Fábulas y fabulaciones

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Por Daniel Samoilovich y Eduardo Stupía

 

Le preguntaron al eminente naturalista John Burdon Sanderson Haldane qué conclusiones se podrían sacar sobre el carácter de Dios al estudiar las singularidades de su Obra; respondió Haldane que, a juzgar por su número y variedad, era evidente la predilección del Creador por los escarabajos peloteros.

 

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Cuenta Petronio que Trimalción tenía en su comedor, junto a una gran clepsidra, a un esclavo que sonaba la trompeta cada vez que pasaba una hora para que el dueño de casa y sus invitados recordaran que el tiempo vuela y la muerte se aproxima. Y, sobre la mesa, un esqueletito de plata al que Trimalción hacía tristes discursos antes de comer.

Esta historia enseña que hay pocas cosas más kitsch que los memento mori.

 

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A Menudo se encontró con Una Vez, que hizo como si no lo conociera; y Una Vez ya se marchaba, cuando tuvo lugar este diálogo:

A Menudo: ¿Se puede saber por qué no saludás?

Una Vez: Estoy enojada porque a menudo te atribuís lo que es mío.

A Menudo: Aun para decir eso, recurrís a mí. Eso prueba que soy más interesante que vos.

Una Vez: Porque mentís descaradamente.

A Menudo: No; soy más interesante porque me arrimo a una verdad más profunda, a una trama oscura que vos, con tu mojigata precisión, ni rozás. Yo mintiendo soy más verdadero que vos diciendo la verdad.

Una Vez: ¡Qué presuntuoso, y sofista, y charlatán! ¿Ves por qué seguía de largo? Yo contra vos no puedo; pero alguna vez te encontrarás con Siempre, y él te dará la paliza que te merecés.

 

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Le preguntaron al escritor X cuál consideraba que era el autor más importante de su país. A X se le nubló la mente, se le trabó la lengua. Miraba a su interlocutor de hito en hito. Invisibles líneas de tensión en torno a su rostro grababan a fuego la respuesta que tenía en la mente y no se atrevía a dar: “¿Por qué me pregunta eso, so imbécil, canalla? ¿Acaso no me ha leído, no sabe quién soy?”.

 

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Llovía a cántaros. Unas gallinas blancas le preguntaron a una carretilla roja que andaba por ahí:

— ¿Qué demonios estamos haciendo aquí? ¿Por qué no nos metemos bajo techo?

— Parece que no podemos.

— ¿Y por qué, se puede saber?

— Un Poeta dijo que tanto depende de que estemos aquí, bajo la lluvia.

— No entiendo —dijo una de las gallinas blancas— ¿Qué depende de que estemos aquí?

— Ni idea: tanto, o sea, mucho… No sé, amigas, la Poesía es así.

Las maldiciones de las gallinas empapadas contra el Poeta y la Poesía fueron tan abundantes y proferidas en voz tan alta que llegaron al Empíreo; y Júpiter, no pudiendo evitar lo que ya estaba hecho, pero intentando mantener el orden futuro, dispuso que de ahí en más quedara prohibida la poesía objetivista con gallinas blancas en el papel protagónico.

 

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Durante su larga estancia parisina, mientras saboreaba un queso Sainte Maure de Turena increíblemente pasado, maese Malte Laurids Brigge, a.k.a. René Karl Wilhelm Johann Josef Maria von Rilke, llegó a la conclusión de que lo delicioso es ese grado de lo podrido que todavía podemos soportar.

 

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Se encontraron un grifo y un perro, y el grifo dijo:

— No sé cómo te conformás con esa apariencia tan pobre. Mirame a mí, que reúno lo más noble de los más nobles animales. Vos en cambio qué sos, pobre cosa doméstica.

— Reconozco que tu aspecto es imponente —dijo el perro. — Pero me gustaría que notases que no hay forma de describirte sin apelar al águila y al león, y que justamente en eso no te parecés nada a ellos. Nadie dirá de un león que tiene la parte de atrás de un grifo y la de adelante de un león; ni diría de un águila que tiene cabeza y torso de grifo y las patas de un águila; ambas descripciones serían absurdas, por rebuscadas. Un águila es un águila, un león es un león. Ahí es donde yo me parezco a ellos: no seré muy espantoso, pero soy del todo perro.

 

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Los príncipes de la iglesia recitan sus culpas, el papa se culpa y absuelve a sí mismo. Las Cruzadas y la Inquisición tuvieron verdad, pero les faltó caridad, dice. Sucede en el marco imponente de la Capilla Sixtina. Cuervos pintados de púrpura y blanco.

 

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Zinoviev le había encargado al pintor Isaak Brodski un gran cuadro que representaba la apertura de la II Internacional. El pintor no podía terminarlo porque las purgas, los realineamientos y la llegada de nuevos favoritos modificaba permanentemente la lista de quienes debían —y, sobre todo, de quienes no debían— figurar en la enorme pintura.

 

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Contrariando a Platón, los epicúreos no pueden soportar un Dios en forma de bola (la pirámide sí les parece bella).

 

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La Muerte andaba por ahí diciendo que su equipo era el más grande de todos: ya que abarcaba, en calidad de titulares, a todos los seres inanimados y todos los muertos, y, en calidad de aspirantes, a todos los seres vivos. La Estupidez le hizo notar que su propio reino era aún más extenso, ya que eventualmente se extendía también a los dioses.

 

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Érase en Boston una dama patricia

que nunca había pensado moverse de ahí.

Le dijeron: “¿Por qué

no viaja su merced?”

Respondió: “¿A quoi bon, si ya estoy aquí?”

 

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Había una vez un joven diletante;

paseaba con las Musas bajo el cielo brillante;

más las ninfas severas

ya no son lo que eran

y el caso adquirió pronto ribetes inquietantes.

 

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Un respetable anciano de Quito

se casó con tres burras a la vez.

“¡Señor! ¿Por qué tres? “

“Una, es poquito,

y la bigamia, mi amigo, es delito.”

 

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Las keres tienen en la mitología griega encarnaciones diversas, siempre aladas y generalmente ligadas al mal; pero en todo lo demás difieren, y pueden ser pequeñas o grandes, una o muchas.

Parece que inicialmente eran fantasmas de los muertos, pequeños seres alados con un cuerpo gracioso si provenían de un alma buena, o deforme si lo hacían de una mala; empero, en los primeros testimonios literarios, por ejemplo, en Hesíodo, ya las encontramos representando los males de la humanidad. Son keres los monstruitos que Pandora recibe encerrados en una jarra que se le prohíbe abrir (no es claro si era un ánfora o un frasco de vidrio oscuro u otro material, lo seguro es que no era una “caja”). Como es sabido, cuando Pandora destapa el envase en cuestión, las keres salen volando y llevan al mundo la enfermedad, la vejez, etcétera; en el fondo queda la esperanza.

Este relato de Hesíodo plantea dos incógnitas: una, por qué la esperanza sería una ker, o sea un mal; dos, por qué se demora en marcharse de la botella. En cuanto a lo primero, se ve que Hesíodo pensaba en la esperanza de un modo bien melancólico, como aquello que más nos hace sufrir. Y quizás sea por eso mismo, por cierta conciencia de la enormidad del daño que implica, que se demora en derramarse sobre la humanidad. Tiene tiempo de sobra para eso.

 

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Los primeros insectos se desarrollaron hace unos 550 millones de años, al mismo tiempo que los vertebrados. A los insectos les tomó 80 millones de años aprender a volar y a los vertebrados 320 más: en las noches sin luna los gliptodontes contemplaban el cielo, envidiosos de las luciérnagas.

La moraleja de esta historia es: quizás…  tal vez…  con un poco de suerte…

 

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Hay una fruta torcida (¿qué vendría a ser eso, exactamente?). De ella sale un gusanito venenoso, con una cola vibrátil, una mezcla de medusa y alacrán. ¿Es el gusanito de los frijoles saltarines, es el que duerme al fondo de las botellas de mezcal? ¿Será el diablo blanco, un rey encadenado que viene a vengarse?

 

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“A veces pienso —me interrumpió— que jamás podré transformarlo en un caballero; envejece usted más rápido de lo que mejora y su siglo por cierto no lo ayuda, con su jerga entre lastimera y redundante.”

 

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Sintiéndose morir, un anciano comerciante árabe, muy rico él, llamó a sus dos hijos y les comunicó su última voluntad:

— Cuando muera subid a vuestros camellos y marchad a Medina. Se quedará con todo lo mío, no el dueño del camello que pise primero la sagrada tierra donde fue enterrado el Profeta, sino el propietario del camello que la pise último.

Y sin molestarse en explicar aquel extraño testamento, se murió. Subieron los hijos muy pensativamente cada uno a su camello, y partieron rumbo a Medina. La ciudad sagrada quedaba a unos ochenta kilómetros de allí, pero los hijos vagaron meses por el desierto sin acercarse gran cosa a la ciudad. Cuando se dieron cuenta de que así podían pasar años, envejeciendo a lomo de sus camellos sin resolver jamás la cuestión de su herencia, consultaron al sabio Nasrudin. Nasrudin les aconsejó que montaran cada uno el camello del otro. Así lo hicieron y partieron en veloz y alegre carrera y en unas horas hubo un heredero.

Esta fabulita sugiere que entre dos cosas buenas siempre es posible elegir la mejor, pero que entre dos malas no siempre se puede saber cuál sea peor. Podría parecer que son cuestiones equivalentes, pero no lo son.

 

 

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“No quiero para mí nada que no quiera para los demás”, dijo el poeta Walt Whitman, de West Hills.

“No quiero para otros nada que no quiera para mí”, replicó el autor de estas líneas. Puede parecer lo mismo, pero no lo es. El de Whitman es un programa para la santidad; el autor, en cambio, se contentaría con portarse decentemente.