaba rimas involuntarias que afeaban los poemas.

Esta fabulita enseña que escribir verso libre no es más fácil que escribir versos rimados.

 

 

***

      Un paraguas se encontró con una máquina de coser.

—¿Qué te pasa? ¿Estás roto? —preguntó la máquina de coser.

—No, que yo sepa— respondió el paraguas. —Por otra parte, esa no es manera de comenzar una conversación.

Sin hacer caso a esta objeción del paraguas, la máquina de coser continuó:

—Porque si estás roto, te aviso que no puedo coserte si alguien no te desarma primero.

—Es que no estoy roto, te digo.

—No, como estamos sobre una mesa de disección… pensé que alguien vendría a desarmarte para que después yo te cosa.

—¿Y por qué no vendría alguien a desarmarte a vos, vieja idiota? Me encantaría dispersar pedazos de máquina en todas direcciones.

—Tranquilos —dijo la mesa de disección— que estén arriba mío no quiere decir que nadie vaya a disecar nada; la máquina de coser no necesita coser ni el paraguas dar paraguazos. Eso le daría sentido al asunto y la idea es que no lo tenga.

—Caracoles, qué raro— dijo el paraguas.

—Realmente raro— concordó la máquina de coser.

—Se llama escritura automática— dijo la mesa de disección. Trataron de sonsacarle detalles, pero no habló más.

 

***

       Una superficie azul, ocupó todo el campo de visión del tipo, mientras una voz aguda, perentoria, preguntaba: “¿Le gusta la poesía?”. Sólo después apareció la mano que sostenía aquel plano azul, y tras la mano el brazo y tras el brazo la dueña del brazo, una figura alta, gordinflona y rubia, con rodete, y tras la desconocida con rodete se vio la calle con sus edificios y viandantes; todo esto había obturado una cartulina azul como súbito telón. En la cartulina había un título, era la tapa de un libro, y la voz insistió: “¿Le gusta la poesía, sí o no?”.

El tipo, que estaba pensando en la pena de muerte o en algo igualmente pernicioso, dijo “no”.

“¡Miente!” gritó la rubia. “¡Miente! ¿Por qué miente?”.

El tipo escapó como pudo de la autora del libro azul y de los curiosos que se habían parado a ver qué pasaba. Se escabulló miserablemente buscando a tientas el hotel en que paraba en aquella ciudad donde no conocía a nadie y nadie lo conocía; en el camino se perdió y llegó a su habitación muy tarde y casi por casualidad. Cuando llegó se miró en el espejo, pensaba: “¿Qué tengo de raro? Y sea lo que sea, ¿tanto se me nota?”.

 

***

      Al llegar unos persas hasta Nubia,

preguntóles el rey

cuál era su comida y cuál el tiempo

de su vida en la Tierra.

Ochenta años, dijéronle, y le dieron

a probar pan y vino.

“Comiendo estiércol —dijo el rey— no es raro

que en la flor de la edad,

se mueran de repente.”

Y agregó: “A la verdad,

yo creo que aún antes morirían

si no fuera por este líquido excelente”.

 

***

          Los peces vieron que Noé estaba organizando el Arca, y había construido dentro de ella, junto al establo de las vacas y un poco más allá de los panales para las abejas, un gran acuario. “Aprovecha el espacio para otra cosa, ya que tienes poco lugar —le dijeron—, pero por favor no ocupes ese sitio con comedores de pescado.”

 

***

          Cuando Pompeyo corrió la cortina que cerraba la cámara más secreta del templo de Jerusalén, se extrañó de encontrar solo un candelabro de siete brazos y una bandeja de oro donde había pan ázimo y los libros sagrados. Tal fue su desconcierto que no tocó nada.

 

***

          Al arribar al Senado encontráronse los Padres de la Patria con que sus zuecos habían sido mordidos por las ratas. Los dejaban en un recinto especial, y hasta allí se habían llegado los roedores; la cosa pareció un pésimo augurio, que aconsejaba suspender la sesión.

Cicerón se impacientó: era el día señalado para discutir la invasión de la Panonia Exterior, cuyos habitantes habían tenido el tupé de cruzar el Elba, llevando su ganado a pastar al Imperio Romano. La invasión de la Panonia debía decidirse ese día, porque el invierno estaba próximo y de no actuar de inmediato la cosa se postergaría muchos meses; quizás entre medio los panonios se marcharan a otro lado, quedando su insolencia sin castigo.

Entonces Cicerón les endilgó a sus compadres uno de sus célebres discursos: “Entendería, amigos, que se alarmaran si los zuecos hubieran mordido a las ratas; pero lo contrario es bastante lógico, ya que los animalitos no comprenden la diferencia entre la madera de una silla, la de una mesa y la del zueco de un honorable senador. Ustedes, en cambio, seres racionales, deberían distinguir entre un prodigio y un hecho natural”. Avergonzados por la lengua del orador, pesada y filosa a un tiempo, los Senadores al fin senatoriaron votando la invasión de la Panonia: incendiadas fueron las aldeas, confiscado el ganado, los hombres arrojados a las fieras del Circo, pasados a degüello los ancianos y vendidos como esclavos niños y mujeres. La cosa fue fácil, el botín aceptable.

Esta historia sugiere que, llegado el caso, la superstición puede ser preferible a la razón y las ratas a los humanos, incluido en este lote el honorable Marco Tulio.

 

***

        Cuando la Real Academia Española aceptó que lívido, además de “amoratado”, sentido casi completamente olvidado, podía ser “pálido”, sentido que casi todo el mundo usa, un buen par de miles de pedantes perdieron su juguete preferido. Se pusieron lívidos en todos los sentidos a la vez.

 

***

         ¿Era bonita o fea? ¿Elegante? ¿O más bien un poco descarada? No sabría yo decirlo. Como observa Heine, nadie se pone a medir el calibre de los obuses cuando un cañonazo le vuela la cabeza.

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